La noche había caído sobre las montañas de Huancabamba. El viento bajaba desde los cerros y movía suavemente las hojas de los árboles. En el cielo, miles de estrellas brillaban como si fueran pequeñas fogatas encendidas por los antiguos.
Rufino escuchaba en silencio.
Frente a él estaba el viejo narrador al que todos llamaban Corazón Espinoso. El anciano levantó la mirada hacia las montañas oscuras y habló como si conversara con los cerros.
—¿Imamallatak kanki, taitas Pariacacas, Güitiligunes? [¿Cómo están, taitas Pariacacas, Güitiligunes?]
Luego volvió los ojos hacia el muchacho.
—Escucha bien, Rufino —dijo—, porque esta historia viene de muy lejos.
La vida del indígena en los Andes de Huancabamba es como una constelación de estrellas. Algunas se apagan y otras vuelven a encenderse. Unas parecen cercanas y otras muy lejanas, pero todas siguen siendo estrellas que alumbran la memoria de los pueblos.
Así también es la vida de las comunidades. Unos hombres se van y otros llegan para ocupar su lugar, pero la luz sigue viajando por el tiempo. La luz lejana es el pasado; la que brilla cerca es el presente.
—Un día este indígena andino de Botonal ya no estará aquí —continuó el anciano—, pero alguien vendrá después y continuará la palabra.
“Por eso esta historia queda abierta.
“Para que otros la escuchen, la recuerden, la corrijan y la sigan contando.
Rufino asintió en silencio.
—Pero para entender lo que ocurre hoy —prosiguió Corazón Espinoso— debemos regresar a un tiempo muy antiguo, cuando los ejércitos del imperio marchaban hacia el norte.
EL SUEÑO DEL INCA
Una madrugada lejana, el gran Inca Pachacútec despertó sobresaltado.
Había tenido un sueño inquietante.
En su visión nocturna aparecían pumas que lo enfrentaban en las tierras del norte. Los animales rugían y defendían su territorio con una ferocidad que el Inca no había visto antes.
Intrigado, mandó llamar a uno de sus consejeros más sabios.
—Hola, amigo Cóndor —dijo el Inca cuando el hombre llegó.— Necesito una respuesta urgente.
—Diga, mi taita Inca.
—He soñado que, en las tierras de los Guayacundos, unos pumas nos darán dura batalla.
El consejero meditó en silencio.
—Ese sueño es un presagio —respondió finalmente—. Habrá guerras difíciles en el Chinchaysuyo. Pero su linaje continuará la conquista. Su hijo Túpac Yupanqui y su nieto Huayna Cápac seguirán ampliando el imperio.
El Inca guardó silencio.
Miró hacia el norte, hacia las tierras que aún no estaban bajo su dominio.
—Entonces seguiremos adelante.
LA ORDEN DE CONQUISTA
Pocos días después, durante una gran ceremonia en el Cusco, Pachacútec reunió a sus nobles y generales.
Había comida, música y chicha que corría de mano en mano.
Cuando todos estuvieron presentes, el Inca habló con voz firme:
—Ha llegado la hora de ampliar nuestro territorio hacia el norte.
Mandó a llamar a su hijo.
Túpac Yupanqui se acercó y se inclinó ante su padre.
—Te nombro heredero del Cusco y del Tawantinsuyo —declaró Pachacútec.— Irás al Chinchaysuyo y completarás la expansión del imperio.
Luego pronunció los principios que debían guiar al pueblo:
—No roben.
”No mientan.
”No sean flojos.
”Ama Sua.
”Ama Llulla.
”Ama Quella.
Aquella fue una de las últimas decisiones del gran Inca.
No mucho tiempo después, Pachacútec moriría.
Pero el imperio seguiría avanzando.
LA MARCHA HACIA EL NORTE
Túpac Yupanqui reunió a sus generales en la gran plaza del campamento. Los soldados esperaban en silencio mientras el Inca observaba el horizonte.
