Me gusta cuando el cielo se pinta de fuego, de un tono naranja que abraza a uno rojo y cae como si estallaran las alturas. Me gusta, sobre todo, cuando empieza a filtrarse por la ventana y la puerta que dan hacia la calle. Ya debo tener unas cien fotos en mi celular del mismo atardecer entrando a la sala de mi casa. Lo único que no me permite tener una mejor foto es Eleonora. Ella venía con la casa, me guste o no. Ahí estaba sentada desde el primer día en que llegué a esta casa, mi casa. Es robusta. Pelo largo y blanco que se desliza por sus hombros y cae casi hasta la parte baja de la silla. Su piel está arrugada y es suave, tierna. Los lunares en su rostro son grandes. Cada tanto lanza un suspiro, sobre todo cuando la luz del día se va. A veces la peino y le hago una moña o le dibujo una trenza, ella se queda quieta. Mira fijo a la puerta.
Todo empezó cuando por fin conseguí trabajo. Cuando empecé a buscar casa, los precios me resultaron demasiado elevados y como estilista las cosas no son tan regulares como quisiera. Así que me tocó esperar, tomé algunos cursos de inglés y empecé a trabajar en un call center en la noche. Duermo muy poco. Como no tengo hijos o familia pude ahorrar lo suficiente para lo que fuera una cuota inicial. No perdí la esperanza de encontrar un lugar hasta que vi el aviso. Casa de un piso con terraza, agradable, buen vecindario y precio negociable. Imaginé que tenía algún demonio para ser real tanta dicha, el precio lo iba a poner yo, solo bastaba esperar que el dinero ahorrado fuera suficiente. Mi plan siempre fue dar un adelanto e ir pagando cada mes con lo que pudiera recoger. En cuanto llamé, la señora que me respondió me indicó que estaba de acuerdo con mi oferta, pero, escuchando mi emoción, la mujer me habló en voz baja indicándome que primero tenía que ver algo. Así la encontré la primera vez. Desde afuera es lo primero que se ve. La mirada fija en algún lugar. Fue la primera vez que vi esos ojos cristalinos. Sus hermanas me recibieron y estuvimos conversando sobre el precio de la vivienda, la seguridad y los vecinos. Incómodo, no me atreví a preguntar por la mujer que permanecía sentada sin decir una palabra.
—Se llama Eleonora, es la menor de todos -me dijo la que figuraba como dueña de la vivienda.
—Y… ¿está bien? -pregunté.
—Hace quince años tomó la decisión de sentarse a esperar a que su hijo regrese.
—¿Quién se lo llevó?
—No se sabe, solo salió a jugar fútbol un día y no regresó. De eso ya hace unos treinta y cuatro años.
—¿Y a dónde la piensan llevar?
—De eso le queremos hablar.
Mientras la dueña de la casa me explicaba que mover a Eleonora era imposible miraba a la otra mujer en la sala con la mirada puesta en el suelo. Se movía inquieta y no paraba de jugar con sus manos. Intervino interrumpiendo a su hermana.
—Intente moverla -dijo la otra mujer de cabellera blanca señalando a Eleonora.
Al acercarme comprobé lo que me explicaban, aunque su piel se sentía suave, la silla era imposible de mover. Era como si estuviera aferrada con clavos. Traté de tomarla desde las axilas, pero tampoco pude levantarla.
No quise perder la oportunidad de tener mi casa. Las hermanas de Eleonora aceptaron el trato que les hice porque, al final, era yo la única persona que había estado de acuerdo en compartir la casa. Antes de despedirnos les pregunté si debía estar atento a algo más, hasta les pedí un teléfono en caso tal de que apareciera el joven. La mujer me miró con pesar y sonrió como se le sonríe a un niño que ha dicho que vio a un dinosaurio. “No es necesario”, me dijo y se marchó.
Luego de un mes de dormir y comer entre cojines, pude comprarme algunas cosas gracias a un bono que me gané en el call center. Me compré dos sillones y una mesa de madera de cuatro puestos; por fin tuve una buena cama y, lo más importante, pude comprar elementos de cocina. La casa no es muy grande, es pequeña para considerar que aquí vivieran tres personas -cuatro si pensamos en el hijo de Eleonora-, pero la hice un lugar acogedor y logré que la habitación debajo de las escaleras se convirtiera en mi espacio para la peluquería.
