SALIDA DE EMERGENCIA

POR EMILIO CONTRERAS

The solitude of his task was never
oppressive, but from time to time,
in the pauses of his day, he felt a
touch of loneliness.

Steven Millhauser

Así que Gustav construyó un circuito ferroviario de juguete por el centro de Querétaro. Los cambios fueron graduales, hubo una maraña de imprecisiones que no convendría aclarar, porque la información requerida sobre esta historia no está disponible; los eventos se dieron más o menos en este orden:

Como cada mes, Gustav salió temprano de la Convención de Ferromodelistas sin afligirse por quienes juzgaban en su descomunal apariencia una incapacidad para detallar la miniatura. En casa, se alivió desviando los rieles de su tren hacia la cocineta y el baño. Al cabo de unos días, la maquinita transportaba agujas, canicas, muñequitos y monedas desde la reproducción a escala de Copenhague hasta la duela polvorienta del desván rentado, y, a través del ventanuco, discurría sobre tejas y cunetas invadidas por hojas y nidos; pero no era suficiente. 

—Pues hazlo, ¿quién o qué te lo impide? —se había burlado el cabecilla de la Convención cuando Gustav trajo a colación, como siempre y en su castellano danés, los precios de materiales, el último modelo de locomotoras y la idea de construir el circuito ferroviario por el centro. Para los otros, más bien, aquel encuentro servía como un respiro de sus asfixiantes pasatiempos, donde fumar y emborracharse eran argumentos válidos para salirse de sus hogares por un rato. No solo por ese entusiasmo extraño era que los colegas miniaturistas menospreciaban a Gustav, sino debido a sus proporciones de vikingo, su bonhomía y voluntaria reclusión para dedicarse a su nostálgica maqueta: por ese desdén, Gustav volvía a su niñez en Dinamarca, donde su íntima afinidad a los dioramas, autos a escala y trenecitos eléctricos, también puerilizada por su familia, le hacía olvidar sus proporciones al concentrarse en pintar sus maquetas. 

En su buhardilla decoraba el pavimento, los muros, las casas; plantaba postes y faroles; ubicaba cochecitos y peatones, y tal era su detalle que solo les hubiera bastado animarse para dar la impresión de que alguien había encogido un trozo de realidad, con humanos y animales, y lo mantenía en cautiverio. Ensoñaciones así entretenían a Gustav, cuando alternaba las horas del día entre su afición y el trabajo. Bastó que infantilizaran su deseo de realizar una maqueta ambiciosa del centro, con todos sus detalles, para comprender que era momento de que la miniatura escalara al mundo, y no al revés. 

Dado que ésta no solo sintetiza lo grande, sino que, al reproducirlo, comporta su origen en la reducción proporcional, Gustav gozaba de una ensoñación donde yo no veía este amado Querétaro como una ciudad, sino que lo recorría sintiéndolo parte de un modelo tal vez inexacto diseñado por una divinidad ulterior. Si la miniatura iba al mundo, y no al revés, entonces -según los insomnios de Gustav- estaríamos más cerca del plan original de Dios; acaso adivinaríamos sus pretensiones. 

Gustav sintió un vértigo semejante, pues, cuando diseñaba su diorama danés, se concentró en esculpir una casa idéntica a aquella en la que su niñez había transcurrido, tan solo con la memoria como modelo en el cual basarse. Adentro inmovilizó exactas copias de sus padres y hermanos, de sus habituales disputas, de la rigidez paternal, de Gustav encerrado en su cuarto. En ese detallado acercamiento, ¿no era lógico también imaginar a un ínfimo Gustav diseñando una maqueta, adentro de la maqueta, en la cual, sobra decirlo, habría otro sosia de plástico, y así ad infinitum?