—Partiremos al norte —ordenó con voz firme.
Entre sus comandantes destacaban dos guerreros temidos por su valentía y disciplina: Sol Radiante y Relámpago. Ambos eran veteranos de muchas campañas y conocían bien el arte de la guerra.
A ellos se les confió la primera avanzada del ejército.
Poco después comenzó la marcha.
Miles de soldados avanzaron por los antiguos caminos del Qhapaq Ñan, la gran red de caminos del imperio. Las columnas militares cruzaron montañas frías, descendieron a profundos valles y atravesaron ríos caudalosos. Durante días caminaron sin descanso, llevando estandartes, lanzas y provisiones.
El ejército avanzaba lentamente hacia las tierras del norte, hacia las montañas que hoy forman parte de Piura.
Delante de las tropas marchaban los espías. Su tarea era observar el territorio, escuchar rumores y conocer la fuerza de los pueblos que habitaban aquellas tierras.
Uno de esos hombres fue capturado.
Los soldados lo llevaron ante los generales.
El prisionero dijo llamarse Chuquiaque, un hombre aparentemente sencillo… pero nadie imaginaba aún el verdadero papel que jugaba en aquella historia.
EL ESPÍA
El prisionero fue llevado ante los generales del ejército. Los soldados formaron un círculo mientras el hombre, con las manos atadas, permanecía de pie frente a ellos. Su rostro estaba cubierto de polvo del camino, pero sus ojos mostraban una calma inesperada.
Relámpago lo observó con dureza. Dio un paso al frente y habló con voz severa.
—Dinos qué sabes de los Huancabamba.
El hombre levantó la mirada sin temor.
—Tengan cuidado con ese pueblo —respondió con serenidad.— Son muy unidos y conocen bien sus montañas. Sus jefes son dos grandes guerreros: uno llamado Pariacaca y el otro Güitiligún.
Los generales intercambiaron miradas y luego soltaron una carcajada.
—Nadie puede detener al imperio dijo Sol Radiante con orgullo. El poder del Inca ha vencido a pueblos mucho más fuertes que esos.
Algunos soldados también rieron, confiados en la superioridad de su ejército. Para ellos, la conquista del norte era solo cuestión de tiempo.
Chuquiaque permaneció en silencio.
Parecía un hombre sencillo: un campesino atrapado por azar en medio de la guerra. Bajó la mirada como si aceptara su destino. Pero dentro de sí pensaba otra cosa.
Los generales no lo sabían, ni tampoco los soldados que lo vigilaban: Chuquiaque no había sido capturado por accidente.
Se había dejado atrapar.
Era espía de los Huancabamba y su misión recién comenzaba.
LA ALIANZA DE LOS PUEBLOS
Mientras tanto, en las tierras de Huancabamba se reunían las tribus. El gran guerrero Pariacaca llegó desde el otro lado del río. El anfitrión era Güitiligún, señor de los Jaguares. Los guerreros se reunieron alrededor de una gran fogata.
Pariacaca habló:
—Hermanos y hermanas. Hoy la guerra nos llama. Venimos a defender esta tierra junto a ustedes.
La multitud respondió con un grito que resonó en los cerros.
—¡Unidad para la victoria!
Güitiligún levantó su lanza.
—Morir con honor por nuestra tierra es mejor que vivir sometidos.
Entonces comenzaron a llegar guerreros de todas partes. Hombres fuertes como jaguares.
Ágiles como pumas. Silenciosos como los zorros de la montaña.
También llegaron halcones, cazadores, tejedoras, agricultores y mujeres guerreras que no temían la batalla. Desde Sondorillo llegaron los pishcoles. Desde otras comunidades llegaron los mochadores,as, los jugadores de tejas, los artesanos que tejían ponchos y mantas.
Incluso los cañaris enviaron refuerzos.
