Lágrimas compartidas | por Lina Marcela Marmolejo Cassiani

Lágrimas compartidas | por Lina Marcela Marmolejo Cassiani

Al final del día había acabado por convencerse de la veracidad de esa frase que una vez leyó un libro: “morirse es más difícil de lo que uno cree”
Gabriel García Márquez

CAPÍTULO 1

El día en que la risa se alejó de nuestro hogar… no nos dimos cuenta de inmediato, tuvimos la sensación casi un año después, e implícitamente todos supimos cuando había empezado, pero ninguno iba a decir una palabra del tema, al igual que todos los que estuvieron allí.

La mañana de la tragedia había resuelto todo el aseo de la casa temprano y se disponía a cocinar el desayuno. En aquel entonces sus primos más pequeños se quedaban a dormir en casa cuando sus papás salían de noche o tenían que trabajar ambos por fuera de la ciudad, y ese día era uno de esos, así que se tenía que hacer desayuno extra. Alexa era una mujer de 20 años que creció en una familia grande y en lo posible unida, siempre contaban unos con otros más como un pacto de responsabilidad que por sentimientos de altruismo. Cada vez que necesitaba algo pensaba en uno de los miembros de su familia y jamás en alguien de afuera. Su familia era todo lo que necesitaba y era lo mejor que tenía.  

En la familia Caseres había un círculo cercano de seis primos, hijos de cuatro hermanos, que a su vez tienen tres hermanos sin hijos, así que en total eran siete hermanos y seis primos. En la casa familiar solía haber un revuelo de personas. Esa mañana, dos de los primos más pequeños se quedaron a dormir porque sus padres habían salido a una fiesta. Era domingo y el mayor Christopher se levantó primero, no era costumbre, pero dijo tener mucha hambre y sacó de la nevera un tomate para luego sentarse en la sala vacía y comerlo con azúcar. Él tenía diez años, y desde pequeño sintió esa casa como una extensión de la suya, ya que él vivía en el apartamento del segundo piso. Alexa lo había visto coger el tomate y sentarse con un pequeño plato con azúcar en la mesa. Lo miró sin hablarle, luego cruzaron los buenos días y en cuanto terminó el desayuno lo sirvió y lo puso en la mesa de la sala y se llevó el plato con azúcar. Ella era mayor por el doble de la edad del niño, así que él creció siendo regañado también por ella, pero al mismo tiempo escuchado, y en cuanto se sentó en la mesa junto a él, no hubo poder humano que callara al menor; era como si hubieran oprimido un botón de inicio, y todas las historias de sus compañeros de colegio y de los videojuegos salían de golpe una tras otra. En ocasiones, cuando hablaba demasiado, ella comenzaba a sacudirlo y le giraba la cabeza preguntando dónde venía su botón de “apagar”. Al niño le causaba gracia, la primera vez que lo hizo estaba muy exasperada y luego tuvo miedo de haber herido sus sentimientos, pero él tenía una autoestima fuerte, eso le agradaba mucho. Si fuera un niño más débil, le haría difícil la convivencia. Cuando terminó de comer se quedó sentado viendo televisión y estuvo en silencio hasta que ella se despidió y le encargó no despertar a su hermano si el resto de los adultos no lo hacían. Cris era obediente, al menos la mayor parte del tiempo, su madre lo crio de forma muy estricta; a los seis años ya lavaba la vajilla cuando ella se lo ordenaba; tendía las camas y podía hacer el desayuno; jamás había perdido una materia en la escuela y adoraba dibujar en su tiempo libre, era un arte que Alexa le había enseñado y él resultó tener mucho talento.

Cuando ella iba saliendo, su tío Julio venía entrando, él era el papá de los niños que estaban en la casa y traía una bolsa con panes, le ofreció uno amablemente y ella dijo que lo tomaría cuando regresara. Él pasó y ella lo dejó saludando a Christopher. La escena se quedaría grabada en su memoria el resto de su vida.