Desde ese momento, el danés puso todo su empeño y capital de treinta años en mal pagados empleos para la disposición de líneas ferroviarias por las calles queretanas. Ahí, su locomotora carmesí, pintada por su silenciosa vocación, se engrandecería a pesar de la evidente ironía en el tamaño del tren. Con los ojos cerrados, contando somnoliento sus ahorros, soñó con la primera vez que vio Querétaro: una fotografía parecida a las muchas que había colgadas en las paredes de su desván le deparó a Gustav una sorpresa tan grata como si hubiera visto la más acabada maqueta por la que mereciese discurrir un tren, y Gustav se veía conduciéndolo, mirando desde la ventanilla el enorme pero artificial Querétaro esculpido por su paciencia y por la misma devoción que obligó a Gustav a emigrar con todas sus herramientas y esperanzas. La miniatura era no solo una síntesis de lo grande; implicaba también una pacífica vuelta al origen.

Aunque demoraría casi una década en consolidar su proyecto, a Gustav se le empezó a ver paseándose por el centro, mientras ponderaba la firmeza del suelo, los sitios aptos para colocar vías Bachmann sin entorpecer el tránsito cotidiano o erigir puentes resistentes de abatelenguas. Durante los primeros años de la construcción, enfrentó una adversidad bicéfala: de un lado, las lluvias afectaron el comienzo de la empresa; Gustav intervino y reforzó las vías para que tanto el agua como la inclemencia solar no las descompusieran. Por el otro, obrar a la intemperie no cesó la congestión peatonal: así Gustav afianzara los diminutos durmientes a los bordillos de cantera ubicados en las aceras de Hidalgo o 16 de septiembre, estudiantes, mujeres de negocios o vendedores ambulantes pisaban las vías por descuido; y no faltaron los crueles que estropearon a patadas el hilo de raíles sobre el cual transitaría una larguísima carga de vagones. Pese a su tamaño y fuerza, Gustav apenas defendía su parsimonioso oficio.

Las autoridades actuaron indiferentes hacia su monomanía. Solo intercedieron en favor de la comunidad cuando Gustav, harto de reconstruir y exigir el debido respeto a esa “frivolidad infantil” -según algunos transeúntes-, decidió que su vía arrancara desde La Cañada y transcurriera sobre Los Arcos. Así que se precipitó sobre ellos.

Tan concentrado como estaba al armar su línea ferroviaria, no oyó los gritos de los morbosos abarrotados en la calzada. Como el viento era suave y el sol generoso, ni los altavoces ni el bombero encaramado sobre la escalera lo convencieron de abandonar su equilibrada postura. Gustav continuó uniendo rieles hasta que llegó al otro lado, saltó y lo arrestaron.

Pocos días estuvo interrumpido el proyecto; al salir de los separos, un bombardeo de flashazos recibió al extravagante europeo. Por primera vez su sueño había recibido la atención que merecía, aunque fuera por una supuesta tentativa de suicidio que más bien eclipsaba el propósito puesto en marcha. Pero volvamos un poco: en los interrogatorios no hubo nada concluyente. Por el español entrecortado de la declaración se entendió algo de cómo el trabajo imaginativo que legitima la existencia es ridiculizado por empobrecidas voluntades, cuya ausente audacia es razón válida para frustrarse por sus irrealizadas ambiciones. Los detectives se miraron y se encogieron de hombros.

A Gustav solo se le infraccionó, pero él, con sus herméticas expresiones, añadió ante las cámaras que iría a lo inconmensurable a través de lo reducido. Eso era cierto: un ferrocarril que midiera apenas un palmo de altura, pero cruzara gran distancia a través de un diseño de círculos concéntricos, intersecciones y tramos que iban y venían por banquetas, azoteas, puentes levadizos dispuestos sobre Juárez, Hidalgo o los más concurridos callejones, fue tan llamativo como para que algunos inversionistas subsanaran lo indispensable en cuotas para nuestro protagonista, todavía arrendatario de aquel inhóspito cuartucho, cada vez más flaco, hambriento y jorobado.

De tanto jorobarse para atender su obra, Gustav empezó a percibir cierto empequeñecimiento físico más o menos por la época en que la pista estaba a la mitad. Casi diez centímetros había de diferencia entre el primer Gustav y el que ahora organizaba el cableado que, hasta hoy, suministra las estaciones de carga con aportes del subsuelo. Frente al espejo y flexómetro en mano, el artista murmuró que se acercaba en muchos sentidos a su metódica albañilería hecha con pinzas, desarmadores y pinceles. Su espalda no dolía, pero se flexionaba más y más.