Cuando terminaron de reunirse, más de doscientos mil combatientes estaban listos para defender la tierra.
LA PRIMERA GRAN BATALLA
Los incas atacaron con un ejército de trescientos mil soldados.
Relámpago levantó su lanza.
—¡Atacar!
El choque fue brutal.
Las lanzas brillaban bajo el sol. Los escudos retumbaban como tambores. Los cerros parecían temblar con el estruendo. Durante horas ninguno retrocedió.
Entonces Pariacaca gritó:
—¡Victoria!
Pidió refuerzos. Las guerreras Tunas entraron al combate. Los ágiles pishcoles se movían entre los soldados como sombras.
Al final del día, los incas fueron derrotados.
LA SEGUNDA OFENSIVA
Las noticias llegaron al Cusco. Túpac Yupanqui ordenó enviar cien mil soldados más. Relámpago volvió a atacar.
Pero los Huancabamba resistieron otra vez. La batalla fue feroz. Miles murieron en ambos bandos. Al final, los incas se retiraron.
LA LLEGADA DEL INCA
Las noticias de las derrotas llegaron hasta el Cusco como un viento oscuro. Los mensajeros corrían por los caminos del imperio llevando la misma noticia: las tropas del norte habían encontrado una resistencia inesperada. Entonces el gran Inca, Túpac Yupanqui, decidió tomar el mando de la campaña.
—Marcharemos al norte —dijo con determinación.
El Inca reunió a su ejército y emprendió el viaje por los caminos del imperio. Durante días las columnas avanzaron por montañas, quebradas y valles hasta acercarse a las tierras de Huancabamba. Finalmente llegó a Canchaque, donde sus generales lo esperaban con rostros cansados por la guerra.
Cuando el Inca descendió de su litera ceremonial, los comandantes se inclinaron ante él. Habían peleado muchas batallas, pero esta tierra les había enseñado algo nuevo.
Uno de ellos habló con franqueza.
—Los Huancabamba son un pueblo fuerte. Conocen sus montañas y luchan con gran valentía.
El Inca escuchó sin interrumpir. Su mirada recorrió los cerros que rodeaban el valle, como si quisiera entender el espíritu de aquella tierra.
Luego respondió con calma, pero con autoridad.
—Al enemigo nunca se le debe subestimar.
Hubo un momento de silencio. El viento soplaba entre las colinas y levantaba el polvo del camino.
Finalmente el Inca llamó a uno de sus mensajeros.
—Ve hasta el campamento de esos guerreros —ordenó— y diles que el Inca les ofrece una oportunidad.
El mensajero inclinó la cabeza.
—Díganles que se rindan.
LA RESPUESTA
El mensajero del Inca cabalgó durante horas por los caminos de la montaña hasta llegar al campamento de los guerreros de Huancabamba. El viento frío descendía desde los cerros y agitaba las banderas improvisadas que marcaban el lugar donde se reunían las tribus.
Los centinelas lo vieron acercarse desde lejos. No tardaron en rodearlo.
—Vengo en nombre del Inca —dijo el mensajero al levantar las manos para mostrar que no llevaba armas.
Lo condujeron hasta el centro del campamento, donde los jefes de los guerreros estaban reunidos alrededor de una gran fogata. Allí se encontraba Güitiligún, señor de los Jaguares, acompañado de los principales combatientes de la región.
El mensajero respiró hondo antes de hablar.
—Traigo la palabra de Túpac Yupanqui. El Inca ha llegado al norte con su ejército. Les ofrece una oportunidad antes de la batalla.
Los guerreros escuchaban en silencio.
—El Inca pide su rendición.
Durante un instante nadie dijo nada. El fuego crepitaba y el viento movía las ramas de los árboles cercanos.
Entonces Güitiligún se puso de pie. Su figura se recortó contra la luz de las llamas. Observó al mensajero con una calma que sorprendía.
—Dile a tu Inca —respondió finalmente— que aquí mismo lo esperamos.
