Estocolmos | por Lisandra Almaguer Báez

Estocolmos | por Lisandra Almaguer Báez

Hace más de cuatro décadas que se viene quejando de lo mismo. Estoy harto de la simpatía con que sonríe, a pesar de sentir el asco en la garganta, y la necesidad de vomitarles la verdad.

—Lo sé, joder. Lo sé. Dejen de fingir. Me doy cuenta, no soy estúpido.

Sé que quiere gritarles pero, cuando ponen su taza en su lugar de la mesa, él sigue tomando su café con leche como si nada hubiese cambiado. La familia mantiene la habitación impoluta, él sin embargo detesta que toquen y cambien de lugar sus cosas.

La empleada se niega a ser ella quien ordene esos desastres que Artur se empeña en clasificar como su orden dentro del desorden. Es la madre quien reordena los aparejos experimentales del chico, con la sonrisa en el rostro y la nebulosa en la mirada. Una balsa salvavidas dentro del náufrago submarino que cada día viaja un kilómetro hacia el fondo. Paredes blancas, llenas de pósteres con grandes geólogos y cuadros con muestras de pequeñas rocas tomadas del jardín. La señora conoce cada rincón de la mente de su hijo, y sabe a ciencia cierta que él jamás dejará de lado la investigación de ese elemento que haga de la alquimia la madre del nacimiento. En un mundo dominado por el basamento científico y la imposición de leyes universales, Artur sigue confiando en la relación materia-alquimista. No por gusto cada uno de los elementos de su inventiva tabla periódica tienen una historia, una vida y un hogar. Algunas en paredes, otras en el marco de la ventana tomando el sol.

El café sigue siendo igual de amargo. Ella sabe que a él jamás le gusta, y sin importarle la mirada recriminante del extremo de la mesa, sigue poniendo el azucarero en el centro.

Su hija, sin embargo, ausente a las realidades de su madre y de lo que rodea las paredes, la mira y un deje de compasión la quebranta. Su única solución es pensar y culpar a la edad. Ya son más de cinco décadas, en su joven mente la madre necesita ayuda para moverse. Pero en realidad es solo otra excusa para hacer de ella lo mismo que con su hermano. Con su hermano, al que ella alejaba por soñar demasiado, por ver los colores más vibrantes que el resto de los habitantes de la casa. – Crece Artur, crece –. Decía ella, quien con cuatro décadas ya alegaba ser la que más lejos habría llegado de la familia. De no ser por las ataduras que, para ella eran sus familiares. Siempre motivada por ser de un padre diferente. Siempre sana y de buena figura.

Artur la mira con desprecio cada vez que ella intenta hacer sentir esas paredes con papel gastado el sitio menos importante, la rabia lo perturba, y no sabe qué hacer con ella. El arrastrar de la silla cuando Artur sale de la mesa pasa desapercibido para ella, quien siempre ignoró lo que para su hermano era realmente importante; su madre sin embargo suspira como sabiendo que su hija es una mente cuadrada, demasiado encerrada en su ego como para conocer de verdad lo que todos parecen estar notando.

Esa hija que tuvo antes del matrimonio; que la hizo conocer la infelicidad. Esa hija que a pesar de no ser deseada en el momento, consiguió opacar la consonancia de su turbulento nacimiento. Porque sí, esa señora con hermosos ojos cansados recordaba en aquel entonces el haber luchado entre la vida y la muerte en un hospital, cuando supo de la llegada de su primogénita. Una hija de quien jamás esperó, y a quien en realidad no conoció. La sonrisa llena de arrugas al recordar las manitas de su recién nacida fue suficiente para traer también el doloroso recuerdo de las manos de su padre, opacando los gritos. Manos que no parecieron notar jamás las lágrimas que brotaron de sus ojos entonces. Sangre que corrió sin necesidad, sin deseos de hacerla brotar. No recuerda mucho de esa noche, solo el crack mental de algo rompiéndose en su interior; aún hoy no sabe si fue su mente o solo el himen.

Pero hija a la que igualmente amó.

Sin embargo, el recuerdo de su varón. Barón de corte recto y melena castaña, con sonrisa torcida y deditos curiosos. La sonrisa clara capaz de hacer entender a los médicos que esa vida sería complicada de llevar, un paciente de por vida para la clínica. Quien podría distinguir ese cromosoma 21 doble, nadie que llamara a sus hijos Estocolmos podría tener una vida sencilla. Con una niña de 5 años, un varón recién nacido y una tarjeta de feliz mayoría de edad del padre. Quien por causas desconocidas no podía acudir al nacimiento de quien tanto había estado buscando toda su vida y solo encontró usando a su propia hija.

