Parece que acabo de plantear un sinsentido grotesco. Pienso en la cantidad de personas que afirman que el gótico literario no es más que una superchería desbalanceada que usa arquetipos exagerados y predecibles para hilar historias olvidables. No es poco común imaginar que una historia que trata acerca de la muerte, los fantasmas, las damas violentadas, los villanos malignos e incluso religiosos oscuros sea una suerte de fantasía que más nos vale dejar en un rincón para que acumule el polvo de la indiferencia. En ámbitos académicos, el gótico suele ser tratado como un “error” en la literatura y un panfleto desagradable que no vale la pena ser estudiado. En ocasiones, los literatos de sillón organizan coloquios, encuentros y conversatorios para fingir que el género les agrada y que incluso han logrado “deconstruir” sus prejuicios acerca de lo que Harold Bloom llamaría canon. Esta supuesta apertura es solo un espejismo académico. El gótico, con sus honrosas excepciones, sigue siendo un marginado, un pobre diablo que existe por medio de los lectores que le dan un hálito de vida, cuyos grandes esfuerzos lo empujan hacia sus transformaciones actuales.
Mi primer acercamiento con el gótico fue El monje de Matthew G. Lewis, una novela impecable, una historia oscura a la cual siempre he querido regresar. La leí —sin el afán de exagerar ni afirmar que soy una especie de prodigio lector que devora cien libros mensuales— en tres días (nótese que en ese momento yo era un adolescente desocupado que podía darse el lujo de realizar tales hazañas). Cuando comencé a seguir las aventuras y fechorías de Ambrosio, unidas con el chismorreo clerical y los fantasmas ocasionales, me vi sumamente atraído por el género.
El monje es un entramado de muerte, traición, maltrato y ruindad, todo ello rodeado de un deleitable halo sobrenatural que le añade un sentido estético similar al que produce consumir un delicioso pastel. La estética gótica, conformada por abadías encantadas, mazmorras y palacios en las periferias, dota a este tipo de historias de una gran sensación de vida y encanto. Lewis supo cómo mezclar magistralmente la mundanidad de su tiempo con preceptos teológicos y personajes sumamente humanos, que algunos considerarían realistas bajo arquetipos predecibles. Es cierto que existen y han existido clérigos como Ambrosio, villanos, potenciales violadores y asesinos. La beatitud de ese clérigo deleznable es solo una máscara que oculta su verdadero ser. Es un personaje realista en contraste con la pureza arquetípica de Antonia. Me atrevo a afirmar que Ambrosio podría poblar fácilmente una novela de Zola, es decir, del naturalismo más “científico”.
Émile Zola es, indudablemente, un escritor que buscó ser lo más realista posible al pintar a la sociedad parisina como un lienzo. Al igual que el pintor Claude Lantier —identificado con Paul Cézanne— Zola tenía un lienzo en blanco de una sociedad decadente y corrupta en la cual habitan personajes astutos e ingenuos. Dentro de este mundo, destaca una figura cuya ambición rivaliza con la del clérigo de Lewis: Aristide Saccard. Ambrosio es similar en ambición a Saccard de La jauría y de El dinero y también comparte su malignidad. El joven estafador de Zola violó a una joven, estafó a miles e incluso dejó a un hijo abandonado. No tuvo la oportunidad de matar a su mujer porque la suerte le sonrió y falleció de tuberculosis. No deberían sorprendernos las similitudes entre el protagonista de una novela gótica y de una novela naturalista, puesto que ambas abordan el mismo tema: la naturaleza humana.