El mensajero bajó la mirada.
En ese momento, los guerreros levantaron sus lanzas, macanas y hondas hacia el cielo oscuro. Sus voces resonaron en los cerros como un trueno que anunciaba la guerra.
—¡Arriba Huancabamba!
El grito se extendió por el valle y subió hasta las montañas, como si la misma tierra respondiera al llamado de sus defensores.
LA BATALLA FINAL
El amanecer apenas comenzaba a iluminar las montañas cuando el sonido profundo del pututo rompió el silencio del valle. Su eco se extendió entre los cerros como un llamado antiguo que anunciaba el inicio del combate.
Los guerreros de Huancabamba tomaron sus lanzas, macanas y hondas. Frente a ellos avanzaban las filas disciplinadas del ejército del Inca.
En lo alto de un cerro cercano, Túpac Yupanqui observaba el campo de batalla. Desde allí podía ver cómo las dos fuerzas se preparaban para el choque.
De pronto, el ataque comenzó.
Las primeras líneas se enfrentaron con un estruendo de escudos y gritos de guerra. Las piedras lanzadas por las ondas silbaban en el aire. Las lanzas chocaban con furia. Guerreros caían y otros ocupaban su lugar sin detenerse.
La batalla fue terrible.
Durante horas, el combate se extendió por los caminos, las quebradas y las laderas de los cerros. El polvo se mezclaba con el sudor y la sangre. Los gritos de los combatientes resonaban en todo el valle.
Los caminos se volvieron ríos de sangre.
Ni los incas ni los guerreros de Huancabamba parecían dispuestos a retroceder. Cada grupo luchaba con la convicción de defender su honor y su tierra.
Desde el cerro Cruz Blanca, el Inca seguía observando. Sabía que aquella no era una batalla cualquiera.
Finalmente levantó la mano y dio una orden.
Los pututos sonaron nuevamente.
Era una pausa.
Poco a poco el combate se detuvo. Ambos bandos comenzaron a recoger a sus muertos y a atender a los heridos, mientras el silencio volvía lentamente al valle.
EL LLAMADO A LOS DIOSES
El humo de las fogatas se mezclaba con el polvo de la batalla, y en los caminos aún yacían muchos guerreros caídos. Los sobrevivientes de Huancabamba se reunieron en una ladera cercana, cansados, heridos, pero todavía firmes.
Pariacaca caminó entre ellos observando los rostros de los combatientes. Muchos habían perdido amigos, hermanos, compañeros de lucha. Sabía que el ejército del Inca seguía siendo numeroso y que la guerra no terminaría fácilmente.
Entonces levantó la voz.
—Hermanos —dijo con gravedad—. Hemos peleado con valor, pero ahora somos pocos. Ha llegado el momento de pedir ayuda a quienes siempre han cuidado estas montañas.
Los guerreros guardaron silencio.
Güitiligún dio un paso al frente. Sus ojos miraron hacia el cielo oscuro que comenzaba a llenarse de estrellas.
Con voz fuerte, elevó su llamado.
—¡Dios Sol!
“¡Diosa Luna!
“¡Diosa del Agua!
“¡Diosa de la Justicia!
El eco de sus palabras subió por las montañas y se extendió por los valles. Los guerreros repitieron el llamado.
El viento sopló con más fuerza, como si algo antiguo despertara en la tierra. Las nubes se abrieron lentamente y un resplandor suave iluminó el lugar donde estaban reunidos. Entonces las fuerzas sagradas respondieron.
Ante los ojos de los guerreros apareció la presencia del Inti, acompañado por la luminosa Mama Quilla y los espíritus del agua y de la justicia que cuidaban el equilibrio del mundo.
Una luz cálida cubrió el valle.
El Sol habló con voz profunda:
—Valientes guerreros de estas montañas, hemos escuchado su llamado. Han luchado con honor y han defendido la tierra que aman.
