GENERACIÓN ATARI

POR ANDROS E. R. AGUILERA

Hace cuatro años, con nada más que mi intuición y un buen repertorio de novelas leídas ese fatídico 2019, estaba convencido de que había descubierto el hilo negro: ciertos temas eran recurrentes en los escritores mexicanos que rondaban los cuarenta años. Mi paso siguiente fue definir los rasgos comunes que agrupaban a este repertorio de autores, para lo cual leí sistemáticamente la obra completa de cada escritor mexicano nacido en la década de 1970 que caía en mis manos. Pero luego de un diplomado de la Cátedra Carlos Fuentes de la UNAM caí en la cuenta de mi error: desde hace algunos años se venía estudiando en la academia a esta generación, cuyo nombre variaba según el libro que consultara —“nomenclatura difusa”, según García Gil (2015)—; pero esto es más una característica de la crítica literaria, que de la generación en estricto sentido. Así, en el principio fueron los “novísimos” o “mileniaristas” (Valenzuela, 2016), porque los primeros miembros en publicar lo hicieron a finales del siglo XX y, por supuesto, sus obras estaban marcadas por el desencanto, la angustia y el miedo al fin del milenio (Chimal, 2012). 

No obstante, los rasgos comunes de sus narrativas fueron cambiando con el paso del tiempo. Además, hubo “desapariciones”, es decir, que algunos dejaron de escribir; así como uno que otro sobreviviente (Socorro Venegas) y un par de “resucitados” o “zombies” (Guadalupe Nettel). De ahí que, para Alberto Chimal, ésta es la generación “Z”, pero me suena más a la pandilla de Gokú y sus amigos, los “guerreros z”. Además, con este nombre quedarían fuera la mayoría de sus miembros, los que “llegaron tarde a la fiesta”, léase los que publicaron pasados sus treintas. Iliana Olmedo, por ejemplo, no lo hizo sino hasta el 2019. La lista es enorme: Jaime Mesa (2016) hace un conteo aproximado de cien escritores; y parece que “generación inexistente” es la etiqueta que va ganando peso, respecto al resto de variantes que pretenden expresar la negativa de estos autores a ser agrupados, tales como “antigeneración”, “no-generación” o “generación negada”. 

El único problema es que parece una anfibología: como si se hablara de una generación ficticia, imaginaria, que no existe y pese a ello podemos nombrarla, cual cuento de Borges. Además, el nombre en sí, según Adrián Curiel Rivera (2019), se deriva de la queja irónica que hace Jaime Mesa porque Christopher Domínguez ni los menciona en su Diccionario crítico de la literatura mexicana (2007). Un reclamo que ha quedado atrás, si consideramos la atención mediática y crítica que reciben actualmente, y sin mencionar varias antologías posteriores al 2012 que remarcan la urgencia de promoción grupal dentro del campo literario, por lo que eso de que estos autores no quieren ser agrupados ya no es un rasgo inherente del grupo. Algunos ejemplos dejan en claro el criterio generacional desde el título, como El discreto encanto de narrar: 9 escritoras nacidas en los 70 (2017) de Maritza M. Buendía y Glafira Rocha, o Ruta 70 (2019) de Ave Barrera; y un par más en las antípodas de lo real/especulativo, cuyo único criterio en común es el generacional: Los pelos en la mano: cuentos de la realidad actual (2017) de Rogelio Guedea y Festín de muertos. Antología de relatos mexicanos de zombis (2015) de Raquel Castro y Rafael Villegas. 

A este grupo también se le ha llamado “generación huérfana”, por la supuesta falta de un “padre” literario, aunque algunos piensan que pudo ser Daniel Sada, de haber estado con nosotros un poco más. Empero, este bautizo tampoco me parece apropiado, pues Gabriela Valenzuela (2016) apunta atinadamente que ésta es una generación libresca —con “estudios de posgrado relacionados con la literatura” (21)—, por lo que tampoco es que vayan a ciegas en la tradición literaria de nuestro país. Asimismo, la etiqueta hace referencia a los primeros acercamientos “críticos” que hubo sobre esta generación, partiendo de antologías como las de Tryno Maldonado (2008) y Mayra Inzunza (2004), las cuales no pasan del 2012; y ahora, a diez años de distancia, las cosas han cambiado mucho. En diversas entrevistas, Carlos Velázquez, por poner un ejemplo, reconoce la guía de Élmer Mendoza y Luis Humberto Crosthwaite; lo cual implica un tipo de “paternidad” literaria. Entonces, Cristina Rivera Garza y Mónica Lavín serían sin duda una suerte de “madres” literarias, prueba de ello son los sendos prólogos para las antologías Palabras mayores (2015) y El discreto encanto de narrar (2017). Tal vez, eso sí, esta generación no parte de esa dinámica tan acusada del parricidio literario a lo detective salvaje, ¡y que muera Octavio Paz! 

