“Bajando por Toledo va” (1975) de Giuseppe Patroni Griffi: traducción desbordada de un fragmento | por Rafael Llanos

“Bajando por Toledo va” (1975) de Giuseppe Patroni Griffi: traducción desbordada de un fragmento | por Rafael Llanos

—¡Tú eres maricón y debes morir!

Su padre está con pistola en mano y apunta. No logra encontrar el blanco, uno, porque debe sostener la puerta detrás la cual la madre en un crepitar de patadas grita que quiere salvar a su criatura de la furia del energúmeno, no importa que sea maricón; dos, porque Rosalinda Sprint se avienta de pared a pared, murciélago cegatón, los calzones cagados de miedo. Salta a lo alto, a lo largo, se agazapa en tierra, se levanta, se arrastra, se estampa contra el muro, se agacha, tropieza, se golpea la cabeza. —El comandante te cachó haciéndolo y debes morir.

Entonces, apoyándose con la otra mano, su padre sujeta firme la mano que empuña el arma y parece que lo logra. Perdida, Rosalinda Sprint vuela del balcón: una pierna rota, cuarenta días en el hospital, la madre llorando a la cabecera de la cama. A casa no puede volver a poner un pie; donde sea que se encuentren un balazo en el culo no se lo quita nadie, el padre se lo prometió y desde entonces anda con la pistola en el bolsillo, le advierte su madre. Por eso, curada, termina en un cuarto de alquiler. Es siempre su madre la que la mantiene con cuanto consigue robarle de a poquito al energúmeno que, no vaya a ser que se entere de que la ayuda, le prometió a ella otro balazo —A ti en la frente. De cuarto en cuarto, de barrio en barrio, transcurren los primeros días. Resulta que la madre deja de ayudarla porque se da cuenta de que Rosalinda Sprint, puesta en práctica su vocación, gana bien, y es ahora Rosalinda Sprint quien le pasa dinerillo por debajo de la mesa cuando se encuentran a escondidas, y cada vez le añade un regalito personal.

Los primeros años no logra vencer la repugnancia de llevar a cabo los gestos, los actos del amor, acompañándose de viejos, de hombres que no le gustan en general. En su interior hay una especie de delicadeza; ninguna vulgaridad por lo cual siente el peso de la prostitución.

Cuando el comandante la cacha en el acto, en el acto está con un jovencito por el cual está loca, con el que desde hace algún tiempo coquetea. Están arriba del Parco della Rimembranza y al principio gozaron el panorama; la bola de fuego, ¡wow!, desciende limpísima al mar. Y luego esperaron la noche —Esta noche que nunca llega. Y luego las primeras estrellas la encantaron y se acurruca a él —Soy tu Butterflá.1 Y entonces la música de una orquestina lejana que llega indistinta y parece primero una canción y luego otra, la intrigan —Yo digo que es esta, yo digo que no es, y te equivocas, te equivocas tú. Y luego emoción por la espera, amor desbordante y ganas, y él que se volvió puraverga, con fuerza la dobla de rodillas en el húmedo foso; hace calor, la hierba mojada se desliza entre los muslos desnudos apenas separados para añadir frenesí, y él la penetra manteniéndola abrazada, las grandes manos martirizan los finos pezones, los queman, una tortura a la que no podría resistir si no fuera por la destreza con la que está metiéndosela que confunde todo sentimiento, y ella que empieza a ladrar a la luna que explota desde el mar negro detrás de los árboles negros y se siente un animal feliz como un animal, y la luna que de repente se cubre y es el comandante que la cubre de pie frente a ella y dice —¡Mira nada más! El comandante es su vecino. Para bien o para mal. Cuántas veces revive la escena mientras se vende a los asquerosos que la pagan; una noche, en el baño de un cine, le dio por reírse al recordar los ojos del comandante, y el cliente se enojó de lo lindo. Revivir los momentos preferidos es su manera de superar el tormento de la prostitución.

—Tú piensa en otro. Se lo dice Sayonara, una de las primeras conocidas de la vida pública, no amiga. La única suya, es Marlene Dietrich. Amistad y protección. 

—Ay m’hija, ¿pensabas que en la vida está permitido sólo lo que nos gusta? No sería vida, sería paraíso. Cuando estás bajo uno que te paga, pues imagínate a otro.

