Verdor que miente y tierra rasgada. Los otros y nosotros en “Guie’ ni zinebe / La flor que se llevó”, de Irma Pineda | por Adolfo Quintanar

Verdor que miente y tierra rasgada. Los otros y nosotros en “Guie’ ni zinebe / La flor que se llevó”, de Irma Pineda | por Adolfo Quintanar

El 11 de julio de 1978, a las diez de la mañana, en la vía pública y a la vista de todos, un grupo de seis hombres armados, entre los que se encontraban elementos del Onceavo Batallón de Infantería del Ejército Mexicano, interceptó el Sedán rojo en el que Víctor Pineda Henestrosa, Víctor “Yodo”, viajaba. No se volvió a saber nada de él. Su esposa, Cándida Santiago, y varias personas más denunciaron la desaparición. Dos días después se encontró un cuerpo quemado en el interior de un vehículo de la misma marca que el que se había llevado a Víctor Yodo. La policía inició la investigación por el delito de secuestro un año después de los acontecimientos, sin tomar en cuenta el hallazgo del cuerpo ni a los culpables identificados por los testigos (IIRESDH, 2023).

Víctor Yodo formó parte de diversos movimientos sociales. En su natal Oaxaca combinó sus actividades como maestro de primaria en la zona de los valles centrales con su pasión por el béisbol, la música y la lucha organizada de los habitantes de la zona. Fue miembro fundador de la Coalición Obrera, Campesina, Estudiantil del Istmo (COCEI), la cual surgió como una respuesta a quienes querían aprovecharse de los recursos del lugar y de su ubicación para el establecimiento de rutas comerciales. Desde la COCEI se impulsaron distintas luchas; entre otras cosas, se brindó apoyo a estudiantes, campesinos y trabajadores en la defensa de sus derechos y se realizaron acciones en oposición a los fraudes en las elecciones municipales. Víctor Yodo también trabajaba como representante de bienes comunales de la comunidad zapoteca, por lo que los terratenientes veían como una amenaza. El día que lo secuestraron iba en camino a reunirse con un jefe campesino que solicitaba que la salinera en la que trabajaba le pagara lo justo para solventar sus gastos médicos (S/A, 2021). 

Como única respuesta a lo que los habitantes del Istmo estaban viviendo con los terratenientes, el gobierno declaró estado de sitio en Juchitán e instaló cuarteles militares. Ya no solo tuvieron que lidiar con quienes querían despojarlos de sus tierras, sino que también tenían que sobrevivir a los abusos de los soldados. Víctor Yodo no fue el único en ser desaparecido. Muchos estudiantes y maestros fueron encarcelados; por esos años se reportaron los asesinatos de más de ochenta educadores en Oaxaca (IIRESDH, 2023). La poeta Irma Pineda, con respecto a la desaparición de su padre, menciona:

Cuando yo iba a cumplir cuatro años, a mi papá, que era un dirigente campesino en el pueblo Juchitán, lo secuestran, lo desaparecen elementos del ejército mexicano, con muchos testigos. Vieron cómo los soldados se lo llevaron. Para mí fue un capítulo muy triste. Creo que por tratar de encontrar la voz de mi padre ausente me refugié en la poesía, porque era el vínculo con él. A partir de ahí seguí leyendo poesía, pero comencé a escribir. Era la manera de expresar mis emociones, lo que yo sentía sobre lo que estaba pasando en ese momento (Manera Serna Luisa, 2017).

Guie’ ni zinebe / La flor que se llevó es una de esas maneras en las que la poeta busca expresar lo que sintió. Este poemario tiene como trasfondo la violencia que se vive en el sur del país, específicamente en el Istmo de Tehuantepec. En él, además, está la vuelta al pasado, la memoria o, como Paul Ricouer la entiende, la rememoración o búsqueda activa de los recuerdos (2000, p. 47). Según Ricouer, “las pruebas, las enfermedades, las heridas, los traumatismos del pasado invitan a la memoria corporal a fijarse en incidentes precisos que apelan fundamentalmente a la memoria secundaria, a la rememoración, e invitan a crear su relato” (p. 62). Esta memoria secundaria ya no es presentada, sino re-presentada, “es la misma melodía, pero ‘apenas oída’” (p. 56). Ese algo experimentado en “persona”, ya no se apoya en la percepción, es decir, ya es pasado, pero se entrelaza de alguna manera con el presente, es por ello que se puede re-presentar a quien lo experimentó en primer lugar. 