Elvira Caseres, la hermana del medio de las tres mujeres, llegó a la casa ese día como de costumbre. Era una mujer de estatura pequeña y andar azaroso con carácter fuerte y la certeza de conocer más sobre los asuntos de la vida que cualquiera de sus hermanos: había interferido en la crianza de sus seis sobrinos y sus dos hermanos menores. Por eso, aunque no tuvo hijos, hablaba de los comportamientos de los niños y los adolescentes con la seguridad que le había otorgado sus años de experiencia. Supo antes que todos cuáles eran los muchachos que harían enojar a Alexa en cuanto comenzó a ser pretendida por hombres y se sentó a observar paciente hasta cuando no los vio más aparecer en la casa. Y pudo decirle a los demás: “yo ya sabía”. También supo que verduras nunca lograrían que Christopher comiera, y procuró cultivar su gusto por las que si aceptaba. Sabía cuándo W. Daniel estaba a punto de hacer una travesura y lo seguía disimuladamente hasta donde fuera con tal de que no subiera en ese árbol o no rompiera ese vidrio. Siempre se encargó de llevar a sus sobrinos a los cumpleaños de sus amigos. Para cuando nacieron los dos más jóvenes, estaba preparada para cualquier eventualidad, casi sorprendiendo a las otras madres que no sabían qué hacer con un simple berrinche. Nunca tuvo hijos porque cuando conoció a su marido él ya tenía tres, y nunca puso suficiente interés en su deseo por hacer un tratamiento de fertilidad. Cuando llegaba siempre se sentaba a hablar con la persona que estuviera sentada cerca del sillón y este día era Winston, el tercero de los siete hermanos; no era una persona muy tratable: como todos era terco, pero este era particularmente callado y solo necesitaba dos palabras para acabar las discusiones: “voy saliendo”. Casi nunca se iba, pero las personas de la familia aprendieron a entender que perdería todas sus palabras luego de eso. Además, no volvían a ganar su atención, él solo los ignoraba y seguía haciendo lo que estaba haciendo. Los sobrinos mayores lo veían como un ratón escurridizo que siempre estaba callado, haciendo cosas para matar el tiempo, como mesas, taburetes, restaurar objetos, pintar paredes, limpiar abanicos, llenar crucigramas, componer canciones y cualquier cosa que pudiera ser de ayuda. Los más pequeños lo veían como una especie de hombre admirable porque sentían que podía a hacer de todo y además era muy amable con los niños: les regalaba imanes y juguetes hechos en madera, y a ellos se les antojaba jugar a hacer lo mismo que él, así que les fabricaba martillos sin peso y serruchos sin filo. Daniel era su hijo menor; a la edad de sus primos de diez años también sentía la misma fascinación por su padre. Cada vez que su madre lo regañaba decía que iría a vivir con su papá y no volvería, pero no podía hacer eso, aunque a esa edad no comprendía por qué; ahora, con veinte años cumplidos, su papá estaba más viejo, y su fascinación había acabado por convertirse en respeto, ya no por las cosas que hacía sino por lo responsable que siempre fue como padre y que como hijo se sentía en edad de dejar de ser un peso para él.