  —A mí me dan ganas de escupirles en la cara.

—Pues te aguantas. Piensa en quien sí te ha hecho gozar —Sayonara tiene un aire melancólico. —Tú eres joven, fresca; yo me olvidé hasta de los recuerdos. 

Esta Sayonara, según Rosalinda Sprint, es una lunática: se pone a llamar la atención en medio de la Litoranea con voz tan alta, que todos la tienen que escuchar, y las palabras las junta una con otra sin pausa que ni tiempo tienes de separarlas con el oído, tú que la estás escuchando, para entender qué dice: medio se las traga medio se le pierden, ¿y qué más te queda?

—Por favor ¿Me puedes repetir? Tú solita te entiendes—dice Rosalinda Sprint cuando una plática le interesa; Sayonara feliz de la vida vuelve a empezar al mismo ritmo. Seguirías sin entender si no fuera por el hecho de que una plática confusa, repetida una segunda vez, le agarras la onda, y entiendes otro poquito, eso es todo. Se conocen desde los primeros días que vive sola, salida aún cojeando del hospital; dando la vuelta con el bastón, y aunque la ha ayudado y aconsejado en un momento en verdad feo, ésta sigue siendo una chocante que a cada cosa que le pregunta, a cada cosa que sucede, a cada cosa que debe resolver, saca a relucir el ejemplo de otra cosa relacionada con ella.

—También a mí, querida, me hubiera gustado quedarme con Elia de por vida. Mi único amor. De veras. Yo tenía tu edad. Era un sardo que estaba en Cerdeña ¿Me podía seguir, me lo podía llevar conmigo? ¡Sí, corriendo! Tenía esposa e hijos, no sabía siquiera dónde estaba el continente. ¿Un corazón y una chocita? ¡Sí, corriendo! ¿Trabajaba para mantenerlo? ¿Y él dejándose mantener por mí? Demasiadas complicaciones para un simplón que no hablaba. Hicimos de todo sin que abriera su boca; era guapo, guapísimo, un Cristo de madera (y no nada más la cara, ya me entiendes, esculpida en leño). En ese entonces me llamaba Mimí Bluette,2 el nombre me lo cambié después de la película de Marlobbrando,3 es más moderno: Sayonara, y me queda bien, resalta mis ojos almendrados, ¿no? Los ojos siempre los ojos me besaba Elia. Pasaba rumbo al teatro, participaba en el vodevil, y me veía alto apoyado al muro; yo era joven, fresca, vestida alegre, me veía y no decía ni una palabra. Yo, en cuanto lo noté: fabuloso. Treinta y ocho años,  nada de jovencillo, uno tal que hasta Gary Cooper se iría a esconder. Ah, ¿no te mueves? Espera que me muevo yo: “¿No tienes lengua?” digo. Él agachaba la mirada. “Si no me puedes hablar y te gusto tanto, por lo menos un chiflido detrás de mí lo podrías hacer.” ¡Sí, corriendo! Ni un soplido sale de esa boca. Me alejo desconcertada. Al final de cuentas qué sé yo de qué raza son los sardos… Pasan dos días, no se deja ver, al tercero, de nuevo está en la salida de los artistas alto apoyado al muro. No dudé, lo tomo de la mano, callada y muda, y él sin decir nada me sigue. La compañía regresó a Nápoles, yo me quedé dos meses allá comiéndome los pocos pesos que había ahorrado. El dinero que más gustosamente he gastado en mi vida. Era un perro fiel, no sé cómo le hacía con su familia que la verdad sólo se la pasaba pegado a mi; allá a las esposas las encierran en casa y si no pobres de ellas. Me llevaba en lancha, a playas solitarias, al largo… Nos veían juntos, nadie decía nada, me parecía que tenían respeto por él que se permitía cualquier cosa. Cuando me fui lloraba. “Elia, no estés así, nos escribiremos.” No me respondió. En Nápoles no lograba sacármelo de la cabeza; ¿podía regresar a Cerdeña? ¡Sí, corriendo! Cogía con los demás y pensaba sólo en Elia, me daba consuelo, me ayudaba; luego una se endurece y eso ya no hace falta. Podría parecerte que haces las mismas cosas con aquellos que te pagan que con quien te gusta o que amas; ¡Sí, corriendo! Son cosas diferentísimas. Escribo, reescribo, no recibo nada. Vuelvo a escribir, nada, silencio. Qué raza tan extraña, pensaba, un perro si estás cerca, de lejos una hiena. Pasaron tantos meses, un día me llega un sobre desde Cerdeña. Dentro hay un trozo de papel arrugado y sobre él escrito, con torpes letras grandes, de la mano de un niño: “No sé leer.”

