L’histoire est une suite de mensonges sur lesquels on est d’accord. Napoléon Bonaparte History repeats itself, first as tragedy, second as farce. Karl Marx History is written by the victors. Sir Winston Churchill Fusílenlo, después averiguamos. Pancho Villa
Refriega de media tarde con puesta de sol
Las primeras detonaciones quebraron la quietud del día.
Todavía el sol a media altura pintaba de rojo y naranja el cielo, pero la oscuridad de la noche ya luchaba contra los destellos de oro detrás de nubes negras.
De la O, a galope seguido por los demás, con el Mondragón bien sujeto en la mano derecha, listo para disparar bala y acabar con quien se le pusiera enfrente, luchar contra todo aquello con quien su general tuviera querella, era furia.
Los otros ya disparaban los Máuser robados de la armería federal de Cuernavaca.
Las balas zumbaban en el aire como abejas buscando polen. Se incrustaban contra los muros erguidos de adobe, los astillaban, se enterraban en esas paredes gruesas para fincar túneles. Ahí perdurarían por el tiempo hasta que la historia fuera desenterrada o los años venideros redujeran todo a escombros y polvo.
Quizá todo acabaría, la revolución, el mal gobierno y sus caudillos, los espurios hombres fuertes que se hacían del poder cortando cabezas, anudando alianzas contra el pueblo, contra la bandera misma.
Pero ahora acabaría más pronto, los de Santiago no esperaban este comienzo.
Pasada la digestión de los alimentos, era la hora donde los hombres descansaban de las faenas de la mañana. Las mujeres se reunían para el tejido, respirar, retornaban al cuidado de los chamacos o iniciaban el rezo de la media tarde.
Así que todos estarían en sus actividades y aunque la amenaza llevara ya una semana posada sobre sus cabezas, no pensarían que ese momento era aquel cuando finalmente todo llegaría a término. O eso creían los zapatistas.
Los de Santiago, en cambio, tras años de ver su mundo al acecho de estos forajidos, con los cambios de bando desde el comienzo de la revolución armada que parecía no tener fin, ni razón alguna, estaban preparados para cualquier sobresalto.
Con el primer disparo, los voluntarios de la defensa se congregaron en sus puestos, en los tejados y detrás de los muros elegidos, para dar la defensa del pueblo.
La voz de alerta recorrió el pueblo de boca en boca y de oído y en oído. Las mujeres y niños se guarecieron de la lluvia de plomo, los jóvenes se hicieron de palas y de baldes de agua, en caso de que otra vez el fuego azotara los edificios y los estancos, y quienes tuvieran algún armamento, un rifle de cerrojo, un revolver de seis tiros, alguna carabina, debían apersonarse en el quiosco central para recibir órdenes.
Las tropas zapatistas entraron a caballo por las entrecalles. Recibían metralla y respondían con fuego.
De ambos lados los cuerpos sufrían. Sus cuerpos fuertes recibían la hoz de la muerte igual que la milpa era segada de un golpe certero de machete. La tierra recibía a los caídos con un abrazo tierno y los cuerpos pagaban esa bienvenida con un riego de agua viva, roja y espesa.
Los santiaguenses eran certeros. Cada tiro reventaba una flor marchita en el pecho de un zapatista. Gritaban sus gritos de guerra y de llanto, los caballos se desbocaban sin jinete entre el estruendo de la pólvora y la polvareda.
De la O miró el asunto con aire contrariado. Sus hombres caían y el general no estaría contento. Lo culparía por esa acción tan improvisada, tan ajena a su alto juicio.
Jamás aceptaría haber dado la orden en ese arrebato colérico dentro de su tienda, jamás reconocería el olor a pólvora, el humo saliente del cañón de su pistola, su rostro adusto y, sin embargo, su mirada de profunda tristeza. Zapata nunca aceptaría la derrota de sus tropas y por eso, ahora, ante los tiros arteros de los santiaguenses, favorecidos por los dioses de la guerra en esa tarde moribunda, con la puesta en escena completada, más valía la retirada, regresar al resguardo de la noche y preparar la partida última.
Chifló tres pitidos cortos para anunciar el fin del ataque. Los caballos enfilaron hacia el campamento y esquivaron los tiros de la postrimería.
Los santiaguenses tendrían su victoria esa noche azulada, bajo la luna enorme y blanca que ya asomaba apenas.
Los zapatistas en cambio dormirían poco y mal, el orgullo picado en el corazón.
