EL UMBRAL DE LA FUGACIDAD

POR LUIS DANIEL CABRERA MARTÍNEZ

Hace un par de años, durante la emisión nocturna del noticiero, observé una imagen que me impactó. La fotografía en cuestión inmortalizaba un trágico hecho acontecido en la isla de Evia, Grecia, cuando un voraz incendio consumió esta zona. Para entender las repercusiones de este suceso, basta con traer a colación al servicio meteorológico del Observatorio Nacional de Atenas (NOA); el cual refiere que un total de 126.023 acres (51.000 hectáreas) se quemaron en la parte norte de este lugar. Eso equivale a 1/3 de los bosques de la isla. Sin embargo, más allá del daño ambiental que enmarca el contexto de la imagen, lo que me conmovió de dicha fotografía fue la huida desesperada de una mujer, identificada posteriormente como Mrs. Panagiotia; su rostro me transmitió angustia y, cuando pude vislumbrarla con mayor atención, me invadió una sensación de abatimiento. Esto último me hizo pensar en la fugacidad de las cosas: todos los bienes materiales, lugares y relaciones pueden desvanecerse de manera repentina, porque nuestro mundo es, esencialmente, incertidumbre. Nada es seguro, a veces ni lo que creemos estable.

Habrá quienes digan que esta impresión de lo incierto es lo que le da condimento a la vida. Es decir, que este juego de sorpresas cotidianas es lo que, de una u otra forma, hace que nuestra existencia sea interesante. Puede considerarse que estos giros de trama escritos por el guionista del destino son los que nos sacan del tedio, aunque yo no creo que sea así. A mí la vacilación me da miedo, estar arrojado en un mundo donde nada es definitivo me parece una partida injusta, es como jugar ajedrez con los ojos vendados. Y no es que suponga que todo sería mejor si estuviera dado por sentado, solo que en ocasiones las cosas que pasan son tan inesperadas que uno no alcanza a darse cuenta de que han sucedido. Todo ocurre tan rápido, todo cambia a un ritmo tan acelerado; que me cuesta asimilar esa carrera frenética y entender que la vida puede transformarse de un momento a otro, casi siempre para mal. Me di cuenta de esto desde muy temprana edad, aunque no tuve una consciencia plena de ello, recuerdo que cuando mi abuelo murió yo no podía comprender el mero hecho de no volver a verlo. Incluso preguntaba por él, lo buscaba, pensaba que en cualquier momento iba a entrar a casa tarareando un bolero de Javier Solís. Esta ausencia de lo querido, esta falta abrupta de los refugios que se suponen firmes; estos desastres que sobrevienen en un abrir y cerrar de ojos, son lo que me niego a comprender. Todo fue tan repentino que ni me di cuenta. Imagino que ese mismo sentimiento debió experimentar la mujer de aquella fotografía.En ese orden de ideas, cabe preguntarse ¿Qué nos queda? Me gustaría abandonar por un momento la atmósfera de este texto para intentar ver qué puntos positivos tiene esa constante incertidumbre. La duda como tal es una gran cantera para la creatividad, o sea que esta constante oscilación podría brindarnos la posibilidad de hacer una pausa y reflexionar sobre las implicaciones de nuestra existencia. Además, esa amenaza permanente de naufragar ante lo inesperado, podría servir para valorar con otras perspectivas lo que tenemos en el presente, o mejor dicho lo que creemos tener, siguiendo las palabras de Alejandro Dumas: “La vida es tan incierta, que la felicidad debe aprovecharse en el momento en que se presenta”. Tal vez el hecho de habitar entre la impermanencia, las sorpresas nefastas y las llamadas a medianoche, sirva para, de cierta manera, vivir el momento. Así pues, solo nos queda aferrarnos a lo que tenemos y esperar que no vaya a derrumbarse, confiar en que un incendio no nos hará escapar de nuestro hogar con una bolsa en las manos y un nudo eterno en el pecho.

Luis Daniel Cabrera Martínez (Palmira, Colombia, 2001). Cursa la Licenciatura en Literatura en la Universidad del Valle. En 2021, publicó varios de sus cuentos en las antologías La entropía del adiós y Ficciones extraordinarias de ITA EDITORIAL. Obtuvo el segundo puesto en el V Concurso de Cuento Corto de la División de Bibliotecas de la Universidad del Valle. Ha colaborado en las revistas Horizonte Gris, Anacronías, Arteverso, Sombra del Aire y El Creacionista.