Cuando Alexa regresó, la bolsa de panes seguía en la mesa; ella tomó uno y lo puso a calentar. Su tía dijo que habían mandado a Christopher a comprar jugo, y sacó dos panes de la bolsa mientras hablaba, le dio uno a Winston y se quedó con el otro. Era casi mediodía y se preocupó por el niño pequeño que dormía todavía. Entre una conversación y otra lo despertaron y lo sentaron en la sala, pero siguieron hablando entre ellas hasta que regresó Christopher. La tía Elvira sirvió el jugo. Entonces sintió dolor de barriga, le dejó su pan a Christopher e intentó ir a la cocina, pero un fuerte retorcijón le impidió mantenerse erguida; empezó a toser y trató de vomitar. Siguió caminando despacio y fue vista por su sobrina, alarmada, quien se acercó e intentó ayudarla a acomodarse, pero fue inútil: las lágrimas de dolor le indicaron la incapacidad. Entre su impotencia y su miedo estaba a punto de entrar en pánico, pero la tía comenzó a dar instrucciones, de cómo apoyarla para llegar al baño, y comenzó a entablar una conversación sobre medicinas para confundir el dolor y tranquilizar a la muchacha. No acabaron de llegar porque las fuerzas de la tía Elvira la traicionaron y sucumbió al llanto. Cuando escuchó el grito de su sobrino más pequeño, el niño de dos años, vio a su hermano mayor caer al piso y traer consigo el mantel de la mesa y todo lo que había en ella. Los sonidos se mezclaron y la mayor de las mujeres supo que algo había pasado, empujó a la sobrina y la mandó a ver porque gritaba el niño. Ella no alcanzó a levantarse de nuevo, apenas y logró ponerse de rodillas y se provocó el vómito frente al baño; entonces escuchó otro golpe, escuchó un cristal romperse y no pudo contenerse, soltó un grito tan desgarrador que le hirió las cuerdas vocales y la hizo toser en agonía; vomitó de nuevo y entre lágrimas volvió a gritar. Desde su posición de rodillas en el pasillo, pudo ver medio cuerpo de su hermano tendido en el piso, empezó a gritar el nombre de su hermano y el de su sobrino aleatoriamente esperando que alguno de los dos emitiera sonido alguno, pero, de nuevo, sólo se escuchaba a ella misma sintiéndose por primera vez en mucho tiempo perdida y sin certezas; no estaba lista para esta situación, nadie nunca lo está, y resistía con todas sus fuerzas para mantenerse consciente y no dejar sola a su sobrina con todo, quien ni siquiera la estaba mirando: había cerrado los ojos y apretaba su propia ropa con las manos, quizás tratando de no llorar. Elvira siguió llamando a su hermano en una mezcla caótica de tos y llanto, aturdida entre su propio dolor y abrumada por no obtener respuestas. Entonces comenzó a gritar los nombres de los demás, todos y cada uno de sus sobrinos y de sus hermanos; la angustia la había llevado a entrar en un nivel de ansiedad tal que dejó a un lado la razón y rogó por un milagro, porque era evidente que de todos los nombres que gritó habían solo dos los que estaban conscientes. Juan Diego, el niño de cuatro años, fue a verla; no dijo una palabra: solo la observó y ella agachó la cabeza para no mostrarle su aspecto. Mantuvo ese silencio mientras intentaba recobrar la cordura; puso toda su fe en la inteligencia del niño, y dio una orden clara: “ve y dile a Alexa que pida ayuda”. El niño obedeció y regresó donde su prima, que intentaba despertar a Cris de todas las maneras posibles.   

Conocía a su sobrina tan bien que adivinó que, en su afán de resolverlo todo sola, había olvidado la posibilidad de correr por ayuda; entonces escuchó el estruendo de cosas caerse, y luego la reja azotarse: Alexa corrió agobiada, temblorosa y sollozante, a la casa frente a la suya, la casa de Petra; gritó tan fuerte como pudo llamando a su vecina: “en la casa se están privando”. Todos en de casa de Petra, que eran tres mujeres, salieron y cruzaron la calle junto a ella, el hermano de Petra que vivía en la casa  de al lado también corrió. El desorden hizo asomar al resto de la calle, pero entonces se escuchó otro grito desde el andén, de una señora: “¡El hospital está lleno!” La señora de la calle iba corriendo y se lo gritó a otra mujer de su misma acera, pudo ver el aspecto de ella, su cabello fuera de forma y su ropa desarreglada y sintió verse reflejada en aquella mujer, se giró hacia la sala. Eloísa, una vecina de la esquina con unos 57 años que conocía muy bien a la familia, entró a la casa; era enfermera, y le habían avisado algunos de los que se asomaron que en la casa de los Casseres que la gente se estaba privando. Le pidió a Alexa que se calmara y luego entró y revisó a los enfermos; pidió un teléfono y llamó a su hijo, le dijo: “ven rápido; tenemos que ir al hospital”. La vecina del frente ayudó a Elvira a salir y sus hijos cargaron el cuerpo de Winston y el de Christopher afuera, como pudieron, intentaron despertarlos en la terraza con las indicaciones que les daba Eloísa y lograron que el mayor  tosiera: volvió en sí mismo con una tos aberrante que terminó en sangre. Cuando Alexa salió a la calle, la escena que pudo ver la dejó sin fuerzas para seguir caminando. La señora de antes le dijo que en su casa su esposo también se había desmayado y que su cuñado se lo llevó en el carro; su hermana fue la que pasó gritando y tenía a su hijo junto a ellos en el hospital. Las calles estaban llenas de gente corriendo con niños en brazos, hombres cargando entre varios un cuerpo, personas vomitando en la calle, gente llorando en las terrazas.

