UNTADO CON MANTEQUILLA

POR SARA PAOLA MATEOS GUTIÉRREZ

Que yo lleve siempre conmigo un cuchillo de mantequilla y un dispensador de palillos de dientes no debe parecerle nada extraño. Malo sería que cargara un limpiador de escamas de pescado o unas tijeras para quitar los ojos de las piñas, eso sí que sería raro y hasta peligroso, siendo que aquí no hay mar ni se dan esos frutos. Claro que usted ya empieza a sacar deducciones por mi apariencia que, admito, no son falsas. Todo este peso extra no se formó espontáneamente y sí, la mantequilla tuvo mucho que ver. 

¿Que por qué lo cargo? Bueno, uno nunca sabe cuándo se le cruzará un buen trozo de mantequilla enfrente, más vale estar preparado. No sé si ha ido a las fondas del centro. Todas las que conozco le ponen enfrente unos exquisitos cuadros de ese manjar en un platito redondo que parece ideal para la ocasión. Lo que arruina el conjunto es el cuchillo burdo que lo acompaña, el mismo con que se espera que uno corte la carne y las papas. Es como si se pusiera el vino en un tarro de barro y el café en una copa. Usted me entiende…

Lo que tiene de especial este cuchillo no es tanto su forma que, según veo, le causa fascinación porque no ha dejado de tocar su punta redondeada desde hace 10 minutos. Desciende en forma de espiral para realizar finos cortes. Sobre la superficie de la mantequilla, pálida y tersa como la cara de una muchacha, apenas se necesita que esas pequeñas hélices metálicas la rocen y vayan sacando, uno a uno, rizos tan delicados y brillantes como los que envuelven el rostro amado. El movimiento requiere parsimonia y también exactitud para no estropear la emulsión. Inténtelo usted mismo, pase el cuchillo por la palma de su mano y sentirá cosquillas al menor contacto con el metal. Cómo va a creer que este objeto tan indefenso pudo abrirle el cráneo a ese muchacho que yo nunca antes había visto. Ahora mismo su alma debe estarse mofando de que ustedes se quieran ensañar con este pobre viejo gordo y achacoso. 

Llevo siempre el cuchillo porque, junto con el dispensador, son regalos de mi madre. A su vez, pertenecieron a mi abuela y ahora, si usted no me los regresa, sabrá Dios a dónde van a parar. Además de un par de sábanas y un baúl de revistas viejas, nada más me dejó. Usted no está para saberlo, pero cuando uno se va haciendo viejo le va agarrando cariño a ciertos objetos sin los cuales ya no puede pasarla bien. Habrá visto a quienes no se desprenden de un pañuelo bordado, por más moqueado que esté, o quienes no salen sin su grasiento sombrero de hongo, o hasta mujeres que prefieren parchar por décima vez el vestido celeste de los domingos, antes que cambiarlo por otro. Lo mismo me pasa a mí. Si llego a salir sin ambas cosas, se me hace un hueco en el estómago y no puedo comer a gusto si no las pongo en la mesa, junto a mí. 

Mire qué graciosa es esa torrecita. Mi madre decía que la verdadera estaba en Bulgaria, pero nunca pude saber si era cierto. Si tira de la parte de arriba, de esa especie de cúpula puntiaguda, la torre se alarga y se asoman los palillos como lanzas que estuvieran guardadas en una bodega secreta, a la espera del combate. Créame que este objeto tan peculiar me ha dado ocasión de entablar conversación con otros viejos que, perdidos en las fondas como yo, nos guarecemos del viento de las tardes. Tampoco es que sean manías únicamente de nuestra edad. Habría que ver cómo ustedes llevan ese aparatejo a todos lados, hasta para cagar, con el perdón de la dama que sé que está escondida tras ese cristal. 

Qué se le va a hacer. Uno necesita tener a alguien cerca y, cuando no se puede, vaya que las mascotas son una buena compañía, pero yo no tengo espacio en mi casa y, mucho menos, tiempo para cuidarlas. Sí, es cierto que no trabajo, aunque con esta pensión raquítica ganas me dan de regresar a la central. Lo que pasa es que todo el día se me va en recordar. Apenas duermo cuatro horas al día y aun así no me da tiempo de repasar los años anteriores. Si no soy yo, ¿quién lo va a hacer por mí? Con que yo no me olvide es suficiente. Hay mañanas buenas en donde las imágenes se amontonan y no dejan de pasar frente a mis ojos como en una de esas películas del cine Continental, pero en otras tengo que esforzarme mucho para evocar lo que hice en tal o cual temporada, con quién me veía, qué ropa usaba, cuáles eran mis palabras favoritas, qué canciones estaban de moda. 

Si no hago nada más que recordar, ahora dígame cómo voy a perder el tiempo queriendo acabar con un prójimo. Claro que él quiso robarme descaradamente mis únicos dos tesoros tangibles cuando estaba comiendo un pan untado con mantequilla, pero eso es harina de otro costal…

Sara Paola Mateos Gutiérrez (Puebla, 1995). Estudió la licenciatura en Literatura y Filosofía en la Universidad Iberoamericana Puebla. En 2016 obtuvo la beca de creación literaria del PECDA en la categoría “Jóvenes creadores: cuento”.  Ha publicado textos en las revistas Contratiempo, Crítica, Cuaderno de hojarasca, Rúbricas, Argonauta, Plesiosaurio, Cardenal, Criticismo y Opción ITAM.