OCTUBRE

POR DIANA PUGA PÉREZ

Ada desapareció en octubre, nuestro mes favorito. Era viernes, había llovido toda la semana. Fue vista por última vez saliendo del Sunflower, un supermercado que se encuentra en la calle Mill Hill, cerca de su casa. Blusa café, pantalón caqui y un paraguas blanco. 

Una noche antes, en mi habitación, me contó sobre las peleas recurrentes entre sus padres, las infidelidades y los fracasados intentos por evitar un inminente divorcio. Ada era hija única, decía que le había tocado cargar con toda la mierda de su familia. 

  Hablamos hasta que quedó claro que no teníamos más para decir. Todo en silencio. Nos miramos, ella tomó mi mano, pude sentir su piel suave y sus dedos delgados. Me acomodó el cabello detrás de la oreja. 

—Me han estado vigilando. Cuando regreso de la escuela, alguien camina detrás de mí— dijo.    

*

Conocí a Ada durante la primera semana de universidad. Tomamos juntas la clase de “Sociología Jurídica”, de la que no entendíamos ni el más mínimo concepto. 

Nos convertimos en una misma casi de inmediato, aprendí de memoria todo sobre ella, solía vestir con ropa de tonos cafés, nunca le faltaron los audífonos, era fanática de la música que la hacía sentir melancólica. Lo que más me gustaba era su cabello largo, negro y lacio, siempre peinado en una coleta, a diferencia del mío, crespo y enredado.

Nunca ocultó su fascinación por los idiomas y la literatura. Le gustaba sentirse admirada, por eso solía escribir historias para compartir en las reuniones universitarias. No comprendíamos por qué decidió estudiar derecho. Cuando alguien hacía la pregunta, invariablemente era la misma respuesta: “Porque mi padre no consideró buena idea Literatura”.

*

Poco a poco las calles y casas empezaron a llenarse de fantasmas, gatos negros y brujas. Halloween se acercaba. Ya teníamos listos nuestros disfraces. Ambos estaban en mi armario, un vestido morado y el otro naranja, haciendo homenaje a Dafne y Velma, protagonistas de Scooby-Doo, el programa favorito de la infancia de Ada. Durante un par de meses le supliqué caracterizarnos de superheroínas, pero no aceptó. Siempre se sintió avergonzada de que su mejor amiga fuera fanática de Marvel

—Tienes gustos malos, pero este es el peor—me dijo una mañana mientras elegíamos los trajes. 

*

La primera en darse cuenta de la desaparición fue Claudia, su madre. Lo sé porque aquella noche, a las diez en punto, recibí su llamada en la que me preguntaba por Ada.  

—Salió muy temprano de la casa, dijo que iría al supermercado a comprar lo que hace falta para la fiesta de mañana— contesté 

Antes de irse dijo lo mismo “Alguien me está siguiendo, Lu”, pero eso no lo mencioné. 

Al colgar el teléfono, puse música a todo volumen. Las canciones de mi CD favorito de Miley Cyrus invadieron la habitación. 

—Lu, ¿está todo bien? — preguntó mi madre abriendo la puerta de sorpresa. Podría decirle algo, bajarle el volumen. 

La miré, pero no respondí. Lo único que pensaba era que mi mejor amiga había desaparecido en octubre.

*

Nos hicimos inseparables casi de inmediato. Después de clases íbamos al café del centro porque vendían los mejores waffles de todo Woodstock: chocolate, malvaviscos y mantequilla de maní. Ada no toleraba el café y ordenaba una malteada de vainilla con crema batida extra. Siempre pensó que la cafeína no era buena para la salud y desaprobaba que a mí me gustara.

Las tardes las pasábamos en la tienda de libros ubicada cerca de su casa, leyendo cuentos y poemas hasta el cansancio, acompañadas de la playlist que la encargada había puesto aquella tarde. 

—No pudo hacer peor elección— decía cada vez que se sonaba una canción de Miley Cyrus.

A mí me gusta. Nunca se lo dije porque se hubiera enojado. Siempre era lo mismo cuando la contradecía. 

