‘Canon’ significa medida. Esta definición sirve para todos los tipos de uso de la palabra canon, en especial la que aquí nos interesa: el canon literario (sin perjuicio de otros usos, propios de la religión, el dibujo anatómico, etc.). Entonces, podemos sustituir términos y decir que lo que nos interesa es la ‘medida literaria’. ¿Qué quiere decir esto? Que lo que le reprochan a los ‘anticanon’ es que justamente desdeñan una medida a partir de la cual cada nueva obra literaria sea sometida a escrutinio, a mensura. No obstante, esos defensores del canon generan una especie de petición de principio al afirmar que justamente el trabajo de todo escritor es revelarse a las medidas de sus antecesores (con lo cual dicha medida nunca existió). Entonces, ¿dónde está el problema? El problema no está en lo que se defiende, sino en lo que se ataca: para Alexis Aparicio Díaz “declararse anticanon no representa ninguna transgresión, sino estar alineado con el discurso hegemónico”. Caben dos preguntas: 1) ¿Transgredir qué? (transgredir la medida literaria actual, supongo); 2) ¿Cuál es el discurso hegemónico? (¿el de premios, editoriales, congresos universitarios o libros de historia de la literatura?). ¿Tiene algún sentido criticar a los anticanon? No, pues aún si existen lectores de autores no binarios del Congo o de autores aún más automarginados, no significa que El Quijote, Las mil y una noches o cualquier otro clásico pierda su lugar en el canon. En todo caso, el peligro residiría en que un autor marginal le robe el lugar a un autor ‘serio’. No obstante, es un ‘peligro’ muy entre comillas, pues ¿qué peligro puede representar que le quiten un lugar a un autor de la actualidad y se lo den a otro de esta misma época? El mundo seguirá girando y los consumidores de superventas seguirán existiendo, tanto como los lectores de clásicos o autores canónicos o como quiera que se les llame. En todo caso, la petición de principio en la que incurre Aparicio puede pasar por paradoja si atendemos a la idea de la tradición de la ruptura que Octavio Paz formuló algunos años antes de la caída de los metarrelatos impuesta por Lyotard. Por otro lado, si de lo que se trata no es de defender el canon, sino de criticar lo políticamente correcto en creación y crítica literaria, como ya lo hizo en su momento Harold Bllom contra las escuelas del resentimiento, entonces, ¿para qué caer en repeticiones de ideas que otros ya dijeron?
Dejemos por ahora este falso problema y concentrémonos en lo siguiente: ¿qué papel tiene la literatura en la actualidad —o en cualquier época, da igual—? El principal desliz argumentativo de Aparicio viene en el siguiente párrafo, a cuenta de lo antes establecido:
[A] En algo estoy de acuerdo con los proclamados escritores y lectores comprometidos: la literatura es más que un mero divertimento o una simple vía para acceder a la experiencia estética. Es un medio de interpretación y explicación del mundo, uno que, dada su histórica ductilidad de las formas, muchas veces puede ir más allá de las fronteras discursivas de otras disciplinas que detentan el monopolio de estudio de la sociedad. [B] Si reconocemos que la realidad no es una, sino el conjunto de interpretaciones falsables que las épocas, geografías y grupos sociales han hecho de ella, y si tomamos en cuenta que, a diferencia de otras ramas del saber, la literatura no se limita al cubículo o al laboratorio, sino que emerge de todas partes y en cualquier condición donde exista la palabra, podemos concluir que el conocimiento que se adquiere de la literatura puede ser más rico que el de cualquier otra disciplina. [C] Pero eso sólo se logra si dejamos de despreciar a las obras que no se ajustan a las inclinaciones ideológicas que profesamos.
En esta segunda parte de mi comentario quiero desmenuzar lógicamente este párrafo, que me parece lo verdaderamente erróneo de la propuesta de Aparicio. Partí el párrafo en tres argumentos [A, B, C], de los cuales haré una reexposición clara. Comencemos con el primer argumento [A], sobre la naturaleza epistemológica de la literatura, cuyas premisas y conclusión son las siguientes:
P1: La literatura no es solamente entretenimiento ni únicamente experiencia estética.
