Yo cursaba la preparatoria cuando apareció el fantasma del bajista Sergio Ugalde. Era 1968, la época en que gobernó El Ratón. Así le decíamos todos a pesar de que él se proclamaba “Su Excelencia”. No escribiré aquí su nombre porque no hace falta. La historia lo recuerda ahora como el dictadorzuelo incansable empeñado en matar y secuestrar estudiantes y melómanos.
En la televisión y la radio aparecíamos como los enemigos del pueblo y de Dios, y en los periódicos decían que invocábamos al diablo en edificios viejos con nuestra música, puro rock. Los rebeldes, los frívolos, los desestabilizadores. Éramos el bodrio de la sociedad, aunque al principio a mí solo me gustaba la música y ya. No me consideré una insurrecta —me aterraba ver a los militares rondando en las calles, armados hasta los dientes— sino hasta que asesinaron a mi amigo Sergio.
Ese día, saliendo de clases, Pilar, Lucas y yo fuimos a una tocada de la banda de Ugalde dentro de una bodega con sótano. Hubo drogas y mucho alcohol. Salimos de ahí ya muy noche, con la música todavía retumbando en los oídos; algunos caminaban chueco, rompían el aire a carcajadas y otros se tumbaban en el suelo. Nos sentíamos felices, libres, ignorando que había llegado un loco al poder con ganas de aniquilarnos. A esa hora, pocos autos pasaban por ahí, quemando el pavimento con sus faros. Entonces escuchamos las detonaciones. Nosotros nos echamos a correr hacia el metro, aunque la dispersión había sido para todos lados. Nos detuvimos antes de entrar a la estación y vimos a Sergio bajo las botas de un milico. Después el cañonazo y la sangre en el suelo. Habían agarrado también a Lana, la cantante de la banda, y a un par de rockeros que andaban en la fiesta. Quería regresar, pero Lucas me detuvo porque ya no podíamos hacer nada. Si nos ven nos masacran, me dijo y Pilar le dio la razón. Entramos al vagón y nos marchamos a casa.
No dormí tranquilamente en varias semanas. Por más que trataba de concentrarme en los estudios, en conciliarme con mis papás por mis conductas que juzgaban vulgares y en otras cosas de esa calaña, se sobreponía el recuerdo de Sergio Ugalde con el pecho destrozado y los compañeros detenidos. Durante esos días en los que abandoné mis escapadas a las tocadas —Pilar y Lucas también dejaron de ir— escuchaba todos los días la voz del locutor de la radio que sintonizaba mi mamá. El conductor del noticiario aprobaba las acciones de las fuerzas armadas porque no era correcto que los jóvenes se comportaran así, tan revoltosos, pedantes y satánicos. Los soldados, héroes de la patria, estaban cumpliendo con su deber de mantener el orden público. Cuando mamá entró a mi cuarto, pensé en decirle lo de Sergio —a quien ella conocía—, pero me quedé callada. Me asustaba verla tan conforme con las justas políticas de El Ratón, el señor presidente.
Fueron largos días aquellos. La radio y la televisión replicaban las mismas palabras de condena a los rockeros, y en los periódicos que leía mi papá durante el desayuno publicaban notas sobre supuestos estudiantes que pactaban con Satanás en las islas de Ciudad Universitaria o que robaban en el transporte público. Puras mentiras. Pilar y Lucas escuchaban lo mismo a diario, e incluso los padres de Pilar estaban a punto de mandarla a un colegio de monjas.
Todo cambió cuando en la escuela corrió una invitación de boca en boca. Los Subterráneos, la banda más insurrecta y popular dentro del submundo de la ciudad, se presentaría en una casa abandonada la siguiente noche. Lucas, Pilar y yo no dudamos en ir, a pesar de que todavía nos temblaban las piernas cuando nos imaginábamos en la calle. Aunque no lo decían en la prensa, habíamos notado que la presencia de militares y patrullas se acrecentaba. Sabíamos por estudiantes de otras escuelas que cada día eran más los desaparecidos y los muertos. Sin embargo, los temas más sonados entonces en los periódicos eran los próximos Juegos Olímpicos, la modernización de la ciudad y la insensatez de los jóvenes.
Esa misma tarde, decidimos salir a dar el rumbo, caminar con discreción y comer algo. No supimos cómo, pero cuando dejamos el local de hamburguesas pasamos justo frente a la bodega sucia donde habían asesinado a Sergio Ugalde. Nos detuvimos ante el zaguán metálico y fue ahí donde escuchamos gritos terribles que resonaron desde dentro. Una voz gritaba raspando su garganta y lanzaba frases que no se entendían. En un principio creímos que había alguien atrapado ahí, pero una silueta se paró detrás de la ventana de la fachada. Levantamos la mirada y nos echamos a correr. Cuando llegamos a los andenes del metro, coincidimos en que era Sergio Ugalde, o el fantasma de Sergio Ugalde. El mismo cabello largo, el rostro demacrado. Exactamente igual, pero pálido y terrible con el agujero negro borbotando en su pecho.
