1:45 | por Saida Estrada Huitrón

1:45 | por Saida Estrada Huitrón

A ella le gustaba estar bajo la sombra del granado, se sentía protegida por el enorme contorno que la copa del árbol proyectaba sobre su delgado y empequeñecido cuerpo. Decía que los árboles del jardín eran los únicos dispuestos a soportar su compañía; al menos estaban obligados a permanecer en silencio mientras les platicaba sus penas. A veces reía y afirmaba que, si no fuera por esas raíces, ellos también correrían. Se repetía a sí misma ¿quién estaría realmente dispuesto a permanecer a tu lado ahora que ya no puedes valerte por ti misma? Teresa siempre le respondía con un aire de reclamo, pero en voz baja, porque a ella la enseñaron a callar, a no levantar la voz, aunque en el fondo, ahogaba el llanto porque su madre no era capaz de valorar, por una sola vez, su compañía. 

Quien conoció a Cristina, la recuerda como una persona dinámica, pese a su edad. Durante años, su rutina comenzaba de la siguiente manera: todos los días, apenas se asomaban los primeros rayos de luz, salía de casa.  A hurtadillas recorría el pasillo y al bajar las escaleras, levantaba su falda para que el murmullo de la tela al roce del suelo, no lo despertara. Le gustaba ir a la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús para escuchar misa de ocho. Decía que sólo él comprendía su dolor, por eso, todas las mañanas caminaba por más de una hora para llegar al santuario. Todos los que se cruzaron con ella a través de los años, conocieron a Omar, sólo de nombre. Algunos lo bendijeron y envidiaron tener el cariño de madre que le profesaba; otros más, lo odiaron y condenaron su modo de vida, siempre indiferente. 

Por eso, sus últimos años siempre estaba enojaba. Todos decían que la embolia le había arrebatado la libertad, que su humor se había alterado porque ahora ya no podía hacer sus cosas. Pero lo que nadie sabía es que toda esa frustración no se debía a la incapacidad de hacer las cosas por y para ella. Lo que en verdad la alteraba era no acudir a ese lugar de refugio, donde todos los días ofrecía una oración para Omar. Sentía miedo de que sus rezos, desde el lugar donde estuviera, no apelaran a la misericordia de dios para proteger a su hijo.

Había días que la ira asomaba por su boca y sus palabras, cual cuchillas afiladas, fragmentaban los corazones de quienes la cuidaban. Le molestaba ir de un lugar a otro como si no tuviera un hogar. Todas las noches reclamaba su espacio, su cama y el olor de su hijo amado. Siempre pensativa, la frustración la descargaba con ella, su única hija. Había veces en las que Cristina no comía, dormía por las mañanas, y por las noches, siempre vigilante, despertaba a todos, murmurando conjuros de protección para él. Nadie la comprendió. Pasaba sus días preguntando por Omar, aun estando en casa, con él. Por años, siempre fue su mayor preocupación. Todos eran huérfanos, menos él, porque él siempre recibió los abrazos, las caricias y los rezos nocturnos. 

Hacía veinte años que no descansaba por las noches, los mismos años que Omar regresó al hogar, hasta esa noche…

 El estremecedor grito despertó a Teresa. Por un instante, no pudo moverse del sillón que estaba junto a la cama de su madre. La parálisis comenzó a hacer efecto y un sudor frío invadió su espalda. Aún estupefacta, respiró hondo y se incorporó rápidamente. A tientas, recorrió la cama de su madre y se alarmó al no sentir las piernas que hacía poco había cobijado con tanto esmero. Como pudo, estiró la mano sobre la mesita de noche para encender la lámpara y ahí vio, reflejada en la pared, la sombra de su diminuta madre. Inmediatamente volteó al percibir un llanto desgarrador.

—¡Perdóname, hijo! ¡Teresa, ayúdame, llévame con él!

—¡Mamá!, ¡qué pasa!, ¡abre los ojos!, ¡es una pesadilla!

—¡Está tirado! ¡¿qué no lo ves?! Está tirado en la banqueta, ¡Perdóname, hijo! ¡Perdóname! ¡Teresa, por favor, llévame, está en la banqueta, hace frío y está tirado!

—¡Mamá!, ¿quién está tirado? ¡Mamá, abre los ojos! ¡Mamá! ¡Es sólo una pesadilla!

—¡Teresa, lo mataron! ¡Mataron a Omar! ¡Llévame, hace frío y hay mucha sangre! ¡Perdóname, hijo!

Habían pasado cuatro meses después de ese sueño. Teresa no lo había platicado, hasta hoy, mientras trataban de combatir el sueño. Ella siempre creyó lo que sus abuelas decían y aquella noche recordó que no podías dejar a los muertos solos, al menos una persona tenía que permanecer despierta, porque durante esa noche, el alma aún estaba anclada al cuerpo; por eso era importante que el difunto escuchara el murmullo de la gente, para poder irse en paz. Si no hubiera sido por esa creencia, jamás les habría contado el último recuerdo que tuvo de su madre, antes de que sufriera la crisis que la llevó al hospital.