Los combatientes se inclinaron con respeto.
—Digan ahora —continuó el dios— qué desean.
LA DECISIÓN
Durante unos momentos nadie habló. Los guerreros se miraban entre sí, comprendiendo que aquella decisión sería recordada para siempre.
Entonces un guerrero cañari avanzó lentamente. Su armadura estaba rota por la batalla y su rostro mostraba el cansancio de la guerra, pero sus ojos seguían firmes.
Se inclinó ante los dioses y habló con voz clara.
—No queremos ser capturados ni ver nuestra tierra sometida. Si nuestro destino es terminar aquí, pedimos algo diferente. Queremos seguir cuidando estas montañas.
Los dioses escuchaban en silencio.
El guerrero continuó.
—Permítannos convertirnos en parte de esta tierra. Que algunos se vuelvan cerros, otros plantas, otros ríos. Así podremos permanecer aquí para siempre, vigilando Huancabamba.
Un murmullo recorrió a los combatientes. Poco a poco todos comenzaron a asentir. Aquella idea no era una derrota, sino otra forma de continuar la defensa.
Pariacaca dio un paso al frente.
Su voz fue solemne.
—Si los dioses lo permiten, quiero convertirme en un cerro alto desde donde pueda mirar estas montañas por toda la eternidad. Así cuidaré a mi pueblo y a la tierra que defendimos.
Luego habló Güitiligún.
—Yo también deseo lo mismo —dijo—. Quiero transformarme en otro cerro cercano, para que juntos vigilemos este valle y recordemos siempre la valentía de quienes lucharon aquí.
Los guerreros levantaron la mirada hacia los dioses, esperando la respuesta.
El viento volvió a soplar sobre las montañas, como si la tierra misma aguardara la decisión del cielo.
Los dioses escucharon en silencio la petición de los guerreros. El viento se detuvo por un momento, como si la misma tierra aguardara la respuesta del cielo. Entonces las divinidades levantaron lentamente sus manos sobre el valle cubierto por las huellas de la batalla.
Una luz suave comenzó a descender desde lo alto.
Un arcoíris apareció sobre el campo donde tantas vidas se habían enfrentado. Sus colores cruzaban el cielo de una montaña a otra, iluminando a los guerreros que aguardaban de pie, todavía con sus armas en las manos.
El dios Sol, Inti, habló con voz profunda que parecía venir desde el corazón de la tierra.
—Han luchado con valentía y han defendido lo que aman. Por eso su deseo será escuchado.
Los guerreros levantaron la mirada.
Entonces la transformación comenzó.
Pariacaca sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Su cuerpo se volvió pesado, fuerte, inmenso. Poco a poco su figura empezó a confundirse con la montaña que tenía detrás.
Sus brazos se extendieron como laderas. Su pecho se convirtió en roca firme. Su voz se transformó en el viento que corre entre los cerros.
Así nació el gran cerro de Pariacaca.
A su lado, Güitiligún cerró los ojos por un momento. Luego abrió los brazos hacia el horizonte, como despidiéndose de sus compañeros.
Su cuerpo también comenzó a cambiar. Su sombra se alargó sobre el valle hasta convertirse en otro cerro que vigilaría la tierra junto a su hermano de batalla.
Pero no fueron los únicos.
Los guerreros que habían luchado con ellos sintieron la misma fuerza recorrer sus cuerpos. Algunos se convirtieron en árboles que crecerían en las laderas. Otros se transformaron en plantas medicinales que curarían a los pueblos de la región. Algunos se volvieron aves que vigilarían el cielo. Otros se hicieron ríos que correrían por las montañas llevando agua y vida.
Así quedaron para siempre vigilando Huancabamba.
El campo de batalla desapareció lentamente bajo la presencia nueva de la naturaleza. Donde antes hubo guerra, nacieron cerros, bosques y quebradas que seguirían hablando de aquellos guerreros.