P2: La literatura funciona como medio de interpretación y explicación del mundo.
P3: Debido a su ductilidad histórica de formas, la literatura puede ir más allá de los límites discursivos de disciplinas que estudian la sociedad.
C1: Por lo tanto, la literatura es una forma válida y potente de conocimiento sobre el mundo.
A continuación, aparece el segundo argumento [B], sobre la pluralidad de las interpretaciones de la realidad:
P4: La realidad no es única, sino el conjunto de interpretaciones falsables producidas por épocas, geografías y grupos sociales.
P5: La literatura emerge en cualquier contexto donde exista la palabra, no sólo en entornos institucionales (laboratorios, cubículos).
P6: Por ello, la literatura recoge interpretaciones de múltiples contextos sociales y culturales.
C2: Por lo tanto, el conocimiento obtenido de la literatura puede ser más amplio o rico que el de disciplinas institucionalizadas.
Por último, tenemos el tercer argumento [C], que habla de la condición para el conocimiento de la realidad misma:
P7: Muchas obras literarias son despreciadas por no ajustarse a ciertas inclinaciones ideológicas.
P8: Despreciar obras por razones ideológicas limita el acceso a la diversidad interpretativa de la literatura.
C3: Para aprovechar el potencial cognitivo de la literatura, debemos dejar de despreciar obras por motivos ideológicos.
La conclusión global que el lector puede sacar de ese párrafo, que incluye los tres argumentos antes reexpuestos, es la siguiente: Si se abandonan prejuicios ideológicos, la literatura puede proporcionar un conocimiento del mundo incluso más rico que el de otras disciplinas. Para el lector atento, aquel que no supedita todo su tiempo y acciones a amar y estudiar la literatura, sino que sabe que más allá de los textos literarios hay un amplio Mundo, la conclusión global que hemos extraído del párrafo de Aparicio le parecerá más que cuestionable. Nadie niega que el texto de Aparicio es valioso en términos retóricos, pero adolece de severas fallas argumentativas, las cuales paso a enumerar:
1. El texto contiene una ambigüedad conceptual, una equivocidad de términos con respecto a la ‘realidad’. En la P4 el autor de marras habla de ella como un “conjunto de interpretaciones falsables”, lo cual nos conduce a posturas epistemológicas relativistas o constructivistas. Además, todo el argumento requiere, primero, asumir que existe una realidad sobre la cual puede haber conocimiento, porque de lo contrario entraríamos en el Trilema de Agripa, según el cual o bien hay que encontrar un fundamento dogmático de la realidad, o bien realizar petición de principio (‘la realidad es la realidad’), o bien hacer una regresión hasta el infinito. Aparicio opta por la primera opción: llama a la realidad como conjunto de interpretaciones falsables sin dar más justificación a su premisa, con lo cual incurre en una definición dogmática, ingenua o perezosa de la realidad. Más allá de que Aparicio confunde o mezcla de forma deliberada dos planos, el ontológico (qué es la realidad) y el epistemológico (cómo la conocemos), la ambigüedad de su definición de realidad permite concluir que cualquier interpretación literaria produce conocimiento, lo cual es un error. ¿Qué conocimiento sobre el teorema de Pitágoras nos otorga la lectura de, pongamos por caso, Rayuela? ¿Qué conocimiento sobre la vida de Putin nos ofrece Madame Bovary? La premisa clave del párrafo que aquí critico es la P4: la realidad como conjunto de interpretaciones falsables. Esa afirmación presupone una teoría filosófica fuerte (constructivismo o pragmatismo epistemológico). Todo el argumento [B] depende de aceptar esa tesis central, pese a que la misma no está justificada, es una premisa gratuita.
