Pérdida | por Oscar Juárez

Pérdida | por Oscar Juárez

La ciudad somnolienta percibe los vehículos abrumados que le anuncian un nuevo inicio. Otra noche se extingue y es reemplazada por la luz perezosa de la aurora. Las fábricas y las casas van mostrando su verdadera cara grisácea. Emociones paradójicas emergen para integrar el caos que permeará el día; todos los días.

José conduce raudo para tratar de acortar el tiempo que tardó en despertar de un sueño insulso. Al llegar al límite de la calle la luz del alto se ilumina, por lo que aprovecha la pausa para estirar su brazo y tomar su termo con café. Al asir la nada, se da cuenta de que lo ha olvidado. En esa búsqueda atisba de reojo a Ofelia quien, concienzuda, analiza su rostro reflejado en un pequeño espejo que le indica las marcas del tiempo que busca ocultar.

Al cambiar el color del semáforo a verde, acelera y conduce unos metros antes de detenerse frente a una tienda.  ‒ ¿Ofelia, quieres algo? ‒ consulta. Ella, sin emitir respuesta, insiste en su labor mimética. Entra al establecimiento, compra su bebida, regresa al auto y coloca el vaso en el lugar del termo. Al observar a su derecha percibe la ausencia de su esposa. Sólo quedan, envueltas en una fina estela de perfume, una bolsa de mano y una caja de maquillaje.

El hombre baja molesto para encaminarse de nuevo al negocio. Recorre los pasillos sin encontrarla, pregunta al tendero por una mujer de vestido negro, recibiendo como contestación una mustia elevación de hombros. Sale de la tienda, marca al número de Ofelia y escucha un tono que proviene del carro. Abre la puerta para enterarse de que el celular está en el bolso.

Camina toda la avenida hasta llegar a un puesto de periódicos donde cuestiona al vendedor por una señora de cabello rojo, pero este no la ha visto pasar. Cruza impaciente la vía al ver un puesto de tacos, donde tampoco le dan informes. Gira la cabeza en todos sentidos, corre de un lado a otro interrogando a cualquier transeúnte sobre el paradero de su esposa. Nadie racionaliza el sinsentido.

Confundido, busca una razón para la desaparición de Ofelia. Lo único que se le ocurre es un enojo repentino por lo avanzado de la hora, optando por tomar un taxi para cumplir a tiempo sus obligaciones. Sabiendo que también va retrasado, vuelve a subir al coche para dirigirse a su trabajo.

El trayecto se convierte en una sucesión de escenas vertiginosas donde vialidades borrosas se mezclan con recuerdos de su compañera. Sentado frente a la computadora, consciente de no poder contactarla por teléfono, le envía mensajes vía Messenger esperando que ella pueda revisarlos en su oficina. El día se pierde en los pendientes interminables de la densa labor burocrática. El mensaje nunca es leído, ni siquiera recibido.

Sale presuroso para buscar a su esposa en su lugar de trabajo, irse juntos a casa y olvidar los penosos sucesos matinales. Afuera del edificio reconoce a algunos de sus compañeros. Los saluda, cruzan algunas palabras y uno de ellos lo cuestiona sobre la inasistencia de Ofelia. José, después de unos instantes de mutismo desconcertante, comenta que en la mañana la perdió de vista y que supuso que se había ido a trabajar en taxi. Sube de inmediato a su auto y arranca.

Llega a la casa de sus suegros para contarles lo sucedido durante la mañana. Ambos lo escuchan atónitos, paralizados por un escalofrío inefable que recorre su cuerpo desde el pecho. Aún aterrados, realizan llamadas telefónicas a familiares, amigos y a cualquier persona cercana en busca de información. Todos los intentos son vanos, parece haberse desvanecido.

José se va desmoronando ante la incertidumbre. Decide comunicarse con la policía. Le solicitan la narración precisa de los pormenores de la desaparición. Inquieren la existencia de problemas conyugales que motivaran la molestia de su pareja. Los formalismos burocráticos lo nublan. Declara que tienen un par de años de casados y que no han pasado de las desavenencias normales de la vida cotidiana.

Instalado en su casa, abatido, intenta desbloquear sin éxito el celular de Ofelia. Continúa con los telefonemas que no esclarecen su paradero. La mayoría de las conversaciones terminan cuestionando a José acerca de la existencia de dificultades familiares o, inclusive, aparece un amigo indiscreto que le sugiere la presencia de algún amante.

El día se ha diluido en la zozobra, dando paso a la noche que avanza inclemente. Las esperanzas de José naufragan en una pesadilla donde su esposa corre atormentada, acechada por una metrópoli despiadada que finalmente la mastica.

A lo largo de dos semanas se dedica a indagar en los recovecos que le permite la lucidez, sin obtener respuestas. El celular finalmente desbloqueado refiere una letárgica vida social. La policía no aporta ninguna respuesta, ciñéndose a espesas fórmulas burocráticas. Las visitas a hospitales y a la morgue contribuyen a que José imagine expectativas aterradoras.

