Imaginarme en una sala despierta, emblanquecida; siendo reflejo de las paredes que aún guardan vidas. Lo que quede de ellas quedará de mí, otra cosa más que el recuerdo indistinguible, fuego que aviva nuestras más sagradas añoranzas. Como arde desear, como arde el frío de esperar salvarte, alcanzarte en la caída, o confiar en que la tierra te dará un abrazo cuando parezcas morir. Y yo no sé si son mis manos o tu cuerpo quien se desliza atravesándolas, pausadamente. Tus ojos valientes pero perdidos, espectáculos de la vana gloria, ojalá limpiarlos del agobio fuera tan fácil como mirarlos, como arrastrarse rosas por la angustia. Ayúdenos señora no nos ignore más. Sacúdelas, mijo. Rómpete un brazo. Grítale a dios quien no escucha. Escúpele fuego y dile que miente. Quema a un animal Llévate la ropa del niño o trata de sanarte en otro lado, aquí no. “Aquí, no”. Aquí en este paisaje blanco, no. Aquí en este jardín de frutos muertos, no. Busca donde haya para sacar otra vida adelante. Donde todavía quede esperanza en rescoldo, en rezo confuso, en escritura lenta, en promesa. Una que nos abrigue de noche, que nos de aliento temprano, antes de desayunar. “Prometiste asesinarme…” le susurraba el arma al alma. Se recargaba en cuclillas y ella le pedía perdón a su madre (ambas viéndose fijamente, improvisando una forma de amarse). Piel con piel. Acero contra piel, nudo contra garganta. El arma es piel. La mesa también es piel. Este cuerpo bellamente iluminado es de loza, es de vidrio, es de sentimiento cristalizado en los lugares, es el tacto ardiente por el sol. Es la casa el cuerpo como tu lágrima es mar para la piel. No necesitamos al océano dentro de casa, ni a la traición ni a la pequeña decepción. Podemos escondernos en estas palabras, en el “no digas nada”, podemos encontrarlas empolvadas y llamarlas lejanas, porque de noche nos hacen los ruidos que navegan escondidos en el pecho que es unión del mío contra la sábana, en la alta noche, las bestias se extinguen en la ciudad. Me miran mientras caen.

Eric Gutier (Ciudad de México, 2003). Vampiro sónico, estudiante de sociología y prófugo de la academia. Como artista, prófugo de la disciplina; como fotógrafo, gusta de ver lo feo y la superficie rota de las caras y los suelos; como escritor, odia empezar, se obsesiona por terminar, y nunca lo hace. Amante de la ciudad (quiere salir de ella).