Los primeros recorridos comenzaron a los ocho años de la obra, cuando el interés mediático había cruzado fronteras, e incluso el Atlántico. La decepcionada familia danesa descubrió que al primogénito lo auparían con el Récord Guiness: en el viaje aéreo con miras a una reconciliación, ellos advirtieron el decrecimiento de Gustav, cuya estatura ahora lo igualaba a los entrevistadores mexicanos y a los otros ferromodelistas que lo coadyuvaban para redimirse.

Para el día de la inauguración, Gustav medía un metro con veinte. Esa enorme diferencia con sus semejantes se había invertido de tal forma que ahora el maravillado mundo lo trataba con la urbanidad provista hacia quien vence el juicio común con sus otrora excentricidades. Gustav se encogía a la par que usufructuaba la fama de su atracción. Querétaro se vistió de nuevos ropajes para el turismo: la gente podía pasar horas frente al hito en miniatura; se empezó a transportar en él misivas y paquetes de peso tolerable como un medio efectivo de correspondencia local, y alguna comisión propuso que el tren de Gustav incentivara la economía estatal. Solo debía ceder los derechos.

Poco a poco (o, más bien, menos a menos), Gustav se acostumbró a ver la cintura de los queretanos; luego sus ingles, y de ahí los muslos, las rodillas. Esta reducción paulatina le dificultó el trabajo por el cual había estado desapareciendo del crepúsculo al alba, acosado por el marasmo tras “concluir su obra”, en palabras de la prensa. Debajo de las alcantarillas, perdonó la condescendencia de sus padres, hermanos y primos al ponerlos a excavar junto a él. Nadie ignora que una red oculta de pasadizos y grutas se esconde bajo el centro, en el corazón queretano, y Gustav supo usarla a su favor. Nunca se acaba hasta que una de las partes destruye a la otra: el creador a la creación, o viceversa. Tijeras en mano, Gustav decía cosas así, sobre el porvenir y el legado de un artesano, picando contra la dura cantera, donde acaso advirtió la comunión esperada con su maqueta. En las capas geológicas volvía la terrosa noción del origen. 

Como el danés se negó a declarar la obra como patrimonio estatal, la policía arribó un día a la buhardilla del danés para deportarlo y encontró una pequeña Copenhague olvidada de la que Gustav escapó en un convertible a escala que zigzagueó entre las piernas de la autoridad y que la perdió durante segundos. Tras conducir sobre Manuel Acuña, atajó por los caminos secretos entre grietas, cañerías y cloacas, que desembocan en 5 de mayo: enfiló ahí tras la línea atestada de vagones y, detenida en Pasteur por el semáforo, halló su locomotora.  

Su alegría no tuvo cabida cuando cupo a la perfección en la máquina carmesí: la desancló de la hilera de vagones con cartas urgentes de los queretanos, para disgusto de los viandantes que ya pateaban el carrito; la desvió por el andador hacia Corregidora; y, en cuanto oyó las voces exigiéndole detenerse en nombre de la ley y del correo interrumpido, accionó con una canica una palanca del tamaño de un pasador al lado de la vía que abrió un túnel bajo El danzante. Con un silbidito de locomotora, el prófugo desapareció por esa salida de emergencia, clausurada apenas uno de sus perseguidores se abalanzó para atrapar la locomotriz.

Ni su familia ni sus compañeros volvieron a saber nada de Gustav.

PERFIL IRRADIACIÓN

Emilio Contreras (Ciudad de México, 2000). Es estudiante de la Licenciatura en Estudios Literarios en la Universidad Autónoma de Querétaro. Cursa actualmente el octavo semestre y ha publicado cuento, ensayo y próximamente poesía en el Fanzine local Mitote Literario. Su relato “Siempre vas al cine” aparece en el número 14 de la Revista Poetómanos.