Reflexiones en torno al estudio de las antologías de minificción | por Lucila Herrera Sánchez

Reflexiones en torno al estudio de las antologías de minificción | por Lucila Herrera Sánchez

La mariposa enamorada del fuego se consumió entre las llamas. El fuego se echó a volar.
Raúl Brasca, “Vuelo”

A principios del siglo XXI, trabajé como docente en una escuela secundaria y en la biblioteca escolar encontré Relatos vertiginosos. Antología de cuentos mínimos de Lauro Zavala editada por Alfaguara. Desde el primer momento en el que revisé sus páginas supe que ese hallazgo sería útil para trabajar con mis estudiantes y, al mismo tiempo, quedé fascinada por la selección del corpus, el repertorio elegido por el antólogo, sobre todo, por la calidad de las minificciones que se ofrecían al lector. En síntesis, la esencia de la minificción es su carácter breve y conciso, son textos que pueden estar constituidos desde una línea hasta una cuartilla poco más o menos (y dependiendo del teórico y/o escritor al que se le pregunte). Esta capacidad de condensación potencia su posibilidad de sentido, es en la selección de pocas palabras para enunciar un contenido poético, narrativo o de otra índole donde radica su posibilidad estética. La hiperbrevedad tiene la finalidad de decir mucho con pocas palabras y es por estos rasgos que la minificción colinda con otros géneros limítrofes como el aforismo, la prosa poética, la adivinanza o el miniensayo. 

“Siete decenios. Seis trabajos. Cinco infidelidades. Cuatro operaciones. Tres hijos. Dos latidos. Un suspiro”.

Ángel Olgoso , “Cuenta atrás”

Relatos vertiginosos, al igual que otras antologías, tiene un potencial lúdico, aspecto que pude comprobar con los estudiantes en aquella época. Asimismo, facilitó que se acercarán sin miedo a la literatura y conocieran de primera mano algunos textos de escritores de la talla de Julio Torri, Juan José Arreola o Luis Britto García, gracias a la brevedad textual, a los recursos humorísticos, intertextuales y poéticos que se mostraban en la antología de manera organizada y didáctica. Después de esta experiencia, decidí investigar más a fondo no sólo el género sino las características y aspectos destacables de estos compendios que permitían que la minificción llegara con facilidad a los lectores.

En un principio, pensé que indagar sobre las antologías sería sencillo y hasta cierto punto una tarea asequible, sin embargo, mi sorpresa fue mayúscula conforme pasaba el tiempo, pues me percataba de varios aspectos: 

En primer lugar, me di cuenta de que no era posible disociar el estudio del género de las antologías a las que pertenecían: si requería conocer la estructura interna y el contexto en el cual se habían gestado las antologías, resultaba imprescindible conocer el corpus que dichas compilaciones albergaban. 

En segundo lugar, hubo un desafío que se presentó casi de inmediato: por un lado, los pocos investigadores del género establecían preceptivas en cuanto a su denominación, nacimiento y características, intentando conformar un campo literario sólido y, a la vez, un canon para esta naciente forma escrituraria; por otro, los escritores que cada día iban en aumento no sólo en México, Argentina, Colombia, Venezuela y España, producían (en ocasiones de maneras toscas y desmesuradas) minificciones que “intentaban” librar el acotamiento establecido por los teóricos, de suerte que cualquier medio o espacio era válido para dar a conocer el género y en ese momento, las incipientes editoriales no se daban abasto para imprimir en papel la enorme demanda que llegaban con sus minificciones, por lo que de manera natural se decantaron por la publicación de minitextos variopintos y misceláneos en plataformas virtuales. En un principio, con la finalidad de darse a conocer como minificcionistas, y más adelante, como antólogos, de suerte que entre 2012 y 2017 se dio una eclosión tanto del género como de los medios para darlas a conocer. 

En estos momentos, el género se flexibilizó todavía más y algunos “escritores” se daban licencias bastante amplias al grado de considerar casi cualquier brevedad como minificción. La búsqueda por la calidad estética dio paso a la sobreproducción, razón por la cual no es raro encontrar blogspot, dominios virtuales, así como algunas antologías de calidad dudosa en cuanto a lo literario y estético se refiere. Debido a esto y a las cualidades que tanto teóricos como escritores pugnaban por detentar en cuanto al género, comenzaron a ocasionarse discusiones y luchas simbólicas por determinar quién detentaría el capital simbólico de este campo. Desarrollar con mayor amplitud este tema requeriría de un mayor espacio y probablemente sería muy útil observar el fenómeno de la elaboración de las antologías de minificción desde el ángulo de la sociología literaria.

En tercer lugar, la minificción es un género que rompe con los cánones literarios establecidos: no es la derivación de un cuento (un subcuento), tampoco puede considerarse como una “puntada” o “chascarrillo”. En la revista El Cuento. Revista de Imaginación, Edmundo Valadés estableció la poética del género, este espacio se convirtió en el repositorio inicial para que cuentistas y minificcionistas posteriores realizaran sus pininos. Cabe mencionar que hay escritores que forjaron su propio camino en torno al género y otros, sostienen lo propuesto por Valadés hace 35 años.

