LA OTRA VOZ DE NANCY

VERÓNICA CORTÉS SALINAS

Fragmento de la última entrevista al paciente Carlos “N”, con expediente número 1709-A, antes de ser trasladado a su juicio. Se ha permitido la entrada de la prensa, abogados, policías y familiares de las víctimas; el paciente se ha reservado numerosos detalles hasta este momento, se espera que su declaración sea completa en esta ocasión. Para evitar escándalos, la paciente Patricia “N”, con expediente 1709-B, no fue recibida en esta sesión. 

Fecha: 7 octubre de 2018.                 Hora: 16:30 hrs.

Responsable: (omitido por su seguridad).

Nota: Se le permitió el acceso al responsable con veinte fotografías de diferentes femeninas como material de apoyo para la colaboración del sujeto. 

(Al entrar el responsable con traje militar, el paciente y principal sospechoso se puso de pie y lo saludó con ademán de respeto a un superior. El responsable dejó la carpeta con las fotografías en la mesa delante del entrevistado; a continuación, extrajo la correspondiente a Nancy Trejo, la víctima más reciente, y la deslizó para que el hombre pudiera tomarla.)

-Dime, Carlos, ¿cuáles son los detalles que querías compartir? Cumplimos lo dicho.

– ¿Me permite asearme primero? No soy un vulgar…

(Sesión interrumpida. Se le concedió al paciente un plazo de treinta minutos para lavarse.)

Hace frío aquí. Cuando una sale de casa hay que escuchar a mamá y llevarse el suéter, también debí ponerle una manta más gruesa a la bebé, seguramente hace frío donde está. No sé dónde sea, no la siento junto a mí. Puede ser que sí esté aquí, pero no puedo estirarme mucho, mis brazos están rígidos contra mi torso, mis piernas seguramente se han congelado porque no puedo sentirlas. Lo positivo de esta posición es que me ha dejado de doler la cabeza, no siento mis oídos zumbar como cuando llegué a la casa de mi vecino. Siento una molestia en la parte inferior de mi abdomen, ahí, ligeramente más arriba que mi vientre, un hueco se apodera de mí, como esa sensación cuando has pasado mucho tiempo sin comer. Quién sabe cuántos días llevo aquí, supongo que bastantes. Han llegado más chicas, lo sé porque ahora siento dos roces a mis costados, y no estaban junto a mí al principio. Lo único que sé de cierto, es que hay una incisión en mi pecho, exactamente en lado izquierdo, por la cual me ha quedado un hueco. 

(Al cumplirse el plazo, se reanuda la sesión. El paciente ha vuelto usando un traje nuevo hecho a la medida, su deseo es ser presentado públicamente con él. El responsable, con la misma actitud marcial, retomó el interrogatorio.)

-Ahora sí nos vas a decir, Carlos, ¿dónde están estas señoritas?

-Mire, coronel, que de muchas de ellas ya ni me acuerdo. La primera ni siquiera la han contado porque fue en Michoacán, no aquí. Se llamaba Gina, era una puta y era mi madre. Y, como de ella nada más yo me acuerdo, deje le digo que se lo merecía. Porque soy el resultado de un intento de infanticidio, como ustedes lo catalogan; la muy maldita me arrojó por las escaleras del segundo piso cuando yo era un niño, el resultado fue fractura de cráneo y daño cerebral. La verdad fue que para mí todo estuvo más claro, me volvió diferente a los demás chamacos, yo podía escuchar cosas, podía ver cosas, que ellos no. Me volví un dios. Mis conocimientos me hacen superior, yo puedo juzgarlos a todos ustedes como lo hice con ella: su veredicto fue culpable, la condena fue la muerte. Ya de ahí aprendí la manera más práctica para separar las articulaciones, no hay que cortar por el hueso… 

-Carlos, ese es un cargo más. ¿Estás consciente de ello?

-Claro. No me arrepiento de ninguna de las veinte…

(Se ha tenido que actualizar el expediente con la nueva información revelada, sin embargo, ello no afecta la condena, pues no hay quienes presenten una nueva demanda en contra del paciente. Para continuar, el responsable ha extendido sobre la mesa las fotografías restantes que mantenía en la carpeta; el acusado las mira y sonríe.)

-Mire, coronel, yo no sé si usted es sordo o qué, pero ya le dije que de estas no recuerdo ni la mitad de sus caras. Todas las pirujas se ven igual, ninguna de ellas era una buena persona, ninguna mujer lo es. 

– ¿Cómo sabes eso? Estás diciendo que no las recuerdas. 

– No necesitaba conocerlas, eso lo aprendí de la puta Gina. Porque lo era. Todas las noches traía a la covacha a un hombre diferente, me despertaba cuando corría la cortina que separaba nuestras camas y me obligaba a ver cómo fornicaban. Las otras no son diferentes, todas cometen faltas graves que debo juzgar: unas mariguanas, otras panzonas, otra hasta llevó una chamaquita. 

– ¿Nancy? ¿Te refieres a la hija de Nancy?

