Drenaje a cielo abierto | por Héctor Justino Hernández

Drenaje a cielo abierto | por Héctor Justino Hernández

Óscar, Esther y yo nos habíamos tomado de la mano mientras nos dirigíamos a Gomorra para hacer tiempo en lo que amanecía y empezaban a pasar los autobuses. Eran las cinco de la mañana otra vez y estábamos borrachos. Óscar iba al centro de nuestro trío: su mano sudada junto a la mía, como un pez moribundo.

El lugar estaba en un viejo edificio. La entrada era una puerta estrecha: luz neón azul, el nombre grande en rojo, borlas de colores en hilos a modo de cortina, un guardia medio dormido que se limitó a vernos pasar. Al final había un salón lleno de luces. Olía a cigarro, a cerveza barata, a un molesto limpiador para pisos. Un olor revuelto e insistente.

—Vamos a buscar una mesa—dijo Esther, alzando la voz sobre el estruendo.

Ella solía ir con otros amigos; Óscar y yo no la teníamos tan clara.

Los gogos andaban vestidos solo con un bóxer y tenis:

—Busquen una mesa —dijo uno. No parecía de ambiente, sino buga. Los dos o tres que rondaban entre las islas de cuero sintético con el que estaba forrado el mobiliario me atrajeron porque eran muy jóvenes, casi de mi edad.

Mientras buscábamos un asiento, Esther reconoció a uno de sus amigos. Nos presentó de modo que pudiéramos tomar junto a ellos. Uno era cadete de la escuela naval, estaba de vacaciones; el otro trabajaba en petróleos. Se habían conocido en el puerto, nos dijeron al poco rato. Con ellos estaba otro chico, un diseñador gráfico mayor que yo con quien había salido un par de veces en la universidad antes de que me cambiara de carrera.

—¿Es la primera vez que vienen? —preguntó el cadete.

Óscar asintió con la cabeza para no gastar saliva por el escándalo.

—¿Y ustedes? —preguntó después.

—Nosotros venimos seguido, ¿verdad?

—Sí —dijo el petrolero mientras señalaba alrededor—, ¿qué les parece?

—Hay mucho ruido —dije.

—Es que ya es tarde. Suben el volumen para que se despierten los que se quedaron en el viaje, aunque no siempre les sirve.

Señaló con el mentón una mesa cercana. Un par de mujeres dormían muy juntas, estaba oscuro, apenas se distinguían. Uno de los gogos le estaba moviendo el hombro a una de ellas.

Pedimos dos caguamas, nos las sirvieron en vasos opacos de tan sucios, sabían amargas y pastosas. A los pocos minutos comenzó a dolerme el estómago.

—¿Se conocían? —me preguntó Óscar al hablar con el diseñador.

—Hace tiempo, de la escuela

—Sí, y mira… —dijo el otro, alzó el pulgar y asintió repetidamente— nunca se dejó.

Óscar se rio a carcajadas. Lo recordé en sus peores momentos, cuando me llamaba durante la noche para decirme que me amaba y después se iba con otros. Le preguntó al diseñador si quería bailar.

—¿Y ahora por qué andas de niñera? —escuché que el de Petróleos le decía a mi amiga de modo que yo no escuchara.

—Ya ves, así pasa.

—Ay, tú siempre de buena onda.

Se rieron los tres. Yo estaba demasiado confundido por el alcohol como para contestar algo que les regresara el insulto. Distinguí a Óscar bailar con el otro tipo. Lo hacían bien a pesar de todo.

De pronto, Óscar y su compañero se rieron. Luego se fueron juntos a lo que yo suponía que eran los baños. No los seguí porque estaba cansado de esa noche, de todas las noches.

Óscar era una persona a la que odiaba y quería por partes iguales. Acepté salir esa noche porque no tenía el valor para despedirme de él. Muchas veces había intentado no volver a verlo, explicarle que entre nosotros solo podría existir el odio, pero de alguna forma u otra nos volvíamos a encontrar a pesar de que ya no teníamos nada en común.

Debía desaparecerme, anularme, tal vez buscar otra vida.

Óscar y el otro regresaron; no parecían felices. Para entonces el dolor en mi estómago se había hecho más fuerte y no tenía cigarros para calmarlo.