Compartimos varios otoños. Pisar hojas secas era nuestra actividad favorita. La música de Phoebe Bridgersen nuestras pijamadas. Las velas con aroma a calabaza. Octubre era sepia y melancólico, justo como ella.

—Me gustaría morir en octubre— dijo una noche, antes de dormir.

*

Durante una semana los habitantes Woodstock intentaron dar con el paradero de la desaparecida. Seguía lloviendo. Carteles de Missing que a causa de la lluvia, habían perdido el color, estaban en todos los postes con una foto de Ada sonriente, vestida con una blusa roja, su cabello recogido y sus labios pintados con el brillo que le regalé un San Valentín.

Al ver aquella fotografía no pude evitar recordar. 

—Lo siento, Lu. Olvidé que era 14 de febrero— se disculpó porque no tenía un presente para mí. 

Ada olvidó San Valentín tres años consecutivos. 

Buscaron por todas partes: en el bosque, en las casas abandonadas, en los pueblos cercanos. Pero no apareció. 

*

—Ayer escuché una canción, la letra iba como mañana estaré en un funeral, estoy tan triste todo el tiempo y será así por el resto de la vida o algo así— dijo Ada. 

Esa mañana nos habíamos aventurado en un viaje por carretera. Queríamos visitar la feria que Kingston, el pueblo vecino, inauguró unas semanas atrás. 

—No me gusta la idea de morir joven.

—Porque eres aburrida — dijo riendo.

Aquel comentario perduró en mi mente durante todo el camino. Ada no le dio importancia.

Comimos algodón de azúcar, gritamos en la montaña rusa. A pesar de la lluvia, pasamos el día entero en aquel lugar que parecía sacado de una película infantil. Regresamos a Woodstock al anochecer. Al llegar a casa, antes de bajarme del auto, Ada me miró.

—Te quiero, Lu.

—Te quiero, Ada.

La vi alejarse. 

    —A pesar de todo — susurré antes de entrar a casa. 

*

Cada noche su madre me despertó a las diez en punto para hablar por teléfono. Claudia salía de su trabajo a las nueve y media. No tenía a nadie. Su esposo llevaba algunos días durmiendo fuera de casa. Utilizaba las noches para intentar averiguar dónde podría estar Ada.

En todas las llamadas, la respuesta siempre fue igual. No había algo más que pudiera decir. Tuvimos la misma plática nueve veces. 

En la décima tarde, cuando por fin había dejado de llover, la policía encontró el cuerpo de Ada flotando en un río cercano. 

Aquel Halloween que no festejaríamos juntas.

*

Me vestí para el funeral. Al terminar me puse un poco de perfume. Ada siempre dijo que ese olor a caramelo era el culpable de su migraña. Observé una foto en la mesa de noche de mi habitación, sonreíamos abrazadas. Aquella imagen la tomaron después de salir de nuestra primera fiesta universitaria. Juramos ser mejores amigas hasta la muerte, ambas cumplimos la promesa. 

Pensé en todo lo que vivimos. Lloré un poco, la iba a extrañar. Me reconfortó pensar que Ada murió en octubre, como deseó. 

*

En el reporte de la policía publicado en los periódicos se dijo que Ada murió apuñalada. Cinco veces.

Uno, en el pulmón

Por no soportar mi perfume.

Dos, en la frente

Por criticar mi música preferida.

Tres, en el ojo izquierdo

Por no dejarme usar mi disfraz favorito en Halloween.

Cuatro, en la boca

Porque nunca le gustó el café.

Cinco, en el corazón

Porque su cabello siempre estuvo lacio, hasta en los días nublados.

Diana Puga Pérez (Mérida, México 1997). Licenciada en Lengua y Literatura Modernas por la Universidad Modelo. Cursó el diplomado en Creación Literaria impartido por el Instituto Nacional de Bellas y Literatura. Ha publicado en el periódico Novedades y la revista de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Es fan de los gatos, Harry Potter y Taylor Swift.