La encontré flotando en una cubeta. Fue un accidente; no pretendía mirar el agua del perro. Hacía tan solo dos horas que se la había servido fresca y limpia, un pequeño oasis en medio del invierno de nuestra ciudad, donde el sol del mediodía todavía te empuja a buscar refugio en la sombra.
Yo iba de salida a la tienda, a comprar los ingredientes faltantes para la comida. El perro movía su cola peluda, ansioso, adivinando mi intención de cruzar la reja. Aunque tuviera el plato lleno y seguridad las veinticuatro horas, se sabía que este patio seguía siendo una prisión para él.
Fue entonces cuando la vi.
Estaba boca arriba, con las alas extendidas, flotando de una forma hipnótica sobre la superficie quieta. Mi primer pensamiento fue cruelmente pragmático: el perro estaba a punto de tragársela; mezclada con el agua, sería un pequeño manjar, una galleta inesperada en su mundo de croquetas.
De no haber sido por los minúsculos espasmos de sus patas, habría seguido creyendo que estaba muerta.
En ese momento lo sentí: la urgencia de salvarla.
Fue irónico. Segundos atrás, no me importaba abandonarla a su suerte, dejándola naufragar en el hocico de un carnívoro. A él lo había visto cazar palomas en pleno vuelo; una mariposa no sería más que un suspiro en su garganta. Pero, ¿y qué hay de mí? Si no hacía nada, ¿sería su cómplice? Dudé seriamente: ¿Qué clase de persona era aquella que dejaba morir a otro ser, por su propia comodidad?
Debió notar el cambio en mi postura, porque el perro se acercó. ¿A quién le gusta que invadan lo que es suyo? No comprendía mis intenciones, así que intentó meter el hocico para beber justo cuando yo hundía los dedos en la cubeta.
Logré rescatarla, acunándola en mi mano. El perro me seguía, impaciente. No quería a un depredador rondando mi más reciente tesoro, bastaba con su salvadora. Dejé caer mi bolsa y las llaves al suelo. El ruido metálico funcionó: fue suficiente para distraerlo y que jugara a olfatear algo nuevo por un par de minutos.
Encontré refugio en un árbol de pingüica. Su pequeño exoesqueleto se acomodó en mi dedo índice, aferrándose a mí como si confiara en el gigante que la sostenía. Acerqué unas hojas verdes a sus patas, invitándola a caminar hacia ellas, a reclamar su libertad y vivir de nuevo.
Se negó a dejarme ir.
Tal vez no le gustaba ese árbol. O tal vez me estaba castigando por haber pensado en abandonarla, recordándome que mi decisión inicial pesaba tanto como mi acto de salvación.
Sus alas estaban empapadas. Cambié de táctica y la acerqué a donde el sol golpeaba con más fuerza. Dejé que el astro se encargara de aliviar aquello que estaba fuera de mi poder. Aún mojada, admiré su color. Al vivir en el desierto, sus alas tenían un tono arenoso, perfecto para camuflarse entre la flora seca. Preguntas sin respuesta empezaron a embargarme: ¿Habría salido de la región? ¿Cuánto camino habría recorrido? ¿Cuánta belleza conoció antes de caer en esa cubeta? Sin duda, más que yo.
¿Habría imaginado que su vida acabaría de ese modo? Un final tan poco romántico, tan insípido: ahogada entre babas de perro, bajo la mirada de una dueña con moral gris, en una casa vieja de un puerto olvidado, en un país oxidado por el dolor y la conquista de un ayer glorioso… Aunque, pensándolo bien, nunca hubo un pasado mejor, ni habrá un futuro mejor. Solo existe este presente, tan frágil como una mariposa.
No era monarca, ni una de esas mariposas azules con orillas oscuras, ni una de cristal. Sus alas eran color crema, con destellos iridiscentes cuando la luz las tocaba en el ángulo justo.
Era una belleza común, de las que pasan desapercibidas, y sin embargo, se me encogía el corazón por ella.
Como es natural, el viento la traicionó y la hizo caer a mis pies.
El perro ya tenía el hocico sobre ella. Lo empujé con todas mis fuerzas, ignorando si lo lastimaba. No quería asustarla, pero una vez más subió a mis dedos, buscando seguridad en la mano que casi la había dejado morir. Ignoré los ladridos y salté la pequeña puerta hacia las escaleras del jardín inferior. Allí no habría peligro.
La sostuve hasta que logré convencerla de posarse en una rama torcida.
Mi satisfacción duró poco. En menos de cinco segundos, alzó el vuelo. Fue un aleteo torpe al inicio, con las alas todavía pesadas por la humedad. La vi posarse sobre la cornisa, convertida en un pequeño punto claro en contraste con el inmenso cielo azul que se alzaba sobre nosotras.
No sé cuánto tiempo me quedé allí, admirándola desde abajo, con el sol escociéndome los ojos. No podía evitar pensar: ¿Y si volvía a caer en una cubeta y yo no estaba cerca? ¿Y si alguien más decidía ignorar su llamado?
Arriba, mi perro ladró. Recordé que el día seguía su curso… y la comida aún tenía que prepararse.

Wendy J. Castro (Guaymas, Sonora, 2002). Es escritora y creadora de contenido. Estudió Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Ha publicado cuento y poesía en Colectivero No. 8, Imagisaurio No. 4, Nudo Gordiano No. 46, ¡Ah qué la rrevista! No. 1, Angustiante llamado de la naturaleza Vol. 1, Senderos de Sal y Circularias. En su canal de YouTube “El diario de Wen” y su cuenta de Instagram @diariod_wen comparte su amor por la literatura, el mundo del arte, y su proceso creativo.