En este sentido, se podría decir que La flor que se llevó busca abordar la desaparición del padre, pero también intenta vincular este acontecimiento con la actualidad. Siguiendo a Pineda: “Cuando vino la guerra contra el narcotráfico, empecé a ver notas en los periódicos sobre el despliegue de las fuerzas armadas en comunidades indígenas buscando sembradíos, y me di cuenta de que ejercían mucha violencia, particularmente hacia las mujeres” (Manero Serna, 2017). Al escuchar sobre las acciones de los soldados en distintos lugares de México se vuelve posible establecer un paralelismo con las que los habitantes del Istmo sufrieron. La escritura posibilita el vínculo entre presente y pasado. Al rememorar, además, se ubica el punto de quiebre: “como luciérnagas pendiendo del frondoso tamarindo / vinieron ellos / con sus brazos de metal y fuego / incendiaron la noche” (Pineda, 2013, p. 41).  El arribo de los intrusos viene acompañado de una nueva realidad que engendra miedo. Atrás han quedado las sonrisas; los grillos callan y los tecolotes ya no cantan. Esto es apenas el preámbulo. Uno de los poemas dice:

La paz fue siempre nuestra hermana

hasta que la maldad

sacudió el vientre de la tierra

porque deseaba más

No le bastó nuestra presencia silenciosa en un rincón 

no estuvo satisfecho con nuestro callado dolor

Mil demonios agazapados

levantaron su pesado cuerpo

para borrar la memoria 

y escribir después

que nosotros nunca existimos sobre la tierra (p. 31).

El cambio es producto de las acciones de ese ente masculino. Los mil demonios, la maldad, son ellos, los que han perturbado la paz con el sonido de sus pesadas botas recorriendo los caminos. Los que están ahí con una misión. Ante la posibilidad de que la memoria sea borrada por los intrusos, la voz poética decide apropiarse de la palabra para dejar constancia de lo que se está viviendo y de conservar la historia del pueblo y de su gente; una manera de resistir a los múltiples intentos de ser desaparecidos:

Esta es la guerra

            nos dijiste

y disparaste al aire 

para que todos los pájaros se marcharan

Esta es la guerra

            nos dijimos

y empuñamos nuestra palabra (p. 75).

Al empuñar la palabra se establece una separación entre quienes realizan las acciones y quienes las padecen. Si en algunos poemas la maldad está personificada únicamente como ellos es porque todavía no ha sido identificada más allá del miedo que inspira su presencia. Una vez se ha instalado y ejercido la violencia, se le nombra. El soldado se convierte en el otro, en ese hombre disfrazado de serpiente que se enreda en los árboles tratando de engañar; el que se ha robado los colores de la selva para pintar su traje y esconderse entre las hojas. El que mata, viola, mutila, lacera gargantas y rompe costillas. 

Esta distinción es necesaria para que en los poemas se pueda decir “Yo soy”, pues “en el trayecto de la autoidentificación, se interpone la identificación del otro” (Ricoeur, 1999, p. 228). El yo de la voz poética pareciera ser un trasunto de la autora, pues en más de uno de los textos la hija le habla directamente al padre. Pero éste no es el único yo que se manifiesta, en otros momentos es el de la de hermana o el de la madre. Cuando no hay un yo, está un nosotros que parte de las vivencias en conjunto. El sí mismo que busca objetivarse a lo largo del libro es uno que encierra todas estas variaciones y podría estar representado por la mujer tierra. Su voz es la de la vida y la naturaleza; su memoria, la que resguarda la historia ancestral y retiene lo acontecido (Solórzano, 2023), por eso puede hablar del antes y el después de la llegada de las fuerzas armadas.

Uno de los poemas pregunta “¿Quiénes somos ahora? / Si el brillo de los hilos que nos vistieron de colores hoy están cubiertos de fango para ocultarnos de la mirada de odio y del veneno que nos lanzas” (Pineda, 2013, p. 13). Con las acciones de los soldados, el crujir de las ramas se ha convertido en un sonido que inquieta el sueño y las prendas de colores en un blanco demasiado fácil de localizar. La voz de la mujer tierra resiente esta nueva realidad. No puede seguir siendo la misma cuando el dolor, la sangre y el miedo hacen que hasta los árboles callen. Sigue siendo tierra, pero tierra rasgada. 

Esta voz no olvida y eso mismo hace que lo que provoca la figura del soldado sea contradictorio. Por un lado, no es posible negar lo que ha hecho. “No me pidas el olvido padre / que mis heridas aun no cierran […] No me pidas que perdone padre / pues las cicatrices son memoria” (p. 95). Al hombre de verde se le nombra, teme y condena: para él no habrá descanso y lo que ha hecho también le va a inquietar el sueño:

Mira bien hombre disfrazado de serpiente

Mira bien soldado

guarda en tu memoria las fotografías que no tomaste 

de los cuerpos tendidos al sol

como reses perdidas en los caminos

Son nuestros padres

los que un día se levantarán

de entre los muertos

y volverán a ti

para reclamarte los brazos mutilados

las gargantas laceradas

las costillas rotas

los sesos derramados

y la tierra regada con sus sueños (p. 55).

