Beatriz y Tabis | por Michelle García Sánchez

Beatriz y Tabis | por Michelle García Sánchez

Tabis y yo hemos sido mejores amigas desde que tengo memoria. Solíamos pasar día y noche juntas, como uña y mugre, a tal punto que nuestros vecinos empezaban a creer que sólo una de las dos existía. Sin embargo, nosotras no éramos las únicas que se conocían de toda la vida, nuestras mamás también lo hacían. Por esta razón, había días que podía estar hasta tarde en casa de Tabis o incluso quedarme a dormir.

Nuestros vecinos relatan vernos jugar hasta tarde, nuestras carcajadas resonaban en la vecindad. Recuerdo que nuestro juego favorito era la hora de té. Tabis y yo acomodábamos a nuestros peluches alrededor de una mesa y comadreábamos, tal como lo hacían nuestras madres. Los peluches y nosotras trasnochábamos haciendo esta actividad.

–Las niñas jugaban solas hasta tarde –solía decir la vecina del número 4–. Yo las veía desde la ventana del patio. Siempre eran dos, pero a veces… a veces sólo escuchaba una risa única. No sabría decir a quién le pertenecía.

Mamá ha tenido problemas mentales desde siempre, por lo que con el tiempo aprendí a cuidar de mí misma. Beatriz, mamá de Tabis, siempre estuvo para mí, cuando Elizabeth, mi madre, no estaba ahí porque había recaído o simplemente no quería. Yo podía ir a casa de Tabis en cualquier momento; ella, su casa y su familia se habían convertido en mi lugar seguro. Siempre prefería dormir en su casa, porque no olía a medicamentos ni se escuchaban los gritos de mamá en la cocina. Esto causó que toda mi vida la comparara con la de ella. Y es que ella sí tenía una mamá que la cuidaba, que le cocinaba, que le limpiaba, que la amaba, que estaba.

Los pocos recuerdos que tengo de mamá son de ella gritándome, reprochándose por qué papá nos abandonó, o culpándome de todos sus problemas. Esa era la costumbre.

–¡Rocío, siempre fuiste igual a él… Con esa cara de “yo no hice nada”! ¡Pero sí hiciste! Si no fuera por ti, todavía estaría aquí. ¡No me habría dejado!

–Mamá, por favor…

–¡Cállate! Tú no sabes nada, nunca sabes nada. Tú no sabes lo que es quedarse sola, sola con una niña que… ¡Yo no pedí! –repetía sin cesar, todas las noches que regresaba de su turno nocturno, claramente fuera de sí. 

Los problemas en casa a veces eran tan graves que Beatriz decidió llevarme al psicólogo con sus propios recursos. Tenía sesiones cada viernes, en ellas lloraba y lloraba hasta secarme, pero hubo un punto en el que el psicólogo decidió transferirme con un psiquiatra. Yo no entendía por qué, yo estaba bien, sentía que mejoraba.

Llegó el día de la primera sesión con el médico. Un olor a alcohol etílico y a metal penetraban mi nariz. Parecía más un quirófano que un lugar seguro para contar lo que pasaba por mi mente.

Yo esperaba hablar con un doctor viejo, como lo era mi psicólogo, pero al contrario, el Dr. López era sorprendentemente joven. Parecía una persona muy pulcra, de esos que siempre tenían 10 en la escuela sin mucho esfuerzo; su bata estaba perfectamente planchada, aunque tenía una mancha de algo que parecía café en la manga izquierda. Él nunca apartó la mirada de mí ni un solo segundo, me veía fijamente, tenía unos ojos que quemaban. Hasta cuando estaba tomando notas, yo sentía su vista clavada en mi ser.

–Puedes contarme lo que quieras, Rocío –dijo, pero su mano tembló apenas al escribir mi nombre.

Le hablé de mamá, de Beatriz, de Tabis. Él sonreía como si todo tuviera sentido. Cuando terminé, guardó silencio. Me miró y susurró:

–¿Desde cuándo las ves?

Yo no entendí el porqué de su pregunta. ¿Cómo que desde cuándo las veo?, ¿qué parte no entiende de que mamá está enferma y Beatriz me hace sentir como en casa?

Ahora, iba al psiquiatra cada 15 días. Como yo aún era pequeña, pensé que solo era un tipo de psicólogo, pero más profesional y preguntón. No tenía la más mínima idea de lo que ellos podían hacer, hasta que la medicación comenzó. El Dr. López nunca me dijo que yo tuviera algo, se la pasaba diciendo que mis medicinas eran gomitas que me harían más feliz y tranquila, sin que nadie perturbara mi paz.

Continué yendo con él mucho tiempo, cada sesión notaba en su expresión que no estaba mejorando. Pero, como dije, yo estaba bien. Beatriz se hacía cargo de todo lo que involucrara pagos. Ella cargaba con las cuentas de todos mis medicamentos, pues mamá seguía empeorando, a tal punto que la tuvieron que internar en un hospital.

–Es bien sabido que existen trastornos mentales que pueden ser heredados –oí alguna vez decir.