Por poco Rosalinda Sprint no estalla en llanto. 

—El trozo estaba apachurrado y blando; era claro, lo había bañado de lágrimas.

Estos cuentos la hacen sentir mal porque se convence aún más de que el amor es un tesoro privado, escondido, sobre el cual no debe regir ningún interés. El amor no tiene nada que ver con la moneda.

«Tu sei ricchione e devi morire.» 

Suo padre sta con la pistola in mano e punta. Non riesce a prendere la mira, uno, perché deve reggere la porta dietro la quale la madre in un crepitio di calci grida che vuole salvare la sua creatura dalla furia dell’energumeno, non fa niente ch’è ricchione; due, perché Rosalinda Sprint sbatte da parete a parete, pipistrello cecato, le mutande riempite di spavento. Salta in alto, in lungo, si acquatta a terra, si rialza, striscia, si schiaccia contro il muro, si china, inciampa, picchia la testa. 

«Il brigadiere ti ha colto sul fatto e devi morire.» 

Adesso, servendosi dell’altra mano, suo padre tiene ferma la mano che impugna l’arma e pare che ce la fa. Perduta, Rosalinda Sprint vola dal balcone: una gamba spezzata, quaranta giorni all’ospedale, la madre a piangere in punta al letto. A casa non può rimettere piede – dovunque s’incontreranno una pallottola in culo non gliela leva nessuno, il padre gliel’ha promessa e d’allora va camminando pistola in tasca, l’avverte sua madre. Perciò, guarita, finisce in camera d’affitto. È sempre la madre che la mantiene con quanto riesce a sgraffignare all’energumeno che, non sia mai sa che l’aiuta, ha promesso a lei un’altra pallottola – a te in fronte. Di camera in camera, di quartiere in quartiere, scorrono i primi tempi. Succede che la madre smette di aiutarla perché s’accorge che Rosalinda Sprint, messa a frutto la sua vocazione, guadagna bene, ed è Rosalinda Sprint che le passa ora un sottomano quando s’incontrano di nascosto, e ci aggiunge ogni volta un regaluccio personale. 

I primi anni non riesce a vincere la ripugnanza di compiere i gesti, gli atti dell’amore, accompagnandosi a vecchi, in generale a uomini che non le piacciono. Nel suo intimo c’è una sorta di delicatezza – nessuna volgarità per cui sente il peso della prostituzione. 

Quando il brigadiere l’acchiappa sul fatto, sul fatto ci sta con un giovanotto di cui è pazza, col quale da qualche tempo amoreggia. Stanno su al Parco della Rimembranza e da principio si sono goduti il panorama – la palla di fuoco toh, scende pulitapulita a mare. E poi hanno aspettato la notte– questa notte che non arriva mai. E poi le prime stelle l’hanno incantata e s’è stretta a lui – sono la tua Butterflà. E ancora la musica di un’orchestrina lontana che arriva indistinta e sembra ora una canzone ora un’altra, l’ha intrigata – io dico ch’è quella, io dico che non è, e ti sbagli, ti sbagli tu. E poi emozione dell’attesa, amore traboccante e voglia, e lui ch’è diventato tuttocazzo e la piega di forza in ginocchio nel fosso umido – fa caldo, l’erba bagnata striscia tra le cosce nude appena divaricate ad aggiungere frenesia e lui la carica tenendosela abbracciata, le grosse mani martirizzano i capezzoli sottili, li bruciano, una tortura alla quale non potrebbe resistere se non fosse la destrezza con cui la sta caricando a confondere ogni sentimento, e lei che si mette a abbaiare alla luna che esplode dal mare nero dietro gli alberi neri e si sente un animale felice come un animale, e la luna che si copre di colpo ed è il brigadiere che la copre diritto in piedi davanti a lei e dice – e bravi! Il brigadiere è suo vicino di casa. Tanto meglio e tanto peggio. Quante volte rivive la scena mentre si vende agli schifosi che la pagano; una sera nella latrina d’un cinema, le venne da ridere a ricordare gli occhi del brigadiere, e il cliente s’incazzò di brutto. Rivivere i momenti preferiti è la sua maniera per superare il tormento della prostituzione. 