Me esforcé mucho en convertir este espacio en un verdadero hogar. A medida que compraba cortinas, decoraciones o hasta instrumentos de aseo también pensaba en si le gustarían a Eleonora. Una vez, mientras limpiaba el pequeño cuarto de la terraza que ocupan escobas y baldes, encontré en una vieja caja la foto de un joven con camisa de franjas verticales de varios colores. Parecía una foto especial por el fondo azul, el joven de nariz delgada y de pobladas cejas sostenía un balón de fútbol y tenía un collar de esferas negras que rodeaban una perla blanca. Sus ojos parecían amarillos y tenía un corte bastante antiguo, una especie de corte en hongo partido a la mitad, algo muy noventero que me produjo risa de tan solo pensar que aún se usara. Comprendí que era el hijo de Eleonora. Me sorprendió porque pese al tiempo y la muerte de las esperanzas, la imagen de un ser querido es lo último que nos queda en el plano material, ¿por qué no conservarla? La limpié un poco y terminé de arreglar mis cosas. Bajé de nuevo y dejé la foto en un viejo portarretrato que tenía libre. Al dejarla en la sala, volví para organizar mi puesto de trabajo y la escuché sollozar. No miraba la foto, no se había movido, pero sus ojos estaban empapados en lágrimas y gimoteaba cada tanto, como cuando intentas aguantar el llanto. Me acerqué con la ilusión de que por fin pudiera hablar, pero no respondió a mis preguntas. Comprendí por qué no tenían ninguna foto y puse mi mano sobre el hombro de Eleonora. La incertidumbre de no saber, el dolor de no encontrar. Guardé la foto en mi habitación y durante varias noches la contemplé antes de dormir.
Supe, gracias a las clientas que empezaron a llegar del barrio, que el hijo de Eleonora se llamaba Santiago y soñaba con ser futbolista. Nunca se supo quién era el padre. Cuando desapareció, la mujer empezó a salir todos los días desde las seis de la mañana hasta casi la medianoche a buscarlo. Al principio salía en compañía de sus hermanas y alguno de sus sobrinos, pero fueron pasando los meses y los años, y fueron dejando de acompañarla. Luego nadie la vio salir más y ahí se quedó. Empecé a sentir pena por dejarla sola en la sala por las noches y empecé a dormir en el sofá, junto a ella. Le contaba mi día, lo que había pensado y cada tanto le preguntaba algo personal con la ilusión de que respondiera. Nada. Así pasaron los días, el negocio mejoró y con lo de la atención al cliente me quedaba suficiente dinero como para salir. Pero de nuevo me invadía la culpa y prefería regresar rápido para estar junto a Eleonora.
Un día, mientras la peinaba, noté que se le podía ver con claridad la piel. Su cabello estaba débil, sin brillo. No seguí peinándola para sentarme frente a ella. Se veía famélica, ya no era la figura delgada de antes, la mujer que solo manifestaba su tristeza a través de sus ojos, ahora su cuerpo era la representación de la decadencia. Intenté hacerle comida y obligarla a masticar, pero fue imposible. La vi desaparecer poco a poco. No volví a salir ni a recibir clientas, me quedé a su lado vigilándola. Un día, mientras el fuego del cielo inundaba la sala, suspiró una última vez y cerró sus ojos para siempre. Su cabeza se inclinó hacia un costado y su cuerpo se hizo al fin liviano. La cargué hasta mi habitación y puse su cuerpo sobre mi cama, al lado del retrato de su hijo. La contemplé por largo rato hasta que por fin me decidí a llamar a las autoridades. Sus hermanas no me dieron un teléfono y el acuerdo de pago era mediante consignación a un número de banco, así que no hubo forma de avisarles que Eleonora había muerto. Puse la fotografía de su hijo en el ataúd junto a ella. Fui el único en las exequias. Al regresar a casa contemplé por largo rato el espacio vacío. Tomé el asiento donde por tantos años Eleonora estuvo esperando a que su hijo regresara. Me senté e incliné la mirada hacia la puerta. Quizás algún día vuelva de la mano de su hijo y al fin pueda verla sonreír.

Miguel Ángel Espinosa Borrero (Cali, Colombia, 1991). Es un periodista de 34 años de edad con once años de experiencia en salas de redacción regionales y nacionales. En diciembre del año 2024 obtuvo su título como Magister en creación literaria, maestría en la cual pudo crear diferentes cuentos, ensayos y la obra final titulada Abismo, la cual aún se encuentra como inédita. Como autor de ficción aún no ha sido publicado, por ahora continúa trabajando en su primera novela y en la selección de cuentos y crónicas para otros proyectos.

