BAJO LA PIEL DE LAURA

POR MANUEL MÖRBIUS

En una pequeña abertura se asoman las tentaciones inquisidoras y las hogueras íntimas. Las llantas de un auto frenan a mitad de la calle después de marcar el pavimento junto con los gritos de una falta pasional que escandaliza las buenos costumbres de la señora del 202. El grito sale del coche:

—¡Está aquí! ¿Verdad?! ¡Aquí vive esa zorra! ¡No me digas que me calme, Kevin! ¡Kevin! ¡Estoy embarazada! ¡No me importa! ¿Dónde está? ¿Dónde vive?

Y las lágrimas también.

Irma Grace, la viejecilla del 202, levanta la cortina que da a la calle. Ningún otro vecino enciende la luz. Ella observa la escena desde su propia penumbra. Comienza a figurar los llamados al orden de las horas y los días hábiles en la conciencia. Hablando a una oscuridad infinita.

—Míralos, hato de bestias. Se bajaron del coche. La desdichada, de menos, lleva seis meses gestando a otro simio miserable. Se ve que no tiene ni diecinueve años la pobre idiota. A eso se dedican ahora: a hacer el ridículo y criar animales. Qué te digo del padre: tiene cara de que si hoy no lo mata la bebida, mañana le va a disparar la policía.

La pareja en la calle comienza a forcejear por un teléfono. Los gritos y las súplicas siguen con los rasguños sobre el rostro y las bofetadas.

—Se lo está descontando y el otro no suelta el condenado teléfono. ¡Chin! Y ya lo aventó. Deberían quitarles el derecho a tener hijos. No, mejor deberían esterilizarlos. La gente pobre no debería tener hijos. Para el ambiente son peores que las bolsas de plástico.

Irma se emociona frotando sus dedos rebolludos. El ruido de la calle hace que le hormiguee la noche con murmullos de desastre y artritis. Se escuchan la bofetada seca partiendo la húmeda del aire.

—Ya le soltó el golpe a la escuincla. Bruto imprudente. Ya se trenzaron. ¡Válgame! Le está saliendo sangre al desgraciado y él la tiene bien fuerte de las greñas. ¡Le va a arrancar el cabello! ¡La va a matar, y afuera de mi casa, válgame dios!

Las siluetas atraen la atención de un depredador nocturno que se aproxima sigilosamente a ellos. Cuando se detiene completamente enciende las luces rojas y azules y baja del auto un hombre moreno y regordete que se dirige a la pareja. Ellos ignoran al visitante mientras permanecen heridos junto al coche que está atravesado a la mitad de la calle. 

—Buenas noches… —la justicia, el gobierno o la sociedad no existen para ellos. La falta de respeto hace que el policía levante la voz con la prepotencia que le dio el cargo — ¡Ey! Ustedes no pueden estar discutiendo en la calle. Háganme el favor de pasar a retirarse y mover su vehículo si no quieren….

 El oficial jadea al borde la irritación diastólica, con un corazón que no tarda en caer en el cumplimiento del deber. La anciana Irma Garce, al ver la placa y el arma, se acomoda en la ventana mientras la mujer comienza a gritar su caso.

—¡Este hijo de la chingada me engaña con una tal Laura! Y ella vive aquí. ¡¿O no?! ¡Admítelo, Kevin! ¡Pinche poco hombre! Vi el mensaje, ella vive en esta calle y te la cojes cada que pueden. ¡Laura!  —grita la mujer palideciendo con las palabras golpeadas y, aprovecha la inercia de su voz para volver a encajarle las uñas en la cara a Kevin.

—Eso a mí no me interesa. Arreglen su pleito en casa. No son horas para que ande de argüendera en la calle —El policía reacciona lentamente por estar sumido en una ensoñación artificial.

—¡Ni madres! ¡Aquí vive esa cabrona y la voy a sacar! ¡¿Me escuchas, pinche Laura?! ¡Sal a dar la cara, puta de mierda!

La anciana Grace se pregunta si aquella no se habrá equivocado de dirección o si alguien eludió su cordial panóptico vecinal:

—Dice que busca a una Laura. Aquí no conozco a ninguna Laura. Te creo que fuera Nadia, la cuarentona de al lado, la que dices tú que tuvo sus quereres con el señor de la carnicería cuando su esposo andaba en Puebla; igual Fernanda, la hija piruja del abogado. ¿Te acuerdas que te dije que se iba de noche demasiado arreglada? Esa seguro que cobra por medias, se le nota en la cara. No por nada se acaba de comprar carro. Los demás somos puros viejitos, y enfrente viven los maricones. Me dan asco. A esos también deberían de matarlos antes de que les den permiso de adoptar niños.

—¡Laura, puta de mierda! ¡Sal a dar la cara! —se escapa de las manos de Kevin y el policía no intenta tocarla. Lleva siete meses de dudas en el vientre y comienza a tocar en todas las puertas y grita el nombre de Laura más fuerte.

De la patrulla baja otro policía con luces rojas y azules en los ojos y la histeria en la mandíbula. Se le acerca a la mujer por la espalda y tira de su brazo con fuerza. Ella, creyendo que era Kevin, le da con el codo en la nariz en un golpe preciso que rompe la cordura del policía, quien la toma por el cuello e intenta someter sin notar que estaba ingrávida. Comienza a dar órdenes:

—Esposa a ese cabrón y a esta nos la llevamos y le damos su calentadita.

