La orilla imposible | por Alexandro Porras

La orilla imposible | por Alexandro Porras
Tu te plais à plonger au sein de ton image;
Tu t’embrasses des yeux et des bras, et ton coeur
Se distrait quelquefois de sa propre rumeur
Au bruit de cette plainte indomptable et sauvage.
Baudelaire, Les fleurs du mal.

¿Quién no disfruta del mar? Al menos él goza con ese ruido monstruoso como una ola de aplausos. Le gusta tender sus brazos y luego moverlos hábilmente contra los rudos embates de la marea cristalina. Sus piernas también sienten las caricias de la plenitud azul. Quiere alejarse de la costa y desafiar los riesgos del coloso indomable, allá en altamar, en donde su existencia dependa tan sólo de su propia pericia. Quiere sentir el mar, luchar con el mar en su forma más salvaje. Mar de estruendos intraducibles; mar de retornos letales; mar de mares, que defiende su intimidad como fiera herida. Pero antes de que se cumpla esa batalla, antes de que la marea muestre su furia y él su destreza de nadador, antes de ello percibe inevitablemente ese ¡Briones, despierta!, que lo arrastra no a la costa, sino frente al maldito monitor con el cursor intermitente. Oye sin escuchar que los artículos no se escribirán solos, que la fecha de cierre está próxima y que ésta debe ser la última vez que fantasea en horas de trabajo.

―Sí, señor ―pronuncia sin ganas.

Se levanta, camina un poco y toma un cono de papel bajo el garrafón. Es curioso: el agua sólo tiembla en ondas concéntricas; tiene un sabor casi dulce, risible, y en nada se parece al oleaje espumoso que entraba en su boca hace unos momentos. La tibieza de ese líquido lo pone de mal humor y desenfoca su mente en vez de refrescarla. Cuando regresa a su asiento, sólo ha perdido un par de minutos a cambio de nada. Lo está esperando la masa de letras que, por un instante, no puede descifrar. Enfoca la vista y recuerda los efectos de la corrosión, el proceso de decapado y sus distintas aplicaciones en metales ferrosos y no ferrosos. En medio de ese maremágnum de frases técnicas descubre el hilo de un artículo tan difícil como fútil. La revista, especializada en recubrimientos industriales, es más un cúmulo de publicidad con uno o dos artículos técnicos. Desde hace algunos años tiene la certeza de que nadie repara en sus textos. Los pocos lectores van directamente al anuncio pagado o a la presentación de una nueva máquina soldadora, e ignoran sus artículos firmados con el pseudónimo de Edward Cummings, PhD. Sin embargo, esas páginas de relleno, junto con la revisión y la corrección de la revista, son las razones de su empleo. Así, pese a lo anticuado de su labor y a lo aburrido de su escritura, se decide a enfrentar las últimas frases de la pantalla. Entonces recuerda que los minerales en las aguas saladas aceleran el proceso de corrosión, y que fue precisamente esa imagen la que lo llevó en un vaivén espumoso hasta enfrentarse semidesnudo a los embates del mar.

Un mes atrás comenzaron las imágenes; tal vez variaban en intensidad y frecuencia dependiendo del tamaño del aburrimiento, aunque sin duda se iniciaron un día después de que Maritza se fuera. Había vivido con ella cinco años, siete meses y dos días. Su ausencia no sólo había sacudido su departamento, sino también su trabajo. Se te ha ido una errata, Briones. Tu frase está muy complicada, Briones. No escribas como si te leyeran amas de casa; estás escribiendo para ingenieros, Briones. Primero había comenzado a ver la silueta de Maritza entre las olas, después el movimiento de un mar incontrolable y, finalmente, su propia figura luchando contra la marea; todo ello sonsacaba su estilo y volvía inaprehensibles los conceptos de la industria metalmecánica.

A menudo las memorias se complementaban con las imágenes del mar, y entonces recordaba sus años de infancia, su primer contacto con la natación. Más grande se había convertido en un excelente nadador de dorso y de pecho. A Maritza la había conocido en preparatoria, cuando él abría un relevo mixto en dorso, y ella cerraba con el estilo libre. Habían conseguido medalla de plata en los juegos regionales y cuarto lugar un año después, en los nacionales. Durante la universidad él había perdido el gusto por la natación y Maritza se había hundido entre los muchos talentos adultos que superaban su precoz habilidad. No obstante, encontraron en la literatura un pretexto para seguir enamorándose. A veces con un café, a veces sin él, pasaban horas debatiendo sobre Whitman o Darío. En realidad, su verdadero propósito era frecuentarse, y no tanto compartir su devoción por la poesía. Tras su graduación, no encontraron pretextos para seguir viviendo separados, así que rentaron un pequeño departamento en una zona céntrica de la ciudad.

