Entre el rechazo y la aceptación: la minificción un género controversial
Desde su nacimiento, el género minificcional ha estado envuelto en diversas polémicas. La principal de todas ellas se centra en su carácter de expresión mínima, cuya extensión oscila entre las cinco y diez palabras y, en el mejor de los casos, las mil palabras según designe su categorización. Esta concisión resulta para más de un crítico un chiste sin sentido, carente de originalidad, que es todo menos literatura. Ante estas críticas surge la pregunta: ¿Acaso la brevedad no es un elemento estructural que también se manifiesta en géneros canónicos como el cuento y la novela? A pesar de esta objeción, varios investigadores señalan que en el género minificcional no existe la profundidad ideológica, técnica y temática que proporcionan otras expresiones literarias. Es curioso que varios de estos comentarios negativos provengan de círculos académicos europeos, quienes, a través de la historia, han defendido el canon tradicional, relegando a un espacio ínfimo a las expresiones consideradas “nuevas”, muchas de las cuales han tenido su origen en Hispanoamérica.
Como bien se conoce, la primera obra que debe ser considerada como el libro inaugural de minificción en Hispanoamérica es Ensayos y poemas (1917) del mexicano Julio Torri. Esta colección propuso varios rasgos que los autores subsiguientes integrarían al género, por ejemplo, la brevedad, la sorpresa final, la hibridación, la intertextualidad, entre otros elementos más. Si bien Torri sentó las bases del género, autores como Juan José Arreola y Augusto Monterroso (El canon A.T.M. según Lauro Zavala) consolidaron la minificción como parte de una de las aportaciones culturales más originales de la literatura hispanoamericana. Dentro de las distintas contribuciones que estos autores le otorgaron al género, la más destacable fue la de producir bestiarios, no al estilo europeo, sino en la “poetización alegórica de bestias naturales o imaginarias…” (Zavala, 2009, p.14). Esto se hace evidente en Arreola con su Bestiario (1958), donde las breves menciones de animales oscilan entre el imaginario particular del autor y el uso de una prosa semipoética. En el caso particular de Monterroso, quizá la minificción más conocida por todos es El dinosaurio: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí” (Zavala, 2006, p.270). En exactamente siete palabras, el autor desarrolla una intriga que ha dado como resultado desde exploraciones de índole psicológica, reescrituras de dicha minificción, hasta tesis de grado demostrando la capacidad de síntesis, fuerza imaginativa y astucia literaria que puede proveer el género. Este primer auge se complementó por la importancia trascendental que tuvo la revista El cuento de Edmundo Valadés, donde, además de publicarse obras minificcionales provenientes de distintas partes del continente y de autores de renombre, como es el caso de José Emilio Pacheco, comenzó una nueva época donde se le concedió la importancia debida al género.
José Emilio Pacheco y su breve mundo ficcional
Contrario a la opinión de Luzelena Gutiérrez de Velasco, hoy día se observa que, de toda la obra que José Emilio Pacheco construyó a través de los años, la más apreciada y difundida es su narrativa, en particular su novela breve Las batallas en el desierto (1981). De igual relevancia, aunque menos conocida, es la novela Morirás lejos (1967), obra catalogada entre las narraciones metaficcionales más destacadas de la literatura mexicana debido a su compleja mezcla de tiempos, espacios, voces y personajes.
Considero que la obra poética de Pacheco es el segundo género que mejor recepción ha tenido, pues sus poemas concentran temas de actualidad como lo son la fugacidad del tiempo, el desgaste de las cosas, el devenir de la historia, la búsqueda de momentos precisos que han dejado huella en la humanidad, etc. Un tercer género significativo es el que el propio José Emilio creó y denominó como Inventario, es aquí donde la inteligencia de Pacheco se vio plasmada a través de “las mejores lecciones culturales que hemos podido recibir en las páginas periódicas” (Gutiérrez, 2014, p.22). Finalmente, el cuento es uno de los géneros que ha captado la atención de los lectores, obras como El principio del placer (1972) forman parte trascendental del canon del cuento moderno y posmoderno mexicano. Ahora bien, frente a estos géneros mayores valdría la pena preguntarse: ¿qué ha ocurrido con la recepción y el estudio de las minificciones de José Emilio Pacheco?