El Dr. López, al enterarse de mis antecedentes, comenzó a realizarme muchos tipos de estudios. Había máquinas por doquier, toques sobre mi cabeza, geles fríos en mis brazos y pitidos en toda la habitación. También estaba repleto de personas, personas horrorizadas. Yo tenía sólo 11 años, no entendía por qué me miraban con semejante espanto. El doctor tenía muchas teorías sobre mí, de las cuales yo no terminaba de comprender ni una sola.

El ambiente estaba frío y con mucho ruido, gritos sobre todo. Recuerdo ver una pantalla con la imagen de un cerebro, el mío, me imagino. Parecía cualquier otro cerebro normal, no había ninguna anomalía, lo que sorprendió a todos, menos a mí. Yo estaba bien, ya lo dije.

– ¡Está loca, está loca! –gritaban las enfermeras. No entendía por qué. El doctor salió corriendo de la habitación, aterrorizado, sin entender nada.

Llegó el día de la siguiente sesión tras ese maniaco episodio del personal. Mientras esperaba entrar, decidí deambular un poco por el hospital. Como siempre, había una atmósfera pesada, con sonidos por dondequiera que retumbaban en mis oídos: mujeres gritando, dando a luz; llantos por noticias desfavorecedoras, entre muchos otros.

En mi camino al consultorio de siempre, me encontré con una puerta entreabierta, ahí estaba el Dr. López junto a la recepcionista, buscando expedientes en un frenesí. Hojas volaban por aquí y por allá. –Beatriz, Tabis… ¡No hay nada sobre ellas, ni en el registro civil! –dijo el Dr. López–. Yo vi a tres personas entrar al hospital –dijo la recepcionista–. Pero en la cámara sólo aparece la niña.

Por fin era hora de mi sesión. Yo diría, más bien, mi interrogatorio.

 –Rocío, ¿cómo llegaste aquí?

–Beatriz me trajo, como siempre.

–¿Es la mamá de Tabis, cierto? Siempre la mencionas.

–Así es.

El Dr. López aseguraba que yo sufría algo similar a la esquizofrenia, algo que me hacía alucinar, pero en ese momento no había tanta información, o al menos yo no la tenía. Hubo meses en los que durante todas las sesiones me tachaban de estar loca.

 –Beatriz y Tabis no existen, son sólo un reflejo del cómo quieres que luzca tu vida –dijo la última vez el médico.

La obsesión del doctor con mi caso era tanta que decidió ir a ver en qué condiciones vivía yo. Todo esto era con el fin de tener testimonios de los vecinos, de quizás conocer, por fin, a las personas que tanto mencionaba en cada sesión.

El doctor comenzó por mi casa. Claramente, yo estaba sola, porque mamá seguía en el hospital y Beatriz había ido al mercado junto con Tabis. López comenzó a analizar cada habitación de mi casa, lo escuchaba murmurar cada que avanzaba

–Parece que un tornado pasó por aquí –decía con cada centímetro que recorría.

Por fin salió y decidió interrogar a mis vecinos, para saber todo lo que ellos conocían sobre esas personas que, según él, no existían.

 –La señora Beatriz es muy amable –contó una de las vecinas–. No tiene mucho que la vi salir al mercado…

–Durante las mañanas la suelo ver tomando su café, sentada en el jardín y viendo al vacío… viendo como sus niñas juegan –dijo otra vecina–. Sus risas siempre me despiertan en la noche.

Todo apuntaba a que sí existían, que no era un invento mío y que no estaba loca. Estaba bien. El loco era él, hasta que llegó a cuestionar al casero.

–Nunca existió una Beatriz en esa casa –aseguró–. Esa vivienda lleva desocupada desde que Elizabeth llegó con Rocío, hace años.

Rringgg. El timbre que indicaba el fin de mi sesión por fin había sonado. Se me había hecho eterno. Ya no recordaba si la consulta había durado minutos o siglos. Moría por ir con Beatriz, sentir su calidez de mamá, y contarle todo lo que había hablado hoy.

–¿Dónde está Beatriz? –dijo en voz alta López antes de irme–.

No había nadie en la sala de espera, ni un alma vagaba por ahí. El lugar donde siempre se sentaba a esperar estaba helado. Al doctor no le parecía extraño, según él, yo siempre seguía el pasillo recto hasta llegar a la salida, donde no había nadie. Sin embargo, ese día decidió ir conmigo, ese día conoció a Beatriz y Tabis. Las vio alegrarse al verme y abrazarme fuertemente como si no hubiera fin, tal como yo le contaba cada sesión.

Él me observó ir felizmente con ellas, hasta que, al llegar a la cuadra, estaba sola, otra vez.

Michelle García (CDMX). Estudia el bachillerato en CUAM México. Desde pequeña anhelaba tener un talento artístico, el cual desarrolló en la preparatoria a través de la pintura y la escritura. Le apasiona la música, las matemáticas y las artes, intereses que reflejan su equilibrio entre el pensamiento lógico y la sensibilidad creativa. Su forma de pensar, determinada y reflexiva, la ha llevado a perseguir sus metas con claridad y autenticidad, buscando siempre dejar huella en lo que hace.