SOBRE ADUANAS INNECESARIAS PARA TIERRAS IMAGINARIAS

 POR JORGE DE LA VEGA

Esto no es un listado de recomendaciones literarias. Esto no es una reseña. Esto, tristemente, es el peritaje de una experiencia (o un conjunto de experiencias) tan lamentables como cotidianas y que, cuando exacerbadas con otros factores personales (específicamente aquellos relacionados a la salud mental), tienden a crear una asociación nociva la cual se vuelve difícil de desacoplar. Entrar hoy en día a cualquier fandom, un término con el cual la mayoría estamos familiarizados, puede ser toda una odisea, y uso dicho término sin tapujos; tiene sus maravillas, sí, pero principalmente sus  peligros y monstruos que te acosan en cada escala del viaje. No sólo es cosa de fandoms, vale la pena decir: la condición humana está intrínsecamente ligada a una absurda necesidad de causar dificultades al prójimo. Sea esto por malicia, sea esto por paranoia, sea esto por vil mezquindad en cuanto a la apreciación de nuestro conocimiento, o sea el mismo absurdo antes referido ahora en condición de sustantivo; estamos condicionados con antelación a cavar trincheras, levantar barricadas, minar los terrenos. Seremos una especie social, pero eso no precisamente significa que seamos sociables, mucho menos solidarios para las cosas más ínfimas. El eterno debate Hobbes vs. Rousseau y todo ese jazz.

Pero divago. Los fandom, como tal, representan una asociación de individuos que comparten un gusto por alguna forma de entretenimiento, siendo el entretenimiento la piedra angular de la discusión. Ya si alrededor de ello podemos edificar una conversación que involucre otras disciplinas científicas o académicas, pues qué mejor. No obstante, si reemplazamos con prejuicio el entretenimiento por escolástica y, peor, procedemos a denostar el valor de divertimento –de desfogue, escape, distracción, liberación o sosiego– del tema alrededor del cual nos reunimos, es cuando comienza a supurar una toxina segregacionista la cual deshace los vínculos de comunidad construidos en torno a nuestra afición y jerarquiza en favor de quién es quién para decir qué. En resumen: Si yo sé más, yo SOY más.

El intercambio de ideas y perspectivas, con respecto a un mismo tema, es parte fundamental del fandom, en efecto, y cuando dicha discusión se lleva a cabo en forma y tono amenos de acuerdo al contexto de las relaciones personales en dicho grupo, todo funciona de buen modo. El descontento –enojo, frustración, disonancia, discordia– surge acompañado de la imposición de la jerarquía antes mencionada, en la cual el mayor conocedor del tema (sea este apercibimiento un consenso de las partes o  complejo de superioridad del individuo) se coloca a sí mismo al mero tope de la pirámide y procede a construir barreras que empujan a los ya presentes a la periferia, a la vez que impiden el paso a los neófitos que buscan –con inocente brillo aún en sus ojos– involucrarse y formar parte del grupo que, en teoría, celebra y comparte sus mismos intereses.

Ésta, sin más preámbulo, es la fundamentación del mentado gatekeeping, y es algo de lo que sólo los muy mezquinos –he ahí esa palabra de nuevo– se sienten orgullosos de tomar parte: Cerremos las puertas y a barrer con el excedente, porque aquí sólo mandamos los expertos, y nuestra postura es ley, y toda opinión contradictoria es blasfemia. Hay ocasiones en que librar dichas actitudes es sencillo: se hace caso omiso de quien las promueve y punto… pero, en otras, se convierten en una fuerza invasiva que ya sea gana suficientes adeptos para apoderarse del grupo o, al menos, lo ataranta lo suficiente como para que se le dé atril preferencial por defecto.

La anterior verborrea, que agradezco se hayan tomado la molestia de leer, es la problemática que me acongoja, puesto que cada día se vuelve más difícil compartir nuestras aficiones sin toparnos de frente, narices y todo, con esta fuerza destructiva que erosiona –a veces de golpe, a veces poco a poquito– el interés, el gusto, el amor incluso por nuestro fandom y, como apunté, nos avienta a la periferia ya como ermitaños, si no es que hasta exiliados de nuestro propio espacio en el cual solíamos encontrar consuelo y sopor de las vicisitudes del mundo real. Y llega un punto en que acabamos sintiendo enojo, hasta desprecio ya por eso que antaño tanta felicidad nos causó, todo por actitudes de individuos que pretenden asirse de un remedo de prestigio mal habido a punta de robarle a nuestro tema su cualidad disfrutable y amena.

Y así es como terminamos solos, cada quien una pequeña fogata en descampado: si bien podemos ver la luz de más fogatas en derredor, tememos acercarnos; no sea que nos vuelva a ocurrir una experiencia como lo anterior descrito. Sé que muchos de ustedes se han sentido como yo ahora, como yo desde hace tiempo, en vista de factores tan enervantes como la jerarquización de los fandom, tan frustrantes como la apatía de quienes no ponen freno a tales actitudes, y tan deprimentes como perder el gusto por algo que solíamos amar, y la asociación de ello con una suerte de aduana –terramediera, en mi caso particular para los entendidos– que nos cierra el paso a falta de credenciales acorde a los designios –la postura inamovible– de los celadores.

Pocas cosas son tan lamentables y dolorosas como cuando algo que antes nos ayudaba a sobrellevar la vida se transforma en un peso ingrato en el corazón.

PERFIL IRRADIACIÓN

Jorge de la Vega (CDMX, 1987). Escritor, traductor, bloguero y co-conductor del programa en línea de difusión literaria Crónicas D&D. Ha participado como conferencista y tallerista en numerosos foros y eventos culturales nacionales e internacionales. Es aficionado a la lectura, los videojuegos, el rock clásico y la ficción imaginativa en general.