Por sorprendente que nos parezca, todavía carecemos de algunos estudios elementales sobre nuestra propia literatura. Las representaciones del amor en la novela mexicana –me imagino– sería uno de esos libros de cabecera para comprender las formas en las que nuestra tradición escrita ha representado y problematizado uno de los fenómenos sociales y psicológicos que, incluso en nuestros días, ocupa buena parte de la atención de lectores y no lectores.
Como se verá, el asunto no es para menos. Y es que una valoración apresurada puede hacer pensar que se trata de un tema relativamente inocuo, cursi y hasta cliché; sin embargo, las obras apuntan hacia otra dirección, porque, a semejanza de los grandes pintores que se obstinan en representar flores, paisajes y retratos, siempre vistos desde una nueva y renovadora perspectiva, el amor y todo su imaginario ha estado presente de distintas maneras a lo largo de la tradición narrativa mexicana.
Sin duda alguna, en ese hipotético libro, que buena falta nos hace todavía, En jirones de Luis Zapata ocuparía un sitio privilegiado. Siempre a contracorriente, pero por eso mismo abierto a la innovación y a la experimentación, Zapata escribió una novela no precisamente sobre el amor, sino, más bien, sobre la experiencia del amor. Un libro que además explora como pocos la psique del yo enamorado y, al hacerlo, plantea distintas preguntas de importancia que, sorprendentemente, han recibido poca atención de la crítica especializada.
Publicada por primera vez en 1985 bajo el sello de Editorial Posada, la novela se estructura en dos partes (Uno: diario de un enamorado y Dos: en jirones) y sigue la historia de Sebastián, un hombre joven quien desde el recurso de la escritura íntima de un diario y, por lo tanto, desde la confesión del yo, relata su enamoramiento, relación y separación de otro hombre, a quien sólo se identifica en el texto por la inicial A.
En principio, el argumento parece hasta cierto punto convencional, y, sin embargo, no lo es. Porque es verdad que la mayoría de las narraciones ficcionales se ocupan más de la antesala del amor, de la imposibilidad de los amantes para estar juntos, del amor no correspondido o simplemente devienen en un trágico tour de force hacia la edad adulta. Recordemos que los ochenta fue también la década en que apareció por primera vez una narración fundacional no sólo para las representaciones literarias de la urbe mexicana, sino también para la novela de formación, me refiero a Las batallas en el desierto.
En cambio, En jirones no sólo retrata el momento inicial del enamoramiento, el ir y venir de dos hombres que paulatinamente se conocen y desean, sino que también explora como pocos libros el amor en su faceta más incierta, más cercana a la angustia, a la ansiedad y a la necesidad de posesión del otro, incluso cuando éste ya se encuentra con el protagonista; al hacerlo, En jirones se aproxima sugerentemente a los límites con el delirio y con la enfermedad mental, una frontera que pocas veces se asocia tan explícitamente con el amor romántico correspondido. No se trata solamente de un deseo sexual que pide ser saciado ni tampoco de la compañía de la pareja, sino que el lector se halla ante un enamorado-adicto que anhela la posesión completa del otro, que busca disipar el misterio de una vida que, de cierto modo, se mantiene en los márgenes de su control y su conocimiento.
Desde antes de su publicación, la novela fue leída con entusiasmo y comprendida en una línea semejante por el crítico y amigo de Luis Zapata, José Joaquín Blanco: “En jirones es su libro más radical: la narración del enamoramiento y del desamor a través de la historia de los cuerpos: qué le pasa a la carne al enamorarse brutalmente y cómo la carne se destruye en el desamor, su crónica minuciosa y casi insoportable. Que alguien demuestre que novelas como ésta significan pobreza en la generación de los narradores que andan sobre los treinta años” (1999 [1984], p. 554).