Todos lamentaron el sufrimiento de Cristina y especularon sobre los duros meses de lucha que su pobre cuerpo experimentó. Recordaron cómo se consumía lentamente mientras se aferraba a la vida. Entre lágrimas, reconocieron que su madre murió con una profunda angustia y del llanto a las risas, bromearon sobre la posibilidad de que algún día, ella vendría por él… Todos agradecieron no haber recibido atención alguna. 

Era un lunes de agosto, aún recuerdo el color del cielo con sus pátinas naranjas y los rayos del sol atravesando, como cuchillas afiladas, las nubes blancas. Había llovido en la ciudad, pero el camino se mostraba amigable y esperanzador y la luz se aferraba a romper con lo grisáceo de la tormenta. La calidez de un hogar que no era mío y los integrantes de éste me esperaban, sin saberlo… Mi madre no está en casa; hacía meses que no la veía y hoy, saliendo del trabajo, un impulso me hizo ir a la casa de Teresa. Cuando llegué, el aroma que desprendían las ollas me abrió el apetito. Parecía que tenía días sin comer. Nunca había sentido tanta hambre. Cómo extraño la comida de mi madre. 

El estómago me dolía y también la cabeza. Le platiqué a Teresa que no dormía bien desde hace tres días. Me despertaba una punzada en el estómago y otra en la frente. La primera noche, un escalofrío me recorrió la espalda, mis manos temblaban y lo único en lo que pensaba era en mi madre. Rápidamente me levanté de la cama y observé el reloj, aún era de madrugada. Teresa me miraba con extrañeza y le dije que la segunda noche ocurrió lo mismo y la tercera igual, que estaba preocupado porque estos días, a la misma hora, la 1:45, me despertaba ese extraño dolor. 

Mientras seguía comiendo, Teresa tomó mis manos y exclamó ¡Omar tienes las manos heladas! Supuse que era porque, para llegar a su casa, había atravesado la tormenta. La plática en la sobremesa nos provocó risas. Habían pasado cuatro horas desde que llegué y tenía qué marcharme. No quería dejar a mi hermana, me sentía solo, extrañaba tanto a mi madre. 

Algo extraño se percibía en el ambiente. La rutina fue interrumpida por el peculiar timbre de los teléfonos, los dos, al mismo tiempo… Los ojos nunca mienten. Hacía años que nadie marcaba ese número y ellos lo sabían. El peculiar timbre del antiguo teléfono hizo que Teresa mirara a Antonio. El sonido del móvil los sacó del ensimismamiento. Mientras Antonio atendía la llamada del viejo aparato, Teresa respondía, al mismo tiempo, el celular que Omar le había pasado, segundos antes.

—¿Hola?

—¡Bueno! Antonio, ¿me escuchas? Soy Memo.

—Sí, Memo, te escucho, ¿cómo estás?

—¡Bueno! ¡Bueno! Antonio, ¡bueno! ¡Bueno! 

—Sí, Memo, te escucho, dime qué pasa.

La voz de Lourdes se escuchaba nerviosa, estaba preocupada por Omar, sus amigos la habían ido a buscar para decirle que algo le había pasado, no sabían qué, pero que estaba mal. Ella quería ir, algo la impulsaba a buscar respuestas y no es que Omar fuera su persona favorita, pero esa visita la inquietó.

—Lourdes, no vayas, Omar está conmigo.

—Teresa, no te escucho, hay un ruido extraño.

—Lourdes, no te escucho bien, Memo está hablando con Antonio y escucho sus gritos por el auricular.

La desesperación de Memo traspasaba la bocina del viejo teléfono. Antonio trataba de calmarlo, pero era inútil. Antonio y Teresa se miraron nerviosos, no era normal que Lourdes y Memo llamaran al mismo tiempo. Teresa le preguntó a Omar si había hablado con alguno de sus hermanos anteriormente, porque al parecer lo estaban buscando, pero Omar lo negó mientras se dirigía hacia la pared donde colgaba el retrato de su madre.

El viejo teléfono volvió a sonar.

—¡Bueno! ¡Bueno! Antonio no te escucho… 

—Memo, voy a colgar y vuelve a marcar

—¡Antonio no te escucho! ¡Mataron a Omar!

El gélido silencio recorrió sus cuerpos. La agitada respiración de Antonio contagió a Teresa ¿Habían escuchado bien? Antonio, sin querer mirar atrás, pronunció las siguientes palabras: ¿aún está ahí? Teresa quedó petrificada al mirar el retrato de su madre tirado en el suelo. Al teléfono, la voz de Memo, entrecortada, exclamaba: ¡Encontraron el cuerpo recostado en la banqueta con un disparo en el estómago y otro en la frente, al parecer fue un asalto, porque el móvil no apareció! El forense dictaminó el horario de la muerte: la madrugada del sábado, a la 1:45, hace tan sólo tres días.

Saida Estrada Huitrón (Ciudad de México, 1986). Es licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por la UNAM, especialista en Literatura Mexicana del Siglo XX y maestra en Literatura Mexicana Contemporánea por la UAM Azcapotzalco. Es doctorante del posgrado en Historiografía de la UAM Azcapotzalco. Colaboró en la serie radiofónica Cuentos cortos para días largos transmitida por UAM Radio 94.1 FM. Impartió el taller Aproximación a la narrativa de escritoras fantásticas mexicanas en el marco del LIBROFEST Metropolitano 2022.