Velocidad del no presente | por Andrea Ortiz Morales

Velocidad del no presente | por Andrea Ortiz Morales

El hombre ha imaginado una ciudad perdida en la memoria y la ha repetido tal como la recuerda. Lo real no es el objeto de la representación sino el espacio donde un mundo fantástico tiene lugar

Ricardo Piglia, El último lector

Confieso que diariamente he transformado a las personas en obstáculos. Surgen de las entrañas del suelo como objetos marca Acme en el momento justo en que estoy a punto de dar cinco pasos en vez de uno. Una vez acuerpada la velocidad dentro de la ciudad, será muy difícil desaprenderla. Al viajar a cualquier otra ciudad más pequeña, donde sus habitantes han sabido poner límites a la prisa, dejarla en la horas y lugares que corresponden sin trasladarla al interior de sus hogares o a sus días de descanso, no será sorpresa encontrarse conmigo, una habitante de la capital que, sin aparente consciencia de esos límites, acelere sus pisadas y esquive obstáculos imaginarios. 

Poner el cuerpo al servicio de la velocidad impide contemplar efectivamente el presente que se esfuma a cada segundo. Un supuesto presente de nuestra piel, cambiante nocturna; del largo actual de nuestras uñas, obsesionadas con el crecimiento; de nuestra estatura contenida en un mismo número, hasta que empieza a restarse a sí misma. El presente es un término que conviene reformular, pues no hay mentira más grande que su permanencia; incluso en su articulación, somos espectadores sensoriales de su limitada existencia: al llegar a la sonoridad final de la e, el presente es pasado. 

Alejandro Zambra afirma que “en un futuro no muy lejano [su hijo] olvidará este pasado que con terca insistencia llamamos presente”. Se pregunta, ¿qué recordará? Qué de todo lo que él observa día con día; de los instantes congelados en su libro, en la galería de su teléfono y de lo que se encuentra encapsulado en la memoria suya y de Jazmina Barrera. Cuando llegue ese futuro no muy lejano, construirán juntos el ahora y pegarán recortes en la hoja en blanco del recuerdo. El resultado será un collage colorido a seis manos.

Pero entonces da igual el cálculo de velocidad, el resultado de la distancia entre el tiempo en una gran ciudad o en un lugar más pequeño. Es, en realidad, una pregunta: ¿acaso la duración incalculable del presente, la articulación de esas tres sílabas, varía de lugar a lugar? ¿Será que mientras en Dolores Hidalgo apenas expulsan la pe en Ciudad de México ya ocluimos la te? Es diferente cuando entras a una plaza comercial que no ha sido tocada desde su construcción y parece que la atmósfera y tus pasos se hacen de gelatina, porque entras a la dimensión donde el tiempo no ha transcurrido, donde sí existe el presente. Donde presente es un mismo fonema intacto. 

Fuera de la Ciudad de México se puede ser el obstáculo que tanto se detesta. Se aprende a ser un cono naranja de estacionamiento, a imitar la paciencia fotosintética de las plantas, a observar los 360º que nos rodean, a ser disidente de la prisa donde serlo es la normalidad.

En el patio dolorense de mi abuelo hay un espejo rotatorio colgado de la rama de un exárbol (es decir, un árbol seco), cuyo único objetivo es girar sin descanso. Al pararme frente a él, nos veo a mi padre y a mí como en flashazos. Nos veo en ese no-presente que ya es pasado, que decido inmortalizar en este párrafo y en mi galería del teléfono. Tomo un video de unos segundos, como para alargar el instante que no me permitiría una fotografía. En él, se observan a lo lejos los cerros amarillos de la estepa del norte del estado; casas lejanísimas, pero cuya lejanía está más bien dictada por la dificultad en el trayecto hacia ellas; la pared blanca de casa de mis abuelos detrás nuestro, reflejada en el espejo inquieto; el semblante de mi padre, de quien heredé la imposibilidad de esbozar una sonrisa para los retratos sin que parezca falaz; y a mí, por supuesto, a quien hace mucho no veía en este lugar. 

Cada rotación es a la vez boceto de un recuerdo distinto. Pararse en seco, frente al espejo, es la verdadera revolución. 

Cuando Mariana Oliver se dio cuenta de que la palabra “videocasetera” ya no existía en el diccionario, se preguntó cómo le explicaría ese objeto a alguien que nunca lo vio. Para resolver esos casos, yo sugeriría usar el recurso que he llamado écfrasis ficción: un bocetaje verbal de un artefacto improbable, la invención de lo que existió como si nunca hubiera existido; entre más emocionante, mejor entendido será para quien escucha o lee aquella fascinante descripción ficticia.

Cuando niña, como en el ensayo de Oliver, también inventaba juegos con mi hermano. Como cualquier niña, como cualquier niña con hermanes. Nuestra infancia era tilichera. Construíamos edificios con todo lo que tuviéramos alrededor; intentábamos hacerlos cada vez más grandes e imaginábamos qué iría (si fueran reales) en cada piso de las torres. Eran edificios improbables, olvidados tras crecer nosotros y deshacernos de todos los juguetes que teníamos en nuestras habitaciones. ¿Cómo describir su amorfia a alguien que nunca vio esas torres?