Desafortunadamente, la producción minificcional de Pacheco ha pasado inadvertida tanto para los lectores como para la crítica especializada. Esto se debe, como ya se ha señalado, a privilegiar el resto de su obra literaria (novelas, poesía, cuentos mayores), relegando a los textos breves a una importancia secundaria. No obstante, estos textos poseen una configuración compleja, abordando una diversidad de temáticas que integran, de manera principal, agudas problemáticas sociales. Tomemos como primer ejemplo la minificción “La lechera”. Desde el título, la obra establece un anclaje externo al referenciar un universo narrativo preexistente (probablemente una fábula tradicional). Este título funciona como un elemento deíctico, situando inmediatamente al lector en un espacio rural y evocando a un personaje conocido e inocente de la tradición popular, esto demuestra la forma en que Pacheco utilizaba la intertextualidad para la economía narrativa, condensando contexto y personaje en una sola alusión. En lo que respecta al anclaje interno, el título concentra la atención del lector en el personaje central y en las acciones inmediatas: “La lechera hacía proyectos mientras caminaba por la ciudad. De pronto, ella, su jarra y sus ilusiones se volvieron añicos en la explosión nuclear” (Pacheco, 2014, p.95). Es evidente que Pacheco omite cualquier rasgo físico o psicológico detallado, tanto particular como general; sin embargo, esta elipsis descriptiva y la elección de una figura inocente consiguen un efecto retórico de alto grado. La falta de caracterización individual obliga al lector a suplir los vacíos; por consiguiente, el acto final (la explosión nuclear) intensifica el horror, la rabia y la melancolía, pues la destrucción no sólo es física, sino que aniquila la simpleza de la vida cotidiana y los proyectos humanos. De este modo, el final epifánico de la historia no se limita a la mera revelación de una verdad en sus últimas líneas. Su función es la de enfatizar la escasa conciencia de las élites de poder y la nula valoración de la vida humana por parte de quienes toman decisiones a nivel global.
En “Cuitzeo” también se plantea una crítica social por medio de una sola frase que pronuncia el personaje principal: “—No tengo nada que ocultar —dijo el lago al secarse.” (Pacheco, 2014, p.100). Si bien parecería que el diálogo carece de sentido y se comporta como un mero chiste, a través de la expresión pronunciada por el lugar, Pacheco nos deja entrever su preocupación por la desaparición de los recursos naturales. Es importante destacar el uso de los espacios en la minificción, pues en este caso en concreto, al aludir al vacío se propicia una toma de conciencia por parte de los lectores. Este espacio isotópico (real) también consigue que, dentro de la historia, se juegue con las temporalidades. Así, el tiempo pasado alude a un espacio lleno de belleza, armonía y de vitalidad; mientras que, el presente alude a la esterilidad del lago, con lo cual se intensifica el mensaje final de la historia.
Una perspectiva distinta, de orden filosófico, se explora en el texto “Nadie”. En este caso en particular, el título no sólo funciona como un indicio temático; también aporta la descripción preliminar del final: “En el valle ocurre un hecho sobrenatural. Un labrador sale de su choza para atestiguar el prodigio. Dialoga unos minutos con el que hizo el milagro. Al volver, su esposa le pregunta: – ¿Quién era? El labrador toma asiento en la mesa y responde: – Nadie. Era Dios.” (Pacheco, 2014, p.95). Esto revela la visión escéptica del autor, la cual, desmitifica el encuentro divino al mostrar la indiferencia o la alienación del hombre rural ante lo trascendente. En lo que respecta al espacio, este queda reducido a un escenario bastante conocido; no obstante, a pesar de aparentar una función intrascendente, lo cierto es que caracteriza a uno de los personajes: el labrador. Sobre este personaje, es obvio que corresponde a un personaje tipo, el cual encarna “una figura representativa de grupos reducidos dentro de una colectividad” (Rodríguez, 2020, p.32). Sin embargo, sabremos que al final pierde tal clasificación y se presenta como un personaje existencialista que, en lugar de sorprenderse ante esta aparición divina, opta por presentarnos un hecho fantástico como algo sin importancia.
