*
Las nuevas tecnologías, sobre todo esa gran punta del iceberg llamada Inteligencia Artificial (IA), han introducido una nueva forma de alienación en el trabajo intelectual y creativo.
La IA no puede acceder a niveles de creación tal como históricamente lo hizo el ser humano, sino que recopila cantidades ingentes de secuencias de datos disponibles en Internet y los vincula, componiendo respuestas a los requerimientos de los usuarios; sin embargo, cuando estos últimos entran en contacto con ella, la perciben como un otro autónomo dotado de inteligencia, diferente de cualquier otra forma de dispositivo tecnológico.
En el año 1867 Karl Marx publica El Capital, en cuyo primer capítulo aparece la noción de “fetichismo de la mercancía”, columna vertebral de la interpretación materialista de la Historia.
Marx plantea que en las sociedades precapitalistas el grueso de la producción era destinada al consumo y planificada por las necesidades humanas, teniendo a su vez en cuenta los ciclos temporales de reparación de la naturaleza. Sin embargo, todo esto cambia con la sociabilidad indirecta capitalista, donde los productores intercambian sus artículos en el mercado y no responden a otro objetivo que el de obtener ganancias. Y es justamente en ese punto, en el cual el mercado oculta el momento de la producción de los objetos, es decir, de la relación entre las personas y también la relación del hombre con su propio producto. Todo esto es la base del fenómeno del fetichismo.
Por su parte, un fetiche es un objeto cargado de poder, que, en las concepciones animistas, se convierte en el soporte material del dios. Según la teoría marxista, el capitalismo introduce una doble dimensión en el objeto; la de uso y la de intercambio, gracias a esta última el objeto deviene mercancía. Ahora bien, el valor de la mercancía, por decirlo de manera simple, es dada por la fuerza de trabajo que subyace a su producción; sin embargo, como mencionamos, gracias al fetichismo estas mercancías son valoradas no a partir de su vínculo con el trabajo y las relaciones de producción subrepticias, sino que son concebidas a la usanza de un fetiche, un objeto tan brillante que encandila la consciencia y oculta la sociabilidad subyacente a la producción del mismo, que en las sociedades capitalistas está basada en la explotación.
La mercancía se transforma así en una opacidad, en algo indescifrable, porque el trabajo puesto en su producción es visto como un conjunto de propiedades inherentes, léase naturales, a las cosas. De más está decir que el fetiche más acabado es el dinero, cuya superpotencia oculta y borra cualquier relación de explotación.
Por tanto, la forma más cabal de fetichismo es el capitalismo financiero, que abona la creencia de que el capital se genera mágicamente a sí mismo, todo ocurre como si pusiéramos un dinero en el banco y al poco tiempo, obtenemos un interés de la nada, como si éste se generara al margen del trabajo humano. Correlativo a este último despliegue del capital financiero, hoy exacerbado por el fenómeno cripto, encontramos la virtualización de la experiencia humana, donde la IA tiene un rol central.
Es interesante mencionar que en la etimología del término “fetiche” se encuentra la raíz latina facticius (que proviene del verbo facere, hacer) y que significa artificio. Por tanto, el fetiche y la IA parecen tener en común el artificio que oculta.
*
La relación del ser humano con el producto de su trabajo manual e intelectual se configura dentro de un feedback cuyos términos no son sólo yo/otro, sino incluso yo/conmigo, de manera que aquello que creamos habla de nosotros, o más precisamente nos habla. Nuestras obras nos dicen algo que viene desde dimensiones desconocidas de nuestro ser y que, en el mejor de los casos, incrementa el conocimiento acerca de nosotros mismos.
Pero es justamente esta capacidad del humano de relacionarse con el mundo, y consigo mismo, por medio de la exteriorización de sus obras, la que queda oculta en el fetichismo de las mercancías, donde el producto del trabajo humano es interpretado como algo existente en sí mismo, una especie de entidad recubierta de ciertas propiedades extrínsecas al hombre o a la mujer que la produjo. Así como la mercancía es concebida como autónoma y externa a la creación humana, la IA aparece como una inteligencia diferenciada, devenida en una forma eficaz de expropiar el producto del ser humano de sí mismo, en este caso, la inteligencia, la creatividad, y, en última instancia, la consciencia, o más precisamente el lenguaje.