El campo abierto en los linderos del pueblo, al amanecer, regado por el rocío y por la sangre de los muertos.
Y todos verían a los colgados con los primeros rayos, una tercia, de un par de árboles al costado del campo. Todos verían sus caras amoratadas y sus miembros hinchados.
Y la distracción del espectáculo los tendría absortos.
Y con esa suerte los santiaguenses se cegarían de la tormenta que se avecinaba, la verdad de una victoria pírrica, pues aquella tropa encolerizada del General Emiliano Zapata pondría, rabiosamente, el punto final al inicio titubeante de su lugarteniente querido.
El machete y la horca
I
En el momento mismo en que el pitón encontró la carne, sucedieron dos cosas.
La primera fue un dolor caliente, indecible, hecho de fuego rojo como la sangre, ráfaga súbita para partir el cráneo en dos mitades, una hendidura ascendente, lanza y grito, que desternilla el silencio sobre la arcilla del lienzo.
La segunda fueron las nubes grises, antes inexistentes en el cielo vasto y azulísimo, y que avanzaron para ocultar tras de sí al disco solar, cubrir con su sombra un día antes claro.
La luz desvanecida ya, lentamente, igual a la extinción de una vela dentro de un vaso de vidrio. Las luces internas y externas terminaron su combustión de energías. La vista entonces se difuminó en manchas negras, y negro fue el color de aquel novillo que había defendido a cabalidad sus terrenos, negro como la oscuridad enorme y fría que templaba ya sobre las cabezas.
No supo sino hasta después, cuando esas luces regresaron a los ojos, que el novillo apenas lo había arañado, y un surco abultado que marcaba la piel del muslo izquierdo, apenas un rasguño delgado, era la huella única del acontecimiento, marca que quizá, en otros momentos, hubiese resultado de noches de desvelo y de amor.
Recostado así sobre un colchón mullido forrado de sábanas blancas y cobijas gruesas, veía entre ojos la planicie del techo, las vigas de madera que lo cruzaban como líneas paralelas de un costado a otro.
Era el cuarto de antes, el mismo donde había dejado sus pocas pertenencias.
Logró mirar, al ladear la cara, desde esa posición horizontal propia del convaleciente, el suéter beige doblado sobre la maleta, profetizando el refresco de las tardes y, justo a sus pies, doblado sobre la piecera, el blazer de pana desgastada que usaba siempre.
En el único escritorio de la habitación, sobre los cuadernos repletos con la investigación, la boina de lana verde, comprada en Madrid muchos años antes, un día de lluvia.
Ahora Elsa lo miraba desde el umbral de la habitación. Su mirada poseía una intensidad que podía cautivar y provocar temor al mismo tiempo.
Intentó decirle algo, pero la voz se quedó en la garganta.
—¡Fue un gran susto! —dijo ella con su seseo característico.
Hizo otro intento para hablar y por fin la voz se desenmarañó de la madeja.
—Ni pensar en lo ridículo de mi toreo.
—No lo has hecho tan mal, tus primero pases fueron buenos.
Con la conciencia plena le regresó el dolor al muslo, parecía como si lo tuviera sobre carbones al rojo vivo.
—Te llevaste una buena cogida, es normal que duela tanto. Por fortuna tenía los pitones forrados. Pero el golpe no se te quita. Iré por unas aspirinas.
Su visión dejaba prontamente la bruma y el mundo recuperaba nitidez y las aristas del color. El dolor era un estorbo, pero los sentidos regresaban, ya no el magma informe con el que se construían los hechos recientes en la memoria, aquellos que no lograban entenderse todavía.
Trató de ordenar su mente. Primero los lugares: el rancho, el recibidor, los árboles que bordean las caballerizas, el lienzo como un círculo de arcilla olorosa de petricor.
Los aromas de campo: el tufo acre de los establos de las vacas, las porquerizas, los olores del gallinero con su olor a plumaje rancio.
En tercero las acciones: saludar, caminar, mirar todo eso que era tan bello, dejar las cosas en la habitación, pasear por el campo, admirar caballos, presentarse al lienzo.
Por último, las palabras que recuperaban los recuerdos de la bruma del olvido, palabras sobre otras memorias, recuerdos de uno y otro lugar, cosas vistas, comidas ya comidas, bebidas escanciadas en momentos de festejo, paisajes admirados en las mañanas de sol y en las mañanas de lluvia, la soledades en las tardes acerinas.