En el inconsciente de todas estas personas se acumulaban las mismas preguntas y asimismo el terror, al no tener ni una sola respuesta.

Con el celular en la mano, en el buzón de mensajes, se detuvo en medio del caos y se soltó a llorar: no entendía qué estaba pasando. Hace unos minutos era una mañana tranquila y todos estaban comiendo y charlando como cotidianamente sucede. En menos de nada, cual castillo de naipes todo empezó a derrumbarse. La tragedia había empezado a notarse en masa casi a las siete de la mañana y hasta ese punto nadie sabía la magnitud del suceso. La descubrirían unas horas más tarde. Entre tanto le daba vueltas en la cabeza porque ella no tenía ningún síntoma y los demás parecían zombies… ¿que tenían en común los enfermos?, ¿que habían comido?, ¿que habían hecho?, ¿qué cosa fue la que la salvó?, además… ¿lo merecía?

CAPÍTULO 2

Los entierros no dieron descanso en esos días. El gobierno local y la secretaría de salud terminaron por solventar los cajones de las víctimas y algunos gastos fúnebres más; muchos fueron enterrados en fosas comunes y los velorios fueron realizados por turnos de media hora. Mandaron a reunir a los curas de toda la ciudad, para complacer a las familias, cuyo consuelo estaba en la cristiana sepultura. Los reporteros fueron a atiborrar la zona sur ese día y algunos se quedaron hasta el día siguiente cubriendo la noticia. Las calles estaban llenas de personas que se dirigían al cementerio y fue cuando la magnitud de la noticia quedó para el recuerdo, pues hasta entonces toda la ciudad se había llenado de rumores.

 Daniel, el hijo de Winston Daniel, manejaba una moto esa mañana y se dirigía a la casa de su papá para acompañarlo a ver el partido de la selección nacional; no acabó de llegar porque, en su camino, encontró el caos de la primera calle del barrio: un grupo de personas cargaban cuerpos de niños, para reunirlos en una casa, al parecer, para tratar de despertarlos o localizar a sus padres. Se detuvo a preguntar qué pasaba, y le pidieron ayuda para llevar a una de las personas a un puesto de salud. Un señor mayor habló con él: “tenemos que llevarla lejos del barrio; no debe caber un alma en el hospital cercano”. Daniel no entendía lo que estaba pasando pero no fue capaz de decir que no, y en el camino sentía que se le iba a salir el corazón con cada timbre del teléfono. La insistencia lo preocupaba pero no tenía tiempo para tomarlo: si se distraía, podía chocar, y era difícil mantener el equilibrio con dos personas detrás. Cuando salió a la carretera vio el tráfico, por primera vez siendo diligentemente atendido por el tránsito, vio otras motos con la misma situación que él y en un semáforo preguntó por qué los policías no decían nada y los dejaban pasar, el conductor a su lado le respondió: “¿No lo ves muchacho? Hoy estamos salvando el día”. Quería pensar que entendió lo que le quisieron decir, pero la confusión en su cabeza apenas le permitió manejar hasta su destino, se despidió del señor no sin antes preguntar qué eran todas esas personas en aquella casa, él respondió que la dueña de esa casa se ofreció a encontrar los familiares de los desmayados en esa calle; le explicó que muchas personas se habían desplomado en la calle sin explicación, y que tal vez en cada calle había una persona como esa encargándose de identificar a los convalecientes. Su estómago se endureció y se le bajaron los colores; se tuvo que hacer cargo minuciosamente de su respiración para no dejar de tomar aire y, como pudo, marcó el número de Alexa, intentando regresarle una de sus dieciocho llamadas perdidas que tenía; ella contestó y le pidió ir al hospital del barrio de inmediato, antes de colgar le recalcó encarecidamente que no tuviera un accidente en el camino, pues necesitaba toda la ayuda posible. Con eso en mente, él antes de salir llamó a su hermana, y le pidió que estuviera lista para salir, que había una emergencia y si Alexa no la llamaba, él lo haría en cuanto estuviera en el lugar. 