«Tu pensa a un altro.» Glielo disse Sayonara, una delle prime conoscenze della vita pubblica, non amica. L’unica sua, è Marlene Dietrich. Amicizia e protezione. 

«E figlia mia, ti credevi che nella vita è permesso solo ciò che piace? Non sarebbe vita, sarebbe paradiso. Quando stai sotto a uno che ti paga, immàginatene un altro.» 

«A me viene voglia di sputargli in faccia.» 

«E te la fai passare. Pensa a chi t’ha fatto godere.» Sayonara ha un attimo di cupezza. «Tu sei giovane, fresca – io mi sono scordata pure dei ricordi.» 

Questa Sayonara, secondo Rosalinda Sprint, è una fanatica: tiene banco in mezzo alla Litorania a voce così alta, che tutti la devono ascoltare, e le parole le attacca una all’altra senza una pausa che non fai a tempo a staccarle con l’orecchio, tu che la stai a sentire, per afferrare che dice mezze se le mangia mezze le perdi, che ti resta? 

«Per favore vuoi ripetere – ti sei capìta tu e tu», fa Rosalinda Sprint quando un discorso la interessa; Sayonara non chiede di meglio e riattacca allo stesso ritmo. Continueresti a non capire se non fosse per il fatto che a un discorso confuso, ripetuto una seconda volta, ci fai l’orecchio, e un po’ di più ne afferri, ecco tutto. Si conoscono i primi giorni che vive da sola, uscita ancora zoppicante dall’ospedale – va in giro col bastone – e anche se l’ha aiutata e consigliata in un momento davvero brutto, questa rimane una scocciante che a ogni cosa che le chiedi, a ogni cosa che succede, a ogni cosa che devi risolvere, tira fuori l’esempio di un’altra cosa capitata a lei. 

«Anche a me, cara, sarebbe piaciuto tenermi Elia – per la vita. Unico amore. Vero. Avevo l’età tua. Era un sardo che stava in Sardegna. Mi poteva seguire, me lo potevo portare appresso? Sì, domani! Aveva moglie e figli, non sapeva neppure dove stava il continente. Un cuore e una capanna? Sì, domani! Lavoravo per mantenere lui? E lui si faceva mantenere da me? Troppe complicazioni per un semplice che non parlava. Abbiamo fatto ogni cosa senza aprire bocca – era bello, bellissimo, un Cristo di legno (non soltanto la faccia, intendiamoci, scolpita nel legno). Allora mi chiamavo Mimì Bluette, il nome l’ho cambiato dopo il film di Marlobbrando, è più moderno, Sayonara, e mi sta bene, mette in evidenza l’occhio a mandorla, no? Gli occhi sempre gli occhi mi baciava Elia. Passavo per andare a teatro– stavo con l’avanspettacolo – e mi guardava, alto appoggiato al muro, ero giovane, fresca, vestita allegra, mi guardava e non diceva una parola. Io, subito notato – favoloso. Trentott’anni, mica un giovanottello, uno che Gary Cooper si poteva andare a nascondere. Ah, non ti muovi? Aspetta che mi muovo io: “Non hai la lingua?” dico. Lui abbassa gli occhi. “Se non mi puoi parlare e ti piaccio tanto, per lo meno un fischio dietro me lo potresti fare.” Sì, domani! Un fiato non esce da quella bocca. Mi allontano scornata. Tuttosommato che ne sapevo di che razza sono i sardi… Passano due giorni, non si mostra, il terzo, di nuovo sta all’uscita degli artisti, alto appoggiato al muro. Non esitai, lo prendo per mano, zitta e muta, e lui senza fiatare mi segue. La compagnia tornò a Napoli, io restai due mesi là a mangiarmi quei quattro soldi che avevo da parte. I soldi che ho speso più volentieri in vita mia. Era un cane fedele, non so in che modo la metteva con la famiglia certo stava solo appresso a me – là le mogli le chiudono in casa e guai a loro. Mi portava in barca, sulle spiagge solitarie, al largo… ci vedevano insieme, nessuno diceva niente, mi pareva che avessero soggezione di lui che si permetteva ogni cosa. Quando partii piangeva. “Elia, non fare così, ci scriveremo.” Non mi rispose. A Napoli non riuscivo a togliermelo dalla testa – potevo ritornare in Sardegna? Sì, domani! Scopavo con gli altri e pensavo solo a Elia, mi dava conforto, mi aiutava in seguito una s’incallisce e non ce n’è bisogno. Sembra a te che fai le stesse cose sia con quelli che ti pagano sia con chi ti piace o che tu ami – sì, domani! Sono cose diversissime. Scrivo, riscrivo, non ricevo un rigo. Torno a scrivere, niente, silenzio. Che razza strana, pensai, un cane se ci stai vicino, da lontano una iena. Passano tanti mesi, un giorno mi arriva una busta dalla Sardegna. Dentro c’è un pezzo di carta straccia e sopra c’è scritto, a grosse lettere storte, per mano d’un bambino: “Non so leggere”.» 