Pero la voz también parece compadecerse del soldado. Ve en él a alguien que ya no escucha ni recuerda su antiguo nombre; a alguien que ha ocultado sus facciones detrás de las armas y una máscara de barro duro, incapaz de escuchar cualquier otra voz que no sea la de quien le ha enseñado a ganarse el pan; a alguien a quien no le importa que ese pan esté amargo porque ha sido remojado con las lágrimas de su gente. La voz poética se dirige a él para preguntarle “¿Aún eres hombre? / ¿Permanece algo de humanidad en ti? / ¿Quién eres ahora después de calzar / esas rígidas botas con sus puntas de metal?” (p. 17). Sabe que no va a obtener respuesta, pero eso no impide que lo intente en repetidas ocasiones, pues lo reconoce como semejante en su desemejanza: “a pesar de ser la mano del odio / él también / es mi hermano” (p. 103).

Los intentos permiten vislumbrar atisbos de una comprensión más profunda con el verdugo y la búsqueda de una conexión anterior a la guerra. En estos cotos se da el reconocimiento de un otro todavía más ajeno al nosotros que el soldado. Esa otra voz que se ha convertido en la única que éste escucha: “Dime quién es el culpable / de que hayas olvidado / el amor que puede correr / por los ríos que hay / debajo de tu piel” (p. 59). El hombre de verde es la extensión del aparato represivo del estado, quien ejecuta las agresiones para mantener un orden establecido a conveniencia de ese mismo estado que tiene voluntad de sangre y permisión para verterla (Solórzano, 2023). La mano del odio, mas no todo el cuerpo. 

Esto no quiere decir que en el poemario se defienda al soldado. Si bien es cierto que lo que termina separando a los otros del nosotros pareciera ser algo más complejo que una decisión deliberada y que la voz se compadece del soldado en el sentido de que padece junto con él la instauración de un sistema que no deja de crear víctimas y victimarios, eso no significa que lo perdone: no puede hacerlo. Qué es lo que piensan ellos al jalar el gatillo es algo que en realidad no le interesa descubrir, lo que trata de hacer es apelar al antiguo nombre, al tiempo anterior a que el intruso se formara, a lo que pueda quedar de humanidad debajo de tanto verdor falso; propiciar la vuelta al pasado para que se dé cuenta de que su gente no es el enemigo.

En el proceso de intentar hacer que el hombre vestido de serpiente recuerde que aunque ahora sea barro antes también fue tierra, la voz reconoce que le toca hacer lo mismo: rememorar para reafirmar su identidad. Recordar y signar lo recordado está lejos de ser una actitud pasiva, en el cruce del antes con el ahora surge la necesidad de empuñar la palabra, lo que se traduce en fortaleza. No te voy a lastimar de la misma manera, le dice al soldado, pero eso no significa que te vayas a librar de mí:

No habré de lastimar tu cuerpo

porque tus lágrimas no bastarán

para devolver la vida a nuestros muertos

ni alcanzarán para borrar

el dolor de nuestra memoria

Solo lanzaré mis palabras

por los cuatro vientos del universo

para que el sol y el viento

las graben en todas las piedras

y que no exista un rincón en el mundo

a donde puedas huir sin escuchar mi voz

como una letanía 

nombrando cada flor que te llevaste (Pineda, 2013, p. 79).

La voz regresa a la naturaleza de la que una vez partió para asegurarle ya no sólo a la mano sino a todo el cuerpo del odio, que la palabra y la memoria son más fuertes que las armas porque son las que logran abrirse paso y perturbar el silencio que se quiere establecer y que lastima. El yo soy de la mujer tierra no desplaza de todo el miedo, pero reconforta. Se convierte en evidencia de un tiempo anterior a la violencia, en la certeza de que el padre no va a ser olvidado y que ninguna flor arrancada se va a quedar sin ser nombrada.

Fuentes

IIRESDH. (2023). ¿Dónde está Víctor Yodo? México, 2023. Consultado el 20 de octubre de 2025 de: https://cejil.org/wp-content/uploads/2023/07/Victor-Pineda.pdf.

Manero Serna, L. (2017). Irma Pineda: “Me gusta pensar en zapoteco”. Periódico de Poesía No. 97. Consultado el 20 de octubre de 2025 de: https://archivopdp.unam.mx/entrevistas/4568-no-098-entrevista-irma-pineda.

Pineda, I. (2013). Guie’ ni zinebe / La flor que se llevó, Pluralia. 

Ricoeur, P. (1999). Historia y narratividad, Paidós.

————. (2000). La memoria, la historia, el olvido. Fondo de Cultura Económica.

S/A. (2021). Víctor ‘Yodo’ y la COCEI: la historia de una lucha. PCR: Partido Comunista Revolucionario. Consultado el 20 de octubre de 2025 de: https://marxismo.mx/victor-yodo-y-la-cocei-historia-de-una-lucha/.

Solórzano, L. [Digital DCSH UAM Azcapotzalco]. (08 de noviembre de 2023). Sesión “Dolerse y curarse” Sentido de vida en la flor que se llevó de Irma Pineda [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=xuhjEK9zRKE&t=5420s.

Adolfo Quintanar (Zacatecas, 1995). Es Licenciado en Letras por la Universidad Autónoma de Zacatecas y Maestro en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Guanajuato.