Se corría el rumor en el barrio de que podía ser el agua, pero así mismo habían personas opinando que no tenía sentido, pues de ser así las demás localidades conectadas a la misma tubería tendrían el mismo problema. El hospital del barrio estaba repleto y el hermano de la vecina Duvi estuvo informando a Alexa por teléfono, aunque ella poco pudiera responder, pues su mente aturdida no lograba recuperarse de lo que estaba viviendo, sus manos actuaban con una autonomía sombría  y no había un solo pensamiento, ni de aliento ni optimista, ni negativo ni de esperanza.  Se encontraba junto al cuerpo inerte de su primo de diez años, intentando limpiar la espuma de su boca y observando cómo su cuerpo perdía color y temperatura. Eloísa no pudo hacer nada por él, y ninguna de las dos se atrevía a tomar el teléfono y llamar a la madre; le hizo falta coraje para subir las escaleras, tocar la puerta y decirle a una madre que su hijo había fallecido y que no tenía idea de por qué. Asomó una tenaz ilusión, vestigio de una adolescencia donde los problemas se desvanecen por sí solos, se aferraba a su mente. Quería creer en un coma pasajero, en un despertar cinematográfico. El teléfono sonó, ella lo atendió y la voz de su primo áspera y urgente fue el detonante que reactivó su cerebro entumecido. Su llamada demandaba detalles, pero Alexa solo pudo ofrecer fragmentos inconexos de la pesadilla. 

Entonces llegaron; sus órdenes fueron directas y certeras: “localiza al resto de la familia; asegúrate de que Yeli y mi tío Julio estén bien antes de darles la noticia; consigue quién pueda cuidar al niño, y reúne todo el dinero que esté en la casa”. Su primo era mayor solo un año, pero había crecido con una madre firme y una hermana muy tranquila: tuvo que madurar rápido en cuanto salió de la escuela.

Alexa subió las escaleras, intentando mantener una respiración normal. Tocó el timbre. Comenzó a llorar; sintió cómo el miedo carcomía su sistema nervioso. Volvió a tocar el timbre. No hubo respuesta. El miedo se convirtió en pánico. Rodó la ventana para abrirla y gritó. Gritó unas tres o cuatro veces los nombres de los residentes, hasta que escuchó la voz de Yeli gritar: “ya voy”. En unos minutos escuchó un segundo grito, pero seguido del nombre de su tío; no podía detener las lágrimas y no sabía qué estaba pasando adentro. Intentó volver a llamar a Yeli pero su voz no salió. Luego se paralizó, escuchando cómo Yeli repetía desesperadamente el nombre de su tío desde el pasillo del apartamento. Como seguía sin poder hablar y los sollozos empezaban a ahogarla, no pudo hacer más que golpear desesperadamente la puerta. 

Una mujer de un metro sesenta de estatura apareció, despeinada, con los ojos y la nariz enrojecidos de llanto. Abrió la puerta y volvió a correr hacia su esposo, que yacía tumbado en el suelo del baño, pero agarrado con sus últimas fuerzas al retrete: había intentado vomitar todo lo que pudo, pero se encontraba en un estado de deshidratación; una mezcla entre una fuerte resaca y una intoxicación. Estaba empapado en sudor. Sus labios pálidos y su mirada perdida le daban un aspecto preocupante, pero Yeli seguía sin advertir lo que pasaba y propuso buscar una pastilla efervescente para tomar y un suero oral, pero Alexa la detuvo antes de que terminara de ponerse los zapatos. 