Los recuerdos proyectados en la mente como un cine, entre el dolor y el cansancio, o la emoción de los lugares que antaño fueron los escenarios del amor de su vida.
La puerta se abrió y Elsa entró con un vaso con agua y un par de aspirinas.
—Anda, tómatelas.
Extendió el brazo para darle el vaso con agua. Tomó ambos y se dejó atender como un niño enfermo. Elsa pareció haberse dado cuenta de la actitud porque de inmediato dijo:
—Puedes no tomarlas y aguantarte, si quieres.
La miró con fijeza, intentó dibujar una sonrisa en el rostro. Puso las aspirinas en la boca. Bebió agua. Las aspirinas pasaron con dificultad por la garganta, así que tomó más agua para facilitar su tránsito. Elsa le retiró el vaso y lo puso sobre el buró.
—Así está mejor, descansa un poco, deja que te hagan efecto. Regresaré en un rato a llamarte, cuando la comida esté lista.
Se acercó, antes de salir, y lo besó suavemente la frente.
Sus labios carnosos quitaron todo dolor del cuerpo, le hicieron recordar otros tiempos, tiempos mejores, cuando esos labios habían sido totalmente suyos.
Se quedó solo.
Se concentró en los pensamientos y recuerdos.
Lo más reciente era el toro, novillo a decir verdad, de dos años y medio, ligerito, con apenas un cuarto de tonelada y una cornamenta no tan desarrollada. Pero incluso así, ágil de piernas y despierto de mente, intuyó sin más sus precarios pases, su movimiento declarado. Simplemente había hecho una defensa natural de sus terrenos.
Pero entre el recuerdo del novillo se confundía el rostro afilado de Elsa, con esos ojos profundos. Su cabello castaño, largo y ondulado, su perfume una mezcla de la vainilla y el jabón de Marsella. Elsa que apenas le había dado un beso tierno en la frente, que había salido de esa habitación dejando tras de sí una estela de recuerdos. Elsa, la idea de pureza, de toda la belleza del mundo, la única que tenía como certeza en la vida.
Nuevamente la imagen del novillo, saliendo por el portón de toriles, recorriendo en redondo el lienzo, examinando los terrenos y la arcilla blanda. A lo lejos la tela de un rosa vivo con fondo amarillo, azuzando su andar, los primeros pases de capa de Manuel, el coro de ajá, ajá, olé, olé desde barreras. El novillo bailando alrededor de una estatua fincada en el centro del círculo, persiguiendo su sombra, rascando el lienzo con su carrera.
Él entrando en segundas oportunidades, sus pases agolpados en la memoria. Verónicas aéreas no tan técnicas, acercándose cada vez un poco más, escuchando, desde tablas, el susurro de voces, el timbre trémulo de Elsa, casi un rezo, sonido lleno de nervio eléctrico.
De reojo, Elsa mirándolo enfrentar, sin muchas experiencias previa, pero con la cara en alto, a la bestia.
Y el recuerdo seguía y se dibujaría en cualquier lienzo o se escribiría en cualquier hoja. Hasta su conclusión. Hasta el accidente donde todo se hizo negro.
II
Llegó desde muy temprano al rancho para ver el machete de Emiliano Zapata.
Y a Elsa también, a Guillermo, a don Manuel. A todos. Aunque ahora, lo más importante era aquel machete viejo y oxidado.
El sol había despuntado cuando aún manejaba por la carretera rodeada de pinos verdes y cerros de media altura.
Había pasado ya el Cerro de las Cruces, donde Hidalgo había librado una batalla para definir las guerras de independencia, y esos claros que antes eran dignos de días de campo familiares, pero que ahora, con la aglomeración caótica de restaurantes, cárteles fluorescentes llenos de mala ortografía y publicitando quesadillas y sopas de hongos, le hacían aborrecerlo y lamentar un poco más los malos gobiernos.
En el rancho lo esperaba Elsa desde temprano, ansiosa de su llegada, tenían un año sin verse.
Solamente una vez había respondido las cartas que le enviaba, cada tercer mes, desde el primer día de su separación.
Hubiese querido responderle todas, pero leer su letra pequeña y circular, contándole secamente sobre su vida, sin tintes de cariño o del amor que alguna vez tuvieron, le producía una tristeza que duraba días, que le impedía concentrarse en sus tareas de estudio.
El caporal abrió el gran portón y el rancho abrió sus brazos para recibirlo. Se adentró por el camino hasta el claro frente a la nave principal. Estacionó el automóvil cerca de la casa sin sospechar que Elsa lo espiaba desde uno de los grandes ventanales de la planta baja.
