—Aarón, mis padres vienen a pasar el fin de semana con nosotros: quieren conocerte —dice Julián mientras yo termino de guardar los trastes. Temo romper alguno, así que los pongo a un lado y me recargo contra el refrigerador. Mi novio nunca ha sido de los que suavizan las noticias, pero ésta en especial parece postergada con malicia.
Es viernes. El calor de la tarde nos tiene a ambos cansados y en ropa interior.
—Después de cómo te trataron —declaro—, de todo lo que te hicieron, ¿de verdad piensas recibirlos aquí, en nuestra casa?
—Son mi familia, Aarón.
—¿Y a qué viene tu supuesta familia? ¿A reprobar nuestro estilo de vida? ¿A decirnos que un hombre no puede estar con otro hombre, porque es pecado?
—Ya cambiaron —Enjuaga el último vaso y me mira de frente. Hay más—. He estado hablando con ellos… desde Navidad.
Me levanto, tomo los trastes del escurridor, los seco y los acomodo con estrépito, sin cuidado; mis manos elaboran una cacofonía de vidrios y porcelana, que concluye con puertas y gavetas azotadas para constatar mi enojo. Julián me observa, pero no dice nada, ni siquiera cuando una taza, una de sus favoritas, se me cae. Va por el recogedor y cuidadosamente se encarga de limpiar el desastre.
—¿Has estado hablando con ellos por seis meses sin decírmelo?
Julián suspira y hace ese movimiento tan propio de él —levantar los hombros, bajarlos suavemente, inclinar la cabeza hacia un costado— para restarle importancia al asunto.
—Están emocionados por conocerte.
No me lo creo. Quiero decírselo, hacerle entender que se trata de un grave error, mas la pasividad en su rostro me desalienta. Y no puedo evitar pensar en lo siguiente: lo amo. Y no puedo evitar ceder a la caída gradual de sus párpados al abrazarme, al labio humedecido antes del beso, al bulto naciente en su entrepierna y al roce áspero de su barba en mi vientre, al rizado pelo al que me anclo, ferviente, antes de arrastrarnos a la cama y pedirle, con moderación, que cubra cada parte de mi cuerpo. Y yo agradezco que él, tan tierno, complazca mi deseo.
Julián sale temprano al aeropuerto para recibir a sus padres mientras yo me aseguro de que la casa esté impecable: corro cortinas, cambio focos y saco brillo a lo inanimado. A pesar de mi hostilidad, quiero causarles una buena impresión. Demostrarles que llevamos una vida ordinaria, como a la que ellos están acostumbrados.
Julián entra sonriente mientras les cuenta cómo nos las apañamos para conseguir este departamento. Lleva en cada mano una maleta y, a unos pasos, le siguen sus padres: él, un bonachón alto, casi calvo y con tupido bigote; ella, una muñeca de cabello esponjado y mirada altiva. Me ven por primera vez y percibo un leve destello de contrariedad.
—Mamá, papá, quiero presentarles a Aarón, mi novio.
Se extienden las formalidades.
Yo les sugiero que descansen, pues el viaje fue largo, pero nada en ellos delata cansancio; por el contrario, se muestran afables y desparpajados. Se mueven por la casa como si la conocieran.
—¿Ésta es la cuna de Moisés que casi se te muere? —pregunta la madre acercándose a una de las macetas en la sala.
—Veo que lograste armar el librero —tercia el padre saliendo del estudio.
Sus gestos, noto conforme los veo instalarse, adquieren un aire aristocrático, como de quien hace suyo el suelo que pisa.
Julián inquiere todo sobre su terruño y los padres quieren ponerse al tanto de la vida de su hijo. Yo, en cuanto puedo, me deslizo de la plática y me autoimpongo la tarea de rellenar las copas de vino y de distribuir los bocadillos en la charola. Estoy conforme con mi posición. Tal vez su madre repara en ello e insiste en acompañarme a la cocina; le digo que no es necesario, que ella es nuestra invitada, pero insiste y cedo ante la mirada suplicante de Julián.
—Sí, encárguense de eso mientras los hombres hablamos de cosas más importantes.
