REVÓLVER, VOLVER…

POR ADRIÁN ELEUTERI

Cuando los zapatistas llegaron al pueblo, mi tatarabuelo se fue a esconder al bosque de Los Dinamos; temía por su vida, y razón no le faltaba. Se aventó a una hondonada del río Magdalena y las balas fueron a desquebrajar una enorme piedra que se interponía entre la muerte y su cuerpo. Anduvo deambulando varios días en el monte hasta que dejó de percibir peligro, sin embargo, no pudo olvidar la imagen de la Virgen de Guadalupe labrada en la piedra que le salvó el pellejo. Cuando pudo, volvió por ella. Pesaba una barbaridad. Ya pintada y restaurada, aunque todavía con los vestigios de disparos en la espalda, la escultura le fue heredada a mi abuela, quien entonces prometiera donarla a la Iglesia de San Bernabé Ocotepec, uno de los pueblos originarios de La Magdalena Contreras (se construyó una capilla ex profeso). No pudo entregarla. En el momento de la verdad, se arrepintió. Hoy, empotrada en un altar en una esquina de la sala y alumbrada por una veladora, la reliquia familiar yace en reposo. Rodeada de cuadros de su hijo hebreo y de un montón de santos, con la mirada extraviada y con las manos en perpetuo ademán místico, la Virgen de Guadalupe presenció el furor de mi padre cuando trajo a la casa en su juventud un acetato de Los Beatles. Fue en esa sala, frente a esa Virgen, donde escuché por primera vez a la banda con el sencillo The Ballad of John and Yoko, y donde (ciertamente no en la noche de Santiago) escuché por vez primera La casada infiel, el poema de Federico García Lorca, dado que mi padre lo recitaba en cada oportunidad. Fue ahí también, en esa sala, donde lo vi llorar a solas cuando se consumó el divorcio con mi madre. Volví a escuchar el poema de Federico del Sagrado Corazón de Jesús en una canción de Bronco; decía: «Naila, di por qué me abandonas…» y en algún punto la malherida voz de un hombre se adueñaba del poema. Un poema, en apariencia, dedicado a Naila. Un poema que, en su momento, también fue para mi madre. No le gustaban Los Beatles, ella prefería la agrupación de Lupe Esparza, el conjunto musical que vino a reventar el Deportivo de la Casa Popular de La Magdalena Contreras a finales de la década de los 80. He llegado a pensar que, de algún modo, parte de mi historia personal se escribió en Naila, el único lugar onírico en el que convergieron de manera armónica mis padres, amén de su dispar sentido estético. A veces, cuando salgo en mi motocicleta a carretera, voy pensando en estas y otras cosas y se me ocurren poemas y tarareo canciones del Álbum Blanco o del Salvaje y Tierno. En uno de mis primeros viajes en soledad, llegué a la sierra de Huautla de Jiménez: una chamana se rio cuando me llamó güero y puso en mi boca un niñito santo. Enclavada en la esquina del jacal, sobre un altar, yacía una estampa de la Virgen de Guadalupe alumbrada por una veladora. La última noche escuché una hermosa y triste melodía en una lengua desconocida. La melodía, para mi extrañamiento y sorpresa, me sonaba familiar. Cuando era entonada, una palabra dolía más que las demás: Naela. Tiempo después me enteré de que el autor de la canción fue un gran compositor del Istmo conocido como Chuy Rasgado, y que, en realidad, su obra no mencionaba a ninguna mujer llamada así. Cuando fui niño solía escribirle a una chica de la escuela acrósticos utilizando las letras de su nombre: Nayeli. Porque me gustaba, me puse a investigar y supe que su apelativo venía del zapoteco: «nadxieelii, «te amo». En esta lengua istmeña el vocablo «na» quiere decir «yo», pero también puede significar, entre otras cosas, «señorita». Este es el sentido original de la palabra en el título de la canción de Chuy Rasgado. Naela es una palabra compuesta. O, mejor dicho, son dos palabras. Pero entonces, ¿“ela”?, ¿qué significa? Según Ulises Luna, biógrafo del compositor, se trata del hipocorístico de Rafaela, un viejo amor del juglar. «Na Ela gudxi náa shiñé cuza’nu náa», «Señorita Ela, di por qué me abandonas». De todo esto y más da cuenta Luna en Así es la vida… Chuy Rasgado. Biografía, editada por el sello Ediciones Luna Cultural Istmeña. A propósito de Selene, poco tiempo antes de escribir estas líneas redacté un par de tuits en el que menciono la hacienda de La Media Luna. El asunto, más que con Rulfo, aunque suene disparatado, tiene que ver con las muertes de Anne Rice y Vicente Fernández, ambas acaecidas el Día de la Virgen de Guadalupe, y con el fallecimiento de Carmen Salinas, ocurrido en la misma semana. Los cito, ya ensamblados, ​a continuación: 

