FUEGO EN LOS LABIOS

POR R. RAEMERS

Voy a encender una vela. Podría usar uno de esos mecheros modernos de gas, muy suaves, solo presionas un botón y listo, pero prefiero los cerillos. Me gusta sentir la chispa generada al rozar la cabeza azul contra la lija de la cajetilla, esa brevísima electricidad después viaja desde la yema de mi dedo índice, recorre mi brazo, se revuelca en mi pecho y fluye directamente a mi vientre, a esa zona más abajo del ombligo. A veces pienso que mi piel está más conectada con mi interior de lo que realmente logro sentir superficialmente cuando el resto de mis sentidos se enmudece para darle protagonismo al tacto. Aun con todo ello, no sé por qué me gusta tanto el fuego.  Digo, reconozco lo placentero de ver las llamas de los cirios del altar recién encendidas bailando cuando una ligera brisa se cuela bajo la puerta principal de la parroquia en una noche fresca y lluviosa de verano; o lo placentero del calor lentamente acumulándose entre los cuatro muros de la construcción conforme voy dándoles lumbre a los santos del viacrucis -San José, San Judas y San Pedro son mis consentidos-, creando el mismo efecto en mis entrañas conforme me acerco al frente de la Virgen María; pero eso no explica mi fascinación por él.  

Todos los viernes me paso horas mirando la flama de las velas, -por las noches, el padre me permite quedarme mientras él prepara su siguiente sermón matutino en la eucaristía-, me hipnotizan sus tonos naranjas, amarillos, rojizos; cómo ceden las moléculas de la cera contra su fuerza aniquiladora; cómo las pequeñas gotas derretidas se despeñan por los bordes de las candelas dejando la mitad de su existencia a lo largo de estas. Sin embargo, no sé por qué me gusta tanto el fuego. Hay tanto misterio respecto a él, a su conexión con mi ser, con mi respiración agitada cuando estoy aquí, sentada en el suelo en medio del altar con las piernas bien abiertas para sentir el ardor de todas las lucernas invadiéndome por dentro y por fuera. En un momento de la historia, las mujeres teníamos prohibido usar faldas cortas y la cabeza descubierta al entrar a los templos, pienso en esto mientras mis dedos largos afilados se entretienen en desenredar delicadamente los mechones de las trenzas largas que mi hermana me hace todas las mañanas. Yo las aborrezco, me mata sentir mis cabellos rebeldes prisioneros de sí mismos y de la gruesa liga amarrada en las puntas, prefiero gozar de la frescura de mis chinos sueltos, traviesos, haciéndome cosquillas en la espalda cuando mi torso es despojado de la sucia blusa de trabajadora. 

Con el pecho desnudo, me siento serena al ofrecer mi piel tostada, aromatizada con los dulces jazmines de mi propio jardín ocultos bajo mis senos y entre mis muslos, que despiden esa fragancia una vez liberados de estas gruesas medias negras de algodón. Los vellos de mi cuerpo se erizan cuando termino de quitarme la falda, solo las delgadas bragas de gasa blanca separan mis nalgas del piso, toda mi ropa regada a mi alrededor ha formado el nido donde voy a realizar mis alabanzas. La última vela está a mi derecha con el último cerrillo; este es especial, de cabeza roja, lo he reservado para la ocasión memorable de este viernes por la noche, cuando la luna se viste de rosa y baja a besarme las plantas de los pies a través del domo con vitrales angelicales de nuestra iglesia. 

La fricción hace lo suyo ante la presión de mi índice, la diminuta lumbre nace acompañada de chispas, las cuales brotan hacia el resto de mis dedos. La nueva llama me encanta, me embelesa, me consume dentro del pecho al mismo tiempo que avanza por el palillo, se acerca peligrosamente a mis yemas, pero no me lastima, me hace estremecer en la colisión de dos temblores corriendo desde mis pies y mi coronilla hasta el centro de mis labios inferiores. Contengo el aliento, prendo la mecha de la vela, el cerrillo se extingue por completo cuando lo lanzo por el aire lejos de mi improvisado lecho; me detengo a examinar con los ojos bien abiertos y con las pupilas dilatadas cómo el pabilo se quema. El calor creciente comienza a derretir la blanquecina cera. Estoy lista para descubrir por qué me gusta tanto el fuego, cada poro de mi cuerpo arde ansiosamente por saberlo. 

Sin embargo, no estoy sola en este reconocimiento: un par de ojos negros me mira desde una rendija en la puerta de la sacristía, una boca se relame los dientes al mirarme los pechos rebosantes y los muslos gruesos, un aliento se acrecienta mientras es partícipe indirecto de mi introspección. Lo veo a través de mis espesas pestañas, mientras entrecierro los ojos al dejarme caer de espaldas entre mi blusa y el suelo resbaloso de la iglesia. En este movimiento también siento una gruesa gota de cera caer sobre mi piel oscura a la altura del esternón, mis pezones se endurecen al tacto, quiero intentarlo otra vez. Echo la cabeza hacia atrás, arqueo mi cuello, siento mi pulso acelerándose en la yugular, mi saliva se agolpa en mi boca, me cuesta trabajo tragarla si estoy jadeando; un conjunto de perlas calientes escurre desde la punta de la candela y cae formando círculos sobre mis clavículas, mis senos, mis costillas. Una breve ráfaga de viento fresco aviva la flama de mi vela, la cera se derrite con mayor facilidad, las gotas no tardan en caer satisfactoriamente en mi vientre, llenan mi ombligo y el placer de mi exterior comienza a reflejarse dentro, pues siento mi ser vertiéndose calurosamente entre mis piernas, la humedad se extiende por toda mi vulva. 

