COINCIDENCIAS

POR DANIELA PERLÍN VEGA

Sacamos nuestras respectivas llaves al mismo tiempo. De no ser por el doble tintineo, yo no me habría dado cuenta de que él ya estaba ahí y probablemente, mi esposo tampoco me hubiera notado. Nos miramos con momentánea sorpresa, ya que por lo regular llegamos del trabajo en horarios diferentes. Sonreímos casi por instinto. Él se adelanta entonces para introducir la llave, botar el seguro y empujar la puerta. Pasamos a nuestra casa. 

Samuel coloca nuestra comida en dos platos, son hojaldras rellenas de ensalada César. Por mi parte, extraigo del refrigerador la jarra con agua de piña que ya estaba hecha desde el día anterior, y la vierto en dos vasos, los cuales no necesitan hielo debido a que la bebida se encuentra lo suficientemente fría. No hemos pronunciado ni una palabra. 

Me siento a la mesa para cenar, mientras él se queda en la sala. Imagino que debe estar enviando algunos correos electrónicos pendientes relacionados con su empleo. Lo observo desde el comedor, se halla en uno de los sillones y tiene la laptop sobre las piernas, ya se ha quitado el saco y arremangado la camisa azul cielo, ligeramente arrugada luego de la jornada de trabajo y de haber subido a un transporte público seguramente atiborrado de gente. Aún lleva puesta la corbata. Su perfil sigue siendo atractivo, incluso todavía más que en su juventud porque la madurez le ha dado fuerza a cada uno de sus rasgos faciales. Pero yo no siento nerviosismo cuando él se percata de que lo observo, si cruzamos miradas… De nuevo, sonreímos casi por instinto e inmediatamente, Sam vuelve a concentrarse en la pantalla, yo en masticar un trocito de piña ácida.

Tenía trece años de edad en la época en que mi padre se reencontró con uno de sus mejores amigos de la preparatoria. Presentaron entre sí a sus respectivas familias y yo quedé idiotizada ante el hijo mayor. Esa tarde, Samuel acababa de llegar a su casa de un entrenamiento, tenía tarea de la escuela por hacer, además de que debía practicar la guitarra para una presentación en su clase de arte. Dando estas explicaciones, se disculpó por no poder acompañarnos en la comida que su madre y su padre habían preparado para nosotros, sus invitados. Yo solo pensaba: “Dios mío, es deportista, guitarrista, responsable, guapísimo y amable, ya que luce tan apenado por tener que ausentarse”. Durante la reunión, además, mientras los adultos hablaban sobre las proezas de sus correspondientes familias, la madre de Samuel nos informó con orgullo que a su hijo mayor le encantaba leer. Yo también adoraba los libros, así que me volví loca.

Me aferré a él durante toda mi adolescencia. Recuerdo que alguna vez lo encontré en la sala de su casa con un librito de poesía. Samuel me hizo señas para que me sentara a su lado y me pidió que yo le leyera, que abriera una página al azar y le leyera. Me temblaron las piernas. A duras penas podía articular una que otra frase cuando intentaba hablar con él, así que temí olvidar cómo descifrar las palabras, trabarme a mitad de una oración. Mi mano se detuvo en la página veinte, todavía lo recuerdo, no porque ahora importe sino debido a que en ese momento parecía que mi vida dependía de tal número. Sin embargo, antes de que abriera la boca, mi madre nos llamó para que saliéramos a la terraza, pues la comida estaba lista, y siendo que mi mamá es insistente, no tuvimos más tiempo de nada. Nunca supe lo que decía el poema de la página veinte, y si él lo leyó después, tampoco me lo dijo.

Samuel opta por llevarse su plato al sillón dado que el asunto de los correos se ha alargado más de lo esperado y su estómago no resiste más. Yo, en cambio, he terminado de comer, así que me dirijo a nuestra habitación, solo quiero recostarme y continuar con la historia que llevo días sin tomar del librero, una novelita de un autor novato sobre dimensiones alternas y futuristas.

Creo saber el momento exacto en que Sam se enamoró de mí. Nunca se lo he preguntado, pero estoy segura de cuál fue porque se trata del mismo instante en que mis sentimientos por él desaparecieron. Ese día, me tocó el cabello para llamar mi atención y saludarme, yo me hallaba tonteando en el parque, paseando a mi perro. Por casualidad, una simplísima coincidencia, nos encontramos. Ya teníamos diecisiete años de edad, esa tarde, en el parque, cuando me sonrió de una manera distinta a la habitual. Y a pesar de que en el pasado yo había deseado varias veces un instante así entre ambos, no sentí nada al darme cuenta de que la mano posada en mi cabello era la de él. Ni un escalofrío, ninguna alteración en mis palpitaciones. Me molesté tanto conmigo misma, fue como: “vamos, ahí lo tienes”, pero mi amor había caducado.

Lo peor es que hasta la fecha, desconozco el motivo de mi desencanto. A veces sospecho que tal vez, si nos hubiéramos encontrado un día antes, incluso unas horas antes, la historia entre ambos habría sido distinta. En cambio, ahora… Mientras leo, Samuel se recuesta a mi lado, toma el control remoto de entre las cobijas y enciende la televisión. Después de cambiar de canal durante unos diez minutos, se estaciona en una película de Audrey Hepburn.

-Te pareces a ella, tanto que debería darte un diamante. Casi es el aniversario -dice Sam, rompiendo el silencio mantenido desde que habíamos llegado a nuestra casa.

-Audrey tenía un cuello mejor que el mío, así que olvídate de los collares. Un par de aretes serían perfectos -le digo, mientras pienso que necesito empezar a buscar un regalo para este viernes, en menos de una semana… había olvidado por completo el inminente aniversario.

