GRANADAS

POR LISET REYES ALDEREGUÍA

Sudor. Desplazo el índice por mi barriga y la satisfacción me invade. Trotes lentos por la arboleda para no llegar al desmayo. El señor me dijo que debo esperar dos semanas. Recomendó el aumento de rigor poco a poco, pero no me puedo permitir más de cuatro días. El sudor cae y me parece estar acostada sobre la mesa de acero. No puedes cerrar las piernas, dice el señor. Siento cómo introduce el espéculo. Cuento mentalmente hasta diecisiete para evitar quejidos. Pienso en mi felicidad cuando termine. Cuando saquen la mueca de mi vientre. Cuando retiren ese proyectil explosivo. 

Ya no voy a estallar. Prosigo la marcha. Vegetación, bancos, silencio, yo. Mi brazo derecho arde. Percibo una herida que no tenía cuando empecé la carrera. Unos cinco centímetros, al parecer, hechos con arma blanca. Sobre un banco identifico una probable mujer. La totalidad de su cuerpo está resguardado en un capullo de gasas. Me hace memorar los trapos estériles del salón, esos con lo que el señor me quitaba todo lo rojo. ¿Se estará transformando en gasa la mujer? Me acerco sin abandonar el trote. Le pido un pedazo. Tómalo y corre, me dice para luego dejar la boca abierta como en eterno bostezo. Cubro la herida con el tejido. Continúo. 

Presencio en los alrededores más bancos de los que creí existentes. En todos hay al menos una persona con el cuerpo protegido del mismo modo que la mujer. En algunos se encuentran hasta seis individuos. Me sumerjo en el entorno hasta tropezar con una roca. Me detengo. Descubro una herida en la pierna izquierda. Solicito más tela, en esta ocasión a un hombre moreno con las manos y el cuello descubiertos. Corre y tómalo, me dice. 

Detecto nuevas heridas en mi piel a medida que avanzo. Procedo de igual manera en cada momento: envolver con tela y reanudar el trote. Soy persistente, no dejaré que par de contingencias impidan ejercitar mi cuerpo, alcanzar el peso que un día tuve. Casi en el punto donde suelo terminar mi carrera, me noto cubierta de gasa. Solo mis ojos son visibles a los demás. Un niño se sitúa frente a mí, me interrumpe el paso. Debe tener unos siete años. Me impresiona la ausencia de gasa en su figura. Sostiene una granada en la mano derecha, mientras los ojos entornados me amenazan. La boca, una mueca. ¿Qué te sucede, pequeño?, le pregunto. No corras, me responde para luego lanzarme el proyectil. Siento dolor durante pocos segundos. Alivio. Paz. Ya puedes cerrar las piernas, comenta el señor y me cede unas torundas.

Liset Reyes Aldereguía (Sancti Spíritus, Cuba, 1998). Odontóloga, poeta y narradora. Miembro del Laboratorio de Escritura Encrucijada, dirigido por la escritora Elaine Vilar Madruga. Ha publicado en revistas nacionales e internacionales.