SORPRESAS

POR A. J. GÓMEZ

“La vida te da sorpresas, y vaya que te las da”. Ésa es la única frase que pienso mientras intento detener la hemorragia de mi abdomen. La sangre no para, está desesperada por salir. Yo, en cambio, sé bien que no saldré de ésta. He visto este mismo escenario tantas veces, pero tantas, que sé que mi desenlace no será distinto. Algo dentro de mí me decía que así acabaría, tarde o temprano. Sin embargo, jamás pensé que me sucedería tan lejos de casa.  

En fin, así es la calle: impredecible, salvaje, furiosa. La Ciudad de México se encargó de enseñarme esa lección desde muy pequeño. Mi madre tenía que jugársela todas las mañanas conmigo en el transporte público, camino a la escuela. Bastaba sentir su puño cerrándose alrededor de mi manita al ver a un sujeto sospechoso trepando el camión para que yo adivinara lo que estaba por suceder: el tipo tomaría aire, sacaría un arma, amenazaría a los usuarios, los despojaría de sus objetos valiosos y se bajaría del autobús tan campante como lo había abordado. Había ocasiones en las que nos topábamos con el mismo hombre más de dos veces por semana. Algunas, dejaba intacta a mi mamá, no sin intercambiar una mirada cómplice; otras, vaciaba hasta el último centavo de su monedero. Y si no eran asaltos, eran sucios toqueteos de señores que parecían disfrutar más de la impotencia que de la cálida piel de mi madre, quien, al descender del destartalado micro, soltaba discretamente sus lágrimas contenidas. Pero siempre fue ecuánime, y procuró mi bienestar en todo momento; nunca quiso que yo me espantara. Una vez en la acera, solía ponerse en cuclillas para quedar a mi altura y, a la par que subía hasta mi cuello el cierre de mi sudadera para cubrirme de la baja temperatura, decía: “Así es esto: la vida te da sorpresas”. 

No la culpo de nada. Si estoy aquí, en este vil callejón aferrándome a seguir vivo, es por mis actos, no por los de ella. Al contrario, siempre estuvo para mí, aun cuando tenía jornadas de trabajo sobrehumanas, aun cuando el mundo la juzgaba por ser madre soltera. La convicción de darme un futuro la mantenía a flote, e incluso en sus ratos de descanso, cuando el destino decidía darle un respiro para ocuparlo en soñar, me susurraba con toda seguridad: “Nos iremos de aquí, hijo. No sé cuándo, no sé cómo, pero un día dejaremos este barrio”. Con ese deseo compartido, crecí en un lugar que se consumía a sí mismo. La recomendación materna de supervivencia al arrabal era ‘poner la otra mejilla’; más valía conservar la vida que retar a la muerte. Y eso hicimos hasta que, el día menos esperado, mi mamá no volvió de trabajar. Desapareció. La desaparecieron. No lo sé. Simplemente no regresó, y yo no supe qué parte de mi cuerpo poner, aparte de la mejilla, para que me la devolvieran.

Intenté ver su ausencia a través de su mantra, “La vida te da sorpresas”, y cargué con la resignación toda mi adolescencia y mi temprana adultez. A aquel peso se sumó una familia que no me quiso. Mis abuelos decidieron hacerse cargo de mí, pero nunca estuvieron del todo convencidos de mi presencia. Mis tíos me tenían lástima, y para mis primos yo era un marginal más. Consciente de que vivía en una casa que me rechazaba, me vi obligado a replegarme en el lugar opuesto: la calle. Si bien no me recibió con un guateque, sí me sentí más libre en su negro asfalto. Al principio la pasé mal, no lo voy a negar. Tuve que aprender a convivir con las jerarquías, los abusos, el miedo, la incertidumbre y los excesos. Las andanzas callejeras me regalaron algo invaluable: un sentido de dominio, de fortaleza, de que podía con las sorpresas que el azar me tenía preparadas. Y así, lance tras lance, me fui sintiendo más liviano. Bueno, no tanto como ahora, con mis vísceras escurriéndose por un orificio. 

El colmo fue mi primer cadáver. Se trató de un político de baja cepa, y lo peor es que su muerte no era parte del plan. Fue un accidente: el seguro de mi arma no estaba puesto en el instante del atraco, y una cosa llevó a la otra. Creo que de ahí viene mi preferencia por las navajas. Mientras huía con mis colegas, sabía que me buscarían, porque así es la autoridad, y así es la ciudad; jamás olvidan, y no descansarían hasta pillarme. Ya no estaba seguro ni en mis propias calles. Estuve a punto de rendirme, entregarme y esperar lo mejor. No obstante, un colega se apersonó en mi escondite una tarde y me propuso una segunda opción: Nueva York. Salir del país era algo que nunca había contemplado, y ahora él me ofrecía esa oportunidad. Iniciar de cero. Ser un forajido en otro reino de concreto. Al verme indeciso y conociendo mi filosofía, mi amigo declaró: “Hay dos tipos de persona en el mundo, mano: los que dejan que la vida los sorprenda, y los que sorprenden a la vida. Escoge de qué lado estás, carnal”. A la mañana siguiente, ya me encontraba en un camión de carga junto con él y otros treinta migrantes, cruzando el desierto de Texas. 