―¿Quién no disfruta del mar? ―preguntaba Maritza durante los primeros meses.

Habían conseguido empleos con relativa facilidad, pero no disponían de suficientes recursos para visitar una playa con frecuencia. De cualquier modo, a ella le gustaba soltar sus ¿cuándo vamos a la playa? para fijarlos como un propósito permanente. A él no le entusiasmaba la idea. Su gusto por la natación no tenía que ver con el mar salado, sino que se reducía al contacto de esa agua con cloro y transparente, que se partía en carriles para competición. Sin embargo, se callaba con el propósito de verla sonreír. Por la insistencia, al año pudieron visitar una playa en un hermoso fin de semana de octubre. En efecto, ¿quién no disfruta del mar? Ante la crepitación de las olas, se despertó en ambos una sensación de plenitud que los bronceó con deseos ardientes y furibundos. En Maritza quedó tatuado ese placer; para él devino en un estímulo contra la rutina. Era suficiente con ir una vez al año, de tal modo que doce meses se pasaran volando entre la sed de mar y calor. 

Cuando Maritza le manifestó su deseo de irse a vivir al mar, no ahora, sino algún día, en cuanto pudieran adquirir una propiedad en alguna costa, él no pudo contenerse. La playa estaba bien como recompensa, pero no como realidad ni tampoco como aspiración. ¿No se perdería el encanto después de un tiempo? Además, ¿en qué podrían ocuparse dos redactores como ellos en un paraíso semejante? Maritza trabajaba en un periódico deportivo y él escribía en una revista de recubrimientos industriales, ¿habría una oportunidad así en ese bello lugar? ¿Oportunidad?, cuestionó Maritza. ¿No había dicho él que quería escribir sus propias historias, que incluso le encantaría armar una novela que construía desde niño? ¿Esperaba escribir por siempre sobre las aplicaciones farmacéuticas de los aceros austeníticos? Aquel pleito culminó entre sonrisas y disculpas, aunque nunca salió definitivamente de ese departamento en una zona céntrica de la ciudad.

Maritza se fue una tarde lluviosa después de cuatro años, siete meses y dos días de pleitos repetidos. Ella se había convertido en editora de un famoso diario de derecha, y a él le habían subido el sueldo un par de veces en la misma revista de recubrimientos industriales. Él nunca sintió envidia y ella no sospechó eso jamás, pero, mientras ella le comunicó su deseo de irse para siempre, se sintió pequeño frente a su trayectoria.

―No te quedes ahí ―le dijo con desagradable condescendencia.

Se había ido por las ansias de visitar nuevamente el mar y, seguramente, por el deseo de procrearse con algún hijo de puta de ciento ochenta centímetros de estupidez. Él cerró la puerta tras de Maritza y comenzó a preguntarse cómo haría para quitarse de encima tanto tiempo de plenitud y tantos recuerdos gratos sin contaminar. Así, decidió ensayar algunos versos endecasílabos que lo asquearon al día siguiente, al igual que el exceso de alcohol que se había bebido en una sola noche. 

―Tómate el día, Briones. Hoy arráncate de la piel a esa mujer y vuelve mañana con el ánimo arriba.

Más que un día, necesitaba de Maritza y tal vez de un poco de mar para que juntos le calmaran la angustia fría de su cuerpo. La noche fue larga y horrible, por lo que al día siguiente tuvo que luchar con la fatiga del insomnio. Así comenzaron las imágenes de Maritza en el mar, sorteando las olas hacia la costa opuesta, el punto más lejano en el horizonte. A los pocos días, comenzó a ver un terrible huracán que se despertaba con la velocidad de sus dedos sobre el teclado. Los ¡Briones, despierta! se volvieron una marca típica del día, y él se convirtió en la burla de sus compañeros del área de ventas. Eso no lo enfadaba. Cada vez que tenía la posibilidad de volver al mar sentía una especie de realización que lo liberaba de su carga. La imagen cambió y se veía a sí mismo, en traje de baño, caminando desde la costa para enfrentar las embestidas del mar. De nuevo: eso lo calmaba, le traía aquellas tardes, a veces con café y a veces sin él, en que disfrutaba de una bella voz y de una charla profunda. Entonces resolvió hacer un trato consigo mismo: dos o tres veces al día se permitiría soñar con el mar y con esa aventura de avanzar hacia el horizonte. Por supuesto que no funcionó. Mientras más escribía, más se percataba del aburrimiento y menos notaba el instante en que comenzaba a perderse entre las olas.