El comentario de su padre lacera una parte de mí. A punto de voltearme, de recitar mi mejor discurso para estos casos, Julián intercede:
—Papá, Aarón también es un hombre. Ya te lo había dicho.
—Ah, claro. Sí, sí. Algo me habías mencionado…
Pero no escucho lo demás porque la madre de Julián me empuja a la cocina.
—Ay, ignóralo, querido —Y me da unas palmaditas en la espalda a modo de consuelo—. Aún le cuesta aceptar todo esto, ¿sabes? Fue un duro golpe para él. Es que… siempre quisimos tener nietos. Varios, en realidad. Junto a nosotros, en casa. Verlos en vacaciones, llenarlos de regalos en Navidad.
—Siempre se puede adoptar…
—¿Y tener los hijos de alguien más? —El asco rezuma en sus ojos—. Por supuesto que no. No sabemos qué clase de personas los habrá parido. No, no. Julián siempre quiso un hijo propio. Hay otras maneras, querido.
Y me dedica una sonrisa amistosa antes de mover sus manos por la cocina.
El día siguiente, un domingo soleado y radiante, lo pasamos fuera.
Julián, deseoso de que sus padres conozcan la capital, nos conduce por los sitios más emblemáticos de la ciudad. Hay poca conversación. En todo momento, sin embargo, tengo a su madre cerca de mí. Es atenta y cariñosa. Se da cuenta de inmediato que me siento mal. Un mareo. Por el calor, quizá. Me acompaña a reposar bajo un árbol e incluso me compra una nieve de limón. Dice que también está engentada. Se aferra a mi brazo a partir de entonces y, de cuando en cuando, se acerca a mi oreja susurrando una tonadita infantil. Para calmar los nervios, explica. Pero no aclara si se refiere a los suyos o los míos.
Es lunes.
Su avión sale en la tarde, así que desayunamos tranquilamente a pesar de que siento el estómago algo inflamado. Julián se marcha a la oficina; yo hago homeoffice desde la pandemia. Son respetuosos: apenas si se acercan a mi lugar de trabajo. Su madre me pregunta qué quiero de comer. Apenado, le digo que su hijo siempre habló maravillas de sus albóndigas. Sonríe y dice que estarán listas a las dos.
A la hora de mi descanso, me sorprende un plato lleno. El padre ya está sentado, con varias cucharadas de por medio. Yo procuro saborear cada bocado, aunque termine por aflojarme el cinturón; ella, generosa, me sirve más. Se interesa por mí. Es cuidadosa con sus palabras. Le cuento sobre mi familia, mi trabajo, mis amigos. De Julián refiere momentos divertidos de su niñez, como cuando jugaba a la casita con una vecina, con la que, tiempo después, estuvo en una relación.
—No sabía que había estado con una mujer.
—Estuvo con varias —intercede al padre; el orgullo rechina en su mentón alto—. Con la última pensamos que se casaría, hasta que se vino a estudiar aquí y…
Cae el silencio.
—Y te conoció —enmienda la madre—. Y mira lo feliz que es ahora.
—Pero ya ves —insiste—, el muchacho no se fue tan lejos: a pesar de todo, no ha dejado de ser el hombre…
El padre me enseña los dientes en una mueca desagradable de complacencia, que su esposa desaprueba con un ojo ligeramente arrugado, un chasquido con la lengua, un lenguaje secreto de quienes llevan años en mutua aversión, disfrazada de amor.
Sonrío incómodo. He perdido el apetito. Las albóndigas ahora pesan en mi estómago, raspan el intestino como el clamor de una roca.
—Come —insiste la madre con un tono protector—. Lo necesitas. ¡Mírate! —y me dedica una mirada carga de reproche materno—, estás flaquísima.
Advierte su error de inmediato.
—Flaquísimo, querido. Disculpa. Seguro Julián no te consiente como te mereces.
—Es muy lindo. Siempre cuida de mí. Le gusto tal como soy.