La ciudad de Plassans alternada con el París del siglo XIX dista mucho del Madrid del siglo XVIII y también el estilo de los autores es igualmente lejano y diverso. No me detendré en las características formales de cada uno de los estilos, pero sí quisiera dejar en claro que la principal diferencia no es la trama sino la estética. Zola privilegia espacios concretos como Las Tullerías, el Mercado Central, la Bolsa de París o el Ayuntamiento de Plassans, lugares propios de un examen detenido de una ciudad corrupta con matices muy claros y desigualdades latentes. El ojo cuasi clínico del maestro del naturalismo dota a sus obras de un cinismo gozoso, incluso cómico. Esto se debe a lo grotesco y a lo ingenuo de muchos de sus personajes. Es notorio el contraste entre Silvère Mouret y Aristide Rougon (posteriormente Saccard), mientras uno es revolucionario, ingenuo y creyente de las causas, el otro es ambicioso, vulgar y cretino.
Por otro lado, la herencia desempeña un papel determinista importante dentro de la construcción de Ambrosio y Aristide. El monje fue desconocido por sus padres, una familia noble decadente que hizo lo posible por desaparecerlo. Dentro del convento fue maltratado, vejado y humillado por los monjes, con lo que se hizo vicioso, orgulloso y propenso a satisfacer sus impulsos. Por su parte, el burgués ocioso de Saccard fue hijo de Pierre y Felicité Rougon, un par de ambiciosos sinvergüenzas que esperaban enriquecerse con sus hijos, por lo que esos genes malditos ocasionaron su carácter y posterior ruina.
De igual manera que sucede con la herencia de los Rougon, en la novela gótica de Lewis el entorno moldea al individuo. Se trata de una serie de factores que, combinados con el horror sobrenatural, los vicios y las vejaciones convierten a los personajes en víctimas de su propio destino funesto y los arrastran a su caída final. Ambrosio se ve acorralado cuando es imputado por sus numerosos crímenes y es atrapado por la Inquisición. El diablo, esa fuerza omnisciente que sabe de las debilidades de los individuos, lo seduce, le invita a venderle su alma, y este accede. El final del monje cayendo al barranco cuando Satán expande sus enormes alas y lo suelta sin piedad es el epítome del gótico. Representa de manera metafórica la caída del personaje, es decir, su derrota. La estética juega un papel importante. Las alas de Lucifer representan el vicio y el crimen que llevan a Ambrosio a pagar por sus crímenes en el terreno espiritual, pues la Inquisición había conmutado su sentencia. El realismo está en el castigo psicológico, en la culpa que el monje experimenta.
En un extremo opuesto, la caída de Saccard posee una estética mundana. Cuando Aristide es aprehendido por fraude y estafa, cae en una cárcel corriente de París, tiene visitas ocasionales y piensa en hacer nuevos negocios. El tribunal juzga culpable a Saccard y lo condena. Aquí no está el diablo, sino un ángel, su hermano Eugène Rougon, quien lo salva de la cárcel y lo manda al exilio. No existe una derrota psicológica porque Saccard no siente culpa de sus acciones, se compromete a seguir estafando mientras planea un golpe todavía más grande. La mundanidad es parte de la novela naturalista, mientras que la estética gótica exige un crimen y un castigo ejemplares.
En conclusión, el gótico no es el “error de sintaxis” que la academia prefiere ignorar, sino un peritaje psicológico de nuestras bajezas. Mientras Saccard es el parásito que sobrevive al exilio gracias a su cinismo y al “cerebro deshumanizante” del poder, Ambrosio sucumbe ante la única fuerza verdaderamente realista de la obra: la culpa absoluta. El barranco y las alas de Satán son solo el envoltorio estético de una patología que Zola describe con frialdad médica. Al final, ambos géneros diseccionan al animal humano (o lo intentan). La diferencia es que el gótico tiene la decencia de ofrecer un castigo, mientras que el naturalismo nos deja a merced de una realidad impune y deshumanizante.

Esteban Sánchez Beristáin (CDMX, 2003). Egresado de la licenciatura en Lengua y Literaturas Modernas Italianas y estudiante de Psicología por la UNAM. Ha publicado textos para la difusión de la literatura italiana, traducciones y ensayos, en revistas como Ágora (El Colegio de México), Irradiación y Este País. En 2024 y 2025 fue becario en el Curso de Creación Literaria para Jóvenes, de la Fundación para las Letras Mexicanas y la UV.