Sostengo quieta la vela por unos segundos, espero se funda un poco más antes de continuar el descenso por mi cuerpo. Pero no puedo contener las sacudidas que me aquejan, el fuego ha desatado la furia encerrada por todas las noches de viernes y sólo alimentada mínimamente al encender las luminarias de los santos. La diosa ha sido liberada, una diosa que encontró su raíz debajo de estas paredes santificadas con falsos nombres, con falsas costumbres. El espía detrás de la puerta tampoco puede contenerse, ha salido, de pie, en el umbral, no se atreve a interrumpir la gloriosa escena, sólo se limita a deshacerse de su celibato y de todas sus prendas religiosas para volverse hombre en su pureza carnal. 

Mi trémula mano izquierda no puede controlarse más, deja caer toda la cera caliente acumulada en mi pubis, luego se escurre entre mi vello y va a secarse en el capuchón erecto de mi clítoris. Un largo gemido exhala de mi garganta cuando siento el calor lo más cerca posible de mi entrepierna, abrasando desde fuera; mi mano derecha, concentrada hasta ahora en masajear mis pezones tiesos de cera, se dirige ferozmente a través de mi torso, de mi abdomen inflamado de gozo, hasta encontrarse con mis labios, gruesos y delgados, los siente, se entretiene en acariciar cada pliegue. Un travieso dedo se ha adentrado con ligera suavidad en mi vagina, flexionando las falanges acaricia la rugosidad interna, ese punto que, apenas he descubierto, está conectado con el fuego. 

No quiero abrir los ojos, pero escucho sus fuertes pisadas dejando la sacristía y acercándose hasta el pasillo principal de la nave, donde la diosa se derrumba, se convulsiona, se consume calurosamente al ritmo impuesto por mis propios dedos. Sus pies descalzos se detienen a pocos centímetros de los míos, justo entonces me fuerzo a incorporarme sin retirar el golpeteo de mi vagina, y lo miro, su mano derecha sacude el miembro erecto tratando de acompasar mi movimiento. Parece que no quiere interrumpirme, tampoco le permitiré hacerlo, esta es mi ceremonia. Él está ahí, de pie, frente a mí. Sin detener mi mano, giro mi cabeza a ambos lados; otros pares de ojos están contemplándonos, otros ojos de yeso, de hombres mitificados, de seres alabados sin razón tangible. No, no he venido a celebrarlos, ellos son los invitados a mi ritual, donde la verdadera diosa está quebrando mi centro, está matándome con mi propio placer a cada roce de mi clítoris endurecido.

Él me observa, o, mejor dicho, observa mi vulva, la desea sometida. No voy a darle ese gusto, a ninguno de ellos. Sin retirar mis dedos, continúo tomándome; mi pulgar no da descanso a mi exterior, mi respiración se entrecorta con gota de cera que cae sobre mis labios, me da placer el calor marcando mi piel delicada, un delicioso elixir emana de mi vagina y empapa mi palma con ello. He encontrado la aceleración ideal, un escalofrío anticipa el clímax, lo siento crecer en mi espina dorsal, se conjunta con lo más profundo de mi vientre, se aproxima… Pero él parece saberlo, su mano acaricia el pene con mayor fuerza y velocidad, levanta la cara hacia el vitral del domo y gime como un cerdo apuñalado. Sin dudar, termino mi ritual. 

No está mirándome. Dejo caer la vela entre mis medias, en pocos segundos comienzan a arder, primero una y luego la otra. Dos minutos después, mi falda las acompaña en el incendio; pero me excitan aún más las llamas quemándome la mano, las nalgas y que amenazan con ascender hasta mi pubis. Mi blusa vieja arde también a mi espalda, la tela nada defiende a mi piel morena, abrasada; él sigue sin darse cuenta de que la diosa ha determinado su destino, porque entre su éxtasis no puede sentir el incendio acercándose peligrosamente a las puntas de sus pies. Mi vello púbico arde, pero mi interior también lo hace, se contrae varias veces en un prolongado orgasmo. Mi lecho se ha convertido en una pira ceremonial, donde mi verdadero yo, la diosa, la fiera, se complace a sí misma, es la dueña de su placer. El padre deja de tocarse el miembro flácido, su esperma cayó a sus pies, apenas ahora es consciente de la situación, está rodeado de flamas, no puede huir. Sus ojos buscan los míos, se lee desesperación en ellos; fue demasiado tarde, se consume entre gritos de dolor cuando las llamas le llegan a los tobillos. 

Todo arde en la iglesia, las cruces, las bancas, el confesionario; las figuras de yeso se tornan negras, ninguno se ha salvado. La luz de luna todavía penetra a través del vitral, la distingo entre los centelleos. El orgasmo me ha dejado las ingles húmedas, pero ese sudor se evapora rápidamente y termina por consumirse junto con mi excitación; mi calor interior se conjunta con el incendio del exterior. Ya no hay dolor, ahora tengo un enorme contento al descubrir por qué me gusta tanto el fuego. 

R. Raemers (Ecatepec, 1995). Egresada de Lengua y Literaturas Hispánicas, UNAM; centra sus estudios en la literatura erótica escrita por mujeres. Dirige el Círculo de Lectura de Narrativa Erótica para Mujeres, donde se comenta ese género desde una perspectiva feminista y multidisciplinaria. Ha publicado cuentos en las revistas Palabrerías, Irradiación. Revista de Literatura y Cultura y Punto en Línea (UNAM). Autora del Diario de una escritora erótica frustrada.