—Ya lo creo. ¡Eres muy guapa! —Esta vez no hace el intento de corregirse—. Julián siempre ha tenido debilidad por los rostros bellos y armoniosos. Pero estoy casi segura de que lo que terminó por convencerlo fue esa maravillosa y nítida voz…
Y así, pierdo el aire
—Ya lo creo, cantaste precioso en ese festival. ¿Hace cuánto fue? Julián nos mandó el video…
que corta mil veces las horas
—¡Estabas irreconocible con el cabello largo!
y me entrega de lleno a las náuseas
—Es una lástima, en verdad, ¿o no, cariño?
y al mareo constante y solsticial
—Seguro, mi amor —ladra él—. Tan preciosa que se veía…
Me levanto deprisa. Corro al baño. No alcanzo a cerrar la puerta. El vómito estalla contra la blanca pared.
Cuando Julián regresa a casa, intuye que algo grave ha ocurrido. Encerrado en mi habitación después de la comida, dejo que su madre lo ponga al tanto. Me la imagino vistiendo a su hijo para el campo de batalla: peto, celada, escudo y espada. Él abre la puerta. Algo de luz hiere nuestra intimidad, pero yo alargo la noche con la punta de los dedos. Has entrado a la morada del dragón, le advierto mentalmente. El juego sirve para despejarme: en este momento, soy capaz de todo, menos de conceder perdón.
Contrario a lo que esperaría, no dice nada. Camina hasta detenerse a un lado de la cama. Su traición me doblega, desentierra una emoción olvidada: la eterniza. Irritable, frustrado, doliente, prefiero que se quede ahí, en las tinieblas, desde donde podría, si así lo quisiera él, acunar mi barbilla imberbe en su pecho. Pero no lo hace.
De repente, temo olvidar su voz.
Pero tampoco quiero ser yo quien rompa el silencio.
Y para mi sorpresa, para nutrir con horror mi desaliento, Julián pone su mano sobre mi barriga y empieza a entornar una canción de cuna.
Al día siguiente, aprovecha mi enojo para pasar un tiempo a solas con su padre; su mamá, plenamente consciente del embrollo en el que metió a su hijo, decide hacerme compañía en casa. En este momento, prefiero tenerlos cerca que soportar a Julián sin intermediarios, por lo que no tengo forma de recriminarle el que sus padres prolonguen su estancia.
Inesperadamente, nuestra riña sirve para que me encariñe con su madre. Me habla de lo difícil que fue proteger a Julián de las insensibilidades de su padre, pero que se consuela pensando que todos los niños como nosotros sufrieron lo mismo que él.
—Mi familia siempre me apoyó —refuto—. En todo momento. Nunca cuestionaron quién era yo. Ni siquiera cuando les pedí que me llamaran Aarón y no Ariel.
—Debió ser difícil.
—Lo fue, pero no por lo que usted cree. Tuve que renunciar a mucho. Perder mi voz fue lo peor. Dejé de cantar desde entonces.
No pensé abrirme de esta manera con ella.
Algo de la furia acumulada por fin cede. Como si el veneno en mi interior se vaporizara junto con las lágrimas. La plenitud se asoma tras los muros. El dolor, sin embargo, no desaparece; ahora soy capaz de condensarlo y señalarlo con el dedo: el vientre. Sí, descubro, ahí. Me duele aquí, digo en voz alta. Y en seguida me retuerzo por un espasmo; caigo de rodillas, sin aire. Ella me ayuda a incorporarme, a conducirme hacia la sala, donde me deposita con cuidado en un sillón.
—Respira lento y profundo —Retira el pelo de mi frente—. Todo estará bien, ya lo verás, preciosa.
Siento punzadas desde el interior, un retortijón que persiste y que desgarra.
La escucho hablar por teléfono:
—Se nos adelantó, amor. Vengan rápido.
No lo entiendo. Pienso en una inflamación estomacal. En algo podrido en el refrigerador. En el sol constante del domingo. En las seis horas que duró el parto de mi madre. Mi alrededor se desdibuja en espirales, manchas difusas que me retienen acostado. Logro, con un desgarramiento que me parte la espalda, levantar la cabeza: descubro mi vientre abultado, hinchado, relleno.
—Pronto empezarán las contracciones —advierte su madre por teléfono.
Y viene a sostenerme la mano.
La primera me tumba de nuevo en el sillón.
—Grita —me pide—. Eso siempre ayuda, querida —y, señalando la bola que se ha vuelto mi panza, añade—: Así harás que te escuche y quiera salir antes.