Hubo días en que quería morir. Ahora que estoy experimentando lo que se siente de verdad, lo que provoca la perforación de un disparo, soy consciente de que no sabía lo que decía, de lo ingenuo que fui. Pero eso no quita que en aquella época deseara borrarme de los rincones de la Gran Manzana. En la calle todos somos extraños, es parte de su poder disruptivo; sin embargo, el sentimiento se triplica cuando uno es de otra nación, con otra forma de pensar y vestir, con rasgos y piel diferentes de los comunes. La dificultad aumenta y, en un pestañeo, uno advierte que ya no pertenece a ningún lugar. Mi camarada no soportó esta realidad y regresó a México pasados seis meses. Por poco yo hago lo mismo, de no ser por el recuerdo de su enseñanza. Me di cuenta de que tenía que tomar con ambas manos a aquellos imprevistos que la vida me ponía enfrente, y hacerlos míos. Eso era empezar de cero: ser de ninguna parte. Era tan evidente… Había llegado la hora de dejar de ser el sorprendido. 

Así, con la fortuna en contra, elegí crearme un personaje, un tipo audaz y temerario; uno cuyo nombre asustara con tan sólo escucharlo, y que pasaría de generación en generación. Me gané el respeto tanto de la peor ralea como de la mafia más fina. Aprendí a darle la vuelta a los inconvenientes, e incluso a sacarles provecho: si me traicionaban, mi venganza se presentaba como una advertencia para mis enemigos; si me entregaban a la policía, no había oficial que se resistiera a mis sobornos, los cuales siempre afianzaban una futura lealtad. Es más, perdí un diente y lo reemplacé con otro de oro. Nada me detenía, y si lo hacía, era porque necesitaba un descanso. 

Y en medio de esa vorágine que lo único que hacía era confirmarme mi omnipotencia, me enamoré. Una noche de juerga, tan helada como ésta que abriga mi cuerpo moribundo, decidí relajarme con una ardiente compañía. En cuanto la vi recargada en aquel poste, con su corsé sugerente, medias de red y actitud altiva, supe que era la indicada. Subió a mi coche luego de aceptar los precios de sus servicios, y nos dirigimos a mi loft. Sin ahondar en detalles, la recuerdo como la velada más mágica de mi vida. En un intento por repetirla, nuestros encuentros se volvieron tan frecuentes que cuando menos lo esperábamos ya habíamos entablado una relación. El amor fue tal que me acuerdo de aquellos meses como los más felices que jamás tuve. Evidentemente, la convencí de dejar su oficio y le abrí las puertas de mi hogar, en donde vivimos temporadas apasionadas y luminosas. La procuré tanto que hasta le regalé un revólver para que pudiera defenderse cuando yo no estuviera (adversarios hay en todas partes). Pero, bien dice un cantante, todo tiene su final. Los celos de alguien acostumbrado a ganar son peores que los normales, y eso no lo soportó ella. Su partida fue un golpe duro, fulminante, algo de lo que no se podía sacar algún beneficio. A medida que mis desvelos fueron acumulándose, una idea creció en mi mente: si no era para mí, no sería para nadie. 

Es por eso que la embestí con mi puñal hace unos instantes. Aproveché las sombras nocturnas de la metrópoli, de sobra conocidas, para desatar todo mi resentimiento en una sola estocada. Ella me miró y no supo cómo reaccionar al reconocerme. Por un segundo fui lo inusitado de su jornada, y por supuesto que lo disfruté. Advertí en sus ojos un conflicto interno, un dilema oscuro cuya resolución fue una ironía: la misma arma que yo le había comprado contestó mi ataque. El tiro llegó a lo más profundo de mi orgullo, lo pude sentir. Yo, mi propio verdugo. ¿Quién le había dado la sorpresa a quién, entonces: yo a la vida, o la vida a mí? De su boca salió la respuesta… 

Todos los recuerdos se me amontonan como un recio torbellino. Seguramente ya está cerca mi final. Ahora lo veo todo claro… La vida es la que da sorpresas. Sabe de antemano lo que va a ocurrir. Nos mira con lástima cuando pensamos que tenemos el control y aguarda pacientemente a que nos percatemos de lo contrario… Mi madre tenía razón. Me debió atravesar una bala para que yo me diera cuenta de eso. Al menos cumplí la fantasía de salir del barrio, de caer abatido en una banqueta ajena… Sólo me queda aceptar que lo que me mató de aquella mujer, la que estoy obligando a que me contemple mientras su existencia se le desborda entre los dedos, mientras su ser se enfría y su cabeza repasa su propia memoria, lo que me mató de ella, pues, no fue su pistola, sino su última frase: “Pedro Navaja, tú estás peor, no estás en nah”.

A. J. Gómez (Ciudad de México, 1995). Se licenció en Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Fue ganador del tercer lugar en el 13º Concurso Universitario de Cuento “Letras Muertas” (2012), finalista en el 6º Premio Endira de Cuento Corto (2019), y recibió la Mención Honorífica en el 1º Concurso Nacional de Cuento con Causa “Ángel de Campo” (2021). Actualmente es estudiante de Máster en Escritura Creativa en la Universidad de Sevilla.