En el caso de “Memorias de Juan Charrasqueado”, Pacheco usa el humor como base para la comprensión de su minificción, específicamente la ironía, la cual funciona para “dar a entender lo contrario de lo que se dice, casi siempre con la ayuda de un tono específico” (Rodríguez, 2020, p.96). En el momento en que Juan Charrasqueado pronuncia: “-Yo no lo maté: él solito se le atravesó a la bala.” (Pacheco, 2014, p.97), el sentido se vuelve doblemente importante. Primero, en un nivel superficial, donde el protagonista niega su culpabilidad al señalar que de alguna forma él no fue el culpable, sino la bala. Segundo, en un sentido más profundo, donde nos enteramos que, a partir de la visible contradicción entre lo que ocurrió y sus acciones, el sentido de este enunciado comunica un ridículo a partir de su incompatibilidad, lo cual debería producir un motivo risible y con ello favorecer el giro inesperado de las acciones. Pese a ser una de las minificciones más breves, no deja de ser curiosa la intertextualidad propuesta por el autor, pues logra “reducir la extensión del texto mediante referentes que, por su universalidad, son conocidos” (Rodríguez, 2020, p.74). En este caso, el personaje es muy reconocido debido a que forma parte de una conciencia popular enraizada en el corrido que grabó Jorge Negrete.
El vínculo intertextual también se observa en “Odisea”, donde se “reescribe el hipotexto proponiendo un giro distinto al original, en una actualización o re – contextualización…” (Rodríguez, 2020, p.74). Es obvio que la minificción de Pacheco no es una actualización del texto total de la Odisea de Homero; sin embargo, al darle un giro distinto a una situación muy conocida como lo es la perseverancia conyugal de Penélope ante Odiseo, Pacheco consigue generar incertidumbre en el final, produciendo una catáfora narrativa: “Ulises regresó por fin a Ítaca. —¿Quién eres? —le preguntó Penélope—. Tu cara me es familiar pero tu nombre ya no lo recuerdo.” (Pacheco, 2014, p. 97).
Conclusiones
A pesar del rechazo inicial de ciertos investigadores, la minificción se ha consolidado como un género legítimo y complejo. La polémica inicial es, de hecho, una clara señal de su carácter innovador y del desafío a las concepciones literarias tradicionales. La brevedad como estrategia estructural confirma que la concisión no es una limitación, sino un elemento primordial que le brinda al género su fuerza. Mediante la economía narrativa, la minificción obliga a los lectores a una alta participación interpretativa, supliendo los vacíos, activando la imaginación y su conocimiento cultural.
En lo que toca al trabajo minificcional de José Emilio Pacheco, este, reitero, ha sido de manera injusta desatendido por parte de la crítica en favor de sus obras mayores; no obstante, este sucinto análisis demuestra que esta breve narrativa posee una configuración compleja, abordando temas con gran inteligencia. De este modo, las minificciones de Pacheco demuestran que, por medio de un formato breve, se consigue plasmar tanto una crítica social y política, como una toma de conciencia de índole ecológica, dotadas todas las minificciones de varias reflexiones de índole filosófica. Un punto importante a destacar es la forma en que José Emilio Pacheco utiliza la intertextualidad y la ironía como elementos constitutivos de economía narrativa, además de utilizar tales elementos como formas de reapropiación crítica y humorística de textos canónicos y populares.
Fuentes
Gutiérrez de Velasco, L. (1979). José Emilio Pacheco. En José Emilio Pacheco: Reescritura en movimiento. El Colegio de México.
Pacheco, J. (2014). De algún tiempo a esta parte: Relatos reunidos. Era.
Rodríguez, A. (2020). Permanente fugacidad. Ensayos sobre minificción. Universidad Autónoma Metropolitana.
Shua, A. (2024). Cómo escribir un microrrelato. Siglo XXI Editores.
Zavala, L. (2006). La minificción bajo el microscopio. Universidad Nacional Autónoma de México.
Zavala, L. (2007). Manual de análisis narrativo literario, cinematografía, intertextual. Trillas.
Zavala, L. (2009). Cómo estudiar el cuento. Teoría, historia, análisis, enseñanza. Trillas.

Éder Élber Fabián Pérez (Iztapalapa, 1992). Estudiante e investigador. Cursa la maestría en Filología Medieval, Áurea e Hispanoamericana de los Siglos XVI al XVIII en la Universidad Autónoma Metropolitana. Ha publicado poesía en Revista De-Lirio, Tlacuache, Buenos Aires Poetry, Revista Hispanoamericana de Literatura, Poesía en Órbita y Círculo de Poesía.