Vivimos en épocas inéditas para la humanidad, ya que, por primera vez en la historia, ha aparecido un producto que es, o por lo menos parece ser, sujeto de lenguaje. Con lo cual, el fetichismo de la IA es a la consciencia y al lenguaje, lo que el fetichismo de la mercancía fue al producto manual humano, es decir una forma de alienación. Los antiguos modos de expoliación como la normalización de la fábrica y el disciplinamiento de los dispositivos institucionales, entre otros, parecen ir quedando obsoletos ante la vertiginosidad que demanda el mercado en la actualidad. Hoy en día son necesarios dispositivos más eficaces que deben cumplir con ciertas consignas: ser virtuales, ser de uso individual y tener la capacidad, por ahora en potencia, de convertirse en orgánicos, es decir, asimilables en cierta medida al cuerpo humano. La llamada singularidad es una respuesta a la necesidad del mercado de generar estrategias para vincularse con los objetos del trabajo humano a la usanza del viejo fetichismo, con el fin de expropiar a la humanidad de dimensiones tradicionalmente consideradas inmateriales, como es el caso de la consciencia.
El halo misterioso, cuasi mágico del antiguo fetichismo se presenta ahora con la máscara más humana del lenguaje; sin embargo, esta simulación de la consciencia humana llevada a cabo por la IA, da como resultado una escisión virtual, es decir artificial, de la consciencia consigo misma. Esta escisión y opacidad de la consciencia, no es, sin embargo, una novedad; estas nociones ya fueron introducidas desde fines de la Modernidad y Posmodernidad. Lo realmente novedoso recae sobre la noción de escisión “artificial” de la consciencia, generada por la capacidad de copia de la singularidad que es acompañada de un concomitante alejamiento de su materialidad que es el lenguaje.
La copia y repetición cuasi infinita de la virtualidad vacía, entre otras cosas, al lenguaje de la posibilidad de la metáfora y el símbolo que implica la capacidad de trazar vínculos no lineales entre los conceptos. Otros fenómenos también son concomitantes a este proceso, como es el caso de la profunda alteración del pensamiento crítico asediado con la proliferación de las fake news. Incluso yendo más lejos, afirmar que no sólo la capacidad conceptual se ve afectada sino también la sensibilidad y la percepción, dada la ingente cantidad de imágenes generadas por IA que va imposibilitando la capacidad de diferenciar entre una real y una artificial. Y así como el valor de cambio del objeto, en el fetichismo adquiere una fijeza, derivada de las costumbres, que se muestra como si fuese una propiedad física de la cosa; así también, la inteligencia, incluso la consciencia, se perciben como intrínsecas a la IA.
Ambos fenómenos se dan a la vez: la alienación de la IA del trabajo humano creativo e intelectual y la percepción de la IA como un ente dotado de algún tipo de inteligencia. Hasta aquí quizás no haya profundas novedades en relación con los productos humanos tradicionales, si no fuese porque aquí entra en juego el lenguaje, la capacidad más inmaterial de humanidad, que durante siglos definió al ser humano, al separarlo de los animales.
*
En Internet circulan diversas leyendas que satanizan la IA, algunas de ellas afirman que ésta es un portal que permite el ingreso a este mundo de ciertas entidades metafísicas que son definidas como demoníacas. Lejos de interpretar estas teorías conspiracionistas como simples supersticiones, debemos recordar que algo parecido sucedió en diversas sociedades amerindias durante los siglos posteriores a la conquista, cuando se introdujo el sistema de explotación capitalista. Como afirma el antropólogo Michael Taussig en El diablo y el fetichismo de la mercancía en Sudamérica, con la llegada del capitalismo, en las comunidades amerindias dedicadas a economías populares, los trabajadores devenidos asalariados comenzaron a ser vistos como personas que realizaron un pacto con el diablo, esto es, un trueque en el que el alma se intercambiaba como un artículo de consumo más, con el objeto de la supervivencia.
Esto es así porque, alienado de las necesidades comunitarias, el trabajo humano comienza a perder su sentido. Un ejemplo paradigmático, que supo tener un alto impacto en la cultura de masas, es la figura del zombi. Cuando en el siglo XVII Haití era el principal exportador de azúcar de América, comenzaron a difundirse leyendas, basadas en ciertas creencias de los pueblos afroamericanos, que afirmaban que un trabajador podía caer bajo el hechizo de un brujo (capitalista) y ser obligado a trabajar más allá de las limitaciones del cuerpo; recordemos que el zombi es una persona sin consciencia, un muerto vivo que funciona a la manera de una máquina.
