Cazador, no te escondas más en el cielo | por Eric Gutier

Cazador, no te escondas más en el cielo | por Eric Gutier
Imaginarme
en una sala despierta, 
emblanquecida; 
siendo reflejo de las paredes
que aún guardan vidas.
Lo que quede de ellas 
quedará de mí,
otra cosa más que el recuerdo
indistinguible,
fuego que aviva 
nuestras más sagradas añoranzas.
Como arde desear, 
como arde el frío de esperar salvarte,
alcanzarte en la caída,
o confiar 
en que la tierra te dará un abrazo
cuando parezcas morir.

Y yo no sé si son mis manos o tu cuerpo 
quien se desliza atravesándolas,
pausadamente.
Tus ojos valientes pero perdidos, 
espectáculos de la vana gloria, 
ojalá limpiarlos del agobio fuera tan fácil 
como mirarlos, 
como arrastrarse rosas por la angustia. 
Ayúdenos señora no nos ignore más.
Sacúdelas, mijo.
Rómpete un brazo.
Grítale a dios quien no escucha.
Escúpele fuego y dile que miente.
Quema a un animal 
Llévate la ropa del niño
o trata de sanarte en otro lado, 
aquí no. 

“Aquí, no”. 
Aquí en este paisaje blanco, no.
Aquí en este jardín de frutos muertos, no.
Busca donde haya para sacar otra vida adelante.
Donde todavía quede esperanza en rescoldo,
en rezo confuso, 
en escritura lenta, 
en promesa.
Una que nos abrigue de noche, 
que nos de aliento temprano, 
antes de desayunar.


“Prometiste asesinarme…”
le susurraba el arma al alma. 
Se recargaba en cuclillas y ella 
le pedía perdón a su madre 
(ambas viéndose fijamente, 
improvisando una forma de amarse).
Piel con piel. 
Acero contra piel, nudo contra garganta. 

El arma es piel. 
La mesa también es piel. 
Este cuerpo bellamente iluminado
es de loza, 
es de vidrio, 
es de sentimiento cristalizado en los lugares, 
es el tacto ardiente por el sol. 
Es la casa el cuerpo como tu lágrima es mar para la piel.
No necesitamos al océano dentro de casa,  
ni a la traición ni a la pequeña decepción. 

Podemos escondernos en estas palabras, 
en el “no digas nada”,
podemos encontrarlas empolvadas y llamarlas lejanas,
porque de noche nos hacen los ruidos que navegan
escondidos en el pecho 
que es unión del mío contra la sábana,
en la alta noche, 
las bestias
se extinguen 
en la ciudad. 
Me miran 
mientras caen.

Eric Gutier (Ciudad de México, 2003). Vampiro sónico, estudiante de sociología y prófugo de la academia. Como artista, prófugo de la disciplina; como fotógrafo, gusta de ver lo feo y la superficie rota de las caras y los suelos; como escritor, odia empezar, se obsesiona por terminar, y nunca lo hace. Amante de la ciudad (quiere salir de ella).