—No mames, Joaquín. Está panzona. 

Kevin se percata de lo que puede suceder e intenta liberar a su pareja de las sirenas que se pierden en el mar sin criptas. El policía que tiene enfrente desenfunda su arma y la mujer embarazada comienza a gritar más fuerte. La confusión agita las estupideces acumuladas.

—Suéltala, pinche marrano, la vas a matar— grita Kevin.

El policía de la quijada trabada la suelta, no sin antes patearle el vientre. Kevin no lo soporta y se le abalanza con furia antes de que le marque el alto otra pistola que se desenfunda en su cara. 

Jadeante, la mujer intenta alcanzar a Kevin, pero se tropieza y vuelve al suelo. 

—Ya hicieron la bronca más grande —dice jadeando el policía regordete. 

—Ese es el problema con este país —responde Irma Grace en la comodidad de su casa—: que no hay autoridad. Los militares ya lo hubieran resuelto. Eso es lo que les hace falta a todos estos putos y vagos, que los castiguen, que los maten. Ni la cárcel se merecen. Directo a fusilarlos —dice Irma Grace con los cartílagos aguileños pegados a la ventana. En la calle se escuchan los lamentes del fantasma prematuro.

—¡Laura! Da la cara. Mira lo que hiciste. ¡Laura! ¡Puta Laura! —lloriquea forjando una esperanza. Se siente débil e intenta llegar hasta Kevin, quien empuja al policía que tiene más cerca y sale un disparo que ignora a Kevin, pero le silva al oído; su mente se queda en un blanco primigenio. Intenta huir y alcanza a entrar en su auto. En la fuga confunde la reversa con el progreso y golpea el parachoques de la patrulla. Los policías no piensan dejarlo ir con vida y vuelven a disparar y vuelven a fallar. En la confusión, Kevin no pisa el freno y, en un terrible giro del volante, quedan los gritos y la sangre que congelan el tiempo en la conciencia de un forense que esa misma noche va a renunciar a su trabajo.

—El muy bruto. El muy bruto —sacude la mano Irma Grace sin parpadear, con la luna que teje el lienzo con la extraña sonrisa de la anciana. 

Después llega de todo: una ambulancia, un perito y un vampiro con una cámara fotográfica que retrata la escena para un periódico que nunca escatima en el uso de la tinta roja. Detienen a Kevin con el espíritu de un linchamiento y se llevan en una ambulancia la voz que buscaba a una tal Laura donde los testigos son fantasmas mudos que no señalan a los policías que “hicieron todo lo posible en el cumplimiento del deber”.

La curiosidad geriátrica de Irma Grace queda satisfecha hasta la última gota.

—Bueno, creo que ya terminó. Perdóname. Ahora sí, en lo que estábamos, papasito.

La anciana se quita de la ventana y vuelve al interior de su propia oscuridad para encender una lámpara roja. Pasa su mano sobre el traje de látex negro al que le agregó medallas originales de las SS nazis. Lleva puestas botas militares, encaje entretejido en las arrugas, un sombrero con una calavera y un pañuelo con una esvástica amarrada al brazo. En la mano sostiene un látigo que agita para anunciar su regreso al juego. Frente a ella, amordazado y amarrado a la silla, su esposo únicamente está vestido con una tanga estampada con la cara del Fhürer. Su marido respira con dificultad y ella se da cuenta que no está excitado sino moribundo y salivando la vida. 

Irma deja caer el látigo y se da prisa para desatarlo. Confundida por la tristeza que le provoca quedarse sola, rodeada de tanta gente mala y fea, llama a otra ambulancia para su anciano compañero con el que más que un matrimonio compartía una secta. Él apenas y puede moverse e intenta agarrase del brazo izquierdo antes de caer contra el suelo y abrirse una espantosa herida en la cabeza.

La ambulancia tarda tanto en llegar que ya da lo mismo que aparezca o que un perito certifique la salida mutilada del sol. Irma Grace recibe a los paramédicos con una bata común y corriente de flores y su esposo permanece en el suelo con un pantaloncillo gris y sin la tanga fascista. 

Del otro lado de la calle, en otra ventana, otra pareja mira la danza de sirenas. Comienzan a discutir con paciencia los estragos de una noche de pasiones murientes.

—Oye, creo que hay que mudarnos. Este barrio está peligroso.

—Tienes razón — responde Daniel mirando su celular como se le ve a un traidor. Ya no era suficiente quemar los silencios prófugos y los pretextos inacabados. No fue su culpa, no fue su culpa, se repite compulsivamente para que nunca se difumine el “no” de la sentencia. Comienza a borrar todos los perfiles y cuentas en los que aparecía bajo la piel de Laura.

Manuel Mörbius (Ciudad de México, 1984). Licenciado en Sociología por la UAM-Xochimilco. Escritor de ciencia ficción, horror y terror, e investigador independiente Colaborador de Clandestina, espacio de rebeldía en el barrio de Santa María la Ribera. Productor de radio y medios digitales. En 2021, publicó la antología de cuentos Necropolítica, editado por Editorial Camino (Chile).