Cabe destacar que los postulados teóricos que han prevalecido para México y América Latina en cuanto al género y la elaboración antológica no son compartidos por España. Un fenómeno curioso y digno de estudio y análisis es cómo los españoles (sobre todo, a finales del siglo XX y principios del XXI) sostuvieron que el microrrelato (como lo denominan en aquellas latitudes) deriva del cuento o es una creación hispánica derivada de escritores como Ramón Gómez de la Serna o de Juan Ramón Jiménez. Asimismo, algunos consideran que el microrrelato es de esencia narrativa, debe regirse por el principio de causa y efecto y contar una historia. La teórica Irene Andrés-Suárez, en su libro El microrrelato español: el cuarto género literario, propone que esta breve prosa literaria es independiente del cuento convencional y su estudio requiere herramientas de análisis distintas de las que se han empleado para el cuento, dado el carácter elíptico, hiperbreve e intertextual del naciente género. Desde luego, esta postura abre el debate sobre la inmensa producción de brevedades que han catapultado la red (por sólo mencionar un espacio) y su calidad estética, es decir, pone de manifiesto la enorme dificultad de “encontrar la aguja dentro de la paja” y cómo localizar estas rarezas breves y conformar una antología con ellas, todo lo cual ofrece material de discusión para otro momento.  

¿Y los lectores?

Por último, el papel del lector. Con base en la mayoría de las reflexiones teóricas respecto al género, el lector es quien debe completar el sentido de la minificción, las brevedades potencian su significado con la condición de que el lector pueda decodificar correctamente el minitexto que se le presente, ya sea en antologías de papel o en la web. En este sentido, habría que preguntarse si cualquier tipo de lector curioso por el hecho de sólo acercarse a la lectura de cualquier antología con el capital cultural con el que contara estaría en la capacidad de comprender la totalidad de cualquier texto breve. A continuación, presento un ejemplo:

Brasca, “Palimpsestismo”

Me gusta un cementerio de muertos bien relleno, manando sangre y cieno que impida el respirar, porque no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo contemplando, cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte, tan callando.

Si no se conocen algunos versos de José de Espronceda, otros de Amado Nervo y, por último, sino se ha leído a Jorge Manrique en “Las coplas por la muerte de su padre”, difícilmente el lector común encontrará sentido o pensará que Brasca, escritor argentino, muestra ingenio al hilvanar los versos que se dan cita para conformar este microrrelato. El título es parte primordial de la minificción justo porque en la brevedad todo elemento cuenta, ni hablar de la referencia al palimpsesto, un concepto que se emplea en teoría literaria (en específico, es un término que emplea Gerald Genette) para referirse a algún manuscrito o texto que conserva huellas de una escritura anterior que de manera artificial fue eliminada o borrada precisamente para dar lugar a la que se presenta en este momento.  El sentido del artificio es probable que se escape al lector y, por tanto, también la intención con la que fue elaborado. 

En las antologías de minificción sucede algo similar: el antólogo es una suerte de lector que “invita” o sugiere una muestra de minificciones –que según sus criterios– representan lo más valioso del repertorio del escritor elegido y, en muchas ocasiones, la organización de estos compendios es azarosa o cuestionable al no existir un canon definido porque cada antología conforma su propio canon. Es por este motivo que resulta imprescindible analizar a la antología como una unidad con prólogo, (la mayoría de las antologías no lo lleva), repertorio y corpus elegido, así como preguntarse por qué el antologador incorporó tal o cual minificción y si esta inclusión guarda sentido con el resto de la propuesta o el proyecto de antología correspondiente. 

Como se mencionó arriba, la consolidación del género dentro de los estudios literarios actuales no se discute, sin embargo, sigue habiendo un enorme hueco en la aproximación al análisis de la antología como medio privilegiado para dar a conocer no sólo a la minificción, sino también al programa mental, al concepto y proyecto con el que un antologador decidió emprender la tarea de reunir cualquier cantidad de minificciones consideradas a su parecer valiosas, ¿desde dónde lo hace?, ¿cuál es su parámetro? y por último, ¿a quiénes favorece esa inclusión o exclusión de minitextos? Hay muchas tareas por realizar aún y convendría llevarlas a cabo para identificar los juegos de poder y roles del campo literario de estas antologías tan populares hoy en día.

Sirvan estas reflexiones para abrir la discusión en próximos espacios. 

Fuentes

Brasca, R. (Ed.). (2017). Minificciones. Antología personal. Ficticia.

Obligado, C. (Ed.). (2009). Por favor, sea breve 2. Páginas de Espuma.

Lucila Herrera Sánchez (CDMX, 1968). Es profesora desde 1989 y ha impartido clases en la Facultad de Filosofía y Letras desde hace 20 años. Ha trabajado el tema de la minificción desde hace 15 años, en la elaboración de ensayos, prólogos y dirección de tesis sobre el tema. Actualmente está por concluir su tesis sobre las antologías de minificción.