TRANSMUTACIONES

POR LUIS G. TORRES BUSTILLOS

Para Alma Karla Sandoval

Se mudaron a aquella vieja casa hacía pocos meses y como ella dijo: “desde el principio había cosas que no nos gustaban, pero ya teníamos prisa; así que tomamos la propiedad como estaba y decidimos hacer las modificaciones después”. La casa era cómoda pero pequeña. Resultaba extraño que fuera así, pues desde el exterior parecía un sitio amplio.  Ella dijo que tenía que ver con que las paredes estaban pintadas de un verde oscuro, que daban la impresión de que el espacio era pequeño. 

Cuando tenían dos meses en la casa, decidieron empezar las reparaciones que se habían quedado pendientes. La primera sin duda, sería quitar ese horrible acabado de pared de la sala de estar. No solo el color oscuro, sino esa textura corrugada, que se logra planchando el yeso con un instrumento que hace muchos canales en la pared. Sí, todo eso tenía que desaparecer. También estaban otros detalles, como pintar la herrería de las ventanas de un color menos brillante, cambiar las lámparas de techo de la sala y del pasillo y otros.

Cubrieron con plásticos los muebles, después de retirar de la sala todos los objetos y adornos posibles. Las modificaciones las harían dos trabajadores con experiencia, guiados por un arquitecto, amigo de la familia. El día que iniciaba la obra, estaban allí, emocionados por iniciar la transformación. Cuando ellos preguntaron si podrían empezar él asintió con la cabeza. Empezaron a golpear con los martillos planos la pared, rompiendo el yeso que caía a grandes pedazos al suelo. Fue extraño desde un inicio que, al romper la pared, no había una simple capa de yeso entre esta y el muro de ladrillos, sino que apareció un hueco amplio: había una distancia considerable entre la falsa pared y el muro de ladrillo. 

 Conforme siguieron rompiendo y entre el polvo que se levantaba por todos lados, empezó a aparecer una especie de pasillo tras la pared y poco a poco se observó la presencia de un bulto vertical, recargado sobre el ladrillo. No lo habían notado, pero uno de los trabajadores, los alertó y entonces se acercaron con rapidez. Este parecía estar envuelto en plástico y cinta adhesiva gruesa, que ya observado con atención tenía la forma de un cuerpo humano, esto es: un tramo largo con un adelgazamiento parecido a un cuello y una bola superior, que parecía precisamente una cabeza humana. Se quedaron congelados, absortos.  Pidieron que se detuviera el martilleo y después de unos segundos el polvo empezó a depositarse sobre el paquete y todo fue más claro. Él se acercó y tocó el extraño objeto. Dentro había algo, que podría ser un cuerpo. Les pidió a los trabajadores que rompieran la parte baja de la pared frente al bulto, para poder sacarlo. A ella le pidió que se alejara, no podía hablar de la impresión, así que solo dio unos pasos hacia atrás en total silencio. Los albañiles rompieron ese trozo de pared y entonces vieron la forma completa del objeto amarrado con cintas. Él les dijo a todos: “tenemos que parar y avisar a la policía. Esto parece ser un cadáver humano”. Todos se quedaron callados

Al día siguiente, en presencia de un oficial a cargo y un reducido número de miembros del grupo forense, se iniciaron las investigaciones. Los dueños de la casa ya no fueron admitidos en el lugar. Se extrajo el cuerpo -sí, para ese momento se le dio nombre de cuerpo al bulto, aun antes de abrir el paquete-, pues todo apuntaba que sería lo que se hallaría al interior. Con ayuda de unas tijeras se inició a abrir el paquete, el cual pronto dejó escapar olores desagradables: el horroroso e inconfundible olor a carne putrefacta.

Lo que había dentro del paquete era un cuerpo, presumiblemente femenino, de pelo largo y sin ropa alguna. La edad de la occisa: entre veinticinco y treinta años. No se podía definir la antigüedad del cadáver, pero la piel ya estaba oscurecida y apenas se distinguían algunos detalles sobre ella. Solo se identificó que el motivo de la muerte era el ahorcamiento, quizá con un alambre o cordel grueso, además de que se encontraron moretones y magulladuras por toda la extensión del cuerpo. Todavía faltaba la autopsia para confirmar esas sospechas.

Se tomaron fotografías del cadáver, del hueco en la pared y de la casa en general. Una vez concluido el macabro hallazgo del cuerpo humano, se prosiguió a investigar con lámparas de mano, si había algo más en el hueco posterior a la falsa pared. Efectivamente, había más paquetes, al menos uno a cada lado del sitio donde fue localizado el primero. Se dio la orden de abrir con la ayuda de los picos una mayor extensión de la pared: así se extrajeron el segundo y tercer bultos, idénticos al primero. 

Entraron dos ayudantes con carretilla y palas para eliminar el material recién generado y una vez que estuvieron llenas, se mandaron fuera de la casa. “¡No se deshagan de nada aún!” fue la orden del jefe de investigación. Todos asintieron. El aire era una mezcla de polvo, olor a putrefacción y sorpresa. El jefe dio la orden de sacar los nuevos paquetes y ponerlos al lado del primero. La forma de los paquetes volvía a sugerir que se trataba de un cuerpo envuelto en plástico negro, con cintas adhesivas anchas. Se procedió a tomar fotografías y el perito dictó el informe del estado de los nuevos hallazgos al secretario, que libreta en mano anotaba hasta el último detalle.

