Contra los contracanon | por Alexis Aparicio Díaz

Contra los contracanon | por Alexis Aparicio Díaz

En todas las épocas, las generaciones de escritores jóvenes se levantan contra la preceptiva de sus maestros y autoridades. Ese proceso de cambio y renovación es natural, y de hecho una continuidad ininterrumpida sería más bien síntoma de estancamiento en el pensamiento y la creación. Pocos casos se han dado, en cambio, de lo que sucede hoy: la institucionalización del rechazo a todo el pasado literario.

Dejemos de fingir, de unos años para acá, la imposición de los grandes modelos literarios, otrora indiscutible en las instituciones educativas, dejó de ser la constante en las universidades occidentales y occidentalizadas. Por esa razón resulta absurdo seguir arguyendo que “siempre nos obligan a leer a los mismos viejos rancios”. Más absurdo aún resulta creer que tomar una postura anticanónica tiene hoy algo de revolucionario, cuando ese es en realidad el discurso del que se ha contagiado la mayor parte del gremio literario, desde los círculos consolidados hasta los marginales, desde el alumno de nuevo ingreso hasta el profesor con doctorado. A semejanza de las medievales sobre la muerte, es posible ensayar una incluyente danza anticanónica:

Es anticanon la becaria FONCA en Nueva York,
es anticanon el parista en el Okupa.
Reniega de Homero el SNI 3,
insulta el recursador a Fernando de Rojas.

Basta con echar un vistazo a las tesis y artículos publicados en los últimos años, mirar los carteles de coloquios y congresos, revisar los planes de estudio elaborados por cada profesor para darse cuenta que hoy, más que nunca, hay apertura para dedicarse a investigar la obra de prácticamente cualquier autor —incluso si sólo publicó un libro y no lo conocen más allá de su colonia— y obtener presupuesto estatal para hacerlo (con el requisito implícito, claro está, de que tu estudio se supedite a los modelos epistémicos de moda, dictados siempre por el vecino del norte y algunos países de Europa: teoría queer, decolonial, feminista, ecocrítica, etc.). Lejos quedó la época de las 30 000 tesis dedicadas a analizar el empleo del verbo intransitivo en la inamovible obra de Octavio Paz, Gabriel García Márquez o Rubén Darío. Hoy, aventuro mi conclusión, declararse anticanon no representa ninguna transgresión, sino estar alineado con el discurso hegemónico. 

Y no sólo no es transgresor, sino que, en la mayor parte de los casos, es pura pose. Ser totalmente congruente con la postura anticanónica es una actitud suicida, dificilísima de sostener, pues implica, en su dimensión más radical, deshacerse de toda autoridad, eliminar los nombres de autores y obras para conservar sólo las ideas y las formas. El actual proceso de “derrocamiento del canon”, en cambio, no ha consistido más que en el reemplazo de unas estatuas por otras, en el establecimiento de nuevos dioses que adorar. Resulta risible la cantidad de personas con un conocimiento ínfimo de literatura dictando qué debemos y qué no debemos leer; resulta más risible la cantidad de gente que les hace caso. 

Uno de los fenómenos que subyace a la postura anticanónica es, por un lado, las ganas de distinguirse de los otros:

 «Soy mejor que tú porque leí tres autores no binarios del Congo»

Por otro lado, las ganas de figurar y convertirse en una autoridad por la vía fácil: en lugar de ponerse a trabajar y estudiar en serio, menospreciar las lecturas que durante décadas fueron obligatorias. Ese fenómeno de la distinción, nacido con la consolidación de la noción de individuo en la modernidad, y exacerbado en la narcisista era de las redes sociales. Es normal. Que tire la primera piedra el que no quiera figurar, para que yo me la fume en un envase de Yakult. Sin embargo, sería más honesto comenzar a reconocer que en la mayor parte de ocasiones viene de ahí. (Como paradójica curiosidad, frente al generalizado desprecio al pasado literario, hoy una forma más eficaz de distinguirse es estudiando y reivindicando a los clásicos). Parece que es más fácil proyectar una personalidad inusual pregonando ser lector de Taufiq al-Hakim que de Julio Cortázar, sin importar la calidad, impacto o aporte de uno y otro. Los criterios estéticos y literarios ya no pueden incluirse en el debate sin que uno adquiera la imagen del profesor Ramiro Pantalonesbienfajados. 

El rechazo al canon literario no es un fenómeno aislado, forma parte de ese —también sistemático, también ya institucionalizado— odio al pasado, tanto más frenético cuanto más se desconoce. Semejante a lo que un siglo atrás sucedía con la Edad Media, en la actualidad la imagen de todo el pasado literario parece la del absoluto salvajismo contra todos los grupos declarados oprimidos que hoy protagonizan buena parte de los medios de comunicación.

