La idealizada necedad | por María José Escobar

La idealizada necedad | por María José Escobar
Los hombres y las mujeres toleran fácilmente que se hable de amor. Jamás se cansan de ello por común que el discurso sea.
Denis de Rougemont

Las luces de la ciudad se encienden y apagan a un ritmo sencillo. El hombre y la mujer contemplan todo desde la azotea de un edificio; maravillados, ambos por distintos motivos. Hay incredulidad, hay satisfacción y, por sobre todo, hay romance. Se miran a los ojos y la inevitable necesidad de besarse los sobrepasa. Un par de sonrisas que nunca volverán a intercambiarse. Esa es la penúltima escena de Sound of noise, película sueca de 2010, la perfecta excusa para escribir sobre los intereses propios.

Apenas comenzaron a pasar los créditos y, abrumada por la canción del final, exclamé en voz baja: “¡qué película tan romántica!” y no dejo de aferrarme a esa afirmación. Siento, hasta la fecha, que vi de más, como si escarbara la trama con la intención de formular una tesis innecesaria. Esta es una película sobre música, razoné, sobre terroristas musicales y la disconformidad hacia la rigidez de su academia; aún así, nunca me faltó el deseo de indagar por el romance. 

Lo queremos, al romance, lo esperamos. Ya sea para nosotros o para lo que consumimos (dado lo influenciables), como si aquel romance trágico que vi o leí fuera lo que espero para mí.

Como se hace con todo producto artístico que se queda atorado en la mente de una, me metí a buscar reseñas y, con alguna esperanza, esperé encontrar algún ensayo o comentario que compartiera algunos de los puntos que llamaron mi atención. Más allá de un par de valoraciones en los sitios habituales para rankear películas, un brevísimo hilo en Reddit y algunas escenas cortadas en YouTube, supe que no podría compartir mi entusiasmo de la forma que esperaba. En todo caso, lo que saltó a la vista fueron los subgéneros en los que está clasificada: Comedia, Policiaco, Música. Nunca Romance.

Por supuesto, en Sound of noise, donde un grupo de percusionistas cometen una serie de crímenes con partitura en mano y causan un revuelo insólito en la ciudad, no hay romance. Amadeus, el policía encargado del caso, proviene de una familia de músicos prestigiosos, siendo él el único que carece de oído musical. Tras el primer atentado, los policías llegan al hospital en donde se cometió lo siguiente: los seis percusionistas llevaron a un paciente a una sala y usaron tanto su cuerpo como los instrumentos médicos para tocar la primera pieza. Todo aquello se capta en cámara y Amadeus entiende que tocaron música. Hay un momento, sin embargo, que lo cautiva; la grabación se detiene cuando uno de los integrantes mira hacia arriba y se muestra la parte superior del rostro. Son unos ojos que Amadeus conoció un par de escenas atrás y la reconoce al instante. Antes, en una tienda de música, ella lo aconsejó para un regalo que él debía hacerle a su hermano; allí, con esa breve interacción, comienza su historia de amor.

Como si el ligero romance aquí expuesto fuera una lámpara de luz tenue, de esas que se recargan con la luz solar, yo soy una necia polilla que busca electrocutarse. Quiero exaltar al amor desde donde no es sobresaliente; eso se puede entrever en la cita con la que abrí este ensayo, pues la coloqué caprichosamente sin tomar en deferencia el consecuente contexto en el que Denis de Rougemont la escribió en su “Advertencia” para Amor y occidente. Dicho lo anterior, es necesario hacer esta acotación: lo de Amadeus y Sanna, la percusionista, es un amor irrealizable, imposible, por ende, atractivo para quien vea la película con estas lentes particulares.

