“La muerte de la polilla”, de la escritora británica Virginia Woolf (1882-1941), se publicó por primera vez en la colección póstuma La muerte de la polilla y otros ensayos, editada en 1942 por The Hogarth Press en Londres y por Harcourt, Brace and Company en Nueva York ese mismo año. El estilo de Woolf, que combina musicalidad, imágenes precisas y una sutil ironía, contribuyó a ampliar los horizontes del ensayo, y estableció un paradigma de atención minuciosa a los detalles de la vida cotidiana como vehículo de significados universales. Breve pero luminoso, “La muerte de la polilla” condensa con maestría las obsesiones centrales de su obra: la fragilidad de la vida, la certeza de la muerte y la capacidad de la literatura para hacer visible lo invisible. En apenas unas páginas, Woolf transforma una escena mínima en una meditación sobre la energía vital y su inevitable agotamiento. La ironía en este ensayo se despliega, en el plano temático, en la tensión entre la insignificancia del insecto y la magnitud del destino; en el plano formal, se configura mediante el contraste entre sentencias, de aire aforístico, y la amplitud reflexiva de las digresiones. Si bien el ritmo de la escritura fluye como una marea que avanza y retrocede, los detalles sensoriales (la luz, el color, el sonido) orientan la atención del lector hacia imágenes y metáforas cuya extrañeza ejerce una atracción hipnótica sobre la mirada. Por la manera en que está escrito, “La muerte de la polilla” muestra como el ensayo literario puede fundirse en un mismo gesto breve de pensamiento crítico, meditación poética y experiencia sensorial.
“LA MUERTE DE LA POLILLA”, DE VIRGINIA WOOLF
No es apropiado llamar polillas a las polillas que vuelan de día; no provocan esa apacible sensación de oscuras noches otoñales y brotes de hiedra que la más ordinaria de ellas, la de alas amarillas, dormida a la sombra de la cortina, siempre despierta en nosotros. Son criaturas híbridas: ni alegres como las mariposas ni sombrías como su propia especie. Sin embargo, este espécimen, con sus estrechas alas color heno, orladas con flequillos del mismo tono, parecía estar satisfecho con la vida. Era una mañana agradable de mediados de septiembre, apacible, bondadosa, pero con un aire más intenso que el de los meses veraniegos. El arado surcaba ya el campo frente a la ventana, y ahí, donde había pasado la reja, la tierra se apretujaba y relumbraba por la humedad. Se desprendía tal vigor de los campos y de las tierras más lejanas que era difícil mantener la mirada exclusivamente en el libro. Los grajos también celebraban una de sus festividades anuales: sobrevolaban en círculos las copas de los árboles hasta que parecía como si se hubiera lanzado al aire una inmensa red con miles de nudos negros, que, al cabo de unos instantes, se hundía lentamente sobre los árboles hasta que cada ramita parecía tener un nudo en la punta. Entonces, de pronto, la red volvía a lanzarse al aire, esta vez en un círculo más amplio, con el estruendo y el vocerío más intensos, como si la experiencia de ser lanzada y posarse sobre las copas de los árboles fuera tremendamente emocionante.
La misma energía que inspiraba a los grajos, a los labradores, a los caballos e incluso, según parece, a las llanuras estériles y desnudas, hacía que la polilla revoloteara de un lado al otro en su cuadrito de vidrio de la ventana. Era inevitable mirarla. En verdad, uno sentía una extraña compasión por ella. Aquella mañana las posibilidades de placer parecían tan enormes y variadas que participar en la vida sólo como una polilla —y encima una polilla diurna— parecía un destino adverso, y su entusiasmo por disfrutar al máximo sus escasas oportunidades resultaba conmovedor. Volaba con ímpetu hacia una esquina de su compartimento y, tras esperar un instante, cruzaba hacia la opuesta. ¿ Qué más podía hacer sino volar hacia una tercera esquina y luego hacia una cuarta? Era todo lo que podía lograr, a pesar de la amplitud de las llanuras, la anchura del cielo, el humo lejano de las casas y, de vez en cuando, la romántica voz de un barco de vapor en el mar. Hacía lo que podía. Al observarla, me daba la impresión de que una hebra muy fina y pura de la enorme energía del mundo se había incrustado en su frágil y diminuto cuerpo. Cada vez que cruzaba el vidrio, podía imaginar que un filamento de luz vital se hacía visible. Era poco o nada, pero era vida.