«Llega El Arracadas al pueblo y grita: ¡vengo buscando al cabrón que mató a mi padre, y se lo voy a cobrar caro! Te llevaré con él, responde un tipo sumamente pálido, acompáñame a La Media Luna. En eso se aproxima una mujer que viene dando pasitos de pingüino, los increpa: Ay, mis amores, ¿en dónde estamos? En Comala, naturalmente, replica Lestat de Lioncourt. No, papasitos, dice de vuelta La Corcholata, un tanto angustiada o resignada, pues ya estuvo que los tres nos fuimos… pero a chingar a nuestra madre.»
Comparto la noticia del deceso del intérprete con mi padre, no se pone nostálgico. En casa no sonaba El Charro de Huentitán. Sonaban Los Beatles. No sé si fue por ese amor añejo o por la lástima que le inspira mi extrema bancarrota, pero hace unos días, mientras perdíamos el tiempo en el Sanborns de Altavista después de acudir a una de sus citas médicas, mi padre aceptó comprarme un libro de 99 pesos relegado en un rincón de adquisiciones rezagadas de la tienda. Era Lennon bajo el sol, de José Adiak Montoya. En esta novela me enteré de que Los Beatles son nicaragüenses y de que fueron la piedra en el zapato de la dinastía Somoza. Hoy, domingo 12 de diciembre de 2021, Día de la Virgen de Guadalupe, el día en que murieron Anne Rice y Vicente Fernández, el día en que una actriz de cine de ficheras adquirió plena conciencia de su propia muerte, he acabado de leer la novela. Ante mis ojos están el Please please me, el White Album y, sin embargo, no deseo reproducir ninguno de ellos y eso se debe a que tengo unas irreprimibles ganas de escuchar todas las canciones de un disco de 1990 llamado Amigo Bronco, una pieza fundamental del Cuarteto de Apodaca, mis Beat-less, los Beatles mexicanos. Observo la mirada extraviada de la Virgen de piedra que salvó la vida del abuelo de mi abuela, palpo los agujeros que horadaron fusiles zapatistas hace más de una centuria, me persigno ante un retrato de Lennon, una divinidad más famosa que Jesús, pongo un disco que arranca con una canción que le habla al corazón y lo insta no ser así, a fijarse de quién se enamora, y empiezo entonces a escribir la historia de mi tatarabuelo, la anécdota de aquella vez que fue a esconderse al monte porque lo venían cazando a tiro pelón los revolucionarios.

PERFIL IRRADIACIÓN

Adrián Eleuteri (Distrito Federal, 1989). Pasé mi infancia y adolescencia en la Biblioteca Pública «Teocalli». Viví en el extrarradio del Estado de México durante los años del Espuriato y el Peñismo. Me licencié en la carrera de Asfaltos latinoamericanos. Tengo una maestría en Raspones duros y madrazos. Soy un doctoralis discipulus paternitatis. Sé que no me graduaré.