-Es justo lo que te he comprado -dice y señala una cajita roja aterciopelada sobre el ropero-. Solo que no los puedes ver hasta que llegue el día en cuestión.

El amor unilateral de Sam hacía mí duró más que el mío por él. Seis años contra cuatro de mi enamoramiento. Cuando cumplimos 23, ambos el mismo día -todavía me cuesta creer que lloramos por primera vez en la vida en fechas idénticas- nuestros padres nos organizaron una fiesta sorpresa. Antes de partir el pastel, Sam me llamó aparte para decirme que me dejaría en paz: No más mensajes, adiós flores y demás regalitos, basta de miradas insistentes. Habló sin parar, con el cuento de que por fin se había rendido.

-No te creo –le dije-. Acéptalo, lo que pasa es que he dejado de interesarte.

-Es cierto… ni siquiera es por otra chica. Solo pasó que una mañana desperté y lo que sentía por ti cambió a algo más simple, ya sin ninguna desesperación -explicó, señalándose el pecho.

-Tu amor por mí se convirtió en un bicho sin alas -bromeé.

-Supongo que es así -dijo él.

Gisela se ha quedado dormida con los aretes puestos, así que me inclino hacía ella despacio para quitárselos y evitar que se lastime con éstos. Ya que duerme boca arriba, no es muy complicado. Sabía que Gis no lograría esperar hasta el viernes para abrir la cajita de terciopelo, pero si no le decía lo de los aretes, ella probablemente olvidaría el aniversario y llegada la fecha, se sentiría apenada de no haberme comprado nada. Tenía que darle tiempo, prevenirla sutilmente.

Gisela y yo dejamos de frecuentarnos durante media década después de ese quiebre ocurrido en nuestro cumpleaños número 23, aunque en realidad nunca había sucedido nada entre nosotros que se pudiera romper. Yo no volví a asistir a las fiestas que hacían nuestros padres. Según mis hermanos, ella también empezó a ausentarse. Ya no éramos unos adolescentes, cada quien se independizó por su lado, sin embargo, de la boda de uno de mis hermanitos, no pudimos excusarnos. No es que no quisiera verla, nunca le guardé ningún tipo de rencor… solo temía la posible incomodidad.

-¿Cómo has estado? Increíblemente guapo, eso es obvio -dijo Gisela, como si ella no estuviera encantadora con ese vestido de tafetán y hombros descubiertos.

Conversamos toda la velada, poniéndonos al día sobre su trabajo, el mío, su soltería, la mía, sus preocupaciones, las mías, y también bailamos unas cuantas canciones. El insecto, que nunca se convirtió en mariposa de nuevo, despertó de su letargo y caminó un rato a través de mi cabeza, no en el pecho exactamente. En realidad, la antigua mariposa creada por Gisela aquella tarde en que la hallé en el parque, jugueteando con su mascota, no volvió a indagar en mi corazón jamás. Quedando ya pocos invitados, llegamos al tema que había creído demasiado delicado como para traerlo a la plática, pero que en realidad fluyó naturalmente.

-Así que yo caí primero, después tú, pero para entonces, yo ya estaba otra vez en pie. En total, es un amor de, ¡una década! -dijo ella, sorprendida-. Eso sin contar estos últimos cinco años de olvido fallido.

-Somos prácticamente un viejo matrimonio -bromeé.

-Solo nos faltaría formalizar -dijo Gisela, con seriedad.

Mis labios se detienen un segundo en su mejilla, a pesar de que también podría dormirme tranquilamente sin besarla. No es que me desagrade, pero tampoco…

Aunque no abro los ojos, me he despertado porque sus labios se detienen un segundo en mi mejilla. Admito que no me haría daño dormir sin su beso. No es que me desagrade, pero tampoco…

Un beso debe sentirse como una mariposa posándose en un pétalo. Esto, parece más una hormiguita en la mejilla, en los labios.

A cada familia le pareció inevitable que anunciáramos la boda. La verdad es que ambos nos negábamos a aceptar el tiempo que perdimos, lo equivocados que estuvimos al ir rechazando a una y otra persona porque no correspondían con el ideal que nos inventamos, yo de él a los trece años, él de mí a los diecisiete; yo de ella a los diecisiete, ella de mí a los trece. Nos casamos como si en el fondo pensáramos que debíamos coincidir al menos una vez más, que el nacimiento compartido y los quince años del sí y del no, tenían que significar algo.

-El poema de la página veinte, ¿recuerdas? Cuando fui a tu casa y te encontré leyendo poesía, me senté a tu lado. ¿Qué decía ahí? – me preguntó Gisela durante la cena de nuestro aniversario matrimonial.

-¿Cuándo? –me dijo él.

-La vez que ascendieron a tu papá en el trabajo. Recuerdo que nos reunimos en tu casa para celebrar, aún íbamos en secundaria –me aclaró ella.-No se trataba de poesía, boba. Estabas tan nerviosa que no me escuchaste cuando te mencioné el título. Era La metamorfosis, de Kafka –me contestó Samuel, mientras se ponía en el dedo meñique el anillo de plata que yo le había comprado, a última hora.

Daniela Perlín Vega (Ciudad de México, 1997). Licenciada en Filosofía. Ha colaborado en Punto en Línea UNAM, Universo de Letras UNAM, Página Salmón, Herederos del Kaos, la Gaceta de la UAQ, etc. Mención honorífica en el III Concurso Nacional de Cuento “Cuéntame uno de muertos” del Canal 22 en el 2017. Ganadora del concurso “Cartas de amor y desamor 2022” de ifreedoms y Foro Shakespeare.