ANTOJITOS MEXICANOS

POR PAULINA GARA

— ¿En esa casa vivió la señora de los antojitos?

— Ah, te refieres a Doña Rosalba. El temblor destruyó su casa.

— ¿La conociste?

— Estuve en la inauguración del negocio y hasta salí con empacho.

— ¿Y sabes por qué mató al esposo?

— Solo se me ocurre una razón: Venganza. Nadie puede resignarse a una vida ahogada en la humillación, miradas opresivas y dientes rotos.

— ¿¡De verdad!?, ¿Pues qué paso?

— Los vecinos hablan mal de cualquiera y ella no fue la excepción; la tacharon de mustia, chacha y arrimada, por juntarse con Don Armando (de quien ya era el tercer matrimonio), él daba la impresión de ser risueño, pero quienes lo conocían realmente, sabían que era un borracho, que se buscaba problemas de apuestas y negocios turbios. Cuando se molestaba por algo (lo cual ocurría seguido) se desquitaba golpeando a Rosalba. Esas noches, ella y sus hijos la pasaban mal. 

Antes de que hubiera internet o electricidad, el silencio nocturno tenía una profundidad tenebrosa, los susurros eran capaces de penetrar en los sueños, despertándote de golpe con el augurio de haber sido maldecida.  Pero el llanto de esos niños era aún más horrible: se esparcía su desesperación y desconsuelo. Ni siquiera los vecinos podíamos dormir. Ahora solo con un apagón general puedes tener un trozo de esas madrugadas siniestras.

Todo empeoró cuando construyeron el local de antojitos. Al final de cada jornada empezaban los gritos. Llegamos a pensar que en cualquier momento iba a matarla, pero al día siguiente, la veías como si nada vendiendo comida.

Siempre encontraba un pretexto para golpearla: porque no ganaban suficiente dinero o porque en esa casa “le escondían las cosas” (casi siempre estaban a la vista, pero bastaba con que el objeto fuera colocado sobre otro mueble para que se convirtiera en algo distinto: a veces invisible, a veces peligroso), se justificaba con cualquier motivo. Como la noche en que regresó de una borrachera de tres días y fue incapaz de abrir la puerta por sí mismo. Comenzó a gritar desde la calle para que Rosalba saliera. Le tomó dos minutos abrigarse, tomar las llaves y caminar hasta la entrada. Excesivos e intolerables dos minutos que le constaron a Rosalba tres días sin poder levantarse, sangre en la orina y la nariz fracturada. 

Ella contuvo la rabia durante mucho tiempo y un día estalló contra sus hijos. Con un atado de alambre que usaba como látigo, los perseguía por toda la casa. La desesperación en los pequeños era brutal, pero pues, nadie quería problemas ajenos y en ese entonces estaba bien visto golpear a los hijos para corregirlos.

Del portón hacía afuera, era una familia con un negocio de comida. Su pozole era el mejor. Se hicieron conocidos muy rápido y los vecinos dejamos de darle importancia, al fin y al cabo, cada uno cargaba con sus propios tormentos, o quizás solo nos acostumbramos a escucharlos llorar y no tener que hacer nada. Pasaron los años y los hijos de Rosalba se hicieron unos adolescentes rebeldes y drogadictos, seguramente se escaparon de su casa porque no supimos de ellos durante mucho tiempo. 

Don Armando enfermó y su deterioro ocurrió muy rápido, pero a nadie le pareció extraño. Échale cuentas: tenía tres matrimonios, doce años mayor que Rosalba y cuarenta años de ser alcohólico. De un día para otro quedó atado a la cama con tubos conectados a bolsas para diálisis. Se notó que ya no estaba por el silencio al anochecer, pero ninguno de los vecinos nos atrevimos a preguntar qué le había ocurrido, solo nos importaba dormir tranquilos. Hasta que lo encontraron en el tinaco, su cuerpo se descompuso en el agua que Rosalba usó para regar sus plantas; sembró su rabia

Hubo quien llegó a decir que Rosalba había envenenado a Don Armando, poco a poco, en cada comida, cada vaso de agua o con menjunjes untados en su piel, pero ella hizo mucho más que eso. Se quedó ahí a su lado, contemplando el deterioro de sus órganos, comenzando por el riñón. Y mientras aún seguía vivo lo destazó como a un cerdo: primero de los pies para que le quedara claro que no lograría escaparse de esa, después le cortó los brazos para que no golpeara otra vez a nadie. Hizo suturas torpes en las heridas para que sus últimos momentos se prolongaran en proporción a los años que ella sufrió a su lado. Esta situación escandalizó a todos, en especial a los que comimos de su pozole.

A ella la encontraron entre los escombros de la casa, durante el temblor tuvo una caída y se golpeó la cabeza, dicen que fue muerte instantánea. En cambio, las tuberías quedaron expuestas como huesos rotos, surcando las paredes hasta el techo donde se resquebrajó el tinaco.

Años después, uno de los hermanos de Don Armando se apoderó de la casa y construyó una nueva propiedad. Llegué a pensar que eso sería suficiente para olvidar lo que ocurrió ahí, pero cuando hace calor, del suelo se desprende un brillo malicioso con aroma a pozole que se esparce en toda la colonia. Nadie olvida el sabor a muerto.

Paulina Gara. (Gustavo A. Madero, CDMX, 1990). Ingeniera en logística de profesión y escritora por necesidad existencial.