El aprendiz sombra | por Francisco Araya Pizarro

El aprendiz sombra | por Francisco Araya Pizarro

La lluvia caía con un ritmo suave sobre los tejados inclinados de Hanmori, una ciudad portuaria del lejano oriente donde el humo de los barcos mercantes se mezclaba con el aroma del té y el aceite de linternas. Allí, entre callejones estrechos y templos antiguos, comenzó la historia de Adrián Kuroda, un joven extranjero que pocos conocían realmente. Los comerciantes del puerto lo tomaban por un viajero rico y excéntrico. Los monjes de las colinas lo veían como un estudiante silencioso. Y en los barrios nocturnos lo llamaban simplemente “El Aprendiz”.

Pero nadie sabía por qué estaba allí.

Años antes, Adrián había perdido a sus padres en un violento incidente durante una gala en su ciudad natal. El recuerdo lo acompañaba como una sombra persistente. Durante mucho tiempo vagó por el mundo sin rumbo, hasta que un viejo capitán de carga le habló de los lugares donde los luchadores aprendían a dominar algo más que los puños. Así llegó a Oriente. Al principio buscaba fuerza. Luego empezó a buscar algo más difícil de encontrar. Disciplina. Su primer maestro fue el anciano Genrai, guardián de un templo escondido en las montañas de piedra gris que dominaban la ciudad. Allí, entre campanas de viento y jardines de grava, Adrián aprendió que el combate comenzaba mucho antes del primer golpe.

Genrai no le enseñó a atacar. Le enseñó a escuchar.

Durante semanas enteras el joven extranjero debía caminar por los pasillos de madera sin hacer crujir una tabla. Debía cruzar patios cubiertos de hojas secas sin producir ningún ruido. Debía encender una vela sin que la llama temblara.

—El ruido es el enemigo del pensamiento —decía el anciano.

Adrián aprendió a moverse como una sombra.
Pero el mundo fuera del templo no era silencioso.

En los muelles de Hanmori circulaban historias sobre un torneo internacional de combate que reunía a luchadores de todos los rincones del planeta. Guerreros capaces de romper piedras con los puños o de lanzar ráfagas de energía con la concentración adecuada. Adrián escuchaba esos rumores con interés, aunque sabía que todavía estaba lejos de ese nivel.

Un día Genrai lo envió a la ciudad.

—Has aprendido a moverte sin ser visto —dijo el anciano—. Ahora debes aprender a observar a quienes quieren ser vistos.

Así comenzó la segunda etapa de su aprendizaje.

En el barrio rojo del puerto existía una casa de apuestas clandestina donde luchadores callejeros probaban su fuerza cada noche. Allí Adrián conoció a Kenzo Hattori, un hombre alto de cabello desordenado que había sido campeón de torneos regionales antes de desaparecer del circuito. Kenzo lo observó pelear por primera vez en un pequeño ring improvisado con cuerdas gastadas. Adrián era rápido, pero todavía predecible.

—Tu cuerpo es fuerte —dijo Kenzo después del combate—. Pero tu mente sigue peleando como un noble que nunca ha perdido nada.

Adrián no respondió. Kenzo sonrió.

—Ven mañana. Si sobrevives a mi entrenamiento, quizá aprendas algo útil.

El entrenamiento de Kenzo no tenía nada que ver con la serenidad del templo. Había golpes, sudor y moretones. El veterano lo obligaba a repetir combinaciones de ataques hasta que sus músculos ardían. Lo hacía luchar contra oponentes más grandes y más rápidos. A veces apagaba las luces del gimnasio para obligarlo a pelear casi a ciegas.

—Un luchador verdadero no depende de los ojos —decía Kenzo—. Depende de instinto.

Las semanas se convirtieron en meses. Adrián empezó a notar cambios. Sus movimientos eran más precisos. Sus reflejos más rápidos. Y, lo más importante, su mente comenzaba a unir lo que había aprendido.

El silencio del templo. La agresividad del ring. Pero el aprendizaje no terminó allí.

Una noche, mientras caminaba por los mercados nocturnos de Hanmori, Adrián fue seguido por tres hombres. No eran luchadores profesionales. Sus movimientos revelaban algo distinto: la cautela, la agilidad de quienes viven del robo. Intentaron rodearlo en un callejón. El combate fue rápido. Cuando todo terminó, uno de los ladrones comenzó a reír.