¡Qué placentero es el amor que nunca podrá ser! El imposible, un algo producido por químicos en el cerebro, el que no nos permite espabilarnos y es hasta adictivo. Si nos vamos un par de siglos atrás, el tipo de enamorado al que podría aludir en este texto se parece más al de las novelas caballerescas visto desde la superficie: el amor que no se toca, el amor que está en eterno anhelo; una serie de vicisitudes que atraviesa el héroe para, finalmente, llegar a los brazos de su amada.1 No pretendo confundirlo con el tipo de amor, también imposible, que no es ni será correspondido; en este caso, y como suerte de analogía, yo sería la desatenta que no presta atención a los temas importantes de la película.2

Si dicho anhelo se ejecutara, la magia que se había estado construyendo perdería toda gracia; por ende, ya no es interesante, ni para los personajes ni para nosotros.

En Reddit, un usuario expresó en un par de líneas que la construcción de la relación entre Amadeus y Sanna fue débil debido a la falta de interacción. Me gustaría detenerme ahí; la falta de interacción, la falta de diálogos intercambiados, la falta de “un buen desarrollo de relación”. ¿Por qué las comillas? Desde una concepción generalizada, para que haya un buen romance, la interacción y el desarrollo de la dinámica son imprescindibles; no obstante, la química y el entendimiento, de acuerdo al caso aquí discutido, son los factores que más destacan de la relación entre estos personajes. 

Habrá que ver al amor y sus engranajes más allá de nuestros preceptos de él y entender que varios lo habremos de percibir desde un prisma con sus reflejos indistintos. Muchos, por decir demasiados, sueñan despiertos y es hasta siniestro el placer que produce el saberse un sufrido. “Quiero vivir esto y voy atenerme a las consecuencias”, pero el resultado, faltaba más, suele ser devastador en la práctica; es entretenido verlo, leerlo, ¿vivirlo? Ahí recae lo terrible.

Algunos dirán: nos importa y nos es necesario que el amor se cumpla (que tengan una relación o, mínimo, que cojan). Otros se conforman con mirar de lejos y aceptar lo que es. Casi al final de la película, cuando Amadeus y Sanna han terminado de contemplar la obra musical en toda la ciudad, se dan un beso. No es suficiente; es seguro que a muchos espectadores no les conmovió en lo absoluto, pero recordemos que hay quienes sienten ese chispazo ante la incertidumbre como si de una aventura se tratase.

Corto, intenso, de lejos. A lo largo de la historia del cine y la literatura, hemos visto de muchas formas cómo parejas con química impetuosa se separan antes de finalice la obra, como una inevitabilidad que no debe modificarse de ningún modo; pienso, por mencionar ejemplos afamados, en Casablanca, Hiroshima Mon amour e In the mood for love. Las tres películas tienen en común un romance torrencial y lo prohibido de eso, además, sí aparecen en la clasificación de Romance. 

No nos es ajena la emoción que produce la idea de un amor imposible, es más, nos excita porque causa todo tipo de sentimientos encontrados; la euforia y luego la melancolía, la necesidad por sentir algo sin comprometernos. Vaya, hay a quien le gusta la angustia de a gratis, y es lo encantador de la experiencia humana, si no, ¿con qué fin pisamos estas tierras? Para hacernos los mártires y encontrarle la gracia, será.

Cuando, en una situación más cotidiana, lo que consideramos nuestro “amor imposible” está en vías de realizarse, hay un desencantamiento. No obstante, y lo escribo como mi verdad, para que ocurra la desilusión, la relación tuvo que haberse dinamizado de acuerdo a las emociones que nos hacen sentir, por ejemplo, la tríada de películas antes nombradas. Vemos a estos personajes sufrir bellamente y no podemos dejar de admirarlos, hasta tratar de imitarlos. Entre las escenas eliminadas de In the mood for love, hay una que hace explícita la consumación del amor imposible entre los protagonistas; en el corte final no se deja más que sugerido y es parte de lo que encanta al público del Wong Kar-Wai. Caso contrario en Casablanca y Hiroshima Mon amour; aunque en la primera son sutiles, se sobreentiende la profundidad de su relación física y en la segunda, los diálogos y escenas son explícitos.3

El amor es atractivo como tema, como concepto, como producto, la realidad es que somos lamentables cuando lo experimentamos. He oído: “quiero que mi vida sea como una película de Wong Kar-Wai”, claro, muchas veces por la estética, en ese caso, sería más correcto decir: “quiero que se vea con esa saturación, ese filtro y esas tomas”. En cuanto al amor, si es que llega a suceder algo semejante, nos enfrentamos a la triste realidad de que la vida no es como las obras de ficción, mucho menos los romances. ¿Por qué nos empeñamos en codiciar lo que no existe? Por necios y, por si fuera poco, por lo mucho que somos propensos a idealizar. No está de más soñar, pero deberás estar preparado para un necesario desengaño.

