La Ciudad de México es un lugar inmenso. Sin importar lo que digan los yankees, tenemos la ciudad más grande de todo el continente y también la más poblada. Hace casi un siglo la CDMX no era más que una urbe como cualquier otra de la época, por más que las políticas de Porfirio Díaz hicieran que construyéramos lujosos palacios y todo tipo de francesedades, para impresionar a los gringos y europeos que se molestaban a venir. En buena medida, fuera del centro histórico, seguíamos siendo varios pueblitos interconectados, con un gran vacío entre cada uno.
¿Y ahora? Somos una gigantesca mancha de concreto que se desborda más allá del horizonte y de las montañas, que eran protectoras de la antigua Tenochtitlán; si mi bisabuelo iba desde el pueblo de San Ángel hacia el Centro con nada más que árboles, ahora mi generación va con un paisaje de automóviles atorados en los carriles de Circuito Interior con un toque decorativo de edificios gentrificados (los cuales nadie que no gane en dólares puede pagar) o casonas en sus últimas, rogando por ser mandadas al más allá.
Algo que nunca te va a decir una guía de turistas es a dónde se fueron los campos amplios y las casas (afrancesadas o no) que estaban en estos lugares. Estos pueblos no se mudaron por su propia voluntad, sino que fueron arrastrados por los foráneos nacionales y extranjeros, con sus salarios de seis cifras, para hacer espacio a edificaciones cada vez más carentes de identidad, perfectas para sus pinchazos de consumismo. Y, como enfermedad terminal, eventualmente los centros de este movimiento ya no podrán ser contenidos en sus colonias actuales, e infectarán a sus alrededores, donde los que vivimos allí tendremos que enfrentar ese mismo destino.
En este panorama, hay un lugar que ha resistido como un refugio de la ciudad (o al menos en la frontera sur del movimiento gentrificador de Cuauhtémoc), y es la colonia de San Pedro de los Pinos.
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Esta colonia tiene varias peculiaridades, aunque está varios kilómetros adentrada a la urbanización principal, su ambiente tiene un sentimiento completamente opuesto. ¿Y cuál es entonces el secreto de este lugar exótico? Para mí, creo que tiene que ver con un aspecto que siempre echamos de lado, la comunidad. El cemento rara vez supera los árboles que brillan en todo su esplendor, los niños salen a jugar a los parques saliendo de las escuelas, y cada vez que sales a comprar a los abarrotes de la esquina, ves a las mismas caras de siempre. Aunque las banquetas están saturadas de coches, muchas veces fomentado por los eventos del estadio cercano, la gente no necesita de ellos para disfrutar de todos los negocios adyacentes.
Pero entonces, ¿cómo es que este lugar sigue siendo una fortaleza rural en una tierra de progreso? La verdad es difícil de precisar su historia local, no existe mucha información a detalle sobre ella, pero aun así podemos extraer algunas pistas importantes.
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La zona que actualmente es San Pedro de los Pinos fue habitada desde los tiempos de Tenochtitlán, cerca de aquí se construyó un tempo que veneraba a Mixcóatl, el cual hasta nuestros tiempos sigue en pie en partes y puede ser visitado… a 2 kilómetros de la colonia de Mixcoac, en la colonia de San Pedro ¿Y entonces porque no nos llamamos Mixcoac? Pues, resulta que antes, en tiempos coloniales, el “DF” era un círculo de 8 kilómetros de radio, a partir de la Guerra de Reforma fue cuando el Valle de México tomó en cuenta la división política a base de los pueblos principales de ese entonces (por ejemplo, Tacubaya, Tacuba, San Ángel o Mixcoac); y después de al menos siete cambios en los 70s fue dividido el Distrito Central (donde estaba aglomerado con el Zócalo) y se creó la Benito Juárez. Pero durante la mayor parte del tiempo sí fuimos parte de alguna demarcación con el nombre “Mixcoac”.
Si nos fijamos en un mapa de al menos un siglo, en la zona podemos encontrar… absolutamente nada. De hecho, durante mucho tiempo, hasta los inicios del siglo XX, era solamente un bosque en el cual probablemente existían uno o dos caminos que daban de Mixcoac o San Ángel hacia el Centro o Tacubaya. Aunque la documentación es casi nula, el nombre —según fuentes oficiales— viene de una garita dedicada a San Pedro, y debido a la gran cantidad de Pinos en la zona se llevó a cabo el mayor desafío de la mercadotecnia hasta el momento para deducir su nombre: San Pedro de los Pinos.