Es divertida esa telenovela del pasado histórico según la cual todos los seres humanos, al unísono, concentraban su energía en propagar la misoginia, el racismo, el colonialismo, el especismo, el adultocentrismo y un largo etcétera, y no, como en realidad ha sido siempre, en sobrevivir. Es divertida, pero infantil y maniquea; es producto de una degradación simplista de la dialéctica del opresor y el oprimido. (Como pregunta que siempre quise hacer en clases pero no me atreví por miedo al escarnio —y sin que se pretenda un cambio de paradigma en la interpretación de los textos, sino una variable que podríamos considerar— ¿cuánto de lo que llamamos machista en las obras antiguas no era en realidad la representación de un fenómeno social común? ¿Por qué asumimos que todo señalamiento de una conducta reprobable es científico cuando se trata de hombres, pero violento cuando se trata de mujeres? Esta es una pregunta que puedo desarrollar, si la vida me lo permite y  mañana no me aplasta un pinche trailer, en otro ensayo).

Nuestra generación ha desarrollado una melindrosidad tal y ha producido obras tan facilonas —al servicio de una limitadísima perspectiva ideológica— que un buen día, tal vez un martes por la tarde, va a terminar inventando el Neoclásico. Con la diferencia de que al menos los simplones de los neoclásicos reconocían su deuda con el pasado. Los simplones contemporáneos, en nuestra ignorancia y narcisismo, pensamos que estamos descubriendo el hilo negro, que absolutamente todas las generaciones anteriores eran sumisas, débiles y pendejas.

Muchos de los escritores que pasaron a la historia —un puñado en realidad— fueron también los más valientes, los que se comprometieron con representar al mundo en su complejidad y contradicción, incluso si era incómodo, incluso si implicaba el exilio, la cárcel o la muerte. La supuesta denuncia de las condiciones de desigualdad sobre la que se sostienen un montón de obras desabridas de la actualidad no incomoda a nadie, no recibe la persecución ni el señalamiento —salvo el de algunos ancianos como yo—, sino el aplauso, el recibimiento en la gran tribu del campo literario. Sabrá Dios qué pensaría Cervantes —encarcelado, capturado por los moros, violado, con la mano mocha y en la absoluta pobreza— si supiera que hoy lloriqueamos porque “el capitalismo no nos deja tiempo para escribir” o porque no podemos hacerlo sin una beca del Estado. 

Y muchos no sólo eran valientes, sino autores genuinamente comprometidos con legar una obra importante a la posteridad, llevar hasta sus últimas consecuencias la perfección y complejidad literarias. De ahí la exigencia intelectual que implica el acceso a muchos de los clásicos. Durante un buen periodo les creí a los anticanon —y de hecho formé parte de ellos— cuando decían que su desprecio a las grandes obras proviene de una postura política; más tarde descubrí que en realidad es un blindaje, una forma socialmente aplaudible de justificar ser un holgazán. Si la postura anticanónica se ha propagado tan fácilmente es porque es cómoda. Resulta más sencillo decir que no se lee a Góngora o a Gorostiza porque forman parte del pasado conservador y retrógrada que porque no se tienen ni se quieren adquirir las herramientas intelectuales para entenderlos. Sería más honesto lo segundo, pero implicaría renunciar al reconocimiento y el estatus que otorga presentarse como un lector politizado. 

No estoy diciendo que no haya que leer nuevos autores; al contrario, como amante de la literatura, como ínfimo ser humano que ha decidido que su propósito de vida —para el cual supedita todo su tiempo y acciones— será estudiarla, aplaudo la apertura de perspectivas que implica escuchar otras voces, pues nuestra visión del mundo se enriquece de eso. Y esa es la razón por la que creo que negar a los clásicos es también negar otras visiones de la vida: las del pasado, las de los más inteligentes y creativos, las de los que interpretaron al mundo de forma tan precisa que son capaces de resonar a través de los siglos y trascender la experiencia de su época, retar al marco histórico y exponer ideas que hablan de nosotros en tanto que especie.

En algo estoy de acuerdo con los proclamados escritores y lectores comprometidos: la literatura es más que un mero divertimento o una simple vía para acceder a la experiencia estética. Es un medio de interpretación y explicación del mundo, uno que, dada su histórica ductilidad de las formas, muchas veces puede ir más allá de las fronteras discursivas de otras disciplinas que detentan el monopolio de estudio de la sociedad. Si reconocemos que la realidad no es una, sino el conjunto de interpretaciones falsables que las épocas, geografías y grupos sociales han hecho de ella, y si tomamos en cuenta que, a diferencia de otras ramas del saber, la literatura no se limita al cubículo o al laboratorio, sino que emerge de todas partes y en cualquier condición donde exista la palabra, podemos concluir que el conocimiento que se adquiere de la literatura puede ser más rico que el de cualquier otra disciplina. Pero eso sólo se logra si dejamos de despreciar a las obras que no se ajustan a las inclinaciones ideológicas que profesamos.

El canon literario no es ese conjunto estable y autoritario que durante años nos han retratado, es producto de una perpetua reconfiguración. Me atrevo a decir que las únicas obras que jamás han dejado de leerse son las de algunos grecolatinos y la Biblia. Dejemos de pensar al canon de una forma prescriptiva y aprendamos a entenderlo como ese conjunto mudable de obras que más han influido sobre el pensamiento y la acción humanos. Y, sobre todo, dejemos de pedir permiso para leer o no leer lo que nos venga en gana.