Por lo anterior, creo que las clasificaciones más acertadas son las que apelan a la base sociológica del concepto de “generación”; es decir, que nombran ese innegable contexto ideológico y socioeconómico en común que señala Francisca Noguerol (2019), o lo que José Carlos González Boixo (2009) llama espíritu generacional, presente en las “señas de identidad” visibles y justificadas a partir de la “relación pública” de sus miembros. De ahí el nombre: “generación de la crisis”, ya que a ellos les tocó experimentar durante su juventud las constantes debacles financieras del peso mexicano. En este sentido, muchos entenderán por qué prefiero el nombre de “Generación Atari”, que bien puede ser una idea original de Tryno Maldonado y su viejo blog (www.atari2600.blogspot.com). Este nombre refleja, en primera instancia, el impacto cultural de los videojuegos y, de forma simbólica, el “peligroso pop” de la globalización, pero tiene además un importante carácter universal, por lo que podemos trazar conexiones con el resto de América Latina. El caso más inmediato que se me ocurre es el de la escritora chilena Nona Fernández que entremezcla estas influencias de la cultura pop con los conflictos políticos de su país en las novelas: Space Invaders (2013), que alude directamente al juego de Atari, y La dimensión desconocida (2016) en referencia al famoso programa de ciencia ficción norteamericano. Como diría la protagonista de una de las mejores novelas de esta generación, Ojos llenos de sombra (2012) de Raquel Castro: “Carajo, me llamo Atari” (18).

Finalmente, respecto al tema del nacionalismo, una parte de la crítica literaria coincide y llegó a señalar incluso la ausencia de México como “tema” o, a lo mucho, como una aparición irónica, con sus tópicos boicoteados o parodiados (Maldonado, 2008). Pero lo cierto es que, así como se decía lo mismo de la “generación del Crack”, más tardaron en repetirlo los estudiosos que Pedro Ángel Palau en escribir cerca de diez novelas históricas con México como el gran tema que las conecta. Claro que algunos miembros de la generación Atari son cosmopolitas (en su mayoría por razones académicas), de ahí que sus personajes aparezcan en entornos extranjeros, como Nueva York, París o Barcelona (p. e. J. P. Villalobos, Guadalupe Nettel, Lorea Canales o Liliana Blum). No obstante, muchos autores han dado un viraje en sus narrativas con el afán de retratar la condición del país. Tryno Maldonado, sin ir más lejos, ha volcado todos sus esfuerzos en una novela monumental sobre México y la periferia marginada por la industria minera, publicada apenas de forma autogestiva en tres tomos: Los demonios (2022-2023), y Oswaldo Zavala abandonó la prometedora carrera de cuentos metaficcionales —a decir de Valenzuela (2016)— por el ensayo académico y riguroso sobre la violencia de los cárteles y de los discursos oficialistas. Con esto queda claro que aún falta mucho por explorar en torno a la obra de la generación Atari; por suerte hay para todos los gustos y colores, como la épica vampírica de Jaime Alfonso Sandoval, el erotismo y las muñecas de Maritza M. Buendía o la fantasía onírica de Karen Chacek, con accidentes del metro premonitorios. También faltó mencionar los otros géneros no narrativos, como la poesía (con Rocío Cerón y Dolores Dorantes a la vanguardia), o el ensayo o la crónica (Brenda Ríos y Luis Felipe Fabre, por mencionar a los más interesantes) ¿y el teatro? Eso daría para un semestre o para otro artículo. Pero qué me dicen ustedes: ¿ya conocían a la generación Atari? ¿Qué están esperando para leerla? A mí ya me dio hambre, por eso sé que esta tarde acompañaré Llegada la hora (2019) de Karla Zárate como aperitivo y Señorita Vodka (2013) de Susana Iglesias para la digestión. ¡Salud!

FUENTES

Chimal, Alberto. (2012). “Generación Z”. La generación Z y otros ensayos. México: Conaculta.

Curiel Rivera, Adrián (2019). “Bizarro Nuevo Mundo: de la subversión literaria al ‘mercanon’”, en Miguel G. Rodríguez Lozano y Roberto Cruz Arzabal (coords.). Hacia un nuevo siglo (1968-2012). Tensiones, territorios y formas de un campo literario en movimiento [Historia de las literaturas en México, siglos XX-XXI, vol. 3]. México: UNAM, Coordinación de Humanidades, IIFL, IIB & FFyL. 

García Gil, Juan Manuel (2015). República de los lobos. Antología del cuento mexicano reciente. Cádiz: Algaida.

González Boixo, José Carlos (2009). Tendencias de la narrativa mexicana actual. Madrid: Iberoamericana-Vervuert.

Haghenbeck, Francisco (2014). “La literatura mexicana en el siglo XXI”, en INTI Revista de literatura hispánica, 79/80, pp. 275-283. 

Inzunza, Mayra (2004). Novísimos cuentos de la República Mexicana. México: Fondo Editorial Tierra Adentro. 

Maldonado, Tryno (2008). Grandes hits, vol. 1. Nueva generación de narradores mexicanos. Oaxaca: Editorial Almadía. 

Mesa, Jaime (2016). “100 protagonistas de la generación inexistente”. Literal Latin American Voices Voces Latinoamericanas. En línea: https://n9.cl/0mbbd

Noguerol, Francisca (2019). “Prólogo”, en Tarik Torres Mojica, Gabriela Valenzuela Navarrete & Pilar Morales Lara (coords.). Siglo XXI. Nuevas poéticas de la narrativa mexicana. México: UACM. Valenzuela Navarrete, Gabriela (2016). Cuento 2.0. Consideraciones sobre el cuento mexicano en la era de internet. México: Universidad Iberoamericana.

Andros E. R. Aguilera (CDMX, 1998). Lic. en Lengua y Literaturas Hispánicas en la FFyL, de la UNAM. Apasionado de la literatura mexicana. Ha sido ayudante de materia y de cocina los últimos años. Escribe ficción de vez en cuando y poemas de amor que rara vez termina.