Con todo lo anterior en mente, mi fascinación por lo romántico en Sound of noise recae en las diferencias abismales que cada uno de los personajes tiene como decreto en torno a la música: una percusionista que discrepa con las formas de la academia y un policía que odia la música nacido en una familia de músicos. La distancia, no obstante, es fascinante. El beso final, aunque satisfactorio, es tan lejano como su relación. Amadeus y Sanna se entienden por la forma en que, caprichosos, se juntaron sus caminos; podríamos atribuírselo a una mera coincidencia. Antes de separarse, ambos se miran un momento, dando por entendido que no hay nada más que puedan hacer entre ellos. Así concluye la escena y pasamos a la siguiente, con la interpretación de “Electric love”, por Six drummers. 

Una canción bastante romántica para una película que no lo fue tanto es la razón que me hizo, errática, escribir este texto. Ejemplifica una de las características del amor imposible: el anhelo, y es bien entendido que del anhelo surgen los sueños. Dice parte del coro: “Oh, it hurts to watch it, when I cannot touch it / you are electric love”, y luego “your electric love”. Mientras transcribo estos versos, salta en la lista de reproducción una canción no menos acorde: “Temo que al abrazarte se haga pedazos nuestra ilusión / lo peor de un deseo es que se pueda concretar”, canta Gustavo Cordera.

¿Qué pasa después, en caso de que se efectúen esos anhelos? Una pareja cuyo amor nace desde lo que no puede ser y de eso se mantiene, no está propensa a materializar el acto de amarse.4 Este, el de Sound of noise, lejos de ser un anhelo común, es un tipo de anhelo que reconoce las consecuencias de ir más allá. No hay ni el tormento ni el padecimiento que recae entre una pareja que no puede ni debe estar junta (como es el caso de las otras películas mencionadas); colijo una melancolía manifestada en intervalos en lo que les queda de vida, y esa es también una sensación exquisita. Es muy probable que nunca vuelvan a encontrarse y ellos lo aceptan, ambos en escenas distintas, en lugares distintos, pero con la certeza de que lo suyo, pese a lo circunstancial, los marcó profundamente. Ahí recae el encanto de este tipo de historias de amor, o lo que yo insisto en ver.

Notas

1. Podríamos conjeturar algo, si nos ponemos aferrados como soy; el héroe de esta película sí pasa por una serie de situaciones que lo llevan a robarse la atención de su objeto de deseo. [↑]

2. Refiero aquí el texto de Alejandro Dolina, “Balada del amor imposible”, donde señala que el enamorado no correspondido preferirá evocar el recuerdo de la amada a realizar, sin torpezas, sus tareas diarias del trabajo, por ejemplo. [↑]

3. En este caso, aunque es cierto que el final sugiere que llegaran a quedarse juntos, la forma en que se llaman, cada uno, con el nombre de sus respectivas ciudades, sugiere un alejamiento. Elijo creer que se separan. [↑]

4. Amadeus compuso una obra sencilla y, para que la ciudad pueda ser la puesta en escena, los percusionistas (a excepción de Sanna, quien debe observar el resultado con él) deben tocarla en la planta que genera la energía eléctrica para toda la ciudad, esto con la energía encendida. Además, les advierte una obviedad; durante el concierto, si llegaran a tocarse entre ellos, morirán. [↑]

María José Escobar (Querétaro, 1998). Licenciada en Letras Hispánicas. Fue beneficiaria del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico PECDA Querétaro 2024. Varios de sus cuentos breves, minificciones y ensayos han sido publicados en revistas de divulgación literaria como Revista Alcantarilla, Carcaj, Periódico Poético y Página Salmón, entre otras.