—Te mueves bien, extranjero —dijo—. Pero no conoces esta ciudad.

El hombre se llamaba “Liang”, y resultó ser un ladrón con un extraño sentido del honor. En lugar de vengarse, decidió enseñarle a Adrián algo que ningún templo, ni gimnasio podía ofrecer.

—El combate no siempre ocurre frente a un público —le explicó—. A veces ocurre antes de que alguien se dé cuenta.

Liang le enseñó a infiltrarse en edificios, a moverse entre multitudes sin llamar la atención, a usar cuerdas y herramientas pequeñas para escalar paredes o abrir puertas. Para Adrián fue una revelación. Cada maestro que encontraba parecía añadir una pieza a un rompecabezas invisible.

Silencio. Combate. Sigilo.

Con el tiempo empezó a comprender que su entrenamiento no consistía en dominar un estilo particular. Consistía en aprender todos.

Una noche, en lo alto de un antiguo depósito del puerto, Adrián observó la ciudad iluminada por faroles. Los barcos parecían sombras gigantescas en el agua. Kenzo se sentó a su lado.

—He oído rumores —dijo el veterano—. El gran torneo mundial volverá a celebrarse este año.

Adrián lo miró.

—No vine aquí para competir.

Kenzo rio.

—Eso dicen todos antes de descubrir quiénes son realmente.

Durante los meses siguientes, Adrián intensificó su entrenamiento. Corría por los tejados al amanecer. Meditaba en el templo por las tardes. Y por la noche practicaba infiltración en los laberintos de almacenes del puerto.

Los habitantes de Hanmori comenzaron a notar algo extraño. A veces aparecía una figura en lo alto de los edificios. No hacía ruido. Observaba durante unos minutos y luego desaparecía. Nadie sabía quién era.

Una madrugada, Genrai lo llamó nuevamente al templo. El anciano había envejecido mucho durante los últimos años. Sus manos temblaban ligeramente cuando preparaba el té.

—Tu entrenamiento está casi completo —dijo.

Adrián frunció el ceño.

—¿Casi?

Genrai sonrió.

—Has aprendido técnicas de combate, sigilo e infiltración. Pero aún falta algo.

—¿Qué?

El anciano lo miró con seriedad.

—Propósito.

Durante un largo rato permanecieron en silencio. Finalmente Adrián habló.

—Cuando era niño creía que la justicia era algo simple —dijo—. Pensaba que bastaba con detener a quienes hacían daño.

—¿Y ahora?

—Ahora veo que el mundo es más complicado.

Genrai asintió.

—Por eso el poder necesita dirección.

Le entregó un pequeño objeto envuelto en tela. Dentro había una máscara simple de entrenamiento, hecha de un cuero oscuro.

—No es un símbolo —explicó el anciano—. Es un recordatorio.

Adrián la sostuvo en silencio.

—¿Recordatorio de qué?

Genrai respondió con calma.

—De que el hombre que lucha y el hombre que vive no siempre pueden ser la misma persona.

Aquella noche Adrián descendió de las montañas hacia la ciudad. El torneo internacional pronto comenzaría. Luchadores legendarios viajarían para demostrar su fuerza. Pero Adrián no tenía prisa por participar. En lugar de eso caminó por los barrios más peligrosos de Hanmori.

Escuchó conversaciones. Observó movimientos sospechosos. Aprendió quién controlaba cada calle. Con el tiempo empezó a intervenir en pequeños conflictos: peleas de pandillas, extorsiones, robos en los muelles. Siempre ocurría igual. Una sombra descendía desde los tejados. El combate terminaba en segundos. Y la figura desaparecía antes de que alguien pudiera verla con claridad. Los rumores comenzaron a circular. Algunos hablaban de un espíritu guardián. Otros creían que era un luchador del torneo que practicaba en secreto.

Kenzo escuchó esas historias con una sonrisa.

—Parece que el aprendiz encontró su camino…

Francisco Araya Pizarro (Santiago de Chile, 1977). Diseñador Gráfico, Escritor y Empresario Digital. Publicó seis libros y más de treinta relatos antologado, sus relatos están publicado en diversas revistas literarias en español, en su blog comparte sus relatos cortos en: www.tumblr.com/franciscoarayapizarro