DESPUÉS DE LA GUERRA
Cuando el ejército del Inca volvió a marchar por aquellas tierras, el paisaje parecía diferente. Los cerros se alzaban silenciosos y las quebradas guardaban el eco de la antigua batalla.
Finalmente los incas ocuparon el territorio. Pero incluso el gran Túpac Yupanqui comprendió que aquel pueblo no había sido común. Habían luchado con un valor que merecía respeto.
Cuentan que el Inca miró los cerros que rodeaban el valle y permaneció en silencio durante un largo momento. Tal vez presentía que aquellas montañas guardaban un espíritu antiguo.
Luego habló ante sus generales.
—Que este lugar sea recordado como tierra de guerreros.
Desde entonces, las montañas de Huancabamba quedaron unidas para siempre a la memoria de aquella resistencia.
Corazón Espinoso terminó su relato.
El fuego crepitaba suavemente frente a ellos, y el viento de la noche bajaba desde las montañas. Por un momento ninguno habló.
Rufino levantó la mirada hacia los cerros que rodeaban Huancabamba. Bajo la luz de la luna parecían gigantes silenciosos que observaban el valle.
Entonces comprendió algo que antes no había pensado.
Aquellas montañas no eran simples montañas.
Eran antiguos guerreros que seguían vigilando la tierra.
El viejo narrador sonrió al notar la expresión del muchacho.
—Ahora entiendes —dijo con voz tranquila— por qué nuestros abuelos dicen que los cerros tienen ojos y que las lagunas tienen memoria.
Rufino asintió lentamente.
—Por eso —continuó el anciano— los cerros miran, las lagunas curan y las plantas recuerdan.
Las historias de los pueblos no desaparecen. Solo cambian de forma, igual que aquellos guerreros que eligieron convertirse en parte de la naturaleza para seguir cuidando su tierra.
Pariacaca y Güitiligún no se perdieron en el tiempo.
Se volvieron presencia.
Están en las montañas, en el viento que pasa por las quebradas, en las aguas que nacen en las lagunas y en las plantas que crecen en los campos.
Huancabamba sigue hablando.
Habla en el rumor de los ríos, en el canto de las aves y en las historias que los mayores cuentan a los jóvenes cuando cae la noche.
Corazón Espinoso miró a Rufino con serenidad.
—Algún día —dijo— te tocará a ti contar estas historias. El muchacho volvió a mirar las montañas.
Y en ese momento comprendió que la historia que acababa de escuchar no era solo un recuerdo del pasado. Era el comienzo de algo más grande. Porque la vida de Rufino apenas empezaba, y los cerros antiguos seguían allí, vigilando en silencio todo lo que estaba por venir. Y dicen los viejos antañeros que, después de escribir y contar tantas historias sobre estas tierras, hasta Felipe Guaman Poma de Ayala, Inca Garcilaso de la Vega, Pedro Cieza de León y fray Bartolomé de las Casas habrían terminado alguna noche discutiendo quién tenía la razón.
Pero lo que nunca les habría faltado era una buena mesa: una jarra de chicha de jora bien servida, y por ahí también unos traguitos de aguardiente o cañacito para calentar la palabra.
Porque en estas tierras, compadre y comadrita, primitos, primitas las historias primero se pelean un rato… pero luego se arreglan con una buena copa de trago, una guitarra sonando y un bailecito para celebrar que la vida sigue. Aunque sea por un ratito más.

Hilder Alberca Velasco (Piura, Perú, 1986). Sociólogo y politólogo por la Universidad Federal de Integración Latinoamericana (UNILA), Brasil. Estudios de maestría en el Instituto de Pesquisa e Planeamiento Urbano e Regional (IPPUR) de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ). Sus intereses de investigación se centran en el desarrollo territorial, la planificación regional, fábulas y microcuentos indoandinoscampesinos y las dinámicas sociopolíticas en América Latina.