Su futuro ideal se había ido concretando poco a poco. Ahorrando sistemáticamente habían podido comprar a crédito la casa y el carro. Estaban listos para las vacaciones que tanto necesitaban. Para el siguiente año buscarían la llegada de un hijo. Ahora, ensimismado, José escucha únicamente los susurros de la tristeza.

Las semanas, reptando lentas, se convierten en meses aciagos. José, con el alma paralizada, completa tareas intrascendentes donde cifras corren voraces a través de tablas y gráficos insípidos. Por la tarde regresa acongojado a casa, con la esperanza de encontrar a Ofelia sentada frente al televisor y recibirlo con alborozo. Al abrir la puerta, esas imágenes se disuelven.

Pasado un tiempo, los amigos lo incitan a volver a salir, a divertirse. Él no tiene ánimo para ese tipo de actividades. Obligado por sus jefes, acude a la fiesta de fin de año que organiza la empresa. Busca la mesa más escondida para sentarse imperturbable a registrar la manera en que los compañeros viven una realidad diferente a la suya, alejados de la pérdida inaudita. Se escurre entre la alegría de la gente y sale invisible del lugar.

Camino a casa recorre con la mirada avenidas iluminadas a medias por luces opacas de cochambre; banquetas acondicionadas como camas de vagabundos que eternizan el abandono; raquíticos mamíferos citadinos aferrados a la vida inmisericorde.

Dentro de toda la podredumbre nocturna, José observa, emergiendo de los rincones de la urbe, la silueta de una mujer que camina solitaria. Cuando pasa a su lado detiene el auto, baja la ventanilla y se percata de que viene temblando. ‒ ¿Está usted bien? ‒ cuestiona. Ella, confundida, no responde. Desciende para auxiliarla y la chica comienza a llorar sin control. Ante el desconcierto, sólo atina a ofrecerse para llevarla a su casa o a algún otro sitio donde pueda resguardarse, pero ella continúa alterada. Después de unos minutos logra tranquilizarse lo suficiente para susurrar su nombre: Renata. No sabe de dónde viene, sólo recuerda caminar sin rumbo.

Ateridos por el frío, le ayuda a subir al coche donde permanecen en silencio. Una vez que ella acepta ir a cenar, acuden a un restaurante donde termina tranquilizándose después de un sándwich y de varias tazas de café. Sin tener recuerdos más allá de, quizá, un par de horas, José le sugiere acudir a las autoridades para que ellos puedan determinar su situación. Ella no acepta, prefiriendo pasar la noche en un hotel con dinero que encontró en sus bolsillos.

El hombre no insiste, paga la cuenta; salen juntos para dirigirse a un alojamiento cercano. Frente al establecimiento, contrariado por la situación de la mujer, le pasa su número en una servilleta. Renata le da las gracias, regalándole una sonrisa inquietante. Pisa el acelerador cuando ella, fantasmal, cruza la puerta.

Días después, José recibe una llamada telefónica de un número desconocido. Al contestar, escucha la voz de su nueva amiga, quien le cuenta lo que ha vivido en ese tiempo. Él le propone platicar en persona y acuerdan verse al siguiente día por la noche. La conversación gira sobre lo difícil que le ha significado a ella no recordar su pasado y el subsecuente problema económico de proceder del limbo. José la tranquiliza, ofreciéndole su ayuda hasta que la situación mejore.

Luego de varias conversaciones telefónicas, se vuelven a encontrar para cenar. En esa ocasión la plática se torna más natural, íntima. Al final, José le propone a Renata ir a su casa para seguir platicando, a lo que ella accede. Después de una extensa plática, acompañada por incontables copas de vino, toman conciencia de lo avanzado de la hora, así que él le sugiere quedarse. Se instala en el sillón para dejarle su recámara.

Con los primeros halos solares que se filtran por la ventana, José siente un leve dolor de cabeza, por lo que se dirige a la cocina para apaciguar su resaca. De regreso, echa un vistazo a su dormitorio para contemplar el apacible sueño de la joven. Nadie pretende romper la fascinación omnipresente. Una vez que ella despierta, desayunan tranquilos los restos de la cena. 

Embebidos en su mutua presencia, agotan el tiempo. La simple charla parece insuficiente frente a las ansias corporales, ya imposibles de soportar. Hacen a un lado la decencia y agotan exhaustivamente su atracción. Ambos saben que ella ya no se irá.

A la mañana siguiente, José despierta por el sonido del inodoro. Lidiando con la fatiga del desvelo, observa de espaldas la cabellera escarlata de una mujer, quien se maquilla frente al espejo. Se sienta en el borde de la cama desperezando la noche. La ve salir del baño portando, imponente, un vestido negro.

Oscar Juárez Becerril (Nezahualcóyotl, México, 1983). Melómano del ruido, es un apasionado del cine y de la literatura de terror y de ciencia ficción. Actualmente estudia el Doctorado en Letras Mexicanas en la UNAM. Ha publicado cuentos y minificciones en un par de antologías de la editorial La Tinta del Silencio y en compilaciones de las revistas Anapoyesis y Grafografxs, así como en las publicaciones Penumbria, Espejo Humeante, Sangría y el Fanzine Letras Públicas.