Llegué a casa asustada, prendí la televisión y miré un noticiero con la mínima esperanza de que algún periodista mencionara algo sobre la muerte de Sergio o de los otros, pero nada. Los únicos que hablaban de eso eran los escritores de la preparatoria en sus periódicos independientes que nada más leíamos nosotros. Quería gritar, incinerar las calles, escupirles a los soldados. Pero sin saber cómo expulsar todo mi coraje, esa noche apenas logré apagar la luz, meterme bajo las cobijas y tratar de convivir con la imagen espectral de mi amigo. No pude dormir.
La noche siguiente, en la tocada de Los Subterráneos, la casa abandonada estaba a reventar. Cuando llegamos algunos grupos abridores ya estaban haciendo chillar las guitarras y las baterías. Pilar, Lucas y yo comenzamos a beber como si nada más importara. Bailábamos en el patio abierto de la vivienda, bajo la luz mortecina de la luna, aunque también había gente dentro, compartiendo espacio con las arañas y el polvo. De pronto hablamos con otros compañeros sobre el espectro de Sergio, y nos enteramos de que no era el único aparecido. Nos dijeron que ellos también habían visto cosas extrañas. Sombras atravesando faros luminosos que revelaban sus cuerpos sangrantes, rostros impregnados en los cristales de las patrullas, gritos de dolor atrapados en terrenos baldíos. Todos coincidimos en que esos fantasmas eran de gente conocida que se había esfumado. Pero ningún medio de comunicación famoso hablaba de eso. Ni siquiera nuestros padres hacían alusión a ver fenómenos raros, como si solo nosotros, los revoltosos, fuéramos capaces de verlos.
Cuando Los Subterráneos empezaron a tocar, la fiesta se salió de control. Todos comenzamos a gritar Muera el gobierno, Viva el Rock, Muera el Presidente, Justicia para Ugalde, Justicia para Lana, Justicia para todos los desaparecidos. Bailamos, bebimos, nos drogamos, arrojamos botellas contra las paredes, pintamos con spray frases condenando los Juegos Olímpicos. La música penetró en nuestra sangre y perdimos la noción del tiempo y el espacio. La realidad se partió, dejando pasar directamente a nuestros ojos una luz desconocida. La casa abandonada se llenó de una neblina densa en cuyas entrañas se respiraba libertad y adrenalina. Alcancé a escuchar —y mis amigos también, según me dijeron después— la voz de Sergio y de los otros muertos. Lloraban, gemían, gritaban. Incluso creí ver a Ugalde tomar el bajo y romper el aire con las cuerdas gruesas. Hasta que el sonido de las sirenas y la rabia de los tiroteos quebrantaron el hechizo. Los militares atravesaron la puerta, arrestaron a algunos y acribillaron a muchos, mientras el resto escapábamos en busca del mínimo resquicio. El miedo fue tanto que nos desterró de la neblina musical. Con ayuda de algunos compañeros, Pilar y yo logramos brincar una barda que daba a un terreno baldío. Lucas estaba perdido, pero en ese momento nos olvidamos de él. En la calle, nos escabullimos como locas hasta la parada de un autobús. Llegué a casa llorando y lamentando haber perdido de vista a Lucas. Desperté a mis papás para contarles todo, pero me gritaron acusándome de revoltosa y desobediente. Yo no debía andar metido con esos mugrosos, decían.
Durante los meses posteriores, la prensa se enganchó con nosotros. Los titulares que se publicaban de forma ininterrumpida hablaban del desmantelamiento más grande de drogadictos y satánicos en la historia del país. Decían que todo se había hecho en orden, sin infringir las leyes.
Después los Juegos Olímpicos transcurrieron en la ciudad sin mayores complicaciones, aunque los fantasmas seguían morando en la noche. Hasta el espíritu de Lucas se nos apareció un día en que caminamos frente a la casa abandonada donde le habían reventado el cráneo.
Ahora queda muy lejos esa época turbulenta, cuya estela sangrienta continúa flotando en el aire de nuestros días. Llevo varios años dando clases de historia en Ciudad Universitaria mientras investigo lo que la historiografía contemporánea se empeña en señalar como “la paranoia de los fantasmas”. Pero no se trató de una paranoia —y eso intento demostrar en mi tesis sobre el 68—, sino una verdadera tribu de aparecidos que desde entonces deambula en las calles donde asesinaron a los rebeldes.
Pilar, viejos compañeros de la prepa y yo continuamos viéndolos. A veces tocan música dentro de las casas abandonadas, aunque la mayoría de ocasiones los descubrimos llorando, tapándose la cara con las manos ensangrentadas.

Ian Castelo (Ciudad Nezahualcóyotl, 2001). Periodista egresado de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán. Ha publicado textos en portales como Punto de Partida, Infobae, Gaceta 22 y Penumbria. Actualmente pertenece al seminario de literatura fantástica “El extraño cortejo de otro mundo“ de la UNAM.