En mí aún existe la incredulidad, a pesar del dolor y de las lágrimas que empapan mis mejillas, y por eso me niego a complacerla. Aunque la piel se me estire y los huesos me estorben, me niego a gritar, a ser partícipe de esta simulación.
A punto de ceder, Julián y su padre irrumpen escandalosamente mientras su madre me pasa un paño humedecido por la frente.
—¿Aún no llega la ambulancia? ¿Por qué no la llevaste al hospital? —la increpan.
—¡Estaba esperándolos!
Una mano palpa mi barriga.
—Ya está muy adelantada. Dará a luz en cualquier momento. Necesitamos apurarnos.
Padre e hijo se las ingenian para cargarme y bajarme al estacionamiento. No sé cómo lo hacen conmigo tirando patadas y golpes al aire. El viaje en carro es acelerado, furioso, impreciso como la noche estrellada.
Ya están esperándonos cuando me bajan del coche, la silla de ruedas lista para subirme al quirófano, luego a una plancha metálica.
—No —me defiendo cuando intentan desvestirme—. Déjenme.
Quieren ponerme una bata. Yo me aferro a mi ropa: aún se advierten las cicatrices en mi pecho.
—Señorita, por favor, piense en su bebé —intercede una enfermera.
—Soy un hombre —protesto entre una y otra contracción—. Me llamo Aarón. Pregúntele a mi madre.
—Ariel, por favor —y una voz similar a la de ella.
Pero tengo los ojos cerrados a causa del dolor. ¿En verdad está aquí?
Un sujeto con bata quirúrgica se asoma entre mis piernas; intenta abrirlas.
—Por favor, señorita, coopere para que esto sea más rápido.
Veo desaparecer su cabeza.
—Niña, no hagas esto más difícil —me recrimina la madre de Julián, también vestida con bata.
Aparece de nuevo la cabeza; esta vez, acompañada de otras tantas, ocultas bajo el cubrebocas.
—Ya quiero conocer a mi nieto —ese timbre me estremece.
—Déjenme, por favor —suplico—. Están mal. Estoy enfermo: una infección en el estómago, eso es todo. Sigo siendo yo, Aarón.
Y repito mi nombre para convencerme de las palabras.
—Señorita —insiste la enfermera—. Deje de resistirse.
—Tendrás una niña hermosa y sana —dicen—. Igual que tú.
—Julián —al no verlo por ninguna parte, lo llamo—, te perdono, pero sácame de aquí. Por favor.
Entonces lo escucho, muy al fondo del quirófano.
Los ojos me arden. Apenas si distingo la silueta que se acerca, que cubre a las demás.
Él no lleva puesto el equipo quirúrgico.
Lo veo mover los labios.
Algo que comienza desde el fondo de la garganta.
—¿Mamá?, ¿estás aquí?, diles que me suelten. Díselos, por favor.
El mismo canto infantil.
Pero es Julián al que descubro entre luces y puntos negros. Su cabello rulo, el rostro conspicuo, la vibración en su boca.
La misma tonadita en mi oreja.
—Vamos a ser papás —balbucea, lleno de alegría.
Luego la voz de su madre, a mi costado. La de su padre, por encima de mi cabeza.
La de mi madre está fresca en la memoria.
El llanto y la felicidad se asoman en los ojos de Julián.
Reconozco la melodía.
Mi madre está aquí. Tararea, y enfermeras y doctores lo hacen junto a ella.
Me aferro a los bordes de la cama.
Todos miran expectantes por encima de mi rostro descubierto.
—Sí —digo, uniéndome por fin al coro.
Y un grito luminoso estalla en la habitación.

Eduardo Barenas (CDMX, 1996). Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Como investigador, ha publicado Recuerdos del mar, edición crítica de cuatro cuentos fantásticos de Justo Sierra Méndez, en la colección digital Perséfone de El Colegio de México, así como el rescate editorial de “El vampiro”, relato de Alejandro Cuevas, incluido en la revista (an)ecdótica. Cuentos suyos han aparecido en revistas digitales como Marabunta, Espejo Humeante, Entropía, Nudo Gordiano. Le interesa la literatura mexicana decimonónica, la crítica textual, las poéticas de irrealidad, así como la narrativa de temática gay.