-Sí, esa. Creo que fue un mes antes de que me conocieran ustedes…

Lo que más me duele es no saber dónde está mi bebé, yo todo lo hacía por ella. En el momento que me enteré que estaba embarazada, me asusté muchísimo, un hijo no estaba en mis planes. Mi madre fue la que me convenció de tenerla, porque juntas la íbamos a criar. Iba a tener su casa, sus estudios y sería alguien importante. No era fácil, el dinero no alcanzaba; luego el vecino nos apoyó, su esposa también. Ella fue la que me ofreció la ropita para mi chiquita; como ella también tiene hijos, dijo que la iba a tirar, pero que viniera por ella si me servía. Por eso vinimos… Ya no viene al caso pensar en eso, las personas muestran una cara y luego te apuñalan por la espalda, literal. Conforme he comprendido lo que pasó, puedo alinear los hechos. Llegamos, fingió mostrarme la ropita mientras la nena descansaba en un moisés, el esposo fue el que me apuñaló cuando me distraje… 

-… Quince mil pesos, dije. Yo creo que les urgía porque rápido hicimos el trato, se la llevaron tres días después. Lo bueno, porque ya a mis perros les andaba por comérsela, estaba tiernita, no como su madre; al Chocolate le hizo daño y no creo que ustedes lo hayan llevado al veterinario, ¿verdad? La Patricia ni se ocupaba de ellos tampoco, era una inútil, por ella estoy aquí. ¿Quién le manda andar revisando los celulares de las muertas? 

– ¿Con que sí sabes cómo dimos con ustedes?

-Sí, siempre supe que vendrían tarde o temprano. Lástima, las tres se quedaron a medias en la nevera…

– ¿Cuál nevera?

-En el cuarto del fondo de la casa es donde las tenía. Los niños no deben entrar ahí, ¿me oye, coronel? Debe quitar unos ladrillos con los que tapamos por si los escuincles se metían, ahí está la nevera…

(Se ha suspendido nuevamente la sesión. Muchas unidades se movilizaron rumbo a la escena de los crímenes antes descritos por el paciente, quien en próximos minutos será analizado nuevamente por los psiquiatras para determinar su estabilidad mental. Su cómplice ya ha sido evaluada y no presenta ninguna enfermedad que prohíba su proceso legal.) (Horas después, el encargado ha regresado con más pruebas.)

-Las tenemos, a las tres…

Me gustaría saber cómo llegaron aquí ellas. Seguramente también con engaños. Creo que a una la conozco, o me parece así por la cercanía de su piel con la mía. Unos días después de que las sentí, se llevaron a la más joven; al otro lado de la puerta, en el calor de la casa, se escucharon los gemidos de un hombre, me atrevo a suponer que fue el vecino. La aventó así nada más, usada, ni su hermana ni yo pudimos recogerla, se quedó ahí hasta que tuvo ganas y se la llevó de nuevo… ¿Qué será de su pobre madre? ¿Será mayor la pena por perder dos hijas? ¿Acaso mi madre nos llora a la bebé y a mí? ¿Sabrá ella dónde está la nena, dónde estoy yo?… Mientras pensaba esto, una luz nos iluminó a las tres, o lo que quedaba de nosotras: apuñaladas, degolladas, desmembradas, sin corazón… 

-… lo más grande está enterrado en el baldío de la colonia, detrás de la casa, solo debe ir a rascar. Dudo mucho que encuentren a las primeras, pero las recientes están bajo unas piedras. La carne no la va a encontrar, porque mis perros y mi familia tenían hambre, a unos cruda y a otros con chile; hasta eso, Patricia sabía guisar. 

– ¿Así nada más? ¿Nadie te hizo preguntas?

– ¿Nos cree estúpidos, coronel? Hemos vivido ahí por años, nadie iba a dudar de una pareja que lucha por lo mejor para sus hijos, aunque sea de pepenar, tenemos tres bocas que alimentar. Mujeres idiotas, terminaban creyendo la farsa, era tan fácil atraerlas.

– ¿Te arrepientes, Carlos? Podría ayudarte con el diagnóstico, quizás a reducir la sentencia. Fue tu madre quien hizo esto, no tú. 

– Mi madre era una puta que intentó matarme, pero con eso me dio un don. Así que le conviene más que no, porque si salgo de aquí, voy a seguir matándolas a todas…

(Concluyó la sesión. El encargado se retiró, abatido, en shock. La prensa decidió censurar lo dicho, sólo presentó lo necesario para informar a la ciudadanía. Tan pronto como los especialistas encontraron que el paciente, ahora el preso, era consciente de que estaba cometiendo crímenes y no tenía discapacidad alguna, se siguió con el proceso legal hasta encontrarlo culpable, junto con su cómplice; ambos cumplen cadena perpetua para disgusto de los familiares de las veinte víctimas.)

Desde arriba te veo, mami. Somos muchas, nos acompañaremos hasta llegar a nuestro destino ahora que nos han liberado. Mi bebé ahora está contigo, gracias a Dios que la recuperaste. Lo sé todo, no te preocupes; cuéntale la verdad sobre su madre, dile que Nancy todavía habla, aunque hayan pasado los meses. Ahora estoy con estas niñas, dale consuelo a su madre, que yo se lo daré a ellas. Por favor, nunca te olvides de gritar nuestros nombres, y nunca olvides las caras de los monstruos.

PERFIL IRRADIACIÓN

Verónica Cortés Salinas (Ecatepec, 1995) Es egresada de la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas de la UNAM. Ha asistido a talleres de cuento y de escritura creativa en la UNAM y en la Revista Palabrerías, donde publicó el cuento “Noctámbulo”, bajo el seudónimo de R. Raemers. Participó en la quinta edición del Mundial de Escritura (2021).