Otra de las principales virtudes de este libro radica precisamente en su constante autorreflexión, en el cuestionamiento del yo que, a partir de la subjetividad y el libre devenir de sus pensamientos, se conoce un poco más a sí mismo y al mundo. En este sentido, el uso del diario personal no sólo potencia la atmósfera de intimidad y confesión, sino que por momentos se vuelve también espacio para la exploración de la escritura misma: “cuando se habla de amor únicamente se puede ser esquemático; a lo más arquetípico” (p. 15), escribe Sebastián en las primeras entradas de este documento y añade lo siguiente algunas páginas más adelante “Me siento ridículo al escribir esto” (p. 19).
El protagonista descubre un hecho fundamental que señala uno de los principales conflictos que enfrenta como narrador de su propia relación amorosa: la imposibilidad de escapar a las formas normalizadas y ritualizadas de la representación del amor romántico dentro de la cultura occidental. No gratuitamente el mismo personaje alude de forma constante, ya sea como comparación ya como referente para entender mejor lo que acaba de ocurrirle, a un buen número de películas nacionales y de Hollywood, canciones y demás historias de amor mediatizadas por la cultura pop de aquellos años. Tal como Eva Illouz expuso en su paradigmático estudio, El consumo de la utopía romántica, resulta imperativo superar las conceptualizaciones del amor romántico como un ámbito arbitrario, enteramente relacionado con la esfera de lo individual e íntimo y, en su lugar, comenzar a comprender este fenómeno dentro de la cultura occidental como “un campo colectivo en el que entran en juego las divisiones sociales y las contradicciones culturales propias del capitalismo” (p. 18). De acuerdo con Illouz, se trata más bien de una práctica cultural, patente en los símbolos y formas socialmente aceptadas a las que estamos expuestos de forma cotidiana. Este marco cultural nos permite definir, clasificar e interpretar el amor romántico y aquí es precisamente donde radica el conflicto principal del protagonista.
Y es que la educación sentimental de Sebastián, incluso siendo un hombre homosexual, está regida por los cánones de la representación romántica del amor heterosexual en la cultura pop. De esta forma, cuando se enamora de A., echa mano de todos estos códigos sobre los cuales ha comprendido el amor durante toda su existencia. Sin embargo, al igual que otros dos grandes referentes de la ficción novelesca universal, el mundo narrado en el que se desarrolla como personaje no permite realizar sus expectativas amorosas, formuladas sobre idealizaciones mediáticas, lo que se traduce no sólo en la pérdida del ser amado, sino también en un conflicto y frustración internos que, más allá de la depresión, lo llevan a rozar la muerte.
Resulta sintomático que la crítica al amor romántico occidental haya sido formulada hace cuarenta años a partir de una pareja de hombres homosexuales y de la mano de un novelista mexicano fuera de los centros de la hegemonía intelectual y artística. Ya que si bien Luis Zapata comentó en más de una ocasión su familiaridad y gusto por el cine de Hollywood, la música pop y demás figuras de la farándula, queda patente su voluntad de exploración y el cuestionamiento que subyace y que sólo es posible apropiándose de dichos referentes, resignificándolos y poniéndolos en tensión dentro de una realidad ajena a sus deseos.
Tlalpan, marzo de 2026
Fuentes
Blanco, J.J. (1999 [1984]). “Luis Zapata: el salto de la muerte” en Crónica literaria. Un siglo de escritores mexicanos. Cal y Arena.
Illouz, E. (2009). El consumo de la utopía romántica. El amor y las contradicciones culturales del capitalismo. Katz.
Zapata, L. (1985). En jirones. Posada.

Armando Gutiérrez Victoria (CDMX, 1995). Doctor en Literatura Hispánica por El Colegio de México. Autor de Week-end en Zipolite y otros poemas póstumos (2023), Trece respuestas para un radio (2024) y Turistas prismáticos de una ciudad sin palacios (2025). Textos suyos han sido publicados en Nexos, La Palabra y el Hombre, La Colmena, Punto de Partida, Tintero Blanco y Marabunta. Actualmente realiza una Estancia de Investigación Posdoctoral en el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM.