—¿Qué hora es? —pregunté a Esther.

—Las seis —respondió el cadete.

—A esta hora ya hay camiones, ¿verdad?

—En un rato.

—Vámonos, para que lo agarres a tiempo —me dijo Óscar.

Terminé el último vaso de cerveza de la noche. Esther se puso de pie y comenzamos a despedirnos. El dolor se había convertido en náuseas.

—Espérenme —le dije a Óscar— voy a vomitar.

—¿Esos son los baños? —Pregunté a uno de los gogos, que ya traía la camisa puesta, pero aún no los pantalones. Me señaló la puerta oscura al fondo y sonrió cómplice de las horas perdidas.

Me acerqué tambaleante a donde me había indicado y entré. Al frente había una hilera de cabinas con puertas que llegaban hasta el piso. Imaginé una maraña infinita de extremidades, manos y piernas enrollándose en abrazos sudorosos, la piel de Óscar al aire pegándose a la del diseñador. Sentí mi boca llena de saliva ligera. El orinal estaba a la derecha: un recipiente metálico, rectangular, como un drenaje a cielo abierto. Arriba, a la altura del rostro, había un espejo que abarcaba el largo del recipiente. Me miré a los ojos y me acomodé el cabello. Sentí que mis tripas crujían. Me agaché y devolví el estómago, tratando de hacer el menor ruido posible porque en mi lógica pendeja no quería molestar a nadie.

Cuando creí acabar, una mano me extendió un pedazo de papel para que limpiara mi boca.

—Gracias.

Lo vi de reojo. Era uno de los meseros, su piel parecía recortada contra el espejo frente a mí, entre las luces tenues.

—Ha sido una larga noche —me dijo.

—Sí —contesté.

—Pero ya mero salgo, mi turno acaba ahorita.

—Ya.

—¿Qué edad tienes, campeón?

—Veinte —mentí.

Sentí arcadas de nuevo y vomité un líquido amargo. El chico no se iba.

—No te preocupes, campeón —me dijo mientras se ponía a orinar a mi lado, lejos como para que no lo salpicara.

—Mira cuánto has aguantado, ya amaneció, no cualquiera logra tanto como tú.

—Gracias —le dije cuando acabé y me limpié la boca— de verdad gracias.

Un chorro largo resonaba en el metal.

—Ya ahorita te vas y a casita —continuó—. Ya es temprano. Yo salgo en un rato y me voy con mi chava. Me visto y me voy con ella.

Ahora se miraba en el espejo, o a lo mejor nos miraba a ambos. Yo también lo hacía mientras intentaba recuperar el aire. Cuando terminó, se acomodó la ropa interior.

—Debe ser difícil —dije.

—Ni creas, ahorita llego a dormir y al rato como si nada. Me duermo y todo chido.

Me quedé callado.

—¿Cómo estás? ¿Bien? —Puso su mano en mi hombro.

—Sí, mejor.

—Eso es todo, campeón. Salió después de darme una nalgada con cariño. Escupí un par de veces y me limpié la cara. Me vi una última vez en el espejo. Aún me sentía distante, quería convencerme de lo contrario, que pertenecía, pero la voz del hombre que me había acompañado aún resonaba en mi cabeza y descubría la verdad de mi fracaso. Me metí en una cabina y lloré hasta que me sentí mejor. Cuando salí, Óscar estaba afuera esperándome. Lo sentí alejarse como un foco que acaba su vida útil. Ahora estás bien, campeón, pensé mientras me limpiaba la boca y le sonreía irónico a mi reflejo en sus ojos.

Héctor Justino Hernández (Córdoba, Veracruz). Ha publicado los libros Dimorfismo (Pasto verde, 2019), La isla que nos llama (Editorial IVEC, 2021), La máscara de Miguel (Editora de Gobierno, 2021). En próximas fechas aparecerá su primera novela Tu cuerpo es la casa que habitamos (Reservoir Book, 2026) Fue acreedor de la beca del Programa de Estímulos a la Creación y el Desarrollo Artístico, Veracruz (2022), en la categoría de novela y becario de la segunda generación del Taller de Novela UNAM. Es egresado de la maestría en literatura mexicana de la Universidad Veracruzana y director de la revista literaria Tintero Blanco.