Conocí a don Jesús Alberto en la Biblioteca Central de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Siempre coincidíamos en alguna de las mesas individuales. Me sorprendía verlo leer dos o tres libros al mismo tiempo. Al principio creí que era un investigador o profesor, luego comprobé que sólo leía por placer. Así inició nuestra relación lectora. Llevaba asistiendo a la biblioteca aproximadamente tres años. Era jubilado de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), originario de Oaxaca, tenía sesenta y dos años y nunca tuvo tiempo de acudir a la universidad porque tenía que mantener económicamente a su familia. Comentaba que le hubiera gustado ser historiador y que desde los nueve o diez años tuvo ese interés por la Historia, ya que su padre leía todos los días el periódico. Heredó de él el hábito por la lectura.
− ¿Y por qué le gusta dicha materia?
− Porque me permite comprender muchas cosas de política, religión o economía. Bueno, también para que no sea tan ignorante. El gobierno por eso se aprovecha de la gente porque no sabe su pasado. Es una disciplina bastante linda y un arma poderosa a la vez. Me gustaría estar más cerca de los Archivos de la Nación para conocerlos.
− ¿Tiene algún tema favorito?
− La verdad tengo varios. Me gusta la Segunda Guerra Mundial, los romanos, el Imperio Mexica, la Conquista, lo del 68, la Revolución Mexicana. Casi todo, creo.
− Puede estudiar en el sistema abierto de la UNAM.
− Lo pensaré. Necesito prepararme para el examen y me da un poco de hueva leer otras cosas. Ya estoy encarrilado con mis lecturas.
− ¿Ha visitado la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH)?
− No, fíjate que no. Dicen que hay buen material.
− ¿Al Museo Nacional de Antropología?
− Ah, claro. Qué cosa tan chingona. Nunca he salido fuera del país, pero el que tenemos no le pide nada a nadie. Dicen que en Londres o Nueva York están los mejores y nah, no lo creo. Los mexicanos tenemos mucha historia. A los extranjeros les gustan las pirámides y nuestras tradiciones. Con eso es más que suficiente para entretener, contar.
− ¿Hasta qué grado estudió?
− Sólo aprendí a leer. Te digo que antes de entrar a la CFE trabajé de albañil, velador, panadero y cosas así. Los fines de semana los ocupaba para ir con mis cuates a los bailes y salir con muchachas. No había tiempo para estudiar. Ya después me casé.
− ¿Ahorita qué lee?
− La biografía de Pancho Villa, escrita por Paco Ignacio Taibo II. Escribe bien, aunque de repente se pone como loco con sus cosas de política y así. Me lo he encontrado ahí en Bellas Artes, y cómo fuma, cabrón.
− ¿Leyó la de El Che?
− Sí, el Paco comenta que escribía poemas y a mí eso sí no me atrae. Leo que tuvo talento para lo de ser líder, la relación con sus papás, sus parejas, su asma. La guerra era la guerra y luego la familia. Nunca se quitó de la mente pelear por los otros.
Tenía dos hijas. La mayor era ingeniera eléctrica egresada del Instituto Politécnico Nacional (IPN) y la otra contadora por la UNAM. Sus hijas estaban casadas con buenos hombres, tenían un empleo estable y adoraba a sus cinco nietos. De vez en cuando los llevaba a las luchas, al cine o al futbol. Era hincha de los Pumas y los Burros. Su esposa se dedicaba al hogar y era una excelente cocinera y se sentía orgulloso de su familia.
En cierta ocasión me invitó un café en la Facultad de Filosofía y Letras y me contó lo que pasó durante la crisis del 95 y el Fobaproa.
− No, joven, estuvo regacho. Muchos amigos y familiares se fueron a la calle de la noche a la mañana. Algunos emigraron a Estados Unidos y ya nunca los volví a ver. Es la hora que no sé nada de ellos. Uno de mis compadres tuvo que vender su casa. Gracias a Dios pude llegar hasta al final, nomás que sentí horrible que otros no tuvieran trabajo ni ahorros. Pobres. Estos pendejos políticos se dedican a puro chingar a la gente.
No dije nada, bebí mi café hasta el fondo. Tenía razón: los políticos sólo se dedican a joder a la gente. Era una lástima que no lo haya conocido antes, cuando era estudiante en la Facultad de Economía y me hablara un poco más acerca de su experiencia. Vaya complemento que hubiera tenido. Don Jesús Alberto vivía en Iztapalapa y me presumía que poseía una pequeña biblioteca en una bodega y, aunque no eran demasiados libros, le eran suficientes para llevar una vida modesta. Los había comprado en Copilco, en Donceles, en tianguis o en algunas ferias. Acostumbraba a leer el periódico los fines de semana –como su padre– para estar al tanto de lo que acontecía en el país. La voceadora de su colonia ya lo conocía y hasta le llegaba a regalar unos, excepto que esos nos los guardaba porque ocuparían más espacio. Aseguraba que dejaría de leer hasta que se muriera, de ser posible en su biblioteca. Palabras mayores y heroicas.
− ¿Ha ido a la biblioteca Vasconcelos?
− Rara vez. Es enorme y preciosa. Ahí he encontrado una que otra novedad. La Vasconcelos y la Central son únicas en la ciudad. Me siento bien cuando leo.
Venir hasta la biblioteca de Ciudad Universitaria le parecía una estupenda actividad recreativa, que no le importaba recorrer grandes distancias con tal de leer varios libros de su materia favorita. Era un hombre de hechos, no de palabras. A veces en casa no se sentía cómodo. Con su esposa no existía problema alguno, sino que la música de sus vecinos no lo dejaba concentrarse. Todo el día escuchando a Los Ángeles Azules y más que leer, le daban ganas de bailar. Se reía. Luego me confesó que le gustaba la salsa y la cumbia.
− Qué se le va a hacer, el cuerpo lo pide. ¿Tú bailas?
− Tengo dos pies izquierdos.
Volvía a reír. Me recordaba que la Biblioteca Central era Patrimonio de la Humanidad, un orgullo para el país y en su mirada podía escuchar el Goya.
− Es mi biblioteca favorita, ¿sabes? Al atardecer se figura que baja una serpiente por las ventanillas. Yo creo que por eso la construyeron así. ¿Lo has notado?
Honestamente, respondí que no. Jamás pensé que sucediera eso. A partir de entonces no dejaba de mirar las ventanillas, aunque nunca aparecía por ningún lado la dichosa serpiente (emplumada) o de plano mis lentes necesitaban más aumento. Era un gusto coincidir con él los días miércoles y jueves, que eran los días que tenía más tiempo libre. Le sorprendía saber que a los dos nos unía el interés de leer y estar en el mismo sitio, interactuando, recomendándonos a ciertos autores. Don Jesús Alberto soñaba con escribir un libro. Para ser exacto: uno de memorias. No sabía por dónde comenzar pero no perdía la esperanza. Si ese momento hubiera llegado, habría sido el primero en comprarlo.

Franco García (Guerrero, 1987). Estudió Economía, Letras Hispánicas y Administración en la UNAM. Ha publicado en Punto de Partida, Punto en Línea, Ágora, Opción, Mono, La otra voz, Trinchera, Acapulco Cultura, Minificción, Monolito, Rankia, Palabrerías, Zompantle, Capote, Enpoli, Sputnik, Periódico Poético, Revista Noche Laberinto, Letras y Voces, Irradiación, Campos de Plumas, Revista Pirocromo, Revista Alcantarilla, Revista Hipérbole Frontera, Letras Insomnes, entre otras. Parte de su obra ha aparecido en antologías de minificciones y cuentos.