Caja de zapatos, 

montada sobre una caja de autopista de juguete, 

sobre la que se disponen cuatro botellas de agua,

que soportan unos muebles de casa de Barbie: una cama, un sillón, un auto, formando un triángulo,

de donde se sostiene otra caja de juguete, 

que sirve como base para una grabadora,

en donde se intentan encajar unas plumas, 

que detienen dos cajas de zapatos, 

y encima, unos peluches de un lobo gris y una Minnie pequeñitos, 

Esta torre se tambalea conforme añado preposiciones y sustantivos, es un Jenga sin querer serlo. No sé qué más poner encima de qué, porque ya no me acuerdo qué había ella. 

Chris Burden, un artista angelino, cuya obra más famosa es el Urban Light (2008), ubicada en la entrada del LACMA, años después creó las instalaciones Metropolis I y II por los mismos años en que mi hermano y yo jugábamos a hacer lo mismo. Con la segunda, de acuerdo con la cédula, parece representar a cualquier ciudad gringa del siglo XXI. Esta escultura es un montículo de lugares y no-lugares apilados, sin aparente orden, y circundados por autopistas que nos dejan ver solo una partecita de ellos. En realidad, parece que debemos adivinar qué hay detrás de esos caminos de plástico de hasta seis carriles con ochenta carros Hot Wheels. 

Esta ciudad es una pista gigante para autos de juguete, es una distopía cercana: no es una ciudad. No hay lugar para el civil, en la escultura no hay personas: no hay manera de caminar, solo dentro de los suburbios, que no se ven más que agudizando la vista. Salir de estos sin un automóvil es casi imposible, y al mismo tiempo es necesario para hacer cualquier cosa. Su motor es la velocidad. Quién sabe para qué o quiénes se rediseñan estas no-ciudades. Tal vez los urbanistas ya no deban llamarse urbanistas, sino ingenieros de caminos antipeatonales.

Reconocer una ciudad a las afueras de la misma, en medio de la estepa. Solos, el viento y quien está ahí detenido. 

A diferencia de lo apacible que es la sibilación del viento, anclada en la nostalgia, suspendida, dando vueltas entre los árboles y los cerros de la sierra de Santa Rosa, que durante años ha intentando encontrar la salida de aquel ecosistema frío, la sibilación del hablante común de la lengua española puede llegar a ser tan irritante como un sonido agudo, chillón: como cuando se detienen de pronto un auto o una bicicleta cuyos frenos necesitan limpiarse; como un rechinido de una puerta que se abre constantemente por la causa y efecto de personas necias en entrar o salir de un establecimiento. Esta sibilación se escucha mejor cuando se produce a lo lejos. Si se mantiene en un mismo lugar a una distancia prudente de cualquier conversación por un tiempo de más o menos cinco minutos, se podrá (des)apreciar ese irritante sonido de la /s/ que vibra y se intensifica más que cualquier otro fonema. Podría incluso estar cerca del chirrido de unos cubiertos o platos que chocan entre sí, ni ese sonido, tan molesto para algunos, podrá ser tan impactante como aquel. 

Sé cuándo las curvas sinuosas que llevan Dolores me empezaron a causar mareos y jaquecas. Estoy segura de que tenía cuatro años, mis padres aún no se divorciaban, y armé un berrinche dentro del coche que debió exasperar a todos los integrantes de esa travesía dominguera a ver a los abuelos. Miraba el camino recorrido entre lágrimas a través del parabrisas trasero e intentaba asirlo con mis manos: no quería atravesar la sierra de Santa Rosa, era un sinsentido. A partir de ahí, la idea de ir a Dolores se volvió desesperante, innecesaria, aunque la recompensa fueran nieves en el jardín central.

Años después, horas antes de encontrarme frente al espejo colgado del exárbol, me trasladé por esa carretera. Cada curva era un pasado diferente, aun cuando cualquier visitante discontinuo pudiera confundirse y asignarles la misma personificación. La sierra nunca es la misma. El trayecto oscila en el pasado del oriundo, del visitante asiduo, nunca es la misma: mi perspectiva a los cuatro años, sacada de su zona de confort guanajuateña infantil, no se compara con el valor familiar que le doy desde mi yo adulta chilanga. 