Per poco Rosalinda Sprint non scoppia a piangere. «Il foglio era spappolato e moscio, ch’era chiaro – l’aveva spugnato di lacrime.» 

Questi racconti la fanno star male perché si convince meglio che l’amore dovrebbe essere un tesoro privato, nascosto, sul quale non deve agire nessuna ragione d’interesse. L’amore non deve avere niente a che fare con la moneta.


Giuseppe Patroni-Griffi (1921-2005), director de cine napolitano, es más famoso por sus filmes Metti, una sera a cena (1969) e Identikit (1975) y por sus obras de teatro D’amore si muore (1958) y Anima nera (1962), que por su narrativa, como La morte della bellezza (1987). Publicó Scende giù per Toledo (1975), una suerte de novela o serie de cuentos —depende de cómo se quiera leer— que narra la vida de Rosalinda Sprint, travesti (o, más bien, femminiello, un tercer sexo italiano) que habita uno de los lugares más notables de Nápoles: los Barrios Españoles (Quartieri Spagnoli). La complejidad para definir al texto como novela o serie de cuentos, así como la identidad de la protagonista, hacen del desbordamiento el leitmotiv ideal de la obra.

Diversos conceptos atraviesan dicho texto; muchos llaman mi atención, pero entre los más destacados se encuentran lo neobarroco y lo camp: la construcción del texto es en sí misma rebuscada, teatral, dislocada, incluso cinematográfica. ¿Cómo trasladar todo este entramado narrativo-conceptual a otro idioma, en nuestro caso el español? La presente propuesta pretende ofrecer una respuesta, además, también pretende acercar a dicho autor al público hispanohablante, ya que aún no existen traducciones de sus obras, al menos no las literarias.

A grandes rasgos, la traducción es ambi-equivalente (término propio), según la propuesta de Eugene Nida sobre equivalencia formal y dinámica: por un lado, busca respetar en su mayoría la construcción sintáctica y la ortografía del texto original (italiano), con el fin de conservar el desordenamiento y rebosamiento característicos del original —equivalencia formal—; por otro, intenta insertar expresiones y oralidad cercanas a la lengua meta —el español, específicamente del centro de México—, por lo que en ese sentido se vuelve dinámica.

Notas

1. Rosalinda se refiere a la ópera de Giacomo Puccini: Madama Butterfly (1904); se respetó la oralidad del original (Nota del Traductor). [↑]

2. Nombre inspirado en la novela de Guido da Verona: Mimí Bluette, fiore del mio giardino (1916) (N. d .T.). [↑]

3. Sayonara (1957), dirigida por Joshua Logan y protagonizada por Marlon Brando. Se respetó la oralidad del texto original (N. d. T.). [↑]

Rafael Llanos (Ciudad de México, 1999). Es estudiante de la licenciatura en Lengua y Literatura Moderna Italiana, especializado en traducción y estudios culturales. Sus intereses se centran en la literatura LGBT+ y queer en Italia, los estudios de género y sexualidades, así como en el posmodernismo y el erotismo en la literatura.