Salió cuando bajó del automóvil. Corrió hacia su encuentro.
No supo si correr también y ejecutar la coreografía de tantas películas románticas. Decidió dar unos pasos hacia su encuentro y olvidarse de esas ideas insulsas.
Elsa llegó, se detuvo por un momento, lo miró a los ojos como queriendo verle el alma y le dio un gran abrazo.
—Te esperaba desde ayer, no he podido dormir.
—Cené ayer con algunos conocidos. Te caerían bien, son muy de tu estilo.
—¿Cuál es mi estilo?
—Tú sabes a qué estilo me refiero
—¿Sigue con lo de tu investigación? —preguntó.
—Sí, en eso estamos.
—Creí que querías escribir novelas de éxito.
—Elsa —dijo cabizbajo —, te he extrañado, me da gusto estar aquí.
—Yo también te he extrañado.
Ella dio la vuelta y se internó en la casa.
La casa principal tenía el estilo rústico de todo gran rancho mexicano. Muebles de buena madera, combinación de paredes blanqueadas con cal, gruesas como en los conventos jerónimos. Los techos se sostenían con maderos y por doquier había flores en jarrones de cerámica y otros ornamentos de platería. Una pared tenía un nicho que lucía un viejo santón de tamaño real.
Elsa lo llevó hasta el cuarto y lo dejó dejar sus cosas en calma.
Tomó la grabadora y regresó un poco la cinta.
Sobre la cama yacían dos pantalones de tienta y una camisola sencilla, blanca y de algodón de punto cerrado. Sobre ellos una nota: “Tenemos un novillo listo para que ejerzas tu arte taurino, ojalá no se te haya olvidado lo que te enseñé hace años, Guillermo”.
Presionó el botón para grabar. La cinta se puso en movimiento.
—He llegado al rancho, Elsa está igual que… —dijo, pero la puerta se abrió de pronto y guardó silencio.
Era Guillermo vestido de faena.
—Qué bueno que llegaste, qué gusto verte.
Se abrazaron calurosamente.
Guillermo era, de entre los hermanos de Elsa, con quien más se identificaba. Varias cosas los unían: los toros sin duda, la literatura, los buenos vinos, las mujeres hermosas.
—También me da gusto verte —dijo—. Ojalá ese novillo duerma todavía porque mi toreo no ha despertado.
—No te preocupes, lo que bien se aprende nunca se olvida. Recuerda que te enseñé todo y soy un excelente maestro.
Con el toro uno se adentra en un mundo poblado por supersticiones y sortilegios, santos de todo tipo y seña, y todo repercute y se entrelaza.
Fueron sus palabras quienes convocaron aquella suerte que le sobrevendría un poco después. Pero en ese momento no lo supo y Guillermo y él rieron, recordando los viejos tiempos.
A Guillermo le había afectado tanto como a él su rompimiento con Elsa. Otra cosa compartida, ese dolor.
Lo dejó diciéndole que el sol despuntaba y que el pasado debía quedarse en el rincón de la mente.
Después de vestirse con los pantalones de tienta y de calzar unas botas que Guillermo le había procurado, salieron hacia la cocina donde Elsa dirigía la labor de los alimentos.
—Buenos días, señor Guillermo —dijeron las muchachas.
—Buenos días, ¿qué tenemos hoy? Frijolitos, huevito en salsa, tortillas de maíz azul.
Elsa se desprendió un poco de la cocina y se acercó a él.
—Te va bien ese pantalón, te lucen las pompas.
—Chicas, conozcan a Federico Gonzaga, historiador doctísimo y diletante profesional —dijo Guillermo.
Las muchachas lo miraron.
Seguramente reconocieron su pinta citadina, su carencia de trastes campiranos. Sin duda alguna supusieron el percance que acaecería después, pero sólo sonrieron con la gentileza de la gente buena de provincia.
Ya la suerte estaba echada y los machos caerían en dirección del cielo.

Daniel SanMateo (1984). Estudió primero matemáticas para saber contar hasta el infinito, después letras para aprender a leer bien y finalmente filosofía para descubrir la verdad. Gusta de estudiar idiomas extranjeros y de viajar por el mundo para conocer a muchas personas maravillosas. Ahora vive en México, donde además de escribir historias muy serias y muy entretenidas es profesor universitario. Sus alumnos piensan que su clase es difícil, pero que aprenden cosas increíbles.