2. Otro desliz lógico viene a cuenta de la siguiente falacia: non sequitur. De la P3 (la flexibilidad de la literatura) y de la P5 (el surgimiento de la literatura en cualquier contexto donde exista la palabra) no se sigue la conclusión C2 (la riqueza superior del conocimiento literario en relación con el conocimiento adquirido por cualquier otra disciplina). Pregunto: ¿un doctor en literatura de la posguerra española es un experto en topología diferencial sólo porque la literatura es más rica y ofrece realidades más exactas o tangibles? ¿O es que acaso es más real una novela de Carmen Laforet que una variable bidimensional?
3. Aunado a lo anterior tenemos la siguiente afirmación: “[C2] el conocimiento que se adquiere de la literatura puede ser más rico que el de cualquier otra disciplina”, lo cual implica una comparación universal con la sociología, la historia, la antropología, la economía, la ciencia política… Por parte de Aparicio no hay ni ejemplos ni criterios de comparación que justifiquen dicha conclusión, lo cual la convierte en una generalización apresurada e injustificada.
4. Como dije antes, el texto de Aparicio rebosa de buenos procedimientos retóricos, pero son todos vacuos cuando vemos sus deficiencias argumentativas o, lo que es peor, sus falacias, como la construcción de un hombre de paja. El texto dice que “otras disciplinas detentan el monopolio del estudio de la sociedad”, lo cual es un error, ya que las ciencias sociales no reclaman monopolio absoluto sobre la realidad —como sí lo hace Aparicio al poner por encima de todo conocimiento al estudio de la literatura—, sino que parcelan la realidad según sus alcances y limitaciones, dependiendo de la disciplina de la que hablemos: no es lo mismo estudiar a la sociedad desde el plano económico que desde el plano histórico o el plano sociologista. Crea un hombre de paja para atacarlo.
5. El párrafo en el que nos hemos detenido también ofrece al lector ingenuo un falso dilema implícito, según el cual debemos elegir entre 1) disciplinas institucionales (de cubículo y/o laboratorio) o 2) la literatura (y su estudio) para analizar la realidad. Por el contrario, el estudio de la realidad (sin entrar a definir lo que eso significa) puede atacarse por múltiples flancos, la literatura incluida: historia cultural, antropología interpretativa, etnografía, teoría crítica, y un largo etcétera.
6. Otra falacia utilizada por Aparicio es la de composición: el autor infiere que, por el hecho de que algunas obras literarias (las que están en la cumbre del canon, me imagino) ofrecen interpretaciones profundas del mundo, entonces Toda la literatura en general produce un conocimiento superior. Pensar así equivale a atribuir a todo el conjunto de la literatura una propiedad que sólo se verifica en algunas partes (las canónicas) de la misma. Es como decir: ‘Temporada de huracanes nos dice mucho acerca de los moros del siglo XVI porque El Quijote habla de los moros del siglo XVI’. La petición de principio se transforma en un argumento ad ignorantiam. Podría continuar con la exposición de las fallas argumentativas del texto de Aparicio, pero eso llevaría más páginas. Quedó en el tintero, por ejemplo, la noción de conocimiento que Aparicio maneja, la cual, al igual que su indefinición de realidad, incurre en equivocidades que oscurecen su argumento y, lo que es más grave, apresuran conclusiones equivocadas que un lector poco informado puede dar por válidas. Nadie quita a Aparicio el permiso de leer o no leer a tal o cual autor, pero quizás él debería darse el permiso de leer algunos manuales de argumentación. Y, en todo caso, debería tener congruencia y humildad: pide no hacer una teoría prescriptivista del canon, pero su texto es una muestra de prescriptivismo radical, que subsume el conocimiento científico (así sea sólo de orden ‘social’) al conocimiento de la literatura. Q. E. D.

Dídac Catalán (Ciudad de México). Egresado de la carrera de Filosofía en UAM-Iztapalapa. Cursa la Maestría en Filosofía del Presente por la Fundación Universitaria Iberoamericana. Profesor de lógica y argumentación en la Universidad de España y México.

