Poemas | por Odeth Osorio

Poemas | por Odeth Osorio

Un mito encarnado en el temblor de un cuerpo que inventó su propio universo

Quisiera en estos árboles
atar al tiempo
para que no te fueras
F. García Lorca

Para Richardt Kreusch


Soñé que caminaba bajo la tierra, 
donde las flores, vencidas,
 aún conservan un fuego de vida oculta, 
y donde el silencio guarda la música olvidada

Soñé con los héroes rebeldes de los antiguos cantos. 
Se acercaban en silencio. Sus nombres, excepto el tuyo,
se deshacían con el tránsito.

En tu rostro nacía una sonrisa,
como presagio que abre constelaciones,
una grieta luminosa en la respiración del universo.

Temblábamos entonces,
porque sabíamos que todo lo que creábamos en la penumbra
podía quebrarse como cristales
y lo envolvimos en telas azules.
Nos guardamos con cuidado ardiente,
como si proteger fuese también un acto de deseo.

En estos ritos sin genealogía,
superamos la amenaza del vacío.
Un rojo translúcido descendió del arcoíris
y lo recibimos como se recibe un signo:
culpables, sí,
de la belleza de permanecer.

Bestia(s)

Te aseguro que los dos deformes agujeros de tu horroroso hocico, oh monstruo, se regocijarán, si te dispones de antemano a respirar tres mil veces seguidas la conciencia maldita de lo Eterno. Tus narices, desmesuradamente dilatadas por la inefable satisfacción, por el éxtasis inmóvil, no pedirán otra cosa al espacio, embalsamado de perfumes e incienso, pues se colmarán de una dicha completa, como los ángeles que habitan en la magnificencia y la paz de los gratos cielos.
Los cantos de Maldoror, Conde de Lautréamont


[Los vi perderse por la noche llena de dolores y punzantes esquirlas de luna]

En la llanura abierta una reverberación de ondas llega desde el subsuelo,
golpea las piedras y se expande en la savia seca de los arbustos. 
Avanza. No hay prisa: el aire se aparta,
el horizonte se curva frente a la densidad de su paso.

Cuello de montaña, cráneo de hierro,
cuernos que son relámpagos detenidos.
El sol se posa en su lomo como sobre una cordillera viva.
El latido nace en la tierra, envuelve sus patas gruesas,
atraviesa la piel dura y estalla en el tórax como trueno contenido
un sonido que arrastra el polvo.

Señora, desde tu altura, contempla el ancho de esta espalda.
La ley gravosa de mis cuerpos no da ni quita,
el aire se aquieta en mi mirada.

Avanzan las bestias como si la tierra las hubiera parido esta mañana.
El peso de sus hombros abre grietas bajo las pezuñas.
En la piel, el sol arde sin queja;
en la garganta, un trueno lento crece.
El bramido que lanzáis contra el horizonte
me quiebra los dedos, me levanta la sangre.
Os he visto nacer con las patas húmedas,
os he visto caer, de rodillas. 
No morís solos. 
Cuando uno entregue su peso a la tierra haré callar a las aves.
Me sentaré. Contemplaré la sombra de vuestro cuerpo cruzar los ríos 
mucho después de que el corazón se apague.
Desde arriba,
un ave traza círculos sobre la manada.
Agita el polvo que se levanta como incienso,
sobre la lenta marea de cuernos y espinazos.
El aire vibra como si bajo sus plumas latieran tambores

fuerte, fuerte, fuerte, fuerte
mientras pasa el miedo como sombra a nuestras espaldas

