CLAY

POR ISRAEL ROJAS

Tarareaba una canción feliz y bebía whisky en el automóvil que me llevaba de regreso a casa, con el cuerpo molido por aquella modorra sólo provocada por el cansancio de horas de trabajo bien invertidas. 

Poco habituado a las precauciones y los planes –vivía bajo la idea de que ante las inevitables circunstancias que gobiernan al hombre, lo mejor es la improvisación–, se trataba del séptimo día del plan de organización laboral y precaución de accidentes, una estupidez impuesta por el departamento de recursos humanos que a la vez les fue imputada por el departamento de eficiencia e inteligencia –para el aumento de la productividad y la reducción de costos médicos no hay restricción presupuestal–; y resultaba que hasta el momento el ejercicio de control empresarial no me desagradaba del todo, por el contrario, en pocos días mi vida había dejado de ser una cadena interminable de accidentes que adjudicaba a un inefable hado que se divertía poniendo mi vida culo pa’rriba (como si en los eones del tiempo y el espacio lo único digno de atención fuera la miseria del hombre).

El programa de control y seguridad no era complejo. Se trataba de una aplicación para teléfono y reloj, una AI diseñada para hacer una planificación segura del día, de acuerdo a las actividades del usuario. Y así, una tarde y con un doble asentimiento de mi cabeza (que pendía en mi trabajo bajo el filo de la degradación o el despido) pasé de tener una mascota virtual en mi móvil a ser yo la mascota de Clay, mi asistente inteligente. 

Clay tiene una misión: planificar mi vida previendo los factores que puedan concluir en accidentes que puedan interferir o minar mi rendimiento y eficacia para la empresa, es decir, me cuida, me atiende y me vigila. Me despierta a las cinco de la mañana y me deja media hora más de acuerdo al pronóstico del clima, el cálculo del tránsito de cada día, los números de incidencia delictiva en la zona del trayecto y los datos biomédicos que indican la medida de descanso requerido por mi cuerpo. Para cuando salí de la ducha, esta mañana, ya me estaba gustando que el desayuno estuviera listo, justo con la cantidad de proteínas y calorías calculadas por Clay y dispuesto en la puerta de mi casa por una aplicación de comida a domicilio. Con un pitido discreto el asistente desliza en la pantalla la agenda y me recuerda lo inolvidable: tengo una cita decisiva para mi reputación en la empresa. Me dice que me restan doce minutos para salir de casa, marca la mejor ruta, extiende una lista de tres menús aconsejables para la ocasión; por supuesto, ha apartado la mesa que da a la ventana y quince minutos previos al encuentro me presenta la carpeta digital con la edición final del proyecto; quedo deslumbrado. Clay ha hecho por mí el trabajo de dos horas. Con tal planeación, no había margen para el accidente.

Y así fue, no hubo contratiempo alguno, mi aplicación me evitó distracciones y hasta de una forma rara –por no decir torcida– me había vuelto eficiente. 

Sonaba Atomic, de Sleeper, y todo en el mundo parecía embonar como un rompecabezas al que se le hubiera corrido el misterio, todo parecía tener un orden al que llegaría a ponerle el acento final cuando entrara a la casa y recostado en el sofá, liquidara un par de cervezas más junto a unos nachos y quizá alguna de aquellas series “incluyentes” para estar en onda con los de contabilidad. Pero la canción feliz concluyó y dejé de sonreír, presentí el mal sabor del accidente, hurgué en los bolsos del pantalón y el saco con la mueca de idiota reflejada en la puerta y el insistente pitido de Clay, y yo en el borde de la desesperación, reparando en que había olvidado las llaves adentro de la casa. De un momento a otro se rompió el encanto. El error volvía a torcer los planes. Tras la desilusión y el enfado, decidí que ninguna pinche puerta me privaría de mis nachos y mis cervezas. La pateé una, dos veces y Clay nuevamente reclamaba mi atención con su sonido que terminó por desquiciarme. 

Como el cerrojo no cedió, fui a la ventana. Intenté forzar el seguro con la esquina de una tarjeta de plástico y empujando mi peso sobre el cristal. El teléfono volvió a repiquetear y ya como último recurso, tomé impulsó, trepé a un árbol y quise volarme la barda del patio. No llegué ni a la segunda rama: mis finos zapatos de vestir resbalaron en la corteza del árbol y caí de espaldas al suelo con un golpazo que me cimbró hasta el tuétano. Ahí tirado, el teléfono no dejaba de sonar. Derrotado, tomé el móvil: tenía ocho mensajes de Clay. En cuatro me invitaba a verificar mi identidad, en dos advertía que había un intento de acceso ilegal a mi casa y en los últimos me notificaba que había llamado a la policía por allanamiento de morada en curso. 

–¿Allanamiento de morada? –le grité a la pantalla del móvil–. ¡Si es mi pinche casa, maldita máquina de mierda!

Voz reconocida

Como ante un ábrete sésamo, la puerta cedió y un nuevo correo de Clay explicaba que él había abierto la puerta. El error, aclaraba, ameritaba una llamada de atención acompañada de una arenga sobre la prevención, la concentración y la advertencia de que un “accidente” y una conducta así, en el trabajo, serían inaceptables.

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Israel Rojas (CDMX). Licenciado en Letras Hispánicas por la UAM-I. Alumno del laboratorio de poesía del poeta Óscar Oliva, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en 2016. Ganador del Sexto Bazar de Horrores de Arcadia Fusión Cultural y Fóbica Fest 2022, con sede en la ciudad de Guadalajara, con el cuento El lenguaje de la muerte. Editor en la editorial El Viaje y el camino y autor de los libros: Península Hamartia (poesía), Descantar del Homo Dipsómano (poesía) y La moneda está en el aire (narrativa).