Entonces el perito, el jefe y todos sus acompañantes se miraron a las caras con una sola pregunta en los ojos: ¿Habría aún más cuerpos escondidos? Se procedió de igual manera hasta haber escudriñado todas las paredes de la habitación y después de otras habitaciones. El resultado: más de una docena de cuerpos envueltos en plástico y cinta. El jefe de la investigación pidió ayuda por teléfono a las oficinas centrales: “Tienen que mandarnos refuerzos, ¡no podemos con todo aquí!”. En espera de esa ayuda, se dio instrucciones para sacar los tres envoltorios de la habitación y llevarlos al patio del primer piso. Allí se extendieron y se marcaron con unas tarjetas codificadas por números, que se anudaron a cada paquete. Entonces se abrieron los dos paquetes restantes, en presencia del equipo de investigación. Dos nuevos cadáveres en distintos estados de putrefacción estaban frente a ellos. Nuevamente mujeres, con rastros de ataduras en muñecas y tobillos y despojadas de toda prenda de vestir. Una oleada de pavor recorrió a todos los presentes.

Así continuaron extrayendo más cuerpos envueltos y apretados con cinta. Uno tras otro hasta perder la cuenta, hasta perder la lógica, la cordura, lo imaginable. Todas mujeres, todas con rictus del dolor en los rostros magullados. Todas con marcas azules o negruzcas, producidas por objetos punzocortantes. Todas con el pelo revuelto, hecho una maraña. Todas silenciadas e inmovilizadas.

Dejaron entonces un gran número de cuerpos en el patio de la casa, algunos de ellos abiertos, otros pocos, cerrados aún. Todos contenían cuerpos de mujeres que mostraban huellas de maltrato.

La mezcla de bolsas de plástico y la cinta adhesiva usada para envolver los cuerpos los hacía parecer como capullos gigantes, que contuvieran pupas o crisálidas al interior. Las fueron depositando una junto a otra en formación, alcanzando un número considerable. Se hacía de noche y dentro de la vieja casa aún había trabajadores rompiendo paredes con picos y marros, sacando más cadáveres envueltos. Otros se encargaban de retirar el material generado al romper las falsas paredes.

Hubo que conseguir algunas extensiones eléctricas con sockets y focos para alumbrar parcialmente ese tétrico patio, donde los cuerpos se seguían agrupando. Cuando todas las paredes de las habitaciones fueron demolidas y los bultos ahí ocultos fueron llevados al patio, se dio la señal de parar el proceso.

Solo algunos trabajadores permanecían sacando carretillas de material de desecho desde el interior. Los montículos de residuos ya llegaban a grandes alturas. El oficial a cargo del proceso empezó a despachar a los trabajadores, dejando solo a un par de oficiales que llevaban las cuentas de los objetos movilizados en carpetas oficiales y un fotógrafo de la fiscalía que aún tomaba fotografías individuales de los cuerpos y de las filas de ellos, que se encontraban en el patio.

El paisaje era desolador y fantástico al mismo tiempo. No había aún explicaciones, ni siquiera teorías de cómo tantas mujeres habían sido ultimadas y tapiadas tras las paredes de toda la casa. Toda la zona estaba acordonada con cintas oficiales de la policía donde se leía la leyenda: PRECAUCIÓN-PROHIBIDO EL PASO.

El personal fue dejando el sitio y los últimos oficiales cerraron la puerta principal de la casa. Las luces se dejaron encendidas en los cuartos derrumbados y en el patio, donde los cadáveres se formaban, uno al lado del otro.

Así transcurrieron las pocas horas que faltaban para el amanecer. Después de esa noche negrísima y sin luna, los primeros rayos de luz empezaron a caer sobre el edificio y el patio. Empezó a suceder algo que apenas era perceptible: las bolsas de plástico empezaron a abrirse muy lentamente, como si alguien hubiera pasado un filoso cuchillo sobre su eje vertical. Entonces, por la hendidura -ahora más notoria- empezaron a salir, primero lentamente y después aumentando en número y velocidad unas mariposas color violeta, tornasoladas, luciendo un fulgor increíble y moviendo sus antenas y alas nerviosamente.

Un gran número de estas mariposas empezó a dejar los envoltorios para volar sobre el patio, formando nubes violáceas, inmensas.  Cada bulto, como una crisálida gigantesca, dio origen a miles de lepidópteros que aleteaban sincronizadamente, brillando bajo el sol de la mañana. Algunas mariposas se depositaron en plantas y árboles, formando enormes racimos.

A ratos, esas nubes de mariposas parecían hacer trayectorias definidas sobre los paquetes aún ocupados, como animando a las mariposas atrapadas a salir e incorporarse al incontable número de insectos que ya llenaban el cielo matutino.

Todos los paquetes quedaron vacíos y las bolsas ahora asemejaban unos capullos secos y retorcidos. Esa nube de color violeta brillante dio algunos giros sobre el terreno y empezó a dejar el sitio mostrando formaciones caprichosas.

El día era límpido y brillante. Ninguna mariposa quedó sobre la tierra, pues todos los racimos que se habían formado sobre los objetos, árboles y plantas se dispersaron en el aire. Se oyó el canto de unos gallos. La ciudad empezó a desperezarse. El cielo se tiñó de un azul rosáceo y el aire se adelgazó. Así comenzó el nuevo día.

Luis G Torres Bustillos (Ciudad de México, 1961). En 2021 publicó en INFINITA su primer libro de cuentos : Pequeños Paraísos perdidos,  y  acaba de publicar el año pasado Sin Pagar boleto, cuentos y narraciones de viajes por México. Es egresado de la Escuela de Escritores Ricardo Garibay, de Morelos. Este enero de 2023 presentó su tercer libro de cuentos INQUIETANTE, bajo el sello de Infinita.