El aire huele a metal caliente.
Un cuerno roza el lomo de otro.
Los músculos se tensan, son pulsos
—breves, secos, invisibles—
que se clavan en la carne como insectos de sonido.
Van sus trompas lentas insectiles 
¿a quién atisbas oh pulso misterioso?
¿Dónde se contiene con viento los mugidos
las aguas sordas que atrapan sus pezuñas?
Los oigo por los pies cómo se alejan
criaturas de cordillera
ángeles de corral laberíntico 
No es el tiempo el que os lleva.
Es otra cosa,
mi mandato.
Las bestias sienten la señal,
pero no hay vuelta al círculo.
van febriles en ángulos siglos de aventura
¡Quién tira tan fuerte el hilo, Señora, tu Titiritero!
Que empuja nuestros nervios ya gastados bajo tierra
y nosotros, Señora mía, sobre rocas negras caemos
como un verso gris, heraldo de los génesis
Algunos caen sin aviso:
su costado golpea la tierra,
y la tierra no responde.
La Diosa no los llama.
Su mano permanece abierta,
inhumanable
[ Forma del devenir]
No os hice para la prisa.
Os hice para el pulso,
para la respiración que organiza la materia antes de nacer.
Vuestro andar es embrión de montaña.
Fui yo quien os puso en la antesala de todo,
en la transición infinita entre la piedra y la carne.
Vuestros cuerpos son teatro,
ritmo cartílago, carne de llanto
Detén la lengua, Señora,
Aquí aprendimos del flujo inevitable,
corriente en la que el pensar se mueve.

Cada músculo inventa su propia genealogía
mientras se tensa.
El lomo se arquea,
el cuello se encorva,
y en cada torsión se decide un destino
que no existía antes del movimiento.
El compás de la especie es la repetición;
pero el compás del poema
es la desviación que rompe esa repetición
y en su fractura genera historia.
En el campo,
donde la llanura cede bajo el peso de los cuerpos,
el ritmo no se aprende:
se hereda en la médula,
se arrastra en la forma de un paso irregular,
en el temblor de una rodilla antes de caer.
El acento con que amas, 
el nombre con que llamas, 
el viento con que escuchas, 
solo saben de ti, Señora, por tu garganta

[hay un eco que se estira, se rompe y vuelve]

Los vientos dibujan constelaciones que aún no existen,
la oscuridad se abre como un ala

[un golpe en el vacío, un relámpago corpóreo]

Las dunas se inclinan, se cruzan, se besan,
el sol se disuelve en lenguas arena,
el polvo se levanta y cae suavemente,
el cielo y la tierra se confunden,
las raíces se estiran como tálamos ornamentales,
el viento se lleva los nombres y los vuelve ecos.

[el canto se extiende, lento]

Luego, los ecos se vuelven surcos, 
se multiplican, 
se cruzan

[el canto se convierte en bruma]

El polvo es lengua, la bruma voz,
el horizonte oído, el cielo su respiración. 


(Inspirado en la figura del Minotauro/RK)

Forma de la belleza

Es la dicha colmada 
sucediendo sin prisa con fervor.
Idea Vilariño

Para Richardt Kreusch


Yo no quiero más que una mano, esa mano
que mueve  y toca con calma eterna
hilos estelares. Es hermoso su sonido, 
escucha:
cantos y un gran beso. 

Mi gozo viene de lo inédito.
Mi emoción viene de antes de tu música; 
de cuando la piel toca la madera 
y tu voz estalla sincera acristalada.

Te fuiste y me dejaste un recuerdo, 
no te lo lleves todavía;
déjalo aquí 
solo en mi pecho.

Un rato, un minuto, un siglo
vuelve a quedarte aquí. 
Dejaré a un lado del tuyo mi corazón
para que te acompañe. Estuvo en la tierra 
algunos años, 
ahora es tuyo
ahora solamente 
ahora que las estrellas se volvieron campanitas
ahora.

Cuando vuelvas
será música otra vez,
será desorden de luces sobre mi pecho, 
serán los anhelos y el naufragio de los astros y los mares,
será el viento que se enreda en tu voz
todo por ti
tu mirada
todas las cosas.

Odeth Osorio Orduña (Puebla, 1988). Estudió Literatura en su ciudad natal y más tarde en la Ciudad de México. Su manera de leer se transformó a medida que la poesía irrumpía en su vida. Fundó la editorial Paserios Ediciones, y desde entonces el oficio de la edición volvió a modificar su relación con la literatura, abriendo nuevas preguntas sobre la lectura y sobre el propio quehacer editorial.