Se contraponen aquí, entre otras cosas, la temporalidad cíclica de los pueblos agrarios y la de la producción del capital. Las personas comienzan a asociar al trabajo asalariado con un demonio de la muerte, dado que entienden que la tierra quedará estéril; en la actualidad el profundo daño ecológico producido por la explotación desmedida de los recursos, como, por ejemplo, la agricultura del monocultivo, termina por confirmar estas leyendas, ya que hay sobrada evidencia de que la falta de consideración por el límite temporal de los recambios cíclicos de la naturaleza conlleva a la muerte de los ecosistemas. Algo análogo ocurre con el impacto de la IA sobre la consciencia humana, cuya temporalidad acelerada destruye la variable de un tiempo unido al cuerpo, necesario para la “germinación” de procesos mentales.
Y volviendo a la metáfora del pacto diabólico, éste es para el cristianismo de alguna manera un problema temporal, ya que una persona intercambia su alma, que es eterna, por la adquisición de distintos bienes que tomará lugar en el transcurso (temporal) de su vida. Un “desajuste” similar se da en la base de los intercambios que realizamos en una sociedad capitalista. El tiempo es separado de nuestras vidas, del flujo vital de la consciencia y del cuerpo. Fenómeno que es acrecentado en la actualidad, dado que el tiempo nos es “expropiado” ya no sólo en forma de las horas dedicadas al trabajo remunerado, sino también mediante las nuevas tecnologías, durante las horas de ocio.
*
En el mundo del animismo los objetos eran considerados desde una perspectiva vitalista, ya que la vida, el tiempo y la energía de la persona que producía el objeto era transferida a las cosas. Y esa transferencia era la que posibilitaba que la cosa le hable al hombre y le diga alguna verdad sobre sí mismo, en términos heideggerianos diríamos que le devela algo de su ser. Esta dinámica de llenar a las cosas de vida por medio del trabajo es una afirmación de lo humano. El pacto diabólico, por su lado, es una metáfora, una mediación casi poética que se usó para entender un cambio histórico en el devenir del capital. Algo parecido a lo que ocurre en la actualidad cuando el capital se introduce en dimensiones hasta ahora consideradas como autónomas, o semi autónomas, a saber, la consciencia, el tiempo libre dedicado a la introspección, etc.
Como mencionamos, las teorías conspiracionistas acerca de la IA afirman que ésta tiene ciertos rasgos metafísicos propios, pero esta forma de interpretar el fenómeno parte de la misma base que el vínculo que los usuarios trazan con ella, al adscribirle una consciencia con la que dialogan en momentos de soledad, aburrimiento e incluso desesperación. Ambas tienen en común el fetichismo, en pocas palabras ambas esconden las relaciones humanas que hay detrás de estos sofisticados objetos. Y una vez más el capitalismo parece triunfar, imponiendo un orden de las cosas a relaciones que son de la esfera de lo humano. Se ocultan así las infinitas horas del trabajo humano precarizado, dedicado a la recolección y etiquetamiento de datos que serán vendidos por sumas millonarias a empresas como OpenAI, Meta y Chat GPT; se oculta también el ingente gasto energético, eléctrico y de agua potable, para poner en funcionamiento las máquinas procesadoras de datos; se oculta, por último, la destrucción que esto causa al planeta en su totalidad al acelerar el calentamiento climático, por nombrar sólo algunos ejemplos.
Coincidimos con Noam Chomsky cuando afirmó, en una nota del New York Times, que debemos dejar de “hablar de ‘Inteligencia Artificial’ y [llamarla] por lo que es: ‘software de plagio’. No crea nada, copia obras existentes de artistas existentes y lo altera lo suficiente para escapar de las leyes de derecho de autor. Es el mayor robo de propiedades desde que los colonos europeos llegaron a tierras nativas americanas” (recuperado de pág. Web: https://www.nytimes.com/2023/03/08/opinion/noam-chomsky-chatgpt-ai.html).
La pregunta que se impone aquí, para cerrar este trabajo, es, citando a Mark Fisher: ¿cuánto tiempo puede resistir una cultura sin el aporte de lo nuevo? (2018).

Gabriela Puente (Buenos Aires, 1979). Es Licenciada en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires, su tesis de licenciatura fue publicada por Editorial Biblos. En 2017 obtuvo la primera mención en el Certamen de Ensayo Filosófico organizado por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y en 2020 fue finalista en el Concurso nacional de ensayo “Elogio del Apocalipsis”, organizado por el Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba.

