CUERPO DE AGUA

POR ANDREA SUASTE GUTIÉRREZ

El sueño pesa aún sobre los párpados. Casandra siente el escozor propio de otra noche en vela mientras se obliga a caminar por el sendero sin ceder al cansancio. Deja atrás la iglesia, que la mira indiferente cuando pasa a su lado; aún faltan algunas horas para la primera campanada. 

La mujer aprieta el paso, cuidadosa de no despertar a los perros que descansan entre las parcelas. Alcanza al final de la vereda y se interna entre los árboles, angustiada. No puede llegar tarde. Debe cumplir y regresar a casa antes de que Ernesto note su ausencia. Ha visto crecer la sospecha en los ojos de su marido durante esos días, una sospecha que se ha sumado al rencor que apareció meses atrás, cuando Casandra había salido llorando del baño con la sangre escurriendo entre sus piernas y la certeza de que su bebé había dejado de existir. 

Debes reposar mucho y escuchar a tu cuerpo, había dicho la doctora. Pero ella solo oye los murmullos de las vecinas, las palabras no dichas que la culpan de lo sucedido y el silencio que se quiebra cada mañana cuando Ernesto sale de las cobijas sin mediar palabra. Siente ese silencio crecer como una plaga que devora todo; ella no atina a romperlo.

Cuando sus primas la visitan y ve a los niños prensados de sus pechos puede adivinar una dicha extraña, un cobijo que anhela sentir. Eso es el amor, le han dicho, y ella lo cree porque también ha escuchado que el amor duele, y no imagina un dolor más insistente que el suyo. 

Esa mañana, Casandra camina sin detenerse hasta rodear la roca que ya le es familiar. Llega a la pequeña charca que ha visitado durante los últimos días, se desnuda y se sumerge en ella sin miramientos. Como en ocasiones anteriores, el frío corta su respiración, pero ella se obliga a sosegarse hasta que el castañeo de sus dientes se reduce casi por completo. Entonces comienza a murmurar aquellas palabras que ha memorizado, con la convicción desesperada que nace siempre del más firme escepticismo.

Las hojas resbaladizas y el limo acarician sus pies por debajo del agua, mientras Casandra farfulla las últimas oraciones y piensa con alivio que ha hecho caso a su madre, que esa extraña ofrenda al fin ha sido completada y que, tras nueve días de sembrar palabras sobre la superficie del estanque, su vientre está listo para albergar otro corazón.

Madre, lo he hecho, le dirá. Su cuerpo, como una charca, será refugio de peces, hojas y tierra, que tomarán la forma de unos ojos atentos y nuevos, dispuestos a creer en el mundo que ella construya para él. Porque será niño, Casandra lo tiene claro. Ha incluido la petición y su madre asegura que el agua siempre escucha. 

Lo he hecho, se repite mientras se viste y emprende el regreso bajo las primeras luces del día. Ernesto duerme aún, pero ella lleva en la mirada la determinación necesaria para agrietar su frialdad, desnudar su cuerpo y arroparlo en su carne, hasta mostrarle su abdomen hinchado, lleno de vida.  

En la orilla, el agua la observa alejarse, temerosa de alzar la voz. 

Andrea Suaste Gutiérrez (Cuernavaca, 1995). Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM y Canto operístico en la Escuela Superior de Música. Disfruta la docencia y la creación de espacios artísticos interdisciplinarios como lugar crítico de encuentro y transformación social. Tallerista de diversos círculos de lectura y escritura creativa, pertenece a Libres y Combativas Mx.