LA TOMA DEL PODER POR PARTE DE LA SOCIEDAD CIVIL TRAS NUEVE AÑOS DE LA TRAGEDIA EN AYOTZINAPA

POR OMAR ALEJANDRO DOMÍNGUEZ MORENO

En la madrugada del 27 de septiembre del 2014, policías y autoridades municipales de Iguala, Guerrero, coludidos con el grupo criminal Guerreros Unidos, así como con la participación del ejército mexicano, sobre el cual aún hace falta esclarecer hasta qué punto estuvieron involucrados en los hechos delictivos, agredieron violentamente y desaparecieron a un grupo de 43 estudiantes normalistas de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa. A nueve años de los hechos, de todas partes llegan a sumarse a los padres de los 43 normalistas desaparecidos y de tres asesinados, reunidos en torno al Ángel de la Independencia en la Avenida Paseo de la Reforma de la colonia Juárez en la Ciudad de México.

Convocada por su propio impulso, la ciudadanía decide existir a través de la solidaridad, de la espera debajo del sol, del agolpamiento presuroso y valeroso, de la preocupación por otros que, en la prueba límite, es ajena al riesgo y al cansancio. Sin previo aviso, tras una hora de espera, arribaron decenas de camiones de distintas normales rurales del estado de Guerrero, pequeños ejércitos de normalistas listos para la larga marcha y  entonar “se vuelve indispensable presentación con vida y castigo a los culpables”: donde había carros y oficinistas con “look inteligente” surgirán hileras de normalistas; donde cunden los reporteros, se fundaran hileras disciplinadas que cargan carteles, cartulinas, machetes, anhelan la aparición siquiera de uno de sus hijos y hermanos.

Los roles se confunden. Representantes de organizaciones sociales, medios de comunicación, estudiantes, magisteriales, trabajadores, familias; los buscadores de miles de desaparecidos atraviesan la desierta avenida que conecta las colonias del oeste de la ciudad con las del centro en espera de que el gobierno les entregue la información faltante con respecto al nivel real de participación por parte del ejército en la desaparición de los normalistas en 2014. Al lado de la solidaridad de los miles de congregados, abunda una indiferencia ante el peligro y el cansancio, si ésta se traduce en vidas hurtadas a la tragedia. Basta con recordar las decenas de fotógrafos que se empeñaron por registrar el avance de la marcha que se movía motivada por la molestia y la exigencia de justicia: el pase de lista por parte de una madre, la entonación de consignas, la marcha de las hileras de normalistas, la vuelta hacía el Zócalo a la altura del famoso caballito y la entrada al mismo Zócalo.

Por más que abunden noticias de bloques negros de anarquistas, destrozos y voracidad, tal esfuerzo colectivo es un hecho de proporciones épicas. No ha sido únicamente un acto de solidaridad. La marcha absolutamente consciente y decidida de un sector importante de la población que con su impulso desea restaurar armonías y sentidos vitales, es, moralmente, un hecho más vasto y significativo. La sociedad civil se hizo presente y su principal y más insistente demanda es la presentación con vida de sus hijos y hermanos. El 26 de Septiembre, los actores que se congregaron en el Paseo de la Reforma levantando carteles, creando “cordones” de seguridad en torno a los padres de los normalistas desaparecidos y participando activamente – con la garganta caliente – en los gritos que demandan aparición con vida y castigo a los culpables, mostraron la más profunda comprensión humana y reivindicaron poderes políticos. Por eso, no se examinará seriamente el sentido de la acción épica del martes 26, mientras se le confine exclusivamente en el concepto de solidaridad. La hubo, y de muy hermosa manera, pero como punto de partida de una actitud que demanda que se actúe sin impunidad y con pleno respeto a la vida humana y sus derechos protegidos por las leyes jurídicas.

Omar Alejandro Domínguez Moreno. Egresado de la Licenciatura en Humanidades por la Universidad Autónoma Metropolitana. Pasante de la Licenciatura en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha realizado prácticas profesionales en Centros de Escritura e Institutos de Investigación, buscando colaborar horizontalmente en los procesos de enseñanza- aprendizaje.