–No salgas; no es solo la resaca: esto es de clínica.

–¿Cómo así?

–Se ve muy mal. El suero oral no servirá; necesita intravenosa. Llama un taxi por favor.

–Deben ser los tragos de anoche.

–No lo creo… –Alexa, sabiendo lo que estaba ocurriendo afuera, temió que fuera lo mismo y no le dio muchos detalles– Busca sus documentos; traeré a alguien que me ayude a bajarlo.

–Alexa, ¿qué pasa? –lanzó esa pregunta con un hilo de voz tembloroso, casi un susurro.

Alexa se acogió a eso para evadir la respuesta y fingir no escucharla; caminó rápidamente sin ser capaz de volver a mirarla, pensando al final del día en cuánto habrían perdido. 

Abajo seguía Eloisa, intentando llamar a los otros hermanos, pero solo dos atendieron el celular. Alexa le había dejado los números antes de subir. Uno de los hijos de su vecina de enfrente cruzó en cuanto ella le hizo señas con la mano, y le contó la situación. Cuando volvieron al segundo piso se dieron cuenta de que Yeli logró levantarlo y traerlo a la sala; el muchacho, al tiempo de relevarla, se dirigió a ella diciendo: “lo siento mucho”. Alexa sintió que su alma abandonaba su cuerpo y le lanzó una mirada al joven. Sin saber exactamente qué estaba transmitiendo, rogó con todas sus fuerzas que él entendiera su mensaje, y su tío le habló al tiempo refiriendo que no debía decir eso aun. Por un momento sintió que Julio trataba de tomarlo con humor. No quiso continuar la conversación ni el encuentro y sin más ayudó al muchacho a sostener a su tío del otro brazo; como pudieron, bajaron las escaleras, luego subieron a un carro estacionado frente a la casa y abandonaron el lugar.

Luego de haber ayudado con aquel señor, Daniel ya se encontraba en el hospital local y trataba de mantener la calma, rodeado de personas en estado de pánico, zozobra, y caídas en la impaciencia. Prestaba atención a los rumores, para no volverse loco con el silencio de su mente. Sentía que cada quince minutos se escuchaba algo sobre un muerto diferente y cada quince minutos temía que fuera su padre o su tía, cuando los doctores salían y miraban a las personas; pronto había aprendido a reconocer el rostro de un doctor que tiene que dar una mala noticia. Su semblante serio e inmutable lo ayudó a que le permitieran estar cerca e incluso colaborar en el tratamiento de sus familiares. El hospital tenía menos manos de las que pensaba e incluso tuvo que mandar en busca de voluntarios y doctores a otros hospitales. La tía Elvira tenía un diagnóstico positivo, pero su padre seguía pareciendo un convaleciente y podía notar el esfuerzo que tenía que hacer para mantenerse despierto. Las vecinas que los habían llevado al hospital ya habían vuelto a su casa y él estaba solo, esperando recibir noticias sobre quién iría a acompañarlo. Su hermana Dona llamó y él no fue capaz de permitir que ella viera a su padre en ese estado. A pesar de ser la mayor, era una mujer sensible con un alma de niña. Así que la envió a la casa, a buscar algunas cosas como excusa y gracias a que Alexa lo ocultó él ignoraba el detalle del cadáver en la casa. Fue irónico cómo al querer evitarle un mal rato a su hermana, le provocó uno peor, aunque paradójicamente supo colocar a la persona adecuada.

Lina Marcela Marmolejo Cassiani (Cartagena de Indias, Colombia, 2004). Estudiante de décimo semestre de Licenciatura en Ciencias Sociales. Escritora independiente y artista aficionada. Sus cuentos generalmente se enfocan en el suspenso o el romance.