La primera mención de una estructura importante con ese nombre corresponde con la estación de ferrocarril homónima del tren México-Olea, construida en 1893 (todavía queda en píe una placa conmemorativa cerca de Plaza Exhibimex). En aquel entonces el terreno albergaba varias casas dispersas, vacacionales o haciendas, y con el cambio de siglo se empezó a edificar más y a construir su identidad. Tan sólo en 1886 se trazaron 20 manzanas y lentamente se comenzó a poblar, para el final de la inestabilidad de la Revolución fueron construidas algunas fábricas. El territorio venía siendo la actual colonia más algunas partes al oeste de Periférico, desde Avenida Central hasta el difunto Río Becerra. Al final, fue dividido a la mitad por el nuevo municipio de San Ángel en 1928 (renombrado Álvaro Obregón al siguiente año, después del asesinato del mandatario) y fue indirectamente partido subsecuentemente en tres por las nuevas avenidas de Revolución y Patriotismo (en los 50s) y el Anillo Periférico; finalmente alrededor de los 90s y 2000s se creó una nueva colonia llamada 8 de agosto con menos de 100 hectáreas en su esquina noroeste.
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Esta historia trágica de divisiones se hace más trágica al ver que le pasó a cada pedazo de la vieja zona, mientras el área entre las dos avenidas de Circuito Interior prosperó, las otras sufrieron de un abandono urbano y de inseguridad. Si visitas las calles, verás que muchas de las viejas casas están o abandonadas o convertidas en departamentos brutalmente gigantes que te tienen el descaro de cobrar sumas muy elevadas por espacios culeros de 59 m2 máximo. Igualmente, muchas de las zonas en Álvaro Obregón ahora son industriales o comerciales. Algo que tenía de diferente a las otras zonas de la Benito Juárez eran los parques (Pombo y Miraflores) y el mercado.
¿Por qué un mercado y un parque salvan a un pueblo aburrido de la perdición? Aunque la población vivía en casas de suficiente calidad, lo que realmente mantuvo y mantiene pegada a la comunidad local son estos espacios compartidos, verdes y de negocios locales. Como las personas que vivían en estas casas tenían lugares donde comprar y vivir, su vida junto a los otros locales se fue generando lentamente, una comunidad que realmente le importaba el prójimo. Los negocios nunca tronaban porque siempre tenían a los mismos clientes leales que incluso conocían personalmente, los padres sabían que podían mandar a sus hijos con tranquilidad a jugar fut en el parque, y cada domingo todos los residentes tenían un lugar de devoción para reunirse, todo en casi la misma manzana. Por eso mismo, este es el corazón de la colonia.
Esto se ejemplifica con mucha claridad en la festividad más grande no oficial de la colonia, el aniversario del mercado. En este día del año se juntan una gran cantidad de locales y después de la hora de cierre a las 5 pm tienen un concierto con mucho baile y alegría. Cuando entras allí, ves muchas caras familiares y hay un ambiente muy brillante y genuino.
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En El laberinto de la soledad, Octavio Paz nos dice que considera a este tipo de celebraciones como originarias de una catarsis de la pobreza. Yo estoy en completo desacuerdo con esto, la gente no solo celebra por celebrar y emborracharse, en este tipo de festejos estamos celebrando a algo más que un simple edificio, celebramos los que nos une como una familia. Si diéramos a este mercado y al parque adyacente del Pombo por hecho, no habría nada que nos detenga firmar un contrato para volver a la colonia completamente esclava del consumismo y de Airbnb. Por eso creo que es importante celebrar lo que nos ha unido como comunidad; ya sea en nuestras colonias o en la familia. Al fin y al cabo, es lo único que ha mantenido a la mayoría de las casas en pie y ha formado una barrera de Pinos contra el mundo extranjero y consumista.

Javier Vera Martel (CDMX, 2007). Estudia el bachillerato en CUAM México. Le interesa el ensayo y la narrativa de ficción.
