SOMBRAS

POR ALEJANDRO CHANG HERNÁNDEZ

-¿Tiene un fósforo?

-¿Eh?

La pregunta sonó como un estallido, rompiendo la perfecta comunión de ideas en la tranquilidad de la noche.

-Que si tiene un fósforo.

-Ah, sí, cómo no. Tome.

El breve chispazo no encajaba allí, en la penumbra del alumbrado eléctrico y el rumor de las olas estrellándose contra los arrecifes. La silueta masculló un “Gracias” y se alejó rápidamente de las dos sombras que se miraban divertidas y sonrojadas.

-Tengo frío.

La sombra más pequeña se apretaba a la mayor, dando y buscando el calor que hiciera renacer la paz interrumpida.

-¿Quieres irte?

-Es tarde ya.

-¿Nos vamos?

-No quiero.

-Ven.

Se unieron las bocas en una última caricia y las dos sombras comenzaron a perderse, alejándose del rumor de las olas y de la brisa que barría el malecón habanero en la suave noche de verano.

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Recordar… ¿Cuándo había comenzado aquello? La memoria no registraba una fecha, una época; tan sólo lugares y expresiones de un rostro, como una película fragmentada.

Había sido muy dulce al inicio, en aquellas noches tibias junto al mar, cuando no había palabras sino susurros y caricias que hacían un solo ser de sus vidas.

Parecía perfecta la unión de los sentidos, la compresión del pensamiento. Nada turbaba la dicha y el tiempo transcurría lentamente, como para no agitar sus mentes destruyendo la armonía de los días y las horas que pasaban.

Luego comenzaron las dificultades; algo se infiltró en la calma y sembró la discordia en el ambiente hasta entonces inmutable.

-¿Te sientes mal?

-No.

-¿Qué te pasa?

-Nada.

-Dime.

-Nada, déjame.

Nació la desconfianza y sus hijos crecieron y se multiplicaron: el deseo reprimido, la alegría reservada, el pesar no compartido, minaron la pureza del sentimiento; el orgullo roía los corazones donde la cizaña dejaba su simiente. Pero aún el amor tenía fuerzas y a su voz callaban los engendros.

-Mírame.

-¿Para qué?

-No sé, me gusta mirarte.

-¡No!

-¿No te gusta?

-…No sé…

-¿Así estamos?

-Así.

-Te quiero.

-Yo tengo que quererte.

Todavía quedaba algo del principio, el último resquicio de esperanza, un pedazo de la corriente que los unía impidiendo que cayera el telón entre las sombras. Pero el mal estaba allí y no supieron atajarlo a tiempo.

Continuó la lenta destrucción; ahora los días volaban y cada uno distanciaba más sus ansias. Acabaron las miradas de perdón secándose las lágrimas que hubieran lavado cualquier mancha.

¿Cuándo había terminado aquello? Porque aquel día solo fue el epílogo a la historia.

-Quiero hablarte.

-No tengo nada que decirte.

-¿Va a terminar todo así?

-Es mejor.

-Está bien. Adiós.

-Adiós.

No, aquí tampoco había un momento definido. Comenzó un día cualquiera y terminó de la misma forma, sin tiempo para comprender el porqué de su existencia, sin… 

-¡Oiga!

-¿Ah?

-¿Me da un fósforo?

-Sí, tenga.

Y esta vez quedó en la penumbra una silueta extraña, contemplando cómo se alejaba la sombra solitaria del malecón barrido por la brisa de la suave noche de verano, allí donde las olas se estrellan contra los arrecifes.

Alejandro Chang Hernández (Ciego de Ávila, Cuba, 1990). Desde pequeño se interesó por el mundo literario, con buenos resultados en diferentes eventos. Su género preferido es la poesía, aunque incursiona en el cuento. Ha publicado en diversas revistas y blogs: El Creacionista, Cósmica Fanzine, Letras y Voces, La Pluma Azul, entre otros. En 2022 fue ganador del Concurso Tildar.