―Briones, cuidado con el jefe ―le dicen de pronto.

Sin saber cómo, la tormenta de recuerdos lo ha puesto de nuevo frente a la ilusión de su batalla. Se descubre extenuado y sin aliento; sus brazos le punzan y las piernas le tiemblan. Voltea hacia la voz que lo alerta y le sonríe sin alegría. Está tan sorprendido como exhausto, aunque también se siente satisfecho. Cuando combatía con fuertes brazadas contra ese imparable ímpetu azul, le pareció ver, en una orilla imposible, el rostro incitante de Maritza. Orgullosa, lo invitaba a la aventura salvaje de sortear el mar. Eso le basta para convencerse de su propósito. Gira la vista un par de veces, revisa sus rededores y, sin remordimientos, comienza a caminar con sus pies descalzos sobre la arena tibia. Ahora lo hace con presteza. A lo lejos se figura una orilla feliz, en que ella lo espera con sus pies desnudos. Camina y camina de frente hacia las olas; su cuerpo se sumerge en el agua, pero él no cambia su postura erguida en tanto sigue sintiendo arena en los pies. En cuanto se le acaba la superficie adopta su postura horizontal y combate el oleaje con brazadas ardientes y patadas furibundas. ¿Quién no disfruta del mar? Ese peligro ondulante que se defiende como si lo hubieran herido en lo más íntimo; ese mar que pesa cinco años, siete meses y dos días de recuerdos imborrables; esa frontera, a cuyo lado opuesto se esconde Maritza.

Puede que las olas ataquen, que se oscurezca el cielo, mas él se afianza a su pericia de nadador. No hay ¡Briones, despierta! ni ¡Briones, deja de fantasear! que puedan desenfocarlo esta vez, puesto que su patada se mantiene a un ritmo constante y sus brazos no se cansan de penetrar en el mar, que se defiende, manda más olas contra él e incrementa su grado de ferocidad. Él resiste los ataques, aunque traga un poco de agua en cada embestida (en nada se parece al ridículo sabor dulce del agua de garrafón). El mar es poderoso, pero también su ímpetu. Tal vez si no tragara tal cantidad de agua, si no ingresara tanto líquido en sus pulmones, podría seguir luchando. Sus miembros no parecen cansados, aunque todo su sistema está colapsando. Cada vez le cuesta más respirar y, por tanto, no puede mantener el ritmo en sus movimientos. Así, lucha con más debilidad contra ese monstruo, contra la única fiera que nunca podrá domarse en todo el planeta. ¿De dónde ha salido tanta agua, Briones? Con todo, se aferra al poder de sus piernas para que impulsen sin cesar en tanto le siga palpitando esperanza en la sangre. 

¿Quién no disfruta del mar? Incluso cuando vence y aplasta y somete se ve bello. Él ya se está hundiendo en el oleaje incansable, pero sonríe, y sonríe porque no le han quedado fuerzas y porque, contra su costumbre, ha hecho todo para alcanzar su orilla imposible. Además, con el colapso de sus pulmones y el hundimiento de su cuerpo, es ya inmune a los gritos incesantes de ¡Briones, despierta!, ¡no respira, jefe! y ¡llamen a un doctor! Sonríe, finalmente, porque está ajeno al mundo. ¡Reacciona, Briones! No hay nada que hacer; sus pulmones no funcionan. ¡Briones, Briones! Aunque no responde, sonríe; piensa que tal vez ese coloso invicto tenga un poco de misericordia y lo arrastre, al fin, hacia algún punto de esos cinco años, siete meses y dos días de plenitud.

Ángel Alexandro Porras Ortega (Ciudad de México, 1995). Es maestro en literatura mexicana contemporánea por la UAM. Ha publicado textos de creación y divulgación en diversas revistas digitales, tales como Casa del Tiempo, Marabunta, Irradiación, Página Salmón y Tlacuache. Obtuvo el primer lugar en el 13° concurso universitario de cuento Letras Muertas (2012), y también resultó ganador en los Juegos Florales Ramón López Velarde (2022), en el género de narrativa.