Rancho Enmedio no es el gran patio de juegos que recuerdo, es un jardincito descuidado, pequeño, por cuyas colinas ya no me atrevería a rodar. El Restaurant de la Sierra no es tan delicioso como cuando pedíamos enchiladas en 2002. La parroquia de Santa Rosa de Lima, circundada por un camino descendente, ahora es más interesante que en los tiempos en que era una obligación dominical ir a misa. No hay una decepción por los paisajes esteparios que se despliegan pasados 30 min de manejar a través de los cerros: de hecho, hay una deseo por asignarles características positivas: pastizal dorado, planicie con reflejo acuífero, libre viento sibilante. Su característica aparentemente reseca solo evidencia el desconocimiento por los demás colores en que se puede representar lo bello. Los azules y los verdes brillantes se dan por sentados, ¿qué hay de las estepas que se balancean entre los naranjas y los amarillos opacos en todas sus tonalidades? Las sibilancias también varían entre territorios. Aquí el viento es libre, no rebota entre árboles, hace vibrar a los pastizales, a los arbustos, a los árboles esqueléticos. Se escucha el silencio del escondite de la fauna, de la flora solitaria. 

Una ráfaga de viento hace sonar los móviles recién colocados en las ramas del exárbol. Salgo del ensimismamiento para entrar a otro, debo apurarme antes de que alguien note nuestra ausencia y quiera compartir el espejo.

No tengo una fotografía de la casa de mi bisabuelo más que la serie de imágenes mentales que tomaba cada domingo cuando era niña e íbamos a visitarlo. Luego, los intervalos entre esas idas a su casa se alargaron hasta que, finalmente, íbamos una vez cada año. Mi bisabuelo envejecía, pero daba la impresión de que sabía lo que portaba en la espalda y lo cargaba con orgullo, casi podría decir que los años solo se veían en su piel y la fuerza para mantenerlo en pie seguiría intocable. Por un lado, cargaba con la genealogía del nombre que se transmitiría hasta mi hermano; por otro, con los saberes ceramistas de la familia que nadie continuaría.

Estoy sosteniendo una de esas fotografías mentales de un pasillo en la casa de mi bisabuelo. Es una foto iluminada y brilla aún más por el tipo de impresión que aumenta los colores cálidos en la imagen. Es de día, tal vez mediodía, tal vez mi bisabuelo está viendo el fútbol sentado en la sala, que también es la cochera, pero esa parte no la veo, solo veo el pasillo angosto. A la derecha, hay unas escaleras con barandal metálico negro que llevan a la azotea. A la izquierda, el pasillo se extiende hasta un lugar oscuro, ahí no llega la luz, está cubierto por un techo de cemento; de ese lado, también observo la entrada a la cocina. La cocina que siempre huele a comida, a casa vieja, a querer dejarte atrapar por lo que sea que viva ahí dentro: un monstruo abrasador que sale todas las noches a perfumar este espacio con un aroma a guisos y masa de maíz. 

La pared del pasillo es la que ocupa el encuadre de la fotografía. Cualquiera podría decir que es una típica pared en una típica casa de una típica ciudad mexicana, pero al observar con atención ______ son dolorenses. 

La casa de mi bisabuelo tiene una particularidad: es la casa de un ceramista cansado, retirado, pero que conserva su taller intacto, como si cualquier día pudiera despertar y volver a la rutina que tenía años atrás y sentarse ante un nuevo plato, placa, taza o azulejo. En su taller hay un montón de trabajo a medias, objetos blancos que esperan su turno de ser pintados y vidriados. Un turno que probablemente nunca llegue. Me pregunto si ahora, muchos años después, siguen ahí llenándose del fino polvo que, con el paso de los días, se desprende de la superficie y vuela por entropía hasta posarse en un objeto distinto. Conforme pasan los segundos, cada objeto cambia, no es el mismo en el segundo anterior. Ni ahora. Ni ahora. Ni ahora. Aunque al referirnos a un lugar abandonado digamos que se encuentra intacto. ¿Qué hay de intacto en el paso lento y solemne del tiempo?

Esta típica pared dolorense está llena de azulejos. La mayoría son de color amarillo pálido, algunos lisos; otros tienen una figurita esbozada al centro: un perro, un pato, un caballo, una plantita. En conjunto, la pared conforma una gran obra mural doméstica. Nuestro bisabuelo, el artista ceramista, creaba objetos en serie y dibujaba animalitos –como galletas– en los azulejos, para luego vidriarlos, cocer la masa cruda y adherirlos a la pared del pasillo que estoy observando en esta fotografía mental.

Tal vez para el momento de la foto hipotética él ya falleció. Las fotografías mentales que tomamos son lo único que nos quedará. Valdría la pena volver y hacer un registro cuidadoso de los objetos terminados y su taller con trabajos inacabados. Nada ha sido tocado, más que por el tiempo. 
El espejo sigue rotando. Más que decorar el exárbol, su función es no parar de hacer lo que sea que esté haciendo. Lo hace genial.

Andrea Ortiz Morales (Guanajuato, México, 1996). Lectora. Editora en Página Salmón, revista y editorial. Coordina Espacio Compacta, donde acompaña escrituras e imparte talleres. Ha publicado cuento y ensayo en Página Salmón, Especulativas MX, Bastardilla, revista Irradiación, Punto de Partida y Nexos. Escritura poco constante en su blog, “Zárate Rendón”, en Tumblr.