La vástago mayor, agotada de ser la conciencia de la familia, acaricia los folletos con el colorido eslogan plasmado en tipografía rosada. “Vejez cómoda y segura. Cuidados 24 horas más alojamiento y alimentación”.

La anciana de enfrente, porque sí, para ella ya su madre era una anciana, las canas y la piel descolgada de sus brazos eran claro anuncio de ello. Hacían la idea más tentadora aún. No volvería a cometer el mismo error. Artur no volvería a estropear su paz. Porque en el fondo todo siempre se trataba de él. Toda la maldita casa giraba en torno a lo que Artur, y solo el propio Artur, quisiera hacer.

Las escaleras resuenan, los pasos fuertes dados siempre por el hijo amado del hogar. La madre lo llama, sabe que su hijo no responderá pero la esperanza sigue ahí. Los ojos de la primogénita cambian de color con la sola mención de su consanguíneo. Cualquiera que presenciara la escena se compadecería de la joven ya no tan joven que cuidó a su pequeño hermano. Pero la chacha sabe que no es así.

La señora de la limpieza sabe la verdad. La encorvada y miedosa señora ve las realidades de la casa desde otra perspectiva. Desde los semblantes traslúcidos hasta los gritos chirriantes procedentes de las sombras más humanoides jamás creídas por la ciencia. Solo quien presencie la realidad alterada del dueño y creador, el solo culpable del limbo en que se convirtieron aquellas paredes de papel gastado, manchado por pigmentos rojizos. O bueno, la dueña y señora en su lugar. Son los ojos de quien puede ver y aun así teme a lo que ve.

Una hija, fruto de un trauma. Y con los mismos traumas que rodearon su nacimiento. Un segundo hijo, con el claro semblante de quien vive entre nosotros pero no con el resto del mundo. Y una madre que fue consumida por el amor enfermizo de su padre hacia ella. El amor de un padre que cruzó las barreras entre lo corriente y decente hasta lo inhumano e injurioso. Otra historia de dos cerebros a medio funcionar y esa hija con herencias claras de quien fuera padre y abuelo.

La capacidad legal de amordazar la verdad en cuerpo humano. De enclaustrar las evidencias, al punto de perder el último aliento del joven fiel creyente de la mirada que lo llevó a aquella habitación. Y esa madre, perdiendo el hilo real de la historia tras ver a su prole amada suspendido a ras del suelo y con las extremidades salpicadas por múltiples manchas carmesí. Siendo callados sus gritos por manos similares al primer pecado, pero esta vez, manos con esmalte escarlata.

Artur grita y destruye todo a su paso. Se cansó de ver cómo lastiman a su madre. Los años llenos de heridas similares a las profundas marcas en su cuerpo. Demasiado tarde la reacción de valentía, al igual que sus experimentos de alquimia siempre fallidos. Ahora ya las bofetadas no lo apagarán, es imposible que lo hagan; el velo entre la vida y la muerte se cruzará por ínfimos segundos. Su hermana sufrirá aquí, ahora y en el más allá por los crímenes cometidos por ella y por su progenitor, que ni estando tras un grupo de barrotes y vistiendo el intenso overol naranja ha dejado de hacer daño.

El grito ensordece a la chacha. Y su único refugio consiste en una cruz de plata que sostiene con tanto ahínco. No creía en fantasmas hasta que vio a su señora hablando con su madre e ignorando a su hermano. Nadie podría estar más fuera de juicio como quien acabó con la vida de ambos y sigue torturando a sus almas.

El número con acceso directo a la clínica se apagó. La chacha no sabe cómo, ella jamás se desprendería de la única salida. Alguien debe haber cortado las líneas, alguien que con sonrisa deslumbrante y esmalte escarlata impoluto baja las escaleras resonando los tacones paso tras paso. Al parecer descubrió la verdad, debe haber notado el cambio de sabor del café al ser ligado con las pastillas. Es difícil engañarla. Es complicado aún más intentar curarla. Las tijeras con que fueron cortadas las líneas telefónicas en las manos. Ahora también como el papel tapiz y las tablas del suelo, están manchadas de sangre.

Lisandra Almaguer Báez (Cuba, 2004). Estudiante de Licenciatura en Letras de la Universidad de Oriente, Cuba. Es aficionada a la literatura desde los ocho años de edad.