Sin embargo, como era tan pequeña, y la energía que se colaba por la ventana abierta y se abría camino a través de tantos pasillos estrechos e intrincados en mi cerebro y en el de otros seres humanos era tan simple, había en la polilla algo tan maravilloso como patético. Era como si alguien hubiera tomado una gota minúscula de vida pura, y adornándola apenas con plumas y flequillos, la hubiera puesto a bailar y zigzaguear para mostrarnos la naturaleza más genuina de la vida. Vista así, una no puede sobreponerse a su extrañeza. Tendemos a olvidarnos por completo de la vida cuando la vemos encorvada, conducente, ataviada y entorpecida de tal suerte que debe moverse con la mayor prudencia y dignidad. Una vez más, la idea de lo que podría haber sido su vida si hubiera nacido con otra forma, hacía que uno viera sus actividades más simples con cierta piedad.
Al cabo de un rato, al parecer cansada de su danza, se posó en el alféizar al sol y, terminado aquel extraño espectáculo, me olvidé de ella. Entonces, al levantar la vista, volvió a llamar mi atención. Intentaba reanudar su danza, pero se le veía tan rígida o tan torpe que apenas pudo revolotear hasta el borde inferior del vidrio y, cuando decidía cruzarlo, fracasaba. Absorta en otros asuntos, observé sin pensar sus vanos intentos durante un rato, inconscientemente a la espera de que reanudara el vuelo, como se espera que una máquina que se ha detenido por un momento se ponga en marcha sin reparar en la causa de su falla. Después de, quizás, un séptimo intento, se resbaló del borde de madera y cayó, batiendo las alas, de espaldas sobre el alféizar de la ventana. Su actitud indefensa me inquietó. Comprendí de inmediato que se encontraba en apuros: ya no podía levantarse; sus patas forcejeaban en vano. Pero, mientras le tendía un lápiz con la intención de ayudarla a enderezarse, me di cuenta de que su fracaso y su torpeza eran el preludio de la muerte. Coloqué el lápiz de nuevo en su sitio.Las patas se agitaron una vez más. Miré como si buscara al enemigo contra el cual luchaba. Miré afuera. ¿Qué había pasado allá? Supongo que era mediodía y el trabajo en los campos había terminado. La quietud y el silencio habían sustituido la vivacidad previa. Los pájaros habían huido para alimentarse en los arroyos. Los caballos permanecían inmóviles. Pero la fuerza seguía ahí, afuera, agolpada, indiferente, impersonal, sin ocuparse de nada en particular. En cierto modo, se oponía a la polillita color heno. De nada servía intentar hacer algo. Sólo quedaba observar los extraordinarios esfuerzos de aquellas patitas frente a una fatalidad inminente que, de haberlo deseado, podría haber sumergido una ciudad entera; y no sólo una ciudad, sino a multitudes. Nada, lo sabía, tenía oportunidad alguna frente a la muerte. No obstante, después de una pausa de agotamiento, las patas se agitaron otra vez. La última protesta fue sublime y tan frenética que al final consiguió incorporarse. Desde luego que mi simpatía siempre estuvo a favor de la vida. Además, cuando no había nadie a quien le importara o lo supiera, este gigantesco esfuerzo de una insignificante polillita contra un poder de tal magnitud, para retener lo que nadie más valoraba o deseaba conservar, conmueve de una extraña manera. En cierto modo, se veía una vez más la vida: una gota pura. Levanté el lápiz de nuevo, aunque sabía que era inútil. Pero incluso mientras lo hacía, se manifestaron los inconfundibles signos de la muerte. El cuerpo se relajó y al instante se puso rígido. La lucha había terminado. La insignificante criaturita ahora conocía la muerte. Mientras miraba a la polilla muerta, este mínimo triunfo al margen de una fuerza tan grande sobre un antagonista tan insignificante me llenó de asombro. Tan extraña como había sido la vida unos minutos antes, ahora la muerte también lo era. Después de haberse incorporado, la polilla yacía sosegada con gran dignidad y sin quejarse. Sí, parecía decir, la muerte es más fuerte que yo.

Daniel Casado Gallegos (Ciudad de México, 1987). Es licenciado en Lengua y Literaturas Modernas Inglesas por la UNAM y maestro en Traducción por El Colegio de México, donde actualmente cursa el Doctorado en Literatura Hispánica. Ha colaborado en diversas publicaciones digitales e